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COMPROMISOS

Por Alicia Álvarez (25 de febrero, 2007)

Hay compromisos de muchas clases. Los hay de trabajo, nupciales, electorales y hasta políticos. Los hay de buena voluntad, verbales, notariales y empresariales. Los hay cívicos, económicos, fundacionales y editoriales. Pero sobre todo, hay compromisos sociales, que a pesar de presentarse como los más prestosos, pueden en algunos casos acabar colapsando tu agenda. Así, la agencia EFE recogía esta semana la noticia de un matrimonio argentino que tras haber sido invitado a demasiadas bodas había publicado un anuncio en el periódico LA NACIÓN de Buenos Aires, pidiendo a sus amigos y familiares que por favor no los invitaran a más fiestas de casamiento. La pareja alegaba que entre los clientes de su bufete de abogados, los compañeros del club, sus amistades y familia, habían alcanzado los dos enlaces por mes. Al parecer, el matrimonio llegó a calcular el número de horas que gastaban en tales eventos y tras ver que el resultado superaba las doce en un fin de semana, decidieron que era mejor reinvertir ese tiempo en lo que realmente les diera la gana.
Lo cierto es que al leer la noticia me entró cierta envidia, porque las personas pocas veces gozamos de tanta valentía. Más bien, cuando no queremos que nadie nos moleste descolgamos el teléfono, hacemos como que no estamos en casa o fingimos un repentino malestar que nos libere de nuestras obligaciones para con los demás. Aunque de más está decir, que las más de las veces acabamos por aceptar lo que no nos apetece.
Y si lo hacemos, es porque esas pequeñas excusas nos cuestan la culpa, que ya sé sabe, es como el velcro; se te pega al jersey, a la bufanda, a la manta y a la vida. Y sí, una vez que uno la siente no hay dios quien se deshaga de ella. Y por ella, por la santísima culpa, la excusa se torna remordimiento, el cual uno redime organizando otro evento al que a su vez asisten otros por compromiso. Todo por acallar a ese dichoso Pepito Grillo que lleva una semana largándote a la oreja que eres un impresentable y que a los amigos hay que cuidarlos.
Pero si hay de verdad un compromiso que duele romper, es el que haces contigo mismo. Y aquí también hay muchas clases. Está, por ejemplo, aquel que te hace jurar en plan Escarlata O´Hara que a partir del lunes pasarás hambre para bajar los kilos de más. Está el de dejar de fumar, no porque quieras, claro está, sino porque puedes hacerlo cuando tú decidas. Y por último, el más difícil, aquél por el que prometes pensar antes de hablar para no volver a casa reconcomido por haber dicho esa faltosada.
Y si todos ellos son difíciles de cumplir, se debe a que la primera parte contratante es la misma que la segunda parte contratante, y da la casualidad que a ninguna de las dos respetas tanto como para no romper la promesa.
Por eso no me extraña que esa pareja argentina haya decidido hacer pública su petición de no ser invitados a más enlaces. Porque a veces no basta con pegar el propósito en un post-it o sujetarlo bajo un imán en la nevera. A veces son necesarios los testigos. Aunque, y por contar toda la historia, ahora el matrimonio afirme que ha pasado del agobio producido por los compromisos sociales al “acoso” de la prensa.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | febrero 2007 |

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