Educación recortable

admin (31 de Octubre, 2012)

Aunque los gastos en educación no son en absoluto la causa de la “crisis”, los recortes en educación sí son, inexorablemente, su más inmediata consecuencia. ¿Cómo se justifica esto? De ningún modo que pueda resultar aceptable. En el caso de Grecia, el presupuesto anual de educación no llega siquiera para pagar los intereses de un par de meses de la supuesta “deuda”. Esto indica dos cosas; una: que, aunque se suprimiera por completo el presupuesto de educación, poco podría hacerse frente al pago; y dos: que el origen de esa abultada “deuda” no podrá nunca ser atribuido a los excesos en el presupuesto de educación. Sin embargo –tanto en Grecia como en España–, si hay que recortar, se recorta por educación; y si se recorta por educación, se empieza siempre por las humanidades.

Descartada la rentabilidad económica de esta medida, sólo queda pensar en la rentabilidad estratégica. Esa sí que está clara. En el actual plan de privatización de la riqueza nacional, de desmantelamiento del estado social y de debilitamiento progresivo del proyecto de la democracia, la educación de calidad sobra por completo. Basta con unos rudimentos de índole instrumental que permitan guardar las apariencias. Toda educación orientada al desarrollo integral de la persona y al potenciamiento de sus cualidades discursivas y críticas va en contra de los intereses dominantes. Por eso, sobra educación, y sobran especialmente las humanidades.

Así pues, ante esta situación de desatino, hace falta de nuevo salir en defensa de lo obvio, insistir una vez más en la necesidad profunda de las humanidades. Podrían aportarse numerosas razones para defender la presencia de estos conocimientos y esta actitud en el mundo, pero referiré tan sólo una que considero suficiente para que queden excusadas todas las demás. El cultivo de la actitud humanista es fundamental en toda sociedad, porque de esa actitud emana la ética; y sin ética, no hay conquistas ni progreso: sólo abuso, sólo caos. El ejercicio de la ética –que no tiene que ver con la acatación sumisa de un código moral establecido– nos faculta para elegir consciente y responsablemente entre un comportamiento y otro, es decir, nos faculta para la libertad. Sin ética no hay libertad posible; ni tampoco esperemos democracia, ni justicia, ni política, ni solidaridad. Nada de eso es posible sin las humanidades, sin una formación que dé profundidad y perspectiva a la voluntad humana, sin un adiestramiento en la argumentación y en el discurso, sin artes para defender el pensamiento.

Quien recorta lo sabe. ¿Qué es lo primero que se apresura a cercenar cualquier régimen totalitario?: la libertad de pensamiento y de expresión. ¿Cuáles son, en verdad, las intenciones de un sistema que abogue por dejar de cultivar esta actitud y esta potencia en los niños y en los hombres? ¿Sobre qué humanidad desea gobernar un sistema que tienda a limitar progresivamente ese espacio humanista? Renunciando a las humanidades dejamos vía libre a la ley del más fuerte, a que los más poderosos y menos escrupulosos manden sobre una masa ignara e impotente. Y esa perspectiva no carece de adeptos.

Día a día, en nombre de la “crisis”, retroceden la historia, la filosofía, la filología, las artes, la formación de la ciudadanía, y prospera un desprecio y una desafección particular por la cultura clásica, por el latín y el griego, las dos lenguas que, desde hace milenios, aportan sin fatiga la materia prima de nuestro pensamiento. Así pues, tengamos una cosa clara: los recortes en educación no son para economizar recursos, sino para atajar la disidencia.

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Entrevista en Radio Euskadi

admin (29 de Septiembre, 2012)

Grecia: “Aquí nadie paga a nadie”

Última entrevista con la periodista Teresa Yusta en el programa “Hágase la luz” de Radio Euskadi

http://www.eitb.com/es/audios/detalle/960699/audio-magazine–grecia-nadie-paga-nadie–hagase-luz/

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Zonas Económicas Especiales

admin (18 de Septiembre, 2012)

Dado que el negocio de la “crisis” va viento en popa, se acerca ya el deplorable momento de ver cómo, en Grecia, se convierte en cruda realidad la amenaza de las llamadas “Zonas Económicas Especiales”: una amenaza visible hace ya tiempo, cuando las perspectivas de futuro que en este blog se analizaban sonaban para muchos a catastrofismo radical.

