Jeff Bridges
Abril 20, 09 por Tino PertierraBRIDGES, JEFF
A ver, que levanten la mano quienes no sientan simpatía por el bueno de Jeff Bridges. Es uno de esos actores que caen bien sin entusiasmar, siempre sólidos y condenados a dar vida a personajes llenos de conflictos pero con un gran poso de energía positiva: la sonrisa bonachona de niño grandullón le queda muy bien. De él puedes esperar cualquier cosa salvo excesos. Debe tener un chip que impide la sobreactuación, y quizá por eso no tenga suerte con los premios.
Su aprendizaje no pudo estar en mejores manos: Peter Bodganovich, John Huston y Michael Cimino. También tanteó el terreno minado del cine ultracomercial con King Kong (un pestiño) y Alguien mató a su marido (a menor gloria de Farraw Fawcett intentando quitarse las alas de ángel), pero el avance no llegaría hasta que empezó a demostrar que podía pelear en todo tipo de rings y ganar a los puntos, ya fuera en comedias pasadas de moda (Bésate y esfúmate), policiacos fofos (Contra todo riesgo), o pasatiempos de ciencia ficción como Tron, donde era engullido por la pirotecnia de unos efectos que fueron especiales y hoy dan un poco de risa, y Starman, un pastel de buenos sentimientos galácticos con exceso de merengue. Quizá harto de tanta imagen decente, encarnó a un asesino encantador en Al filo de la sospecha, una de esas películas en las que no sabes quién es el malo hasta el último plano.
Si no fuera por él, naderías como Nadine o A la mañana siguiente acabarían en el vertedero. Cuando alguno de los grandes lo fichó, no defraudó: en Tucker, uno de los proyectos más personales de Coppola (una autobiografía encubierta al amparo de una vida ajena tan soñadora, impetuosa e insensata como la suya), hizo virguerías, y en la fabulosa Los fabulosos Baker Boys mantuvo un duelo hechicero con Michelle Pfeiffer.
Como no es uno de esos actores que van de provocadores por la vida ni coleccionan amoríos, Bridges mantiene una trayectoria sin vaivenes, tan firme que resulta insólita en estos tiempos tan descarriados con prudentes éxitos y sensatos fracasos: desde fábulas ilusionadas como El rey pescador hasta crónicas de ruina y reconstrucción como Corazón roto o Sin miedo a la vida, pasando por intrigas explosivas como Volar por los aires y «westerns» pomposos como Wild Bill.