
Cómico, crónico, clónico, cósmico. Juegos erráticos de palabras para retratar a un mago de ellas, orfebre de diálogos donde el ingenio no está reñido con la profundidad ni las risas con el llanto: la coctelera mental de Woody Allen admite todo tipo de sabores y graduaciones, busca cosquillas y también dibuja escalofríos, conmueve y remueve, alienta con finales esperanzados y desalienta con desenlaces que huelen a callejón sin salida.
Cómico porque así se toma la vida más en serio, siempre con una sonrisa triste y una mirada de estupor acristalado. En sus comienzos bufones, la risa era un fin ensimismado, luego pasó a ser un medio de mensajes completos. Cuando tomaba el dinero corrían las carcajadas, y galopaban cuando Woody pelaba bananas o se hacía el dormilón o pasaba la última noche con Boris Grushenko o nos explicaba todo lo que quisimos saber sobre el sexo pero nunca nos atrevimos a tocar. Crónico porque sus males (que son nuestros bienes) se repiten de película a película: hipocondríaco compulsivo, maniático sin tregua, escéptico anhelante de fe, europeísta convencido, amores furtivos donde el sexo rinde pleitesía al seso y siempre conduce a conflictos que no admiten armisticios. Clónico porque sus películas son inconfundibles: la marca de fábrica no falta en ninguna, incluso en las menos afortunadas. ¿Y cuál es? Por supuesto, títulos de crédito con letras y músicas gemelas, interpelaciones a la cámara, pim pam pum verbal, largos travellings por calles de Nueva York, fundidos en negro finales, ausencia obsesiva de barroquismos y corrientes subterráneas de cauta melancolía… Cósmico porque sus tejemanejes neoyorquinos, con ocasionales excursiones a otros parajes, encierran problemas universales. Quizá por eso sus películas tienen más éxito en Europa que en unos Estados Unidos donde tanta reflexión punzante y tanta punzada reflexiva son vistos como una amenaza extraterrestre.
Allen pasó de arrancar risas, de repente, a enamorarse de Annie Hall y nos sacó de nuestras casillas. Woody, el hilarante Woody, se hacía mayor, dejaba libre una inteligencia trepidante que hasta entonces sólo había asomado con toda su intensidad en los libros. Annie Hall puso pantallas arriba al desconcertado cine norteamericano con su ternura tímida pero audaz, casi experimental, que barajaba sabiduría e ingenio a partes iguales. Fue el pistoletazo de salida a la gran aventura de Woody, sin prisas y sin pausas: una película al año con la que sacia las ansias de sus seguidores (pocos pero suficientes por su fidelidad, a veces desmesurada: no todo lo que rueda Allen es genial y sus obras maestras no son tantas como se suele pregonar).
Allen se ha zampado a veces empanadas mentales indigestas (Interiores, Stardust memories: ni una placentera revisión las libran de la hoguera de las veleidades), pero sus logros hacen miserable cualquier reproche. Alguien que ha rodado peliculones con aciertos a planos llenos como Delitos y faltas o la furibunda Maridos y mujeres tiene derecho a tomarse respiros (un poco de nostalgia rancia en Radio days, una fábula amable y bonita en La rosa púrpura del Cairo, unos divertimentos algo reiterativos en Balas sobre Broadway y Misterioso asesinato en Manhattan o Todos dicen I love you), a regalarse unos pasatiempos que se olvidan al poco de haberlos rellenado como Poderosa Afrodita o Granujas de medio pelo, o a pisar imágenes movedizas como las osadas y parcialmente valiosas Zelig y Sombras y niebla. Sus planos en falso o sus titubeos o repeticiones se olvidan en seguida cuando de pronto da en el clavo y nos sorprende con maravillas como Acordes y desacuerdos, ese prodigio de inventiva y sensibilidad que retrataba, con luces mudas y sombras elocuentes, a un personaje bordado por un deslumbrante Sean Penn. Hasta llegar a su obra más chapucera, Vicky, Cristina, Barcelona, que le concedió un sarcástico ético de taquilla, Allen atravesó un imprevisible paisaje por el deambulan títulos de fuste como Match point, chorradas que intentan ser graciosas y provocan sonrojo como Scoop o cintas fallidas aunque interesantes como El sueño de Casandra.
