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FALTARÍA MÁS

Por Alicia Álvarez (2 de junio, 2007)

“Yo no necesito ningún príncipe que me salve, yo me rescato a mí misma” Así, a voz en grito y agarrada a una liana, Rossi, una de las heroínas de mi infancia, saltaba desde la torre de un castillo para acabar estampada como una ventosa en la pared del decorado que daba vida a Fraggle Rock. La serie infantil en cuestión era autoría del genio de las marionetas, Jim Henson. El mismo que creó a la rana Gustavo o a la gochina Peggy. El mismo que se inventó el lugar en el que todo niño quería vivir, Barrio Sésamo. Y el mismo que diseñó el mundo subterráneo en el que Rossi y los demás fraggles habitaban bajo los valores de la amistad, la tolerancia, la cooperación y el “buenrollismo” a ritmo de sketches musicales y sentido del humor.
En fin, puede que sea porque pertenezco a la generación de la tele, pero estas marionetas no sólo entretuvieron muchos minutos de mi vida, sino que a la larga se convirtieron en un referente. Porque dieron explicación a muchas preguntas y, sobre todo, porque contribuyeron de manera responsable a mi educación. Y la verdad, he de decir que jamas me cuestioné porqué esos pequeños personajes tenían cola, vivían en grutas, no estaba emparejados o sólo vestían camiseta y no llevaban pantalones. Como nunca me pregunté porqué Espinete se paseaba sin ropa por el día y dormía con pijama por la noche o qué tipo de relación mantenían Epi y Blas para dormir juntos en la misma habitación. Sólo siendo adulta empecé a escuchar algunas insinuaciones, eso sí, siempre teñidas de mucha ironía e inofensiva malicia.
Así que me quedé muy sorprendida cuando hace unos días leí que la mediadora para los Derechos del Menor en Polonia, Ewa Sowinska, había dicho que estaba dispuesta a tomar medidas contra el programa televisivo los “Teletubbies” si se confirmaba que la emisión infantil tenía “un sobrentendido homosexual encubierto”. Un sobrentendido que la mediadora basaba en el bolso de mujer que lleva como distintivo uno de los personajes masculinos de la serie, “Tinky Winky”.
Sinceramente, quisiera saber qué dibujos, series y programas acompañaron la infancia de la mediadora. Qué películas ha visto, qué publicidad ha consumido y sobre todo, que complejo mecanismo psicológico la ha llevado a vincular un bolso “de mujer” con la promoción de la homosexualidad. Porque si un inofensivo complemento de moda alienta a los más pequeños a variar su tendencia sexual, no quiero ni pensar que puede suscitar en las mentes de los infantes el escenario en que se mueven estos personajes de ficción. Lo digo porque los Teletubbies, básicamente, se dedican a corretear por praderas llenas de flores de intensos colores dando saltos y aspavientos en plan comuna hippie. No vaya a ser que las próximas generaciones se sientan alentados a consumir alguna sustancia alucinógena buscando recrear ese mundo virtual de su infancia.
Por fortuna, y aunque a la mediadora le hubiese gustado que bolsos y homosexuales se quedaran dentro del armario, la lucha por la normalización social de la homosexualidad no ha sido cuestión de modas. Ha dado sus frutos. Incluso los ultracatólicos polacos criticaron las declaraciones de Sowinska, quien tras escuchar el testimonio de un reputado sexólogo se ha apresurado a zanjar la polémica y dejar en paz al pobre Tinki Winky, que digo yo, podrá llevar bolso si le da la real gana, y en el caso de que tenga sexualidad, vivirla como más le plazca. Faltaría más.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | junio 2007 |

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