John Boorman
Abril 20, 09 por Tino PertierraBOORMAN, JOHN
A John Boorman le resbalan palabras como sencillez, humildad y claridad. Lo suyo siempre ha sido una búsqueda no diría que desesperada pero sí entusiasta de grandes asuntos para abordarlos con grandes alardes. Vamos, que le encargas una película de terror que chupe rueda del éxito de El exorcista y te sale con una secuela literamente incomprensible, aunque, eso sí, con chisporroteos visuales de gran belleza. O le pides que facture una cinta de aventuras sobre Arturo y sus caballeros de la mesa redonda y te entrega una película tan desmadrada como Excalibur, en la que la pedantería, el exceso y la grandilocuencia alcanzan tales proporciones que acaban por embadurnarse de cierto encanto. Qué quieren que les diga: a mi me siguen gustando planos como el de la dama del lago surgiendo de las aguas con la dichosa espada en la mano y las fanfarrias de Wagner haciendo temblar los oídos.
Siempre fue así. Ya desde el principio Boorman quiso dar un barniz de profundidad y solemnidad a todo lo que hacía, siempre empeñado en llenar de mensajes cada película por inocente que naciera. Así, hizo de A quemarropa un insólito policiaco teñido de colorante europeo (de ahí que cautive y fastidie a partes iguales), convirtió las peripecias de un soldado yanqui y otro japonés perdidos en una isla desierta en un sermón (Infierno en el Pacífico), arrojó la ciencia ficción al pozo de las petulancias con Zardoz (qué buena idea, qué mala resolución) y acertó a medias en Deliverance al mostrar con flechas y puñales una caza y captura del hombre por el hombre. Sería su mejor película si no hubiera hecho con el corazón en la mano Esperanza y gloria, la más autobiográfica y por lo tanto sentida de sus películas, de narración deslavazada pero casi siempre intensa. Todo lo contrario de La selva esmeralda, pueril alegato ecologista que muere ahogado en sus propias pretensiones, y Donde está el corazón, merecedora de ser lapidada con palomitas. Parecía llegar una caída en picado, pero Boorman remontó el vuelo con Más allá de Rangún y The general, dos títulos que también quieren poner muchas cartas marcadas de un mundo podrido sobre la mesa, pero lo hacían con más vigor que petulancia y mostraban unos brotes de sobriedad inesperada que parecían anticipar su progresivo desvanecimiento posterior.