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BUSQUEN, COMPAREN Y SI ENCUENTRAN ALGO MEJOR…

Por Alicia Álvarez (19 de junio, 2008)

Señoras y señores, con todos ustedes… ustedes mismos: el público. Según la séptima acepción de la RAE, “conjunto de las personas reunidas en determinado lugar para asistir a un espectáculo”; según los artistas, “a quien le deben todo lo que son”, y según el mercado, esa masa informe, abstracta y simplona, dividida en targets de edad, sexo y condición social, dispuesta a engullir lo que le echen en sus escasas horas de ocio.
Dicho lo cual, y hechas las presentaciones, pasemos al porqué de esta última definición.
Y es que, curiosidades de la vida cultural, ser público es también ser consumidor, lo que permite que la escena cultural se rija igualmente por la oferta y la demanda, que ya saben, es un juego en el que siempre gana quien consigue reducir la demanda a la de un sólo producto, el suyo. Y para lograr este objetivo, nada mejor que mermar la capacidad de elección controlando todo el proceso de producción. Desde la idea inicial hasta la materialización, pasando por la difusión y las buenas críticas. En el caso de la música, sería algo así como inventarse el grupo, difundirlo a través de medios de comunicación masivos, ametrallar el cerebro de la audiencia con su single de lanzamiento y situarlo, previo pago, en las prestigiosas listas de éxitos para darle credibilidad.
Sin embargo, de vez en cuando, las vilezas del marketing se unen a propuestas de calidad, y es entonces cuando la oferta se empieza a agrietar. Y son fisuras por las que se puede ver todo un mundo subterráneo lleno de diferentes propuestas alternativas.
Prueba de ello fue el éxito que hace apenas un mes vivió el teatro Jovellanos cuando consiguió tres cuartas partes de su aforo con el dueto americano CocoRosie. Dos hermanas avaladas por la crítica especializada, inencontrables en el top manta o listas de éxitos, conocidas sólo en el minúsculo mundo de la música independiente, y que gracias a los programadores del coliseo gijonés, cerraron su gira europea en nuestra ciudad.
Y sí, fue un éxito. Por la asistencia (casi 800 personas), y sobre todo, porque el aforo que se puso en pie e hizo temblar el Jovellanos estaba compuesto no sólo por su público objetivo (seguidores de su música y fieles del circuito independiente), sino también por los curiosos, los que escucharon el anuncio por la radio, los que tenían el abono, o los que se animaron tras leer los elogiosos previos en la prensa. Sí, se pusieron en pie los post-adolescentes con patillas y gafas de pasta, los puretones progres, las señoras con laca por doquier y las parejas de treintañeros acaramelados. Y en posición bípeda muchos de ellos bailaron al son de canciones que seguro no habían escuchado en su vida. Y si lo hicieron, fue porque la propuesta era interesante y porque la promoción permitió su descubrimiento. Así lo entendieron los programadores, que apostaron por la calidad de una música habitualmente vedada al gran publico por ser independiente. Y ojo, que ser independiente no garantiza que el producto sea bueno (aunque algunas pequeñas industrias utilicen esta etiqueta como valor añadido). Independiente no es sinónimo de calidad, pero sí de libertad. Al menos creativa. Porque cuando hablamos de independencia artística estamos hablamos, principalmente, de situarse al margen de los dictámenes del mercado, lo que, si bien impide llegar a grandes públicos, al menos permite no someterse a sus restricciones creativas, basadas en la premisa de que el público, sí, nosotros, somos gilipollas y no vamos a entender nada que no sea simplón.
Y esto lo corroboran éxitos como el de CocoRosie en Gijón, que más que una apuesta es un ejercicio de responsabilidad social: la de dotar a los ciudadanos de la posibilidad de ver y descubrir todo ese mundo que bulle bajo el producto único. Busquen, comparen y si encuentran algo mejor: elíjanlo.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | junio 2008 |

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