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PARIDAS

Por Alicia Álvarez (25 de abril, 2008)

Miren que tengo la lágrima fácil y la carne preparada para, a la menor de cambio, vestirse de gallina. Miren que es escuchar la tonalidad menor, aunque sea en la voz de Bustamante, y ya se me pone el ojo vidrioso. Miren que hasta con los anuncios, si son lo suficientemente efectistas, se me empaña la retina. Pero he de reconocer, que de la lagrimilla emocional no suelo pasar fácilmente.
Sin embargo, no hace demasiados meses, me descubrí haciendo pucheros frente al televisor. Y fue, no precisamente con un género de ficción, sino viendo un documental que analizaba la medicalización del parto en España.
En él, salían mujeres varias, y también varias situaciones. Unas peleando durante los nueve meses de gestación para conseguir un parto natural, otras quejumbrosas por no recordar el nacimiento de su primer hijo. Otras marcadas por una episeotomía que les impedía mantener de forma normal relaciones sexuales con sus maridos, y otras, intrépidas y adineradas, que se habían podido costear un parto natural en una clínica privada que, todo hay que decirlo, se parecía más a uno de los balnearios de Marina D´or, Ciudad de vacaciones, que a un centro de maternidad.
Pues bien, mientras el documental avanzaba, empecé a darme cuenta de que la curiosidad inicial que me había anclado al canal que lo emitía comenzaba a sufrir un profundo cambio. Una bajada en picado desde el mero interés informativo a la llorera empática desatada. Y lo sufría, porque la cinta, no sólo retrataba una realidad nada considerada con las mujeres (según la OMS, no más de un 10% de las prácticas de rutina en el paritorio están científicamente justificadas), sino porque daba fe, una vez más, de la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran el género femenino a la hora de enfrentar la reproducción. Antes de, pues sigue siendo común el despido por embarazo, y después de, pues sigue sin haber una estructura social ni empresarial que garantice la conciliación de vida familiar y laboral.
Así que sí, situación de vulnerabilidad por todo lo externo al parto y, como no, por la fisiología del parto en sí mismo. Y es que, desde la postura horizontal de la embarazada para una mejor visión del médico, pasando por la cesárea, inducción al embarazo o episeotomía hasta la famosa epidural, no hay una acción que sitúe al parto, no como una mera intervención quirúrgica, sino como un proceso de enorme trascendencia vital para madre, padre e hijo.
Y quizás, en este uso abusivo de la técnica, tenga mucho que ver que el embarazo, lejos de entenderse como un proceso fisiológioco natural, ha ido convirtiéndose en una enfermedad pasajera. Una que dura nueve meses y que requiere, no ya reposo, sino cuidados paliativos.
Ahora bien, respetar el tiempo del parto, algo por lo que ha apostado recientemente la Consejería de Salud del Principado de Asturias con el anuncio de la implantación del parto natural en los hospitales asturianos, no anula el hecho de tener una asistencia médica que garantice, en caso de necesidad, la intervención sanitaria. Algo de lo que en muchos casos depende la vida y salud de madre e hijo.
Por eso, cuando leo atónita las declaraciones del concejal de Tineo, José Fernádez, quien se atrevió a calificar la epidural como un lujo en un alarde casi obsceno de culto al dolor como expiación, no puedo dejar de pensar en el largo camino hacia la igualdad que como sociedad aún nos queda por recorrer. Y eso, créanme, sí que me da ganas de llorar.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | abril 2008 |

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