11 de julio, 2017

Cada vez menos

Por pesca

Antes de escribir el capítulo final de esta triste temporada que curiosamente podría tener el mismo título, os voy a poner un artículo que a mí personalmente me ha gustado mucho, firmado por D. José Varela Cachaza y que escribió en el Xornal Trueiro (Nº 36) que amable y puntualmente me envía el amigo Miguel Piñeiro, y que va en la misma línea, aunque más guapo escrito, que aquel que yo escribía a mediados de enero de este año y que se titulaba “hacia dónde vamos”.
D. José me ha dado permiso para ello, así que ahí va:

CADA VEZ MENOS. José Varela.

El declive es irremediable. Somos una especie en extinción. La estadística registra una mengua inexorable. Al abrir el siglo éramos en la provincia coruñesa alrededor de 24.000. Apenas sobrepasamos ahora los 11.000, y una parte cada vez mas considerable, añosos ya y con achaques.

El descenso es similar en el resto de las provincias gallegas. El colectivo de pescadores de río se apaga, se agota por extenuación, se marchita y arruga. No hay savia vigorizante en las cañerías de su organismo avejentado, y hasta quién sabe si ya cansado también.

Desde hace tiempo, no se ven niños acompañando a sus mayores en la ribera de cualquier río un día de primavera o verano, a la sombra de un aliso, con una caña en la mano y las pupilas como ascuas, en tensión y esperando el prodigio. Las hegemónicas formas de ocio de hoy empujan a los críos hacia otros pasatiempos y tal vez juzguen arcaicas las aficiones del pasado, aún cuando la mirada otoñal de los veteranos pescadores de truchas las crean vigentes y con futuro. Mas todavía, consideren que puede ser un bálsamo a tanto ajetreo.

Acaso sea temerario adentrarse en el cotejo de los mundos que se abren a la vista de un muchacho: el entretenimiento basado en la naturaleza frente al que tiene su fundamento en la tecnología cibernética. Quizá la tentación de quienes observan apenados este incontenible proceso se deba a la melancolía, a la nostalgia incluso, de un tiempo ido; del recordado gozo juvenil del descubrimiento interminable del misterio de una naturaleza generosa, de la vecindad de los vegetales y de los animales.

Del pasmo y la fascinación de unos ojos inocentes. Quién sabe si es posible hallar todo eso bajo una pantalla táctil, y, para acelerar el ritmo cardíaco no sea imprescindible la iniciática primera picada de una trucha oculta bajo los helechos de la ribera, y baste con un click.

Quedamos pocos, y la ventaja en el reparto de peces no endulza el amargo vacío que precede a la soledad presentida. Porque el aislamiento solo es un regalo cuando se alcanza libremente, por íntimo deseo.