Hace ahora un año, Philipp Rösler, el joven vicecanciller de origen vietnamita del gobierno Merkel, visitó Grecia al frente de una delegación de empresarios alemanes y planteó abiertamente ante el gobierno griego la conveniencia de crear Zonas Económicas Especiales para atraer las inversiones extranjeras. Los ministros Venizelos y Chrysochoidis estuvieron de acuerdo en la idoneidad de zonas como el Epiro, Tracia, el Peloponeso y el Egeo Sur, pero la burocracia de Bruselas ha demorado hasta el momento el asunto, no tanto por principios éticos como recelosa de favorecer la “competencia desleal” dentro la propia Eurozona. No obstante, los muchos entusiastas de la idea (nacionales y foráneos) han seguido adelante, y, estos primeros días de septiembre, el Viceministro de Trabajo alemán, Hans-Joachim Fuchtel, se ha paseado por el Peloponeso sondeando el terreno y la disposición de autoridades y empresarios de cara al futuro inmediato. Claro está, en sus agendas de trabajo se evita aún utilizar abiertamente el término “Zonas Económicas Especiales”, dado que puede despertar suspicacia, como ocurrió hace días en la isla de Leros. Es preferible hablar sencillamente de “inversiones”, de “planes estratégicos de desarrollo regional” y, sobre todo, de “creación de puestos de trabajo”: éste es el cebo con el que todos pican.

Como, por desgracia, el concepto de “Zona Económica Especial” está llamado a convertirse en uno de los trendies de los próximos años en los países europeos con dificultades financieras, conviene conocer a las claras lo que significa esta eufemística etiqueta. “Zona Económica Especial” es una zona concreta de un país donde las leyes que rigen en todo el territorio nacional son sustituidas por otras más afines a la conveniencia de los inversores que en ella se instalan. Para atraer el capital, las ZEE ofrecen, por lo general, los siguientes incentivos: importación de equipamientos y materias primas libre de aranceles, reducción drástica de los tipos impositivos o incluso exención de impuestos, legislación laboral eslástica, libre circulación de capitales, libre salida del país de beneficios obtenidos, subvención de gastos de transporte, subvención de gastos de contratación de personal, y régimen especial de concesión de licencias. A estos alicientes, se suma también el que el Estado facilita las infraestructuras necesarias en materia vial, de acometidas de agua y electricidad, de telecomunicaciones, de servicios sanitarios, etc. Y por si esto fuera poco, la administración del territorio de la ZEE la ejerce una persona jurídica de derecho privado cuyo principal accionista es, en una primera fase, el ayuntamiento o el gobierno regional de la zona donde se instala, y, más tarde, las propias compañías. Es decir, en la práctica, las “Zonas Económicas Especiales” son zonas del territorio nacional cedidas al control del inversor, que las administra de facto según su conveniencia.

Dejémonos de eufemismos y hablemos claro. Las “Zonas Económicas Especiales” nacieron como un invento de la city de Londres para dar continuidad al colonialismo, necesitado de renovar su imagen victoriana para poder seguir operando con éxito en las nuevas naciones “independientes”. La primera ZEE se estableció a finales de 1979 en Shenzhen, entonces un pequeño puerto al norte de Hong Kong y hoy una selva de rascacielos cuyas cristaleras ocultan la explotación extrema y las muecas grotescas de la corrupción y del abuso como modus vivendi. Desde aquel primer experimento hasta la actualidad –gracias a la progresiva desregulación de los mercados y al progresivo aumento de la dependencia financiera de los gobiernos–, han sido declaradas en el mundo cerca de 4.000 Zonas Económicas Especiales. La experiencia internacional pone de manifiesto cuál es la realidad en estos territorios: para el trabajador, jornadas laborales de entre diez y doce horas diarias (llegando en algunos momentos a alcanzar las dieciséis, según datos de la OIT), elasticidad de la jornada en función de la satisfacción de estrictos objetivos de producción (en las ZEE de China, se trabaja entre 54 y 77 horas a la semana), prohibición de establecer sindicatos, gran inseguridad laboral, condiciones de trabajo degradadas y ausencia total de posibilidades de promoción; para el inversor, exención casi total de impuestos y de obligaciones de participar en programas de desarrollo del país; explotación del territorio a largo plazo a cambio de porcentajes sobre el beneficio que en muy pocos casos alcanzan el 1%; aplicación de mecanismos (fast-track) para eludir normativas medioambientales, de patrimonio, de consumo y de seguridad; y ausencia absoluta de control estatal, lo que favorece el blanqueo continuo de ingentes capitales.

