Simples razones para salir a la calle

admin (26 de Mayo, 2011)

Ayer, en Atenas, Tesalónica, Patras, Volos, Heraclio, Ioannina y otras ciudades griegas, la gente se echó a la calle movilizada inesperadamente por las virulentas redes sociales. Sin duda, la experiencia de España ha servido de acicate, y los griegos lo han reconocido abiertamente. Y en una ciudad habituada a manifestaciones diarias, la de ayer resultó extraordinariamente fresca y nueva: espontánea, masiva, heterogénea, sin color partidista, sin provocaciones violentas, sin gases lacrimógenos, firme y decidida. Ayer estuvimos en Sintagma hasta bien entrada la noche. Y hoy vamos a volver.

Hay muchas razones para salir a la calle, y haré el esfuerzo de enumerar algunas aunque parezcan conocidas y evidentes, porque es sabido que las ideas más progresistas no peligran tanto cuando su defensa resulta arriesgada como cuando resulta tediosa.

Hay que salir a la calle porque nuestros políticos, con la presión y con la connivencia de los monopolios del poder y del dinero, están desmantelando el país y el sistema democrático a espaldas de la ciudadanía.

Hay que salir a la calle porque tenemos que llevar la “crisis” más lejos de lo que esperan quienes la han creado para explotarla en su provecho; porque tenemos que llevarla hasta un verdadero punto de inflexión que rompa el juego; y porque, si no lo hacemos, todos los esfuerzos y sacrificios que se nos exigen “para pagar la deuda” contribuirán únicamente a perpetuar un sistema perverso y nunca a subvertirlo.

Hay que salir a la calle porque lo que aquí ocurre no es una simple crisis de carácter local y pasajero, sino un ataque económico global frente al que es necesario globalizar también la resistencia solidaria.

Hay que salir a la calle para romper el miedo y la inacción, para hablar y escuchar, para inventar nuevos cauces de expresión para la voz de la ciudadanía y para que esa voz pueda llegar a convertirse en acción política.

Hay que salir a la calle para hacer avanzar la democracia, para proponer y defender ideas progresistas que puedan parecer mañana derechos incuestionables.

Hay que salir a la calle porque la democracia en un proyecto in fieri al que hay que ayudar a crecer y cuyas conquistas hay que defender cada día que amanece.

Hay que salir a la calle porque la verdadera revolución de la democracia –y su sentido último– es liberar a los hombres de su condición de simples súbditos y elevarlos a la de ciudadanos, a la de portadores conscientes y activos de la esencia política de la sociedad.

Y hay que salir a la calle porque –no nos olvidemos– la democracia es un frágil sistema basado en la virtud de los ciudadanos, y sin esta virtud el sistema carece de base.

Nos vemos en la plaza.

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Puerta del Sol, saludos desde Atenas

admin (20 de Mayo, 2011)

Desde aquí, desde Atenas, alienta ver que una parte significativa de la sociedad española ha decidido por fin movilizarse. Desde aquí, desde la agitada Atenas, alienta comprobar que también en España hay ciudadanos que salen a la calle a alzar su voz en nombre de ese ideal eternamente revolucionario llamado democracia.

Desde que se empezó a hablar de la crisis y del plan de rescate, las calles de Atenas han estado semana tras semana repletas de manifestantes que claman contra las medidas adoptadas para combatir una “crisis” que no es en realidad una crisis económica, sino una crisis moral y una crisis estructural de la democracia. Casi mil movilizaciones ciudadanas en menos de año y medio, que en su mayoría han sido disueltas a base de gases lacrimógenos comprados con el dinero público a grandes compañías fabricantes de armas.

Lo que está ocurriendo aquí no es una mera crisis de carácter local, sino un efecto más de un perverso proceso de especulación de alcance global basado en la obtención de lucro a partir del endeudamiento. Y es que el capital, que gana dinero fomentando la “crisis” y la deuda, tiene cada vez un mejor aliado en los gobiernos –ya sea por connivencia, ya por coerción–, y esa alianza, de espaldas a la ciudadanía, está socavando la verdadera democracia y haciendo realidad una creciente y alarmante apropiación de parcelas de poder y de soberanía por parte de las entidades financieras y de los impulsores del capitalismo globalizado. Ésta es la razón por la que, mientras no haya una reforma ética y una reforma estructural de nuestras democracias, todos los esfuerzos y los sacrificios de los pueblos para pagar este tipo de deudas serán esfuerzos y sacrificios para perpetuar un sistema perverso y nunca para subvertirlo.

