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CON OJOS DE TURISTA

Por Alicia Álvarez (8 de febrero, 2007)

Yo no sé si les pasará a todos los turistas del mundo, pero al menos en mi caso, siempre que salgo al extranjero me siento un poco como Paco Martínez Soria en esas dramatizaciones del provinciano que maletina en mano y cabeza en boina llegaba a la capital. Es algo así como un sensación de inseguridad agridulce; mitad complejo de españolita chaparreta, mitad liberación estilística para disfrazarte de guiri por unos días y mostrar sin pudor ese gorro que jamás te has atrevido a ponerte aquí .
Y si encima la ciudad que visitas es Amsterdam, cuna del avance europeo, donde para colmo la media de estatura supera con creces la que tendrán las futuras generaciones de toda tu estirpe, entonces esa sensación puede crecer y acabar por llenar tu viaje de pura envidia. Eso sí, enviada sanota, pues te hace caer en la cuenta de que ahí fuera hay más cosas, de que el mundo ni empieza ni termina en el lugar donde vives y sobre todo, de que la forma en que vives no tiene porque ser ni la mejor ni la única. En definitiva, que te confirma que existen muchas y variadas posibilidades de enfrentar y organizar nuestra existencia como comunidad.
Y no, no voy a hacer una loa al marco legal holandés que regula la prostitución, el consumo de marihuana, la eutanasia o los partos naturales. Porque eso no se nota en la calle, al menos no tanto como para detectarlo a primera vista. Y cuando uno pasea por el famoso Barrio Rojo comprueba que, por mucha legalidad o impuestos que ahí se paguen, ésta no deja de ser una zona oprimida, mezcla de barriada y centro comercial para turistas, prueba fehaciente de las enormes desigualdades que nos siguen separando.
Yo me refiero a cosas más sutiles y cotidianas, cosas que alcanzan de pleno la retina del turista. Porque Amsterdam, en contra de lo que pueda parecer, no es un centro de modernidad en lo que a estética o nuevas tendencias se refiere. Los neerlandeses, o al menos esa ha sido mi impresión, son modernos en un sentido natural; avanzado, cívico, respetuoso y treméndamente humano. Y eso sí que se ve y se nota, no sólo porque su principal modo de transporte sea la bicicleta o el tranvía, y la escasez de coches haga que una llegue al final del día con la piel tan limpia y tersa como el culito de un bebé. Es más que eso, es la conservación de su entorno, cuidando un centro histórico en el que las casas más modernas datan de 1900. Es la utilización del alumbrado justo y necesario, dejando que las calles sean calles y no pasillos comerciales iluminados perpetuamente como si fuera navidad. Son los grandes ventanales de los edificios para aprovechar la luz solar y no vivir sometidos a la bombilla de Edison. Es un horario laboral, el famoso nine to five, que permite tener vida después del trabajo, reconocer a tus hijos y no mirarlos como esa gente pequeñita con la que coincides a la hora del desayuno. Es el relax con el que los fumadores y no fumadores conviven en pubs, salas de concierto y cafeterías del aeropuerto.
No obstante, sería irreal pensar que cuando uno viaja es objetivo y no está persuadido por el éxtasis que ya de por sí producen los días vacacionales. O que en esas escapadas a nuestra rutina uno no se está dejando llevar por pueriles fantasías en las que se imagina como sería su vida de transcurrir en esa ciudad. Y claro, siempre te la imaginas mejor, más dulce, más fácil y más de todo en general. Pero intentando dejar a un lado la obnubilación del turista, sería un desperdico sólo traerse de vuelta a casa los souvenirs para amigos y familiares. Que menos que meter en la maleta una que otra comparación odiosa y alguna de esas buenas ideas para imitar.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | febrero 2007 |

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