Quien quiera argumentar que las ZEE crean puestos de trabajo, debe saber cuáles son las condiciones del contrato; y, además, debe saber también que, si bien en un principio se contrata población local para favorecer la aceptación, la experiencia histórica demuestra que la práctica habitual es contratar mayoritariamente a emigrantes internos o externos por períodos no demasiado largos y a través de agencias privadas, que pueden llevarse en comisión hasta la mitad de su salario. Siguiendo la Directiva europea sobre normas y procedimientos comunes a los estados miembro para la repatriación de súbditos de terceros países (2008/115/EC), nuestras legislaciones se están preparando ya para que los inmigrantes ilegales en espera de resolución sobre su caso puedan recibir empleo en zonas concretas señaladas por determinadas instancias oficiales (para el caso de Grecia, Ley 3907/2011 37.5). Lean ustedes entre líneas.

Ahora que la “crisis” se extiende y se agudiza, que empiezan a buscarse fórmulas para pagar en especie lo que no se podrá pagar en dinero y que las fortunas de los paraísos fiscales reclaman nuevos paraísos de inversión, comenzarán a hablarnos de Zonas Económicas Especiales y de otros eufemismos como supuesto motor de desarrollo y “solución” a los problemas del país. Por eso, conviene abrir los ojos y conocer las experiencias de otras latitudes: para estar preparados, para que no nos vuelvan a engañar, y para no olvidarnos nunca de que esos “paraísos” son la otra cara de muchos infiernos.

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Oro sucio

admin (10 de Septiembre, 2012)

Esta vez, no me limitaré a exponer de nuevo la opinión de que uno de los objetivos primordiales de este terrorismo financiero disfrazado de “crisis” es que las riquezas nacionales pasen a bajo precio a manos de las grandes fortunas; esta vez, voy a poner un ejemplo. Advierto que puede –y debe– herir la sensibilidad del ciudadano.

Hace algo más de dieciséis años, en diciembre de 1995, el gobierno griego transfirió a la empresa TVX Hellas los derechos de explotación de las minas de oro y otros metales de la región de Casandra, en Calcídica (Macedonia, Grecia). La reacción de los habitantes de la zona, ante la perspectiva de ver su tierra devastada por el cianuro y vendida a intereses privados extranjeros, no se hizo esperar: apelaron al Tribunal Supremo solicitando la supresión de las obras, montaron guardia en la zona veinticuatro horas al día y fueron gaseados y desalojados repetidamente por efectivos de la policía y del ejército que acordonaban la zona. Seis años después, el Tribunal Supremo admite el recurso ciudadano; el 9 de diciembre de ese mismo año, un accidente en las explotaciones de Stratoni provoca una fuga de residuos tóxicos al mar, a resultas de lo cual, cinco meses más tarde, la empresa explotadora se declara en quiebra.

Pasados seis meses, en una extraña maniobra, el gobierno griego acepta la quiebra de TVX Hellas (6/12/2003), renunciando así al cobro de impuestos y forzando a los 472 trabajadores despedidos a aceptar la renuncia a sus honorarios pendientes. Seis días más tarde (12/12/2003), revoca la declaración de quiebra para poder comprar de la empresa los derechos de explotación. Los adquiere por la ridícula suma de 11 millones de euros, y, en cuestión de horas, se los revende por el mismo precio a Hellas Gold, compañía fundada dos días antes, sin mediar concurso público y exonerando a la nueva propietaria de toda responsabilidad sobre los daños ecológicos provocados por TVX Hellas. Una compraventa muy oscura sin ningún beneficio para el erario público. Ninguno, porque el contrato deja claro que la riqueza mineral pertenece en exclusiva a la compañía que la extrae (Ley 3220/2004 ΦΕΚ 15A / 28.01.04). Detrás de la flamante Hellas Gold, está la compañía griega Ellaktor, con la parte del ratón, y el grupo European Goldfields, controlado por Goldman Sachs, con la parte del león.

Por 11 millones de euros, estos “inversores” compraron al Estado –y al pueblo– griego: 317.000 hectáreas para la explotación minera de oro, plata, cobre, zinc y otros metales; 40 hectáreas de instalaciones industriales; 11 hectáreas de suelo urbano; 2.500 de suelo rural; 270.000 toneladas de concentrado de argiropirita (del que pueden extraerse 250.000 onzas de oro) y otros bienes más, largos de enumerar. Si, en octubre del año pasado, Qatar Holding se disponía a adquirir el 9% de las acciones de la compañía por el módico precio de 175 millones de euros, hay que suponer que el 100% de las acciones de aquella “ganga” adquirida a los griegos por 11 millones de euros vale ahora casi 2.000 millones. Más de uno se habrá hecho de oro.

