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LA HUELLA

Por Alicia Álvarez (27 de junio, 2008)

“Una y no más. Las próximas vacaciones: en la playa o en un jardín”. Sí, la frase es mía y la dije justo antes de querer cruzar un río para llegar a la carretera, y justo después de haber recorrido en hora y media sólo un kilómetro de lo que se anunciaba como una tranquila ruta siguiendo el río Pigüeña. Era la tercera jornada de mis vacaciones, previa picadura en el trasero de una abeja tamaño oveja, moratón en la pantorrilla por caminar con las botas de montaña casi recién estrenadas y considerable rojez por exposición solar sin protección. En fin, males menores o pequeños contratiempos que por haber acontecido en los primeros días no me desalentaron, sino que, más bien, contribuyeron a fortalecer mi seguridad, a falta de experiencia.
Por eso, para el supuesto paseo en la tercer jornada campestre, yo ya me había preparado rociando brazos y rostro con factor 25 (que si bien impidió pasar a los rayos uva, sirvió de pegamento para partículas e insectos), con la capucha del chándal puesta para no insolarme y con un pañuelo en plan bandolero para que no me diera la alergia al polen. Es decir, dejando salir al guiri que todos llevamos dentro. Ese que, en cuanto nos alejamos unos kilómetros de casa, se hace con nuestros cuerpos. El mismo que poseyó a Naomi Campbell cuando tuvo que pagar su multa por agresión realizando trabajos para la comunidad.
El caso es que fue de esa guisa, debatiéndome entre un look turista o guerrillera, cuando caí en la cuenta de mi honda naturaleza urbanita. Porque si algo he aprendido estas vacaciones, a parte de a no seguir caminando cuando el camino no está desbrozado y carezcas de experiencia senderista, es lo tremendamente débiles e inseguros que nos hace el entorno urbano.
Y es que, llámenlo rutina, llámenlo cotidianeidad, lo cierto es que aquí, en la ciudad, pocas veces pensamos en lo aséptico que es el espacio que nos rodea. Un mundo esterilizado, donde nada deja huella. Donde el rastreo se hace imposible. Donde el origen o inicio queda anulado. Porque las ensaladas vienen ya lavadas y cortadas en bolsas de plástico, porque la lejía blanquea prendas que borran el paso del tiempo, porque hasta el humo del tabaco es neutralizado con aerosoles miniatura que se enganchan en los salpicaderos de los coches.
Y puede que no fuera el momento más idóneo para pararse a hacer este tipo de reflexiones, pero lo cierto es que allí, dispuesta a cruzar el río sin barajar siquiera la posibilidad de dar la vuelta, fue cuando me di cuenta de la gran diferencia que hay entre el campo y la ciudad. Y no es la sensación de que el tiempo pase más lento. Ni siquiera de que los días se estructuren en torno a los horarios de las comidas. Ni que el aire huela a hierba mojada o la casa a cocina de leña. La enorme diferencia es que allí las cosas aún dejan huella. La del sol en el rostro, la de las heridas, la del olor, la del paso del tiempo…

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | junio 2008 |

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