Hanna revisitada
Hannah y sus hermanas muestra a un Woody Allen optimista y conservador que se deja seducir por los encantos de la paternidad inesperada y el hogar, dulce hogar como último refugio al que volver después de echar unas canas al aire con la cuñada. El personaje de Mia Farrow es mostrado con simpatía e incluso con calidez. Podría pensarse que el cineasta atravesaba una etapa muy feliz en su relación con la actriz y que esa estabilidad se reflejaba en la pantalla. Nada más lejos de la realidad. La relación entre la pareja hacía aguas y, si nos fiamos de los recuerdos de la antipática actriz, el proceso de creación fue tormentoso (ella atacó el guión original por considerarlo demasiado prolijo y cruel con los personajes, pero ya era tarde para cambiarlo) y el rodaje no fue nada fácil, más que nada porque se usó el apartamento real de ella como decorado del personaje y la experiencia la incomodó mucho. Además, Farrow estaba segura de que la historia de amor que se vivía en la pantalla entre Michael Caine y Barbara Hershey no era más que un reflejo de lo que Allen sentía por su «cuñada» en la vida real… El rencor enfermizo que siente la hoy evaporada actriz por su expareja (que le permitió, por cierto, poblar su esquelética carrera de títulos importantes) no invita a creer sus teorías, pero la costumbre de Woody de convertir en imágenes sus propias experiencias vividas o imaginadas sí las hace posibles.
Pobre Harry
Pobre Harry. Los años trepan por él y su vida real se derrumba. La irreal, la que gruñe en su imaginación desbordada, le salva de la locura. Cuando ambas chocan, todos al suelo: sus amores se agrietan, sus obsesiones explotan, sus neuras le azuzan la desesperación. Bebe, miente, traiciona, ama, abandona. Y escribe. Escribe relatos surgidos de distorsionar sus experiencias (felaciones con su cuñada, infiernos de cartón piedra, actores desenfocados, adolescentes erectos a los que reclama la Muerte…) y vive sumido en un caos preciso e implacable que lo desmonta lenta y apasionadamente: sus recuerdos se mezclan con sus fantasías, sus encuentros con ex esposas se empalman a aventuras delirantes (un homenaje en una universidad degenera en un pastizal de carcajadas amargas: el amigo que muere, la puta que hace de pareja, el niño «secuestrado») hasta desembocar en un tumulto de reconciliaciones: Harry, recibe el homenaje que más necesita e implora: el de sus criaturas, que nacieron de él, que viven para él porque él vive por / para / de ellas.
El ingenio en Desmontando a Harry huele a alcohol, a soledad, a fracaso. Al final hay una chispa de luz, pero a cambio de la destrucción sistemática de toda una vida. Como en aquella obra maestra de cámara enloquecida y desenfocada (desmontada: claro) que fue Maridos y mujeres, Allen tritura aquí las reglas de lo estéticamente correcto y fractura las imágenes, las desmonta (¡claro!) para acercarse con una mirada hiriente y temblorosa al rostro cada vez más demolido del pobre Harry. Si esta gran película no alcanza la altura estratosférica de su gemela, de la que podría ser una secuela bastarda o un «remake» malvado, es porque no todas las ideas volcadas en la pantalla acaban de cuajar (el episodio del actor borroso, el facilón viaje al infierno) y porque hay personajes que no encajan bien en el engranaje, culpa sobre todo de algunos intérpretes endebles y mal escogidos que no dan la talla.
Coge el dinero y no corras
Granujas de medio pelo es un regreso a medias tintas a las granujadas primerizas de Woody Allen con un barniz melancólico y levemente ternurista que resta acritud a las puyas y concede una oportunidad al optimismo. La primera parte es antológica y la que más recuerda al título mencionado, sólo que la sucesión de gags que el jovencito Allen encadenaba con desigual fortuna ha sido sustituido ahora por una precisa, meticulosa y admirable narración cómica en la que se busca el cosquilleo de la sonrisa antes que el estrépito de la carcajada, si bien esta asoma en ocasiones puntuales. La historia de una banda de ladrones chapuceros y entrañables que intenta robar un banco y acaba bañada en dinero gracias a las galletas que usaban de tapadera se convierte, en las manos sabias y elegantes de Allen, en una maravilla llena de gracia e ingenio, con irrupciones magistrales de personajes (la tonta del bote que está a punto de descubrirles o el fortachón idiota son personajes magníficos), situaciones que rondan la parodia y, sin embargo, son extraordinariamente veraces, y diálogos que se superan en inteligencia y puntería a la hora de definir a quien los pronuncia con una frase contundente. A pesar de que le sería fácil, Allen no se ríe de sus criaturas: se ríe con ellas. Y es que durante toda la película se advierte el cariño del cineasta hacia unos seres que viven al margen de la ley pero son menos peligrosos que una margarita, a pesar de que no tiene la menor piedad a la hora de describir su vulgaridad, ignorancia y patética codicia. Los pobres son tan ineptos y bobones que sólo se puede sentir afecto por ellos, eternos perdedores a los que, en su atroz y emocionante ingenuidad, engañan y devoran los tiburones de la sociedad, desde los ricachones que se mofan de sus afanes de grandeza hasta los «exquisitos» arruinados pasando por los estafadores de cuello blanco.