Comprar en tiempos de crisis es un gran negocio. Por eso ahora, habiendo puesto a Grecia con el agua al cuello mediante el terrorismo financiero y la connivencia política, es hora de comprar. Así, con la llegada de la primavera (29/3/2012), el gobierno del “tecnócrata” Papadimos cedió 4.100 hectáreas de zona forestal en la misma región a Hellas Gold para empezar a extraer oro. El 5% de la empresa pertenece actualmente a Hellaktor (vía Aktor) y el 95% a la multinacional canadiense Eldorado Gold. Sus principales accionistas son Fidelity, Market Vectors y la famosa Vanguard, uno de los tres mayores inversores del planeta.

Una pregunta para terminar: ¿cómo es posible que un gobierno venda por 11 millones un bien común que ahora –antes incluso de su explotación sistemática– ya vale 2.000 y no se investigue ni se pidan responsabilidades?

Fuentes principales del artículo:

Kaklamanos M., “Entregamos todo el oro…” Periódico To Honi, Atenas (3/6/12)

Observatorio de Actividades Mineras: http://antigoldgreece.wordpress.com/

Coordinadora Abierta de Tesalónica contra la Explotación de las Minas de Oro:

http://www.youtube.com/watch?v=TTZ6CFuOXS8&feature=share

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Déjà vu

admin (14 de Julio, 2012)

Hace ahora más de
un año y medio, a la vista de lo que entonces estaba sucediendo en Grecia, dije
que, muy probablemente, España sería “rescatada”. Hoy, aunque el gobierno lo
siga maquillando de eufemismos, el “rescate” es ya un hecho incuestionable.

Para hacer aquella
afirmación no hacía falta ser ningún adivino, bastaba con darse cuenta de que
en ambos países se daban “condiciones” favorables al “rescate” y tener en
cuenta la avidez de los “rescatadores”. Esas “condiciones” –deuda externa,
endeudamiento público, evasión fiscal, corrupción, pérdida de competitividad,
alta tasa de paro, (agravadas en el caso de España con particularidades como la
“burbuja inmobiliaria”, el endeudamiento privado o la costosa mecánica del
Estado de las Autonomías)- no son precisamente las causas de la “crisis”, pero,
presentadas como tales con acierto mediático, contribuyen de manera eficaz a la
aceptación de los “rescates” por el pueblo, que es, a fin de cuentas, el que
habrá de pagarlos.

Ahora, con el
“rescate”, llegan también las primeras “medidas” que vertebran el plan de los
“rescatadores” y de sus aliados políticos: un gobierno de cualificados
“gestores” que entienden de números; un ministro de economía de la confianza de
la élite financiera internacional (y de su cantera); paquetes de recortes
“imprescindibles” en sanidad y educación; capitalización “imprescindible” de la
banca con fondos públicos y por mayor cuantía de lo ahorrado a base de
recortes; reformas de la legislación laboral en detrimento de los trabajadores;
aumento del IVA y recargos en el agua, la electricidad y los combustibles; medidas
para el control de los medios de información; incremento acelerado de los
dispositivos policiales de seguridad y orden público; etcétera.

Todo lo que sucede
en España en los últimos meses –incluida la fraseología y la retórica del establishment político y mediático- es
un déjà vu de lo sucedido en Grecia,
un proceso que reproduce paso a paso y con precisión matemática todo lo
sucedido meses antes a este otro lado del Mediterráneo, y que, por tanto, hace
tremendamente previsible el futuro inmediato. ¿Y qué es lo que va a pasar? En
principio, se tomarán las llamadas “medidas para frenar el déficit” (aunque el
déficit real poco tenga que ver con el montante de las deudas y con el
verdadero origen de la llamada “crisis”). Medidas como: recortes progresivos en
sueldos y pensiones (aunque se jure y se perjure lo contrario); reducción
drástica del salario mínimo y cuestionamiento del propio concepto;
debilitamiento del concepto de convenio laboral y sustitución del mismo por la
negociación individual de los contratos; despido progresivo de miles de
funcionarios a través de distintos subterfugios (como el paso a una “reserva”
provisional); abaratamiento del despido en el sector privado como acto reflejo
de las prácticas gubernamentales en el sector público; planes de privatización
de bienes nacionales bajo la etiqueta eufemística de “puesta en valor”
(infraestructuras sanitarias, empresas de transporte, suministros de agua y
energía, loterías y quinielas, etc.); injerencia progresiva en la política de
instituciones como el FMI, la Comisión Europea y sus correspondientes Task Forces; reformas en la legislación
(e incluso en la Constitución) para salvaguardar los intereses de los
acreedores; rescate 1, rescate 2, rescate 3… Todo en un ambiente de huelgas y
manifestaciones bajo control.

