Ángeles o demonios

Mayo 16, 09 por Tino Pertierra

Vamos a dejar a un lado las pueriles polémicas con las que el Vaticano le hace gratis una campaña de publicidad monstruosa a los productores. Olvidemos el origen papelero (decir literario sería una «blasfemia», ¿no?) del producto concebido como un tetrabrick con todos los ingredientes que garantizan un best seller de usar y tirar. Y veamos Ángeles y demonios sin prejuicios. De mano, el comienzo es garboso, con una secuencia vertiginosa en busca de la antimateria que demuestra de lo que es capaz la maquinaria de Hollywood cuando se pone chula y logra hacer visible lo imposible. Luego, Ron Howard se pone preciosista en la primera aparición de Tom Hanks en una piscina para demostrar que está menos fondón que en la primera y se hace creíble un Vaticano de mentirijillas para exhibir, con indudable pericia, la parafernalia de un funeral papal.

Una vez reclutado Hanks para la causa de luchar contra los Illuminati (reducidos con un par de frases de guión a su mínima expresión), Ángeles y demonios sigue la estela de El código da Vinci, marcando todos los pasos de aquella aunque con algunas mejoras por omisión: el asesino es menos ridículo y la trama menos metafísica, siguiendo el esquema habitual del criminal que va dejando pistas entre muerto y muerto con un final… ¿sorprendente? No hay que tener dotes de adivino ni haber leído la novela para sospechar lo que va a pasar: lo que menos te esperas. O sea, que te lo esperas.

Ángeles y demonios es un vodevil de acción tan lleno de incongruencias que pierdes la cuenta. Así de claro. Sin romance, eso sí: la relación con la científica es tan asexual como la que mantenía Hanks en la anterior entrega, y el personaje es femenino por aquello de la cuota, no porque aporte tensión o intención a la historia. Howard y sus avezados guionistas (tomad el dinero y corred) se las apañan para comprimir en dos horas y pico un ir y venir por Roma (¡son capaces de cruzarla sin encontrar un solo atasco, qué fieras!) entrando y saliendo de iglesias y criptas, con agentes italianos de lo más torpe para evitar que se los carguen y un Hanks que cada poco suelta un cejijunto: «Esto es un pergamino» o «Esto es un diagrama», y cosas así. Y todo pasa muy rápido, con la música de Hans Zimmer atronando sin parar para que el espectador no se pare a pensar y diga: eh, un momento, qué me estás contando. Porque Ángeles y demonios es un chorro de disparates rodados a mil hora por gente que sabe lo que se trae entre planos, con secundarios de lujo que dan el pego con sus personajes de pega y un Ewan McGregor entregado a la lucrativa causa de hacernos creer que, tan buen mozo, juvenil y porrompompero, es todo un camarlengo que sabe pilotar helicópteros (eso será crucial) y se pasea cual Obi-Wan con sotana por los pasillos del Vaticano o lanza arengas a los cardenales reunidos para elegir nuevo Papa. Y, como no podía ser de otra forma, la peli es díver y tiene momentos muy bien filmados, con escenas inquietantes como la entrada en la tumba del pontífice fallecido o ese incendio en una iglesia que derrite una de las momias, y realmente te crees que se rodó en el Vaticano real y el debate entre el descreído profesor Hanks y los profesionales de la fe enciende algún chisporroteo en los diálogos…, pero llega el desenlace, amigos, y por ahí no se puede pasar porque se pasan muchos pueblos. Y ni toda la parafernalia de efectos especiales ni el especial efectismo con el que Howard intenta aturdir al espectador para que no sea consciente de que la barrabasada que se proyecta en la pantalla puede impedir, primero, el estupor, y, finalmente, la carcajada ante una conclusión con paracaídas incluido que parece más propia de una parodia desaforada de los Monty Python. La comicidad se prolonga en la secuencia en la que se descubre todo el tinglado y sólo se arregla medianamente al final con otro alarde digital que cierra esta alocada sesión de cabriolas al por mayor.

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