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MADRECITA QUERIDA

Por Alicia Álvarez (1 de mayo, 2007)

Cuando era pequeña y me enfadaba con mi madre, mi mayor ambición era que sonase el teléfono para poder decirle a voz en grito “Paquita, te llaman”. Arrebatarle su condición de “mamá” y llamarla por su nombre propio era mi pequeña venganza a su riña o reprimenda. Así, le pasaba el auricular con gesto altivo y recorría satisfecha el largo pasillo que separaba el salón de mi habitación; pequeño reducto de mi independencia. Y la verdad, no recuerdo si ella se reía, sólo sé que para hacerme de rabiar respondía mi agravio asegurándome que yo era, en algunos enfados, adoptada y en otros, hija de una de sus mejores amigas. Una práctica macabra que, por cierto y no hace mucho, descubrí en una sobremesa que es recurso común por parte de los padres.
No obstante, este juegar a omitir los rangos familiares duró lo que dura la infancia, y ya de adolescente, en una charla que dio Cristina Almeida al hilo de la paridad en el Antiguo Instituto Jovellanos, descubrí que mi madre era doble empleada. Porque a su profesión se sumaba otro trabajo de jornada intensiva: la maternidad. Y esta labor tenía un horario de 24 horas y 365 días al año, sin vacaciones, sin remuneración, sin seguridad social, con sus propios tecnicismos (abrígate, cuídate, come, no cojas frío, esi no ye buenu pa ti, ya te lo decía yo, ya te avisé, ya te lo dije, etc) y, como no, con sus riesgos laborales. Y no es que hasta esa fecha yo hubiera subestimado el esfuerzo de mi madre, pero, la verdad, no había considerado esta labor como un trabajo en sí mismo, sino más bien como una obligación moral.
Y es que a los hijos nos lleva tiempo entender que el apelativo “mamá” no es sustituto de su nombre y apellido, sino complemento del mismo. Y si nos cuesta, es porque desde el propio núcleo familiar hasta la superestructura del Estado, pasando por todos los canales de educación, formación e información, nos están diciendo que eso de la maternidad/paternidad es una condición cuasi-sagrada. Una concepción que se carga de un plumazo el arduo y minucioso trabajo que significa la tarea de educar a los hijos.
Muestra de ello son las reacciones que estos días se están viendo en torno al caso de la adolescente asturiana “ingobernable”. Porque no han tardado en surgir las críticas a “la madre” por utilizar los medios de comunicación para “airear la intimidad” de la díscola de su hijita. O dicho de otro modo, que esta señora no ha cumplido con su obligación celestial de educar como Dios manda a su retoña, así que ahora le toca resignarse y llevar con dignidad y sumisión esta carga.
Queda al margen su condición de ciudadana, de mujer con nombre y apellidos. Es decir, tras esa figura que te lleva al dentista, te abotona hasta la nariz, te arropa, guía, forma y reconforta, queda olvidada su identidad, la cual le debería garantizar en un sistema democrático el derecho de reclamar auxilio a las instituciones que la representan.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | mayo 2007 |

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