Si el tramo inicial de Granujas de medio pelo es para llevárselo a casa bien envuelto para disfrutar con él cuantas veces se quiera –ideal para combatir la moral baja–, el rumbo de la película a partir del enriquecimiento sorprendente y sorprendido de los cacos se estanca, no progresa, palidece frente al logro precedente. Incluso asoma la punta de algunos lugares comunes y se desaprovechan personajes (Hugh Grant, por ejemplo) en beneficio de un sesgo sentimental que afloja el nudo narrativo, si bien chisporrotean momentos memorables (el robobo de la joya, los intentos ridículos por enriquecer el vocabulario entrando a saco en el diccionario) que alegran la función con la suficiente destreza y energía para no sentirse defraudado. En cualquier caso, sí se podría reprochar a Allen el descuido con el que ideó un desenlace que, además de ser previsible y hasta cierto punto comodón, despide un ligero tufillo a moralina.
No se suele destacar casi nunca a Woody Allen en su faceta interpretativa (se da por hecho que hace siempre el mismo papel con ligeras variantes, con los mismos o parecidos tics), pero en Granujas de medio pelo hay que quitarse el sombrero a un trabajo excepcional: su creación de un delincuente de poca monta al que todo le sale mal, incluso cuando todo le sale bien, es entrañable, inteligente, matizada y convincente en todo momento. Alejado del personaje estereotipado que le escolta (neurótico, acomplejado, coleccionista de psiquiatras y en d(e)uda pendiente con Dios), Woody Allen derrocha talento para poner en escena a un buen tipo de malas conductas, bastante bobalicón pero con las ideas muy claras de lo que quiere para ser feliz y sin comeduras de coco.
So, colilla
Cuando Woody Allen se quiere tomar un descanso tras enfrascarse en proyectos que le exijan más genio que ingenio, rebusca en sus abarrotados cajones de ideas en busca de algún folio ardiendo que le permita rodar su película anual sin romperse demasiado la cabeza. Así lo hizo con Granujas de medio pelo, magnífica en su primera mitad y desfallecida en la segunda: la genial ocurrencia no dio para más. Algo parecido ocurre con La maldición del escorpión de jade: una buena idea que, tras su juerguista arranque, se estanca, gira sobre sí misma sin progresos que hagan crecer la historia por encima de niveles convencionales. Así que Woody se arremanga y recurre a lo que más fácil le resulta a un tipo de su talento: meter las manos en la masa verborreica y suplir las carencias argumentales con andanadas inagotables de diálogos. De magníficos diálogos: chispeantes, graciosos, incisivos, imaginativos. Una catarata de chistes en la que da gusto ahogarse, con memorables rifirrafes entre una Helen Hunt tan antipática como siempre y un Allen que juega a ser un perdedor con (permitámosle el conmovedor capricho) encanto suficiente para conquistar a una mujer mucho más joven tras cruzar todas las alambradas.
La fuerza de esos diálogos, quizá los más brillantes salidos por Allen en mucho tiempo, mantiene en pie un divertimento que está muy lejos de los logros de, por poner el ejemplo de maestría más reciente, Acordes y desacuerdos. A veces dan ganas de cerrar los ojos y dejarse envolver por esa música verbal, pero una fotografía esmerada y de imaginativa calidez lo desaconseja y ayuda a hacer de la cinta un pasatiempo confortable y con un encanto propio de una antigüedad muy alejada de los inhóspitos tiempos cinematográficos que corren. Lástima que al final Allen recurra a una solución de urgencia para cerrar su festín de frases hilarantes (la forma bobalicona en que se descubre el pastel de la hipnosis), y que esa solución sea de una puerilidad impropia en alguien de mente tan privilegiada.
