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QUÉ CASUALIDAD ¿NO?

Por Alicia Álvarez (10 de octubre, 2008)

Aunque no son pocas las teorías que defienden la posibilidad de los viajes en el tiempo, hasta la fecha parece que la forma más segura de realizarlos es esperar, bien sentados o bien en movimiento, a ver lo que sucederá en los próximos minutos. Y es que por el momento, lo que se sitúa temporalmente delante de uno no es más que una incógnita. Como mucho un ramillete de posibilidades de las que sólo algunas serán probabilidad. Y aunque la historiografía popular se empeñe en sostener que la historia es cíclica, ni siquiera los acontecimientos pasados pueden garantizar que no se cometan los mismos errores en el futuro.
No obstante, sí que existe una certeza ante lo que está por venir. Son los sentimientos que despierta la incertidumbre. Sentimientos de inseguridad y miedo que bien dirigidos pueden garantizar escenarios previamente diseñados.
Más que nada, porque el capitalismo moderno, como ya apuntó la periodista Naomi Klein en su libro «La doctrina del shock», ha encontrado el elixir de la eterna juventud: el miedo y el desorden como garantía para su feroz desarrollo.
Así, mientras el futuro incierto se revela para unos como una incógnita, para otros, más astutos, se convierte en un tapiz en blanco en el que dibujar a su antojo.
Porque el miedo, emoción provocada por la percepción de un peligro, sea imaginario o real, si bien desde una perspectiva biológica es un mecanismo de supervivencia y de defensa que nos puede hacer más fuertes, también implica una valoración de la peligrosidad que lo provoca. Y será esta valoración la que nos inste a enfrentar el peligro o a huir de él. Es decir, el miedo no es sólo una respuesta instintiva a un peligro, sino la contestación a lo que los individuos interpretan en su entorno como peligroso. Y no hay nada más peligroso que lo desconocido, ya que carecemos de referencias que nos ayuden a interpretarlo.
De ahí que el sistema capitalista haya encontrado en los desastres naturales, civiles y, ahora, también bursátiles un campo de actuación que le ofrece un poder absoluto frente a los ciudadanos, que, influenciados por tremebundos vaticinios apocalípticos, se ven no sólo indefensos ante las posibles consecuencias, sino abiertos a las medidas que se tomen para paliarlas.
Porque, la verdad, da que pensar que sea justo ahora cuando los 27 hayan conseguido zanjar sus disputas en torno a la directiva europea que pretende ampliar la semana laboral por encima de las 48 horas. Una decisión que se venía paralizando desde hacía cuatro años y que, curiosidades del continuo espacio-tiempo, vio la luz verde el pasado junio. Mes en el que ni ustedes ni yo teníamos ni pajolera idea de la dimensión que iba a adquirir la dichosa crisis, pero en el que seguro que muchos ya sabían con seguridad lo que se avecinaba.
Y, sí, da que pensar, porque esta normativa, que ahora espera su aprobación en el Parlamento europeo, de ser acordada en tiempos de bonanza económica, no lo habría tenido tan fácil para encontrar la resignación de unos trabajadores que ahora, estudiadamente acojonados, no sólo van a pagar la crisis con su dinero, sino que encima lo harán con su trabajo. Qué casualidad, ¿no?

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | octubre 2008 |

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