Seisachtheia y otros conceptos

admin (27 de Noviembre, 2010)

Una de las acciones que abrió definitivamente paso al nacimiento de los conceptos de dignidad humana, ciudadanía y democracia fue la seisachtheia, la denodada decisión de suprimir entre los atenienses la esclavitud por deudas. Esta sola idea sería por sí misma un argumento suficiente para dar pleno sentido a los “Diálogos de Atenas”, la valiosa iniciativa de la Fundación Onassis que reúne estos días en la capital griega a intelectuales de diversos países con objeto de reflexionar acerca del potencial actual del “espíritu griego” para mejorar el mundo en que vivimos.

En el mundo de hoy, la seisachtheia, esa medida de Solón tomada hace ya casi 2.600 años, sigue siendo, muy lamentablemente, una idea revolucionaria. No sólo no ha sido erradicada la esclavitud por deudas, sino que, hoy día, el objetivo último de los poderes fácticos que han alumbrado la globalización es, precisamente, esclavizar económicamente a la humanidad a través de la deuda.

Curiosamente, cuando en la ceremonia inaugural de estos “Diálogos de Atenas” se saludó esta iniciativa desde instancias políticas como una acción urgente y necesaria en estos tiempos de crisis, no se hizo mención alguna a los verdaderos creadores de la deuda ni a los que se enriquecen especulando con ella. Lo que es en realidad un ataque económico volvió a ser presentado como una “crisis” natural, y a ser conjurado lastimeramente como si se tratase de una plaga de langostas o de un imprevisible tsunami.

Tristemente, el discurso oficial es presentar la crisis como un fenómeno profundo y misterioso originado en una universal falta de ética cuya perversidad se ha propagado a la esfera política para acabar teniendo catastróficas –aunque “merecidas”– consecuencias económicas. Sin embargo, en la realidad, las responsabilidades fluyen a la inversa: ese fenómeno que llaman “crisis” tiene su origen en la falta de ética de una minoría muy concreta que, habiendo conquistado por la vía económica grandes parcelas del poder político, lanza sobre la población mundial un ataque generalizado en forma de deuda.

Resulta bochornoso e indignante escuchar el discurso oficial de la clase política y ver cómo los supuestos representantes de la soberanía del pueblo se postran sumisos ante los magnates económicos y acuden con la risa temblorosa de los súbditos a rendirles cuentas de lo bien que acatan sus mandatos y aplican sus recetas de gobierno. Pero, hablando de diálogo, aún es más alarmante que las voces supuestamente críticas no se levanten contra esa falacia con la perspicacia y la valentía que cabría esperar.

Si el proceso de crisis tiene un origen ético, está primordialmente en la ausencia de valores y escrúpulos de quienes lo promueven y no en la supuesta “inmoralidad generalizada” de la inmensa población a la que le toca soportarlo. No quiere esto decir que no haya nada que cambiar. Todos estamos de acuerdo en que hay que racionalizar la función pública, en que hay que evitar la evasión fiscal y en que hay que poner freno al despilfarro y el abuso del dinero de todos. Pero que no nos vendan mentiras con esas verdades; que no nos vendan la falacia del “camino único” y la mentira infame de que la única forma de crear riqueza y de distribuirla con justicia es avenirse a los dictados de los monopolios del poder y del dinero. Que no nos vendan un discurso envenenado que encierra la misma hipocresía que una campaña pacifista promovida por los fabricantes de armas.

En nuestra sociedad hay mucho que cambiar. En un sistema que permite que un puñado de doscientas empresas acumulen más riqueza que cien países juntos, hay mucho que cambiar. En una sociedad global en la que los países del Tercer Mundo deben a los del Primero en concepto de deuda siete veces más de lo que reciben en supuesta ayuda al desarrollo, la seisachtheia es aún una grotesca quimera. Y a cambiar todo eso debe contribuir el diálogo, el derecho de la isegoría o libertad para expresarse, y, más aún, la escasa virtud de la parrhesía: el valor de atreverse a usar la palabra para decir la verdad.

«Ο βουλόμενος» que tome la palabra, porque aún tenemos que conquistar la verdadera democracia, aún tenemos que formar un demos de ciudadanos libres y conscientes de su dignidad, aún tenemos que construir un ágora, aún hay que conquistar la verdadera isonomía, alcanzar la justicia social que haga posible la isopolitía y construir, en fin, un mundo alejado del dogma y sujeto al cuestionamiento, a la ética, a la estética, a la justicia y a la libertad.