El objetivo principal
de este “plan” está claro: sacar provecho de una recesión creada expresamente
para que la riqueza pase a cada vez a menos manos y para que las condiciones que
permiten el enriquecimiento de esa élite sigan mejorando progresivamente. Por
eso, sus acciones en nombre de la “crisis” van encaminadas a la degradación del
mercado de trabajo hasta que todo el mundo esté dispuesto a hacer cualquier
cosa por un bocadillo, al desmantelamiento de los servicios públicos y a su
sustitución por servicios de pago prestados por corporaciones privadas (en las
que tienen parte los propios políticos que favorecen el proceso), al
debilitamiento del ya deficiente sistema democrático…, van encaminadas, en una
palabra, al retroceso del estado social y a la pérdida de conquistas y derechos
adquiridos por la humanidad a través de largos y penosos procesos de lucha.

Y el futuro
próximo depara aún mucho más. Cuando la deuda no se pueda pagar –porque está
previsto que sea impagable-, darán comienzo los procedimientos de cobro
alternativo: privatización de recursos naturales públicos (agua, fuentes de
energía, yacimientos minerales, riqueza forestal, parajes naturales…), creación
de “zonas de economía especial” (es decir, zonas del territorio nacional
cedidas en usufructo a “inversores” y acogidas a regímenes jurídicos, fiscales
y laborales especiales, a conveniencia del “inversor”), relajación de las leyes
que protegen los derechos fundamentales de las personas y su propia integridad,
y toda una serie de pesadillas que ya son realidad cotidiana en muchos lugares
del planeta, algunos bien cercanos.

Este es el plan
para los próximos meses, o, digamos, los próximos años, en esta Europa cada vez
menos política y más financiera. Ante este déjà
vu
, en la conciencia de los
“ciudadanos” está ahora seguir sentados en el sofá hasta que todo esté perdido,
o levantarse de una vez y actuar.

Las deudas de Alemania

admin (23 de Junio, 2012)

Cansados ya de hablar de la deuda de Grecia, hablemos, por ejemplo de la de Alemania, su “gran rescatadora” para beneficio de la ingeniería financiera y para tranquilidad de los mercados.

Para hablar de esta deuda, no hace falta recurrir a argumentos de carácter moral o cultural, que, pese a su solidez y su certeza, podrían ser tildados de retóricos por algunos cretinos; bastará con hablar de dinero; nada de sentimentalismos: real money.

¿Saben Uds. cuál es el país europeo que más rotundamente y con más éxito se ha negado de forma reiterada al pago de sus deudas? No es otro que Alemania. Y no se trata de deudas derivadas de la mera especulación financiera, sino de deudas derivadas de indemnizaciones de guerra: es decir, de deudas contraídas por haber invadido, destruido, saqueado y matado.

Tras el Tratado de Versalles (1919), la Alemania perdedora de la I Guerra Mundial fue condenada a pagar reparaciones de guerra a los aliados por valor de 226.000 millones de marcos de oro, una cifra imposible, fijada con el fin de castigar a la belicosa nación y de poner freno a una rápida recuperación que pudiera verse seguida de nuevas hostilidades. Entre 1924 y 1929, la república de Weimar se mantuvo casi exclusivamente de los préstamos recibidos de EE.UU. (más de un billón de dólares), destinados en parte a sufragar las indemnizaciones señaladas. Pero la situación para Alemania se hacía insostenible, y el crack del 29, además de enormes pérdidas para los prestamistas, abrió la posibilidad a la renegociación de la deuda: así pues, en 1930 (Plan Young), esa ingente obligación de pago quedó formalmente reducida… a la mitad (112.000 millones). Entre 1931 y 1932, y dada la situación de la economía mundial, EE.UU. decide condonar las deudas de guerra a Francia y Reino Unido, quienes, a su vez, renuncian como acreedores a buena parte de la deuda alemana (Moratoria Hoover y Negociaciones de Lausanne). Resumiendo, en 1932, Alemania consiguió una reducción neta de más del 98% de las deudas a las que le obligaba haber puesto en marcha la I Guerra Mundial, y en 1939, cuando pone en marcha la segunda, la Alemania de Hitler suspende unilateralmente todos los pagos, incluido el de este 2%.

