James Caan
Julio 20, 09 por Tino PertierraPocos actores pueden presumir de salir del anonimato arropados por un gigante como Howard Hawks. James Caan, cuando era un mozalbete más chulo que arrogante y más insolente que provocador, aprendió trucos del maestro para valerse por sí solo en la jungla del cine, pero también unas cuantas artimañas para enfrentarse a la vida cuando no hubiera una cámara delante. Hawks le reveló el secreto: «Este filete es bueno, y ese otro no. Esta mujer es guapa, y esa otra no. Esto me divierte, y eso no». Entre consejo y consejo, Caan se curtió en dos películas que encerraban el último aliento del cineasta: Peligro…Línea 7000, un drama charlatán ambientado en el mundo de las carreras que poseía un extraño, casi irreal encanto, y El Dorado, revisión cachonda y aún así más amarga de Río Bravo, en la que Caan hacía de jovencito de pistola nerviosa.
Otro grande, aunque por aquellas fechas aún estaba en fase de construcción, le dio el papel de su vida. Francis Ford Coppola vio en él al actor inevitable para encarnar a un personaje de cerebro dañado, un ser desvalido y emocionante del que se enamora una mujer que huye de sí misma. Llueve sobre mi corazón, película transparente, hermosa y frágil como una gota de lluvia, hizo de Caan un actor inclasificable, a medio camino entre el duro vulnerable y el antihéroe con imán para los golpes. Durante algunos años rozó sin conquistarlo el Estrellato con películas hoy muy envejecidas: comedias dramáticas como Permiso para amar hasta medianoche, crónicas de la descomposición como El jugador, atolondradas violencias como Rollerball y Los aristócratas del crimen. Pasado su momento de auge, sin prisas y con significativas pausas, Caan se convirtió en un actor camaleónico y poco dado a chupar cámara. Imprimió carácter a «westerns» tan peculiares como Llega un jinete libre y salvaje y policiacos de diseño como Ladrón, patinó en comedias legañosas (Bésame y esfúmate), añadió vitaminas a trabajos alimenticios de grandes cineastas (Coppola y sus Jardines de piedra), deambuló resignado por menudencias con cara de «los actores también tenemos facturas que pagar» y no desaprovechó la oportunidad de demostrar su buena forma con un bombón envenenado: el escritor secuestrado por una admiradora chiflada en Misery.