Pierce Brosnan
Abril 20, 09 por Tino PertierraPierce Brosnan se hizo un nombrecito gracias a su sonrisa siempre bien planchada y su habilidad para llevar los trajes como una segunda piel en Remington Steele, una serie de la que sólo se pueden recordar con agrado las constantes citas cinéfilas del protagonista a la hora de resolver los casos que llegaban a sus manos. En realidad, Brosnan era un impostor, pues la verdadera detective era Stephanie Zimbalist, que se «inventaba» a Steele para evitar las pinzas del machismo que la condenaban al paro. Brosnan lucía su buena percha y una pasmosa facilidad para empalmar mueca tras otra.
Si en la pequeña pantalla llamaba la atención, la grande le quedaba ídem. Salvo apariciones casi fantasmas en títulos interesantes como El cuarto protocolo (donde no lo hacía del todo mal como malo) o la estraña Nómadas, su carrera cinematográfica encadenaba papeles secundarios que sólo le exigían poner el lado bueno y exhibir con aplomo sus trajes (Un asunto de amor, Señora Doubtfire, El amor tiene dos caras) o protagonismos baratos en cintas de acción casposa. Con Goldeneye, Brosnan no hizo más que encajar como un guante en el personaje que, sin duda, mejor podía sentar a sus características. Tras el fiasco de Timothy Dalton, la serie de James Bond necesitaba como el comer a un actor que sacara brillo a un héroe demasiado oxidado. La vitamina Brosnan reanimó al enfermo, a costa de convertir al agente secreto en una especie de Supermán con menos vicios pero más habilidades para salir airoso de los líos. Los guionistas no escatimaron esfuerzos a la hora de convertir las tramas en un delirante «más difícil todavía», ajeno a cualquier tentación de verosimilitud. ¿Alguien duda que James Bond es capaz de tirarse en paracaídas tras una avioneta y colarse en su interior? Con El mañana nunca muere se repitió la jugada y la taquilla, habituada ya a los héroes capaces de proezas milagrosas, respondió con generosidad. Con el dinero saliéndole por las orejas, Brosnan se permitió reirse de sí mismo en Mars attacks!, sudó como nunca en Un pueblo llamado Dante’s Peak, impulsó pequeñas y estimables producciones como Un amor por descubrir y Búho gris en las que podía descansar de tanto traje y tanto trajín, y se permitió caminar a la sombra de Steve McQueen en la pulcra El secreto de Thomas Crown y tomarse el flequillo en la burlona Matador.