Doble nada
Una mujer con dos destinos. O desatinos. Opción A: la vida es una comedia y mejor burlarse de ella. Melinda ríe: en tu casa o en la mía, sexo seguro. Opción B: la vida es un gran drama y lo que llores hoy te lo ahorrarás mañana. Melinda llora: apartadme las ventanas que me las como. Sexo inseguro. Decía no sé quién que la vida es cómica para los que piensan y trágica para los que sienten.Woody Allen piensa a tumba abierta y por eso suele irse siempre por peteneras cómicas para entender las incoherencias cósmicas.
Cuando se pone trágico es porque ha hurgado en heridas más profundas de lo que cree él mismo: Delitos y faltas, Maridos y mujeres. Dos cimas del cine moderno. Melinda y Melinda está lejos de las altas cotas de la comedia y de las cumbres dramáticas. De hecho, la grieta entre géneros hace que todo el andamiaje se tambalee. Riesgos de la indefinición o de la falta de motivación.
La idea de partida es buena, que no original. La formulación teórica (esa conversación de intelectuales en un café) es tan obvia que se encasqueta la banalidad. El arranque real promete: dos Melindas de parecidos orígenes y distintas formas de encarar los males de sus vidas. El resto no cumple. Defrauda: confunde. No hay mucha diferencia entre las dos películas. De hecho, es más graciosa a veces la Melinda trágica que la Melinda cómica. Cuando se da cuenta de ese desajuste, Allen se saca de la chistera a sí mismo. De pronto, vemos cómo uno de los actores se pone a hacer (mal) de Allen. Torpe. Tartamudo. Coleccionista de las leyes de Murphy.
Borrico cuando se trata de ligar, manazas con las nenazas (las desgracias con la devorahombres tienen su gracia aunque ya se la hemos visto…), superviviente del caos y, finalmente, demasiado apegado a su falta de esperanza como para no regalarse un final imposible con perdices que no se traga ni él. La fórmula se rompe a veces de tanto usarla: el vetusto gag de la bata atrapada por la puerta sólo puede hacer reír como desahogo ante la rutina con que se ensamblan unas imágenes sin chispa, como si Allen –le pasa siempre que se queda varado en el enunciado de una idea ingeniosa– se limitara a tirar hacia delante sin saber adónde quiere llegar.
Y entre tanto personaje aburrido sólo brilla alguna escena aislada (la primera conversación con el pianista) y los trémulos primeros planos de una espléndida Radha Mitchell atrapada en una telaraña de besos envenenados.
Juego, set y partido
Una pelota de tenis que golpea en la red tiene una fracción de eternidad para decidir de qué lado cae. Para imponer una victoria o una derrota. Para dar o quitar buena suerte. No basta con jugar bien: el azar siempre pone las reglas. Y el azar puede vivir en una pelota de tenis o en un anillo que, arrojado al Támesis, decide si cae al agua o no. Quién gana. Y quién pierde. Crimen con castigo. O sin él. La vida y nada más: hablamos de Match point, hablamos de una obra cumbre que pasa a formar parte de las joyas de la corona de Woody Allen con Delitos y faltas, Acordes y desacuerdos y Maridos y mujeres. Las decepciones de los últimos títulos (especialmente Melinda y Melinda) quedan canceladas: bienvenidos mil errores si luego son reparados con maravillas así.
Un protagonista por el que hubiera suspirado la perversa imaginación de la escritora Patricia Highsmith. Destellos de lucidez encerrada en una sola frase que firmaría con gusto Oscar Wilde. Una progresión dramática del buen humor al horror que tanto seducía a Hitchcock. Una naturalidad pasmosa para enlazar registros y tonos que recuerda a Louis Malle o Claude Chabrol. ¿Es Match Point la película más alejada del mundo de Woody Allen o es, por el contrario, la que más y mejor lo desvela? Me inclino por lo segundo: ¿no es demasiada casualidad que las imágenes más perturbadoras de su cine se encuentren en Delitos y faltas, con la que Match point comparte un punto esencial y brutal del guión?
