District 9
Septiembre 15, 09 por Tino PertierraBajo la protección de un Peter Jackson que, como ocurre con Sam Raimi, siente necesidad de desintoxicarse de tanta pasta gansa y coquetear con sus inicios barriobajeros, el director de District 9 tiene la golosa oportunidad de asomar la cabeza como cineasta de fuste fustigando de lo lindo las partes menos nobles de la raza humana. Y lo hace desde la barricada de la ciencia ficción, que no por casualidad es el género que siempre va por delante a la hora de ofrecer metáforas del presente a partir de los horrores futuros. Cuando llega una gigantesca «patera» del espacio con refugiados alienígenas (a Sudáfrica, además, lo que da un plus de acidez al brebaje), el ser humano adopta la misma cadena de reacciones (miedo / curiosidad / cautela / hostilidad) que se puede encontrar en cualquier país ¿civilizado? respecto a la llega de inmigrates sin recursos. Si, además, los recién llegados no son precisamente agradables a la vista y se parecen más a una gamba que a Keanu Reeves, la cosa se complica. Muy mucho. De la necesidad, el director una virtud: la falta de gran presupuesto, por mucho Jackson que tenga detrás, obliga a optimizar al máximo los efectos especiales (cualquier plano de Independence day derrocha más dinero que todas las borrosas apariciones de la nave extraterrestre aquí, y no se puede decir que salgan muchos alienígenas, el maquillaje cuesta lo suyo) y recurrir al siempre eficaz truco del documental falso (tan querido por Jackson, como recordarán sus seguidores), con imágenes que parecen extraídas de uno de los muchos informáticos con los que día a día nos ensucian la conciencia, llenos de imágenes de acosos, derribos, sesudas opiniones de expertos y alborotos al rojo vivo.
La trampa no puede durar todo el metraje (entre otras cosas, porque hay una clara vocación de servir al espectáculo, no de ofrecer un producto de arte y ensayo) y el guión (tras hartarse de dar palos a diestro y siniestro, incluidas las propias víctimas del racismo en Sudáfrica) acomete una sarcástica (y más dramática por ello) revisión de La metamorfosis kafkiana para convertir al desdichado y torpe antihéroe de la historia en un fugitivo que, en busca desesperada de una solución para sus males, encontrará un remedio sangriento y destructor en el que encontrará cierto placer… como si la violencia le redimiera de todos sus pecados e insuficiencias. La evolución de la película, abandonada la imagen falsamente real, es eficaz en su planteamiento, adornado con una historia de amistad o camaradería, pero, por desgracia para la coherencia de la película y suerte para los ingresos, District 9 se decanta al final por un desenlace que parece bromear sobre la chatarra apocalíptica de «Transformers» o «Terminator». Ese alboroto de violencia y metales furiosos, rodado con energía pero convencional al fin y al cabo, está rematado por un final abierto (¿por si acaso se cuela una secuela?) que recompone en parte la avería, pero no impide la agridulce sensación de haber asistido a un más que prometedor debut que pliega velas al final para asegurarse una mejor navegación por las taquillas,