Enemigos públicos, de Michael Mann

Agosto 18, 09 por Tino Pertierra

De pronto, cuando ya sólo esperas que la historia acabe como todos sabemos, Michael Mann se atreve con el más difícil todavía: una secuencia osada hasta extremos insospechados: la pieza a cazar se mete con chulería en la boca del lobo para pasearse entre los que le persiguen a ver si son capaces de reconocerlo. Es la pieza con la que Enemigos públicos cierra el puzle vital de un atracador de bancos capaz de jugárselo todo a una cara bonita, narcisista y leal con sus amigos, hostil hacia el poder y generoso con los débiles (la gran depresión se muestra con la aparición de mendigos de pasada, integrados en el paisaje…), audaz y astuto, mezcla de sangre fría y caliente que puede retar a quien se ponga por delante y con una mirada (véase al final) capaz de paralizar a un agente armado.

Que Mann toma partido por el «malo», como ya hiciera, en menor medida, en la memorable Heat, queda claro casi desde el principio, pero acaba con cualquier atisbo de duda en la escena en la que está esperando a que un semáforo se ponga en verde rodeado de «enemigos». El espectador se pone de su lado y la tensión no viene de la expectativa de que la ley atrape al fugitivo, sino de que éste logre evadirse. Esa idealización del personaje de Dillinger, que de Robin Hood tenía poco, le sirve a Mann para que la realidad se pliegue a sus intereses: si El último mohicano, Collateral o Corrupción en Miami (más Heat, claro) apostaban por insertar en la crónica negra el rosa turbio de una historia de amor en la cuerda floja, aquí no podía ser menos. El romance del forajido con la empleada del guardarropa tiene ese toque fatalista y desesperado que tanto gusta al director, y que le permite rodar dos escenas tan rápidas (cuando Dillinger va a buscarla para llevársela y le cuenta su vida en segundos, o el cruce de palabras del final con el «noble» ejecutor) como conmovedoras.

Sin recrearse en alardes de ambientación que estorben, con una decidida voluntad de centrarse en los instantes más que en una narración prolija y detallada, Mann vuelve a exhibir su habilidad para la acción como si fuera la primera vez que se ve algo así en una pantalla. Y la estética «digital» no sólo sirve para arrancar cualquier costra de época a las imágenes, sino que le permite mezclarse con los personajes, acecharlos sin rubor, colarse entre sus cuerpos y sentirse parte de los tiroteos, con el zumbido de las balas y los gritos de los heridos como banda sonora.

Pero siendo una buenísima película, Enemigos públicos no es Heat, ni El dilema. Podía haber sido una obra grandiosa pero le falta la pieza esencial para conseguirlo: el enfrentamiento entre los dos rivales, el agente del FBI y el gángster, no tiene la temperatura que alcanzaban Pacino y De Niro. Y no por culpa de Johnny Depp, casi siempre eficaz y oportuno aquí, ni de Christian Bale, que tiene credenciales de sobra para salir airoso de lances así. El guión convierte al agente Purvis en una especie de robot impasible y hermético, obsesionado pero con detalles de «galantería», y se queda en las afueras siempre, como si merodear por sus interioridades pudiera quitarle aura romántica y quijotesca al bandolero. Esa debilidad resta fuerza al enfrentamiento, hasta el punto de que tiene más garra el que se desarrolla en el tramo final entre Dillinger y un veterano agente que hace las veces del respetuoso Pacino en el inolvidable desenlace de Heat.

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