Un hombre arrastrado por el instinto de supervivencia (más que por la ambición, el arribismo tiene distintas hormas y normas) acabará encerrado en su propio infierno de culpa y fatalidad. ¿Un monstruo? Un ser humano en el abismo. Allen no juzga. Muestra. No impone. Expone. Sin comicidad. Sin pedanterías. Salvo un momento al final en que recurre a cierto artificio fantasmagórico con cita de Sófocles incluida, Allen forja una asombrosa armonía entre fondo y forma: es su película más elegante y la más compleja a pesar de su aparente sencillez, gracias a un guión redondo, preciso, sin excesos de ingeniosidades ni comicidad sobrante ni solemnidades impostadas ni mojigaterías inoportunas. Allen se suelta el pelo (dentro de un orden) porque es consciente de que su historia no funcionaría si fracasa el elemento sensual: si no es creible la pasión entre los dos personajes que llegan de abajo (el jugador de tenis fracasado que entra por la puerta grande de la riqueza tras enamorar a una rica heredera y la aspirante a actriz que se resiste a admitir su falta de talento) se desmoronaría todo el entramado final. Las pieles tienen que echar humo: y arden. Allen es capaz de rodar sin morbo barato y con rotunda fisicidad la escena del polvo bajo la lluvia o mostrar sin tapujos las habituales friegas (a ciegas o con aceite) de dos amantes que recurren a los juegos habituales en el goce amoroso.
Planteamiento amable. Desnudo progresivo. Desenlace angustioso. La película avanza con espontaneidad implacable hacia un final terrorifícamente conmovedor. El cruce de sentimientos y la vorágine de emociones no tienen en la cámara un espejo sino una mirilla tras la que el espectador tiene la sensación de asistir no a una representación de la vida sino a la vida misma. El reparto ayuda. Y de qué forma. Nunca ha tenido Allen mejor ojo para sus actores. Lo que hace Rhys Meyers es prodigioso: sus dudas, sus miedos, sus orgullos, sus mentiras, sus deseos, sus contradicciones. Su dolor. La fase final exige un trabajo de orfebrería interpretativa (cada gesto, cada mirada son definitivos) y él cumple con creces. El personaje de Scarlett no está desarrollado con tanta exuberancia de detalles pero la actriz se maneja con una soltura y una naturalidad admirables para hacerlo creible y, en un despliegue final de sutileza, ser tan odiosa como adorable.
Salpican la película las gotas tristísimas de una vieja y rayada versión de Una furtiva lágrima: perfecta mortaja musical para el alma torturada y sombría de esta deslumbrante joya del (esta vez sí) Séptimo Arte, a la que sólo se puede reprochar la irrupción fantasmal con guiño intelectualoide y la liviandad de unas pesquisas policiales a cargo de unos inspectores poco creibles y someramente funcionales.
Woody entre dos aguas
Imitando a Woody Allen en la indecisión que espolvorea sobre Vicky Cristina Barcelona me quedo con dos títulos posibles para escribir sobre una película irrelevante donde lo mejor del cineasta se mezcla despreocupadamente con lo peor. Los hallazgos (escasos) con los tropezones (excesivos). La brillantez con la torpeza. Allen se mueve entre dos aguas tan distintas que unas veces se ahoga por falta de aire y otras sale a flote con un ímpetu encomiable. Como en esa mescolanza musical que hace chocar ritmos de retintín griego con los sones bulliciosos de Paco de Lucía, Woody (¿puedo tutearle?) construye, o destruye, una delirante trama de sainete que empieza mal y acaba fatal, pero con ingredientes por el medio lo bastante sabrosos para que el precocinado menú no se queme en el microondas. Porque no nos engañemos: Vicky Cristina Barcelona es una película escrita deprisa y corriendo con restos de proyectos arrinconados en el cajón del cineasta, lo que da lugar a un caótico dibujo de personajes, tan pronto interesantes y bien perfilados como, súbitamente, amorfos y vulgares: el caso de Scarlett Johansson es escandaloso, pasa del atractivo a la estulticia de la noche a la mañana.
