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SUGERENCIAS

Por Alicia Álvarez (18 de abril, 2008)

No huele a nada, ni siquiera a las flores fucsias, blancas y violetas que se combinan en distintas formas y estructuras justo cuando uno atraviesa el hall que preside la entrada.
Ni siquiera al encerado reciente del suelo que refleja las expresiones graves y dolientes de todos los que lo pisan. Si acaso, el fumador experimentado puede atisbar un leve regusto a tabaco concentrado en otro lugar del edificio. Un humo denso, preocupado, que libera al aire atascado entre pecho y estómago.
Pero es un olor lejano, difícil de confirmar con la vista porque allí solo hay espacio vacío. El que ahora tú te dispones a atravesar con la mitad del corazón bombeante y la otra mitad en un puño. Porque sí, cuando atraviesas esa puerta que detecta tu paso y a tu paso se abre, las manos no van sueltas. Van escondidas en bolsos y bolsillos, tras espaldas, sobre hombros o en contorsiones manuales con manos ajenas.
Y por eso, todo lo que sientes se te queda en la cara.
Un rostro que por primera vez percibe cejas, pecas y ojeras propias. Que nota la comisura de los labios resecos y los poros de la piel cerrada al aire. Un rostro que nunca te habías puesto pero que, sin embargo, reconoces como tuyo al verlo en esas personas anónimas que ya vuelven o te adelantan en el paso. Y al verte en ellos de repente te sientes solidario.
Y hace frío. Tanto como para no quitarte la chaqueta y hacer así más intensa la sensación de estar de paso. Porque hasta en el baño hay peines y jabones en pequeñas bolsas de plástico como los que uno encuentra en los hoteles. Todo un kit de aseo urgente que mañana será repuesto aunque no lo hayan usado.
Hay eso, tarjeteros y hasta cuadros de dudoso gusto por todas las paredes. Y televisiones de plasma que anuncian cajas de distintos tamaños y colores.
Hay eso y lamparillas de noche, aunque en la noche nadie se quede ahí dentro. Y hasta sillones de skay negros que te resultan familiares por lo mucho que se parecen a los de tu dentista.
Pero allí las bocas están semicerradas. Abiertas lo justo para charlar en voz baja, para dejar que la voz encuentre el camino de salida. Y a veces lo encuentra, y otras, se queda estampada a modo de firma en lo que bien podría ser el libro de testigos de cualquier enlace o bautizo.
Pero éste, abierto de par en par sobre una estrecha mesa de madera, testimonia algo bien distinto. Algo a lo que uno también puede aportar sugerencias. Porque justo al lado de este fino libro de firmas, en un soporte vertical de metacrilato transparente, asoman vergonzosos unos folletos de colores, semejantes a los que uno se puede encontrar en el mostrador de cualquier aeropuerto, que en ceremoniosa cursiva brindan la opción al asistente de sugerir mejoras en el servicio funerario que la empresa ofrece.
Y la verdad, mientras yo miraba esa octavilla, lo único que se me ocurría sugerir era: no morirse.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | abril 2008 |

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