Es precisamente por esa reforma profunda de nuestras democracias por lo que hay que salir a la calle. Que se enteren de ello quienes ironizan diciendo que los manifestantes de la Puerta del Sol no tienen argumentos ni propuestas o que son marionetas de una maniobra electoral de ciertos partidos. Hay que salir a la calle a reformar la democracia desde dentro, ejerciendo la ciudadanía. Hay que salir a la calle porque la democracia, en casi todos los países donde existe, se está viendo restringida a un juego político al margen de la ciudadanía, a una lid donde toda estrategia va orientada a mantener al gobernante en el poder o a ayudarle a conquistarlo, y donde los provechos eventuales que la política reporta al pueblo parecen meros efectos colaterales de esta única obsesión. Hay que salir a la calle a proponer y defender ideas progresistas para que mañana puedan parecer derechos incuestionables. Hay que salir a hablar y a escuchar, para que la voz pueda llegar a convertirse en acción política.

Lo que hoy está ocurriendo en Madrid o en Atenas pone de manifiesto que la ciudadanía de nuestras democracias necesita más voz. Porque la verdadera revolución de la democracia –y su sentido último– es liberar a los individuos de la condición de súbditos y elevarlos a la de ciudadanos, a la de portadores conscientes y participativos de la esencia política de la sociedad. Para que la verdadera democracia sobreviva, la ciudadanía debe tener más vías de expresión que el voto, el sindicato y la reyerta. Hay que crear nuevas estructuras, nuevos canales intermedios que den a la ciudadanía participación organizada y cotidiana: observatorios políticos, comisiones de investigación independientes, plataformas de propuesta y de denuncia, foros de expresión libres, herramientas contra la demagogia… Y los gobiernos deben prestar oídos a esa voz, porque si no lo hacen, sólo habrá grito.

Para salvar la democracia, dos cosas son imprescindibles: globalizar la resistencia solidaria a su desmantelamiento actual y conquistar de nuevo el ágora. Puerta del Sol, saludos desde Atenas.

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Silogismos y verdades

admin (12 de Mayo, 2011)

La madrugada del martes al miércoles, unos desconocidos –extranjeros morenos, según testigos presenciales– asesinaron en el centro de Atenas a un hombre de 44 años y nacionalidad griega para robarle una videocámara. La madrugada del miércoles al jueves, dos desconocidos –ultraderechistas griegos, según testigos presenciales– asesinaron en el centro de Atenas a un hombre de 21 años y nacionalidad bengalí, en ciega represalia por el asesinato de la noche anterior. Hoy jueves, a las cuatro de la tarde, un grupo de vecinos del barrio donde sucedieron los hechos emprendía una marcha abucheando al Parlamento, coreando las consignas “¡Fuera de Grecia los extranjeros!” “¡Grecia para los griegos!”, portando banderas blanquiazules y entonando el himno nacional.

Falsos silogismos llevan a algunos a pensar que, si los asesinos de la primera víctima eran extranjeros, todos los extranjeros son potenciales asesinos. Idéntico silogismo podría conducir a la idea de que, si los asesinos de la segunda víctima eran griegos, todos los griegos son potenciales asesinos. A nadie se le ocurriría afirmar lo segundo, pero muchos parecen impulsados a la acción por lo primero. Y ambos silogismos son una estupidez suprema. La verdad es que los asesinos son los asesinos, y que las víctimas son las víctimas, siempre, no importa si son griegos o extranjeros.

Esta mentalidad estúpida hace retroceder las conquistas históricas. En vez de reclamar derechos, justicia e igualdad, se sigue reclamando identidad, exclusión y diferencia. La diferencia es algo natural entre los individuos de la especie humana; en cambio, la igualdad es una conquista, una victoria de la especie humana sobre sus más bajos impulsos y sobre las identidades que nos vienen impuestas. Sólo sobre la igualdad –nunca sobre la identidad– puede construirse la justicia y la dignidad humana.

Tristemente, los días que ahora se avecinan volverán a desatar en Atenas y en Grecia los nefandos discursos sobre la identidad y la diferencia, acallarán a los que claman contra el abuso y la injusticia sin rasgos de color, y es probable que hagan correr la sangre en nombre de la patria y la pureza. Y yo, que soy un extranjero y vivo en Grecia por propia voluntad, habré de oír muchas veces “¡Fuera los extranjeros!” “¡Grecia para los griegos!”. Pero seguiré pensando que la Grecia que amo –y la que ha sustentado hasta hoy el prestigio de su nombre– no es una patria de la tierra ni de la sangre, es una patria del espíritu que nos impulsa desde siempre a ser mejores, y que los valores que esa Grecia defiende son universales.

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