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EL GRUÑIDO DE VIRIATO

Por Alicia Álvarez (5 de diciembre, 2008)

Me pasa siempre. Con los fuegos artificiales, con los parques de atracciones, con los rascacielos y hasta con las inauguraciones de los Juegos Olímpicos. Y siempre es igual. Primero, un sentimiento de fascinación. De estar asistiendo a la grandeza del potencial humano. Después, una sensación pesarosa, parecida al mal sabor de boca. Y creo que me pasa porque soy incapaz de mantener ese estado de expectación sin pensar enseguida en lo absurdo que resulta tanta fastuosidad sin más motivo que la espectacularidad.

Y aunque no fue exactamente esto, sí que me ocurrió algo parecido hace unos días, en el parque natural de Cabárceno. Un espacio de 750 hectáreas de una antigua explotación minera a cielo abierto en las que conviven más de un centenar de especies animales. Un paraíso, comparado con cualquier zoológico, en el que el visitante, en plan Parque Jurásico, puede recorrer en coche o a pie los 20 kilómetros de carreteras que surcan el recinto observando a sus diferentes habitantes en semilibertad, sin tener la sensación de estar pasando un buen rato a costa de ver animales presos en jaulas de metacrilato.

No obstante, y a pesar de comprobar lo bien que se pueden llegar a hacer las cosas, fue el gruñido de «Viriato» desde su jaula lo que me hizo volver a tener esa sensación de mala digestión. De casi vergüenza por tener la osadía de acercarme a menos de medio metro de ese majestuoso león. Una distancia que, según sus cuidadores, «Viriato» no hubiera dudado en pasarse por el forro, de haberme encontrado no al otro lado de una jaula, sino en una pradera abierta. Porque este león, al contrario que otros de sus congéneres criados en el propio Cabárceno, no fue destetado de pequeño, lo que lo convierte aún en un león salvaje.

Y fue esto lo que me llevó a pensar primero en Torrebruno (qué le vamos a hacer, reminiscencias de la infancia), y después, en esos ventanales en los que siempre me fijo cuando paseo por San Lorenzo. Esos que seguro reconocerán en estas líneas los asiduos del muro, los adeptos confesos al footing mañanero y otras raras avis playeras. Porque esos ojos a los que me refiero, esos que miran de frente al Cantábrico, fracturan de tal forma la armonía estética del edificio que uno no puede menos que frenar su camino y dedicar unos segundos a preguntarse por qué demonios, si todas las ventanas del edificio son de color gris, este vecino o vecina ha decidido dejar las suyas de color blanco.

Y como todos los grandes enigmas, son muchas las respuestas que una se da a sí misma para encontrar la explicación más razonable. Por ejemplo, que el vecino en cuestión no se puso de acuerdo con el resto de la comunidad; que antes de iniciar el plan de remodelación de la fachada ya había cambiado las ventanas y se negó a una nueva inversión; que es un foriatu que sólo veranea en la ciudad y tres narices le importa el estado del edificio, o que aún está a la cola para el cambio del ventanal. Puede ser alguna de estas opciones y puede no ser ninguna de ellas. Sin embargo, elucubraciones aparte, lo que demuestra la estampa es que lograr la armonía estética pasa siempre por lograr la armonía social. Por enjaular, en definitiva, al «Viriato» que todos llevamos dentro.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | diciembre 2008 |

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