Acabada la II Guerra Mundial, la historia se repite: Alemania es condenada a pagar cuantiosísimas indemnizaciones de guerra, pero, en el célebre Tratado de Londres (1953), los EE.UU., deseosos de convertir a la nueva Alemania federal en un pilar de la OTAN frente al bloque soviético, consiguen “convencer” a veinte países –entre ellos Grecia– para que accedan a una condonación “de facto” de todas las deudas alemanas derivadas de la Gran Guerra. Sin embargo, este extraordinario tratamiento de favor –y las favorables politicas extranjeras para que el país “perdedor” recuperase pronto el superávit comercial– no fueron obstáculo para que Alemania siguiera reclamándole a una Grecia invadida, expoliada por sus tropas y con un millón de muertos… todas las deudas anteriores a la guerra desde 1881. No fue obstáculo para que, en 1964 -y con la ayuda de Georgios Papandreou (abuelo) y Kostas Mitsotakis–, Alemania consiguiera el reconocimiento de esas deudas por parte del gobierno griego, engrosadas además con una altísima prima de riesgo que hace que aún las estemos pagando. Y tampoco fue obstáculo para que, en 1990 –cuando la unificación de Alemania obligaba a revisar los términos del Tratado de Londres y a retomar el pago de las indemnizaciones congeladas en virtud del mismo–, la Alemania de Kohl se negase nuevamente a pagar la mayor parte de esa “vieja deuda” y países como Grecia siguieran sin encontrar justicia.

No nos engañemos con falsas lecciones de moral: el llamado “milagro” de la economía alemana se basa primordialmente en el impago reiterado de sus deudas por indemnizaciones de guerra. Y digo, primordialmente, porque deberíamos referir también, como cimientos del “milagro”, la prosperidad adquirida por la explotación del trabajo forzado en 78 campos de concentración por colosos económicos como Krupp, Thyssen, Volkswagen o I.G. Farben, padre este último de gigantescas multinacionales como Bayer, Agfa o Aventis, que siguen dando muestras de buenas prácticas en el mundo globalizado de hoy (como también Neuman, Siemens, SLC Germany GmbH, etc., por no hablar de la industria armamentística alemana, tan boyante entonces como ahora).

Más allá de las hipocresías, la pregunta es la misma de siempre: ¿quién debe a quién?

El triunfo del miedo

admin (18 de Junio, 2012)

Ayer, domingo, tuvieron lugar las esperadas elecciones en Grecia. Para el establishment griego y europeo, el objetivo de los anteriores comicios de mayo no fue otro que el de legitimar a través de las urnas la política impuesta hasta el momento de forma coercitiva y antidemocrática desde el nucleo neoliberal europeo. Ese objetivo, sin embargo, no se alcanzó entonces, pues la disidencia frente a la actual política de austeridad y rescates logró agruparse parcialmente bajo el voto de Syriza y transformar su descontento en una opción electoral capaz de poner en peligro el status quo del bipartidismo colaboracionista. Como no hubo consenso para formar gobierno, fue necesario repetir los comicios.

Desde entonces hasta ayer mismo, fecha de la segunda votación, el protagonista absoluto de todo este proceso ha sido el miedo. El miedo del bipartidismo secular a ser apartado del poder político, el miedo de las élites beneficiarias a que se acabe el juego, el miedo de unos y otros a que se abran procesos y se depuren responsabilidades con nombres y apellidos, y el miedo de Bruselas y Berlín a perder sus lacayos en Grecia y a que un peligroso precedente se interponga en el camino de su, hasta ahora, implacable plan de conquistas a través de la deuda. Todo ese miedo se vio canalizado hacia el electorado en una operación de guerra psicológica de proporciones orwellianas: la amenaza de abandonar el euro, de ser expulsados del espacio Schengen, de ser apartados de Europa, de caer en la bancarrota absoluta, de ser atacados por Turquía, de quedarse sin alimentos ni medicinas, de volver irremediablemente a las cavernas. Mientras la mayoría de los medios griegos y europeos propalaban estos tendenciosos vaticinios de muy discutible base, Nueva Democracia recorría el país buscando puerta a puerta a sus votantes y recordándoles a muchos los favores recibidos. Por todo esto, estas elecciones pasarán a la historia como las más contaminadas y las de mayor injerencia externa desde la creación de la Unión Europea.

