
Escuché mi primera película cuando tenía 3 ó 4 años. Y digo que la escuché porque verla me estaba prohibido. En aquella época, a principios de los años 70 en un barrio obrero de Gijón, eran pocos los privilegiados que podían presumir de tener un televisor en casa. Sin embargo, yo tuve un poco de buena suerte porque los vecinos de al lado pertenecían a ese selecto club de las 365 líneas en las que se vivían historias para no dormir y los chiripitiflauticos hacían de las suyas perseguidos por los hermanos Malasombra. Y quiso esa porción de buena suerte que el salón de su casa coincidiera con la pared de mi dormitorio. Y quiso también ese jirón de buena suerte que doña Angeles, la casi pudiente vecina, estuviera tan sorda como una tapia y que pusiera muy alto el volumen de su televisor.
Durante un lustro, hasta que un día apareció mi padre en casa cargado con un voluminoso televisor en blanco y negro de marca Zenith y opulentos blancos y lustrosos negros, escuché desde mi cama las voces, la música, los sonidos de muchos clásicos del séptimo arte sin saber sus títulos ni sus actores, y comprendiendo malamente sus argumentos, pero abriendo las puertas a un mundo de fantasía desbordante al que nunca he querido renunciar.
Allá donde no llegaba mi vista debía llegar mi imaginación, y sin pretenderlo ni mucho menos saberlo, me convertí en guionista tenaz y compulsivo antes incluso de saber que las películas existen, en primer lugar, gracias a unos señores mal pagados y casi siempre esclavizados que se sientan ante una máquina de escribir a tejer sueños, o pesadillas, con sus palabras. No podía saber, entonces, que algún día, yo mismo intentaría el asalto a esa fortaleza de palabras que sueñan con ser imagen, con resultados catastróficos.
Pero esa es otra historia que contaré más adelante.
Volvamos atrás. Mi imaginación se convirtió, pues, en la elegante Paramount, en la poderosa Metro Godwyn Mayer, en la negra Warner Bros o la áspera RKO. Yo creaba las imágenes, completaba los silencios, daba vida a lo que sólo eran relámpagos auditivos. Así, sin separarme de mi almohada, viajé con Ringo en una diligencia acosada por los apaches en busca de justicia, luché con la mujer pirata y el capitán Blood en mares embravecidos, combatí hasta la última bala con el general Custer dispuesto a morir con las botas puestas, seguí el rastro huraño del halcón maltés y dormí el sueño eterno, sufrí los arañazos de la fiera de mi niña y la mujer pantera, y me mojé cantando bajo la lluvia en calles solitarias, crucé desiertos protegidos por centauros y huí con rebeldes sin causa, cubrí la espaldas de Johnny Guitar y competí contra Ben Hur en la carrera de cuádrigas, vencí a Robin Hood en una pelea de palos sobre el tronco de un río y descubrí antes de que llegaran las llamas el enigma de Ciudadano Kane. Gary Cooper tuvo en mí al único aliado para que no estuviera solo ante el peligro y vestí a Eva para que su desnudo no fuera tan solitario y desconsolado. Vencí a los vikingos comandados por un Kirk Douglas sin un ojo y participé en la operaciòn que tenía como peligroso objetivo Birmania, entablé amistad con el atormentado hombre de las pistolas de oro y me gané fama de pistolero duro y despiadado disfrutando de la pasión de los fuertes antes de liarme a tiros con los Dalton en el OK Corral.
Cuando más adelante pude ver esas películas con mis propios ojos, sin tabiques de por medio y con los cinco sentidos en estado de alerta, descubrí que lo que yo imaginaba era mejor que la realidad. No quiero decir que mi fantasía encerrara más talento que las sabias manos de guionistas como Ben Hetch o Dudley Nichols, sino que mis ensoñaciones me proporcionaban más horas de plenitud y disfrute que la obra de arte propiamente dicha. Por eso, con el paso de los años no perdí el gusto por reescribir a mi manera las películas que me gustaban, y cuando un título me fascinaba, como pudiera ser las grandes obras de Hitchcock, Buñuel, Anthony Mann, Murnau, Howard Hawks o cualquier otro genio del séptimo arte, mi diversión favorita era encerrarme con una libreta y un lápiz y contar la historia a mi manera, potenciando los personajes que más me interesaban, entregando más diálogo a las mujeres fatales que me hechizaban en películas como Laura o Retorno al pasado, o modificando las réplicas que yo consideraba poco contundentes.
Me fascinaba el juego de meterme en las imágenes para alterarlas como yo quisiera, saltándome las reglas e imponiendo mis propias leyes sin importarme nada que no fuera mi propia diversión. Cambié el desenlace de El hombre que mató a Liberty Valance, eliminé de un plumazo a los personajes que me resultaban pesados de Lo que el viento se llevó, sustituí los acaramelados finales de tantas y tontas películas impuestos por los intereses comerciales para adecuarlos a lo que yo consideraba más lógicos y coherentes… Nunca olvidaré el día en que me infiltré en El prisionero de Zenda para hacer que el malvado y elegante James Mason saliera vencedor de la batalla en lugar del estirado y repelente Stewart Granger.