El primer tercio de la película se dedica a pagar deudas. Deudas con Barcelona, en primer lugar, de donde salió la pasta a la que echar la salsa alleniana, y así asistimos a un inevitable (aunque tampoco machacón, todo sea dicho) desfile de postales de la Ciudad Condal, a lo que hay que sumar la curiosa (ejem, ejem) motivación de Vicky para vivir en Barcelona: estudiar identidad catalana. Imagino que esa línea de diálogo fue sugerida desde la Generalitat. Pero Woody también tiene una deuda de gratitud por lo bien que le tratan con Asturias, y más en concreto con Oviedo, donde tiene una estatua a la que los vándalos le quitan de golpe y porrazo su miopía cada dos por tres, así que, en una ocurrencia descacharrante por su descaro, Allen se inventa un viaje ¡en avioneta! a Oviedo, donde Bardem, que es pintor catalán en una parte del guión aunque en otra diga que nació en Asturias (el chico, además de saber pilotar avionetas, conducir descapotables horteras cual gigoló romano y de pintar con las manos como artista maldito que es, es asturcatalán), va al Prerrománico para inspirarse, llora con la guitarra española (todos sabemos que en Asturias hay conciertos con tal instrumento en cada esquina) y visita a su exótico padre, que tiene un moreno de Cádiz que tira pa’trás y vive en una casa impresionante aunque sólo escribe poemas que no publica porque así se venga de este horrible mundo que no ha aprendido a amar. Asturias sale muy bonita, gracias por la fotografía, Aguirresarobe, tómate lo que quieras.
A ver: si la película siguiera por estos derroteros se acercaría peligrosamente a los abismos de Scoop. Pero las irrupciones de algunos diálogos punzantes, la calidez del acecho al que somete a sus personajes en ciertos instantes (lejos del distante pudor que siempre ha lastrado a Allen hasta que se soltó el pelo con Match Point) y una paciente soltura a la hora de irse de un personaje a otro sin ataduras ni moldes asfixiantes (fruto tal vez de esa escritura atropellada del guión o de la contribución española a la hora de someterse a las improvisaciones) consigue que la película se apropie del encanto liviano y liberador de algunos cineastas europeos que supieron hablar de las cosas importantes de la vida sin levantar la voz, sin bajar la cabeza. Vicky Cristina Barcelona no tiene gags (salvo que se considere como tal las náuseas antierógenas de Scarlett en Oviedo), no busca la carcajada, ni siquiera la sonrisa. Y, sin embargo, es una comedia, o eso dicen por ahí. Pero lo importante de ella, y lo que la salva de caerse de bruces por las zancadillas de los peajes turísticos antes apuntados y de las incongruencias que embadurnan algunas situaciones, es su mirada melancólica y a la vez despiadada a las relaciones humanas, al amor y sus consecuencias, a las contradicciones que nos habitan y a las decisiones que nos deshabitan.
Ahí, el personaje de Rebecca Hall (la mejor del reparto, dicho sea de paso) tiene una importancia decisiva, y es en sus carnes donde Allen concentra la duda, el miedo, el deseo y la rabia que acompaña a sus mejores personajes. Pero de los encuentros con Hall se pasa a los escarceos con Scarlett (joviales, lascivos, divertidos, triviales) y de ahí a la invasión en toda regla que protagoniza una Penélope Cruz italianizada (al igual que Bardem en algunos gestos de las manos) y muy fogosa. Vale, empieza otra película. ¿Mejora lo anterior? Por desgracia, no. El desenfadado trío propuesto por Allen aporta escenas a grito pelao entre Bardem y Cruz que tienen una gracia muy relativa, recargada de lugares comunes sobre los amores reñidos, pero eso no es lo peor: lo que importa, para mal, es que la llegada torrencial de Penélope arrolla la de Scarlett (hasta entonces tenía cierta entidad en el vaivén de su búsqueda siempre insatisfecha de amores verdaderos), Bardem pierde sus bazas para convertirse en un sparring de la actriz española y el personaje de Hall se desinfla. Al final, Woody parece darse cuenta de que sus tiros más certeros iban por ahí e intenta dar una vuelta de tuerca a la historia que tanto prometía al insinuarse en aquel «maldito fin de semana en Oviedo» pero el tiempo apremia y se saca de la manga un clímax a tiros que, siendo generosos, se puede calificar de poco afortunado. Y la película se difumina dejando la agridulce sensación de haber asistido a una faena de aliño en la que se pagan demasiados impuestos y se cometen demasiados errores, pero en la que fluye una corriente subterránea de tristeza turbia y amargura temperamental, donde se ahogan, como siempre en el cine del director con estatua, los peores acordes y los mejores desacuerdos del ser humano.