¿Y cuál ha sido el resultado? La opción mayoritaria: la abstención, fruto del desencanto, del agotamiento, y, en muchos casos, de la irresponsabilidad ante una coyuntura tan crucial. Después, un nuevo gran ascenso de Syriza, que bien podía haber ganado con un poco más de apoyo de quienes se oponen a la política de rescates. Y, por último, un triunfo de Nueva Democracia, con el 30% de los votos, que abre el camino al continuismo y tranquiliza a los acreedores y mercados. Si, pactando con el PASOK, Nueva Democracia llega a formar gobierno, Grecia estará regida nuevamente por quienes la han llevado al caos en el que está, por quienes en los dos últimos años no se han atrevido a aparecer en público, por quienes han mostrado reiteradamente su incapacidad y han dejado bien claro los intereses a los que sirven.

Es el triunfo del miedo, y ahora, para poder gobernar sobre una población que en su gran mayoría no se verá benefeciada en absoluto de las políticas que piensan aplicarse, será necesaria también la represión. Mucha represión. Es lo que viene hasta que la ciudadanía de Europa –de esa Europa que “respira aliviada” en las portadas de la prensa de hoy- despierte de una vez y se ponga a pensar en lo que se ha quedado su sueño.

Entrevista “Elecciones” COM RADIO

admin (17 de Junio, 2012)

Entrevista en COM RADIO la mañana del fomingo 17 de junio, día de elecciones en Grecia.

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El voto del domingo

admin (14 de Junio, 2012)

Las elecciones del próximo domingo en Grecia mantienen a Europa en una gran expectativa. La causa, más allá del habitual ruido mediático que suele acompañar a todos los comicios, es que, esta vez, el resultado es muy trascendente. ¿Qué se decide? Se decide entre otorgarle o denegarle la legitimidad democrática a la política impuesta hasta el momento de forma coercitiva desde el nucleo neoliberal europeo. Ni más ni menos. Por eso es trascendente, y no sólo para Grecia, sino para la democracia como proyecto.

Este domingo, en Grecia, no se vota a un partido: se vota si dar continuidad a un régimen o abrirse a la posibilidad de subvertirlo. Una y otra opción tienen sus riesgos, si bien los medios del establishment se esmeran en agigantar los de la opción de cambio mientras guardan un perverso silencio sobre los de la opción de continuismo.

Durante los dos últimos años, la parte más progresista del pueblo griego ha estado clamando en las calles y en el ciberespacio contra flagrantes injusticias derivadas de las políticas de austeridad y de recortes, impuestas por reducidos grupos que actúan sólo por su propio interés económico; clamando contra los procedimientos antidemocráticos por los que un grupo limitado de políticos colaboracionistas ha comprometido la soberanía y los recursos del país con la firma de onerosos Memoranda; clamando contra la arbitraria suspensión de un referéndum ya anunciado, y abortado por el temor y las presiones de la derecha neoliberal europea; clamando contra un gobierno de agentes y de títeres, impuesto al margen de las urnas para ejecutar los planes de una élite concreta; clamando un día y otro por la democracia y la justicia, ante oídos sordos, falanges policiales y cortinas de gases lacrimógenos.

Las elecciones del próximo domingo son trascendentales para Grecia y Europa, porque, por vez primera en todo este proceso, la voz sonora de la disidencia frente a esta “hoja de ruta” neoliberal y globalizadora tiene la posibilidad de transformarse en acción política por vía democrática. Y esto es muy importante, tan importante como la caída de un régimen, de ahí el desasosiego del establishment griego y europeo y su desesperada campaña de desprestigio y miedo. Los “numerarios” del bipartidismo clientelista griego saben perfectamente que serán derrotados para siempre si pierden estas elecciones, saben que se acaba el juego, y lo sabe también la detestable oligarquía beneficiaria de sus políticas de endeudamiento, privatizaciones y rescates. Y no nos engañemos: el nerviosismo que ahora recorre los despachos europeos y los consejos de administración de la gran banca tiene este mismo origen.

El gran fracaso de los comicios griegos del pasado mes de mayo fue que la resistencia frente a esta política de depredación y abusos no fue capaz de trazar a tiempo una línea de mínimos y unir sus fuerzas en un frente común para ganar las elecciones. Ahora puede hacerlo. En estos momentos, el voto pragmático para que pueda haber un cambio progresista de política, para que se depuren responsabilidades y para que se ponga freno al sistema de sometimiento a través de la deuda, lo tiene únicamente Syriza, y cuantos en Europa desean de verdad abrir la posibilidad a ese cambio deben ahora apoyar a Syriza, por encima de los lógicos recelos y de las eventuales diferencias. Para que algo cambie hay que vencer el miedo y que asumir el riesgo, y me parece abominable la actitud del KKE (Partido Comunista de Grecia), que pide expresamente en su campaña que no se vote a Syriza, prefiriendo una clara victoria del bipartidismo continuista –que les permita seguir cínicamente instalados en su sistémica oposición retórica–, al esperanzador triunfo de un partido de mayor afinidad ideológica, que les dé terreno para colaborar de forma constructiva en las tareas de gobierno.

