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LO QUE VALE UNA SERVILLETA

Por Alicia Álvarez (25 de mayo, 2007)

Adiós estantería. Hemos vivido tantas cosas juntas». No sé cómo pasó, ni cuál fue el pensamiento que precedió al sentimiento, pero ahí estaba yo, en mitad de la calle abrazada a una estantería semidestartalada, con las baldas hechas badén por el peso de los libros y el mimbre deshojado por el paso del tiempo. Veinte metros desde el portal al contenedor de obras repitiéndome en voz bajita que hay que soltar lastre. Y por encima del autoconvencimiento, el consuelo en la voz de mi hermana: «Vamos Ali, no te preocupes, seguro que unos estudiantes la recogen y la llenan de pegatinas. Va a tener buena vida».

Un beso en la balda superior y la risa del derrotado. Así culminaba la que en la última década se ha convertido en mi mudanza número seis. Era el final de varios días revisando cajones, ropa, libros y discos. Era el cociente resultante de decidir qué es lo que se ha quedado viejo, qué es lo que ahora vuelve a estar de moda y «menos mal que no tiré en su día». Y lo peor, qué es lo que tiene valor sentimental.

Ojalá existiera una báscula de la nostalgia, una que midiese con precisión cuánto pesa en tu corazoncito el objeto que sostienen tus manos. Y es que, a veces, descifrar que significa para ti una cajita o una camiseta se vuelve más doloroso que ridículo. Porque no es sólo una servilleta garabateada lo que almacena el último cajón de sastre de la cómoda. Es la servilleta que un día sirvió de pizarra a lo doctor House para poner en claro una toma de decisión, es el dibujo de la casa que nunca te podrás comprar o el retrato improvisado de los asistentes a la comida en una sobremesa de chupitos de orujo. Y eso tiene valor, tanto o más que la bicicleta de una adolescente Diana de Gales o que un traje del difunto Elvis Presley.

Porque no se trata exclusivamente del objeto, sino del IVA emocional que ha gravado su consumo. De la cantidad de sentimientos que tienes a él asociados. Por eso el miedo te come. Porque sabes que si tiras esa servilleta es muy probable que ese poro de tu memoria se cierre para siempre.

Recuerdo que de pequeña me angustiaba pensar que no iba a poder recordar todos los días de mi vida. Que por su similitud, por su carácter de calcomanía, en el futuro no podría decir con exactitud qué demonios había hecho yo hacía cuarenta días. Así que antes de dormirme, me obstinaba en intentar encontrar algo por lo que recordar ese día intrascendente. Y la verdad, antes de llegar a descubrir por qué habría de recordarlo me quedaba roque.
Así que desde entonces arrastro el síndrome Caracol, que no el de Diógenes. Asocio mis recuerdos a objetos y llevo mi memoria a cuestas. Sólo muy de vez en cuando consigo desprenderme de alguna parte de mi retentiva. Así pues, adiós querida estantería.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | mayo 2007 |

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