Atención: no es el euro ni Grecia, es la Democracia lo que está en crisis; y los europeos hemos de espabilarnos de una vez, dejar de actuar como cómplices del engaño, y decidir con valentía si empezamos a luchar por valores o seguimos defendiendo intereses. Si, este domingo, los griegos que acudan a las urnas consiguen con su voto abrir en Europa la posibilidad a este cambio, este pequeño pueblo habrá realizado sin duda otra de sus aportaciones al progreso de la humanidad en su conjunto.

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Los destructores de Europa

admin (31 de Mayo, 2012)

Si, dentro de unos meses, la moneda única y la Unión Europea comienzan a venirse abajo, habrá que “agradecérselo” a Merkel, Sarkozy, Barroso, Draghi, Strauss-Khan, Lagarde y a sus respectivos círculos de influencia. Ellos no son los únicos, claro está, pero en estos momentos son los más visibles.

Ahí donde “Europa unida” era, desde su nacimiento, un sueño frágil e inspirador de múltiples recelos, estos personajes han conseguido en los últimos tiempos minar por completo su “credibilidad” (por usar un término resemantizado por la tecnocracia financiera neoliberal). Y lo han conseguido a base de convertir dudosos postulados económicos en incuestionables dogmas políticos. Bien es verdad que han tenido a su favor una “escuela de pensamiento económico único” con pocos disidentes, unas élites económicas nacionales contentas y beneficiadas de esa situación, una clase política cómplice y partícipe durante demasiado tiempo, unos medios de comunicación muy fieles a la voz de su amo y una ciudadanía dormida en los laureles de un aparente confort.

¿Y ahora qué? En diez años de vida, la moneda única europea ha generado concentración de capital en los países del nucleo duro y deuda en los de la periferia. Ahora, para poder mantenerse en “Europa” o para que “Europa” pueda mantenerse, dicen que hay que rescatar la economía virtual de las finanzas con la economía real de la producción; o peor aún, que hay que pagar la deuda de la especulación financiera y los desmanes de la prolongada connivencia entre la élite económica y la clase política con las conquistas del estado social y de la democracia. Dicen que hay que seguir confiando en el FMI, pese a los más que controvertidos resultados de sus intervenciones en 120 países y a la evidencia de los intereses que de facto representa. Dicen que hay que perseverar en la “lógica” de que el Banco Central Europeo preste dinero a la banca privada a muy bajo interés para que ésta financie al Estado a un interés muchísimo más alto. Dicen que hay que rescatar y recapitalizar a esa banca privada con el dinero de los contribuyentes, al tiempo que a éstos se les suben los impuestos y se les recortan los sueldos, las prestaciones, los derechos y las condiciones laborales en nombre de supuestos “planes de austeridad”. Y se atreven a decir, incluso, que hay que elevar a norma constitucional el pago preferente a los acreedores por encima de cualquier prioridad de la ciudadanía o del Estado. Éstas son las recetas para “solucionar la crisis” y para sobrevivir en el caos que ellos mismos han creado. El cinismo es tan enorme que los máximos exponentes de la pleonexía van ahora de apóstoles de la austeridad.

En todo este desastre, una cosa ha quedado bien clara: que Europa no ha conseguido aún ser un proyecto democrático, progresista y solidario. Aunque no lo parezca, ya no tiene sentido seguir perdiendo tiempo hablando cada día de la deuda, de la austeridad y de los rescates. Lo que Europa necesita de verdad es un cambio, un cambio profundo que la convierta de una vez en un proyecto político y social en beneficio de todos y que la aparte de este “master plan” para grandes superficies comerciales que guía últimamente sus pasos, de estas recetas neoliberales que podrán ser válidas para crear negocios lucrativos pero que no valen para organizar sociedades. Europa necesita urgentemente un cambio de signo si quiere sobrevivir a lo que se le viene encima. Las segundas elecciones de Grecia, la amenaza a la continuidad del euro y lo que está bullendo ya en los países a los que los cerdos llaman PIGS, no deja lugar a dudas y advierte de que queda poco tiempo, tal vez menos de lo que parece. Y basta ya de bravatas insensatas en boca de falsos salvadores. Esta gente que nos vende “miedo a salir del club” está dinamitando Europa.

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