Definitivamente, el espíritu griego tiene aún mucho que hacer, mucho que resistir contra la barbarie.

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¡A la carga!

admin (10 de Noviembre, 2010)

Durante el mes de mayo, cuando “estalló oficialmente” la crisis en Grecia, comencé esta serie de artículos para argumentar sobre la indignación de la ciudadanía griega y prevenir desde una perspectiva ética sobre la marea de especulación global que está llegando a Europa. Entonces, el discurso político y mediático de España era decir, en tono de alivio, que “España no es Grecia”, que nuestra cuenta de resultados es mejor (aunque el paro sea el doble) y que los griegos, en el fondo, se merecen lo que ahora les pasa por ser vagos y díscolos y propensos a huelgas y manifestaciones. Espero que lo sucedido en España y Europa en los últimos meses nos haya ido ayudando a entrar en razón.

¿Qué es lo que está pasando? Hagamos una pequeña reflexión histórica. Desde tiempos inmemoriales, el poder ha estado casi siempre tomado por los administradores de la fe –cualquiera que haya sido–, y, en muchas latidudes, la humanidad aún sigue luchando por hacerlo laico.

Hasta tiempos recientes, fueron los militares quienes tomaban el poder por la fuerza cada vez que se lo proponían, y sus golpes de Estado tenían tanta “legitimidad” que se llamaban simplemente “pronunciamientos”, como si expresaran una voz reprimida y soberana.

Hoy los golpes de Estado los dan los financieros. Y lo hacen con tanta naturalidad y tan impunemente que los terribles efectos de su inmoralidad son percibidos por la sociedad con la misma resignación y la misma indolencia que si fueran los efectos de la primavera. ¿Es que no vemos lo que está pasando? ¿Se imaginan ustedes a los gobernantes de un hipotético país moderno y democrático rindiendo pleitesía y cuentas, con las orejas gachas y el rabo entre las piernas, ante la Conferencia Episcopal o la plana mayor del Ejército, y aplacando su ira y su codicia con la riqueza y con el sacrificio de los ciudadanos? Pues eso, exactamente, es lo que están haciendo nuestros gobernantes ante los financieros de Bretton Woods, los de Wall Street y los magnates de Bildenberg: ir con la risa temblorosa de los súbditos a rendirles cuentas de lo bien que acatan sus mandatos y aplican sus recetas de gobierno, a entregarles la sangre que nos chupan ahora como prestatarios después de haberles entregado ya generosas ofrendas de sangre en forma de “socorro a la banca”.

Para pagar la deuda contraida con estos nuevos golpistas (España ya les debe 2,7 veces el PIB), nuestros políticos recortan salarios y pensiones, proceden a despidos masivos y destruyen las conquistas laborales, imponen la privatización, venden a inversores extranjeros los recursos naturales y las más rentables empresas públicas, aumentan los impuestos indirectos en bienes de consumo (IVA), exigen austeridad y efectúan recortes en las prestaciones sociales y sanitarias. Y todo sacrificio es poco para pagar la deuda.

Sin embargo, sólo con que se aplicara a nivel global una tasa sobre las transacciones financieras internacionales (TTF) del 0,1%, podrían recaudarse más de 600.000 millones de euros anuales sin tocar el bolsillo de los contribuyentes ni el hambre de los pobres. Pero esto no se hace –debe de ser inmoral– y en medio de la crisis creada fundamentalmente por los financieros y los especuladores, son los pueblos los que, liderados por su sumisa y connivente clase política, acuden al rescate del sector financiero mientras éste aumenta exponencialmente cada año sus beneficios gracias a la “globalizacion” que ha creado a su medida. Así de absurdo y así de cruel.

Nos “venden” la globalización como si se tratara de un proceso natural como la lluvia y no de un plan perverso diseñado a la conveniencia de unos cuantos para esclavizar económicamente a la humanidad. La sociedad europea, que está muy dormida y muy acomodada en la gestión política de sus falsas democracias, necesita radicalizarse en sus convicciones y reaccionar con decisión ante los nuevos golpistas. Reconozco que soy “anti-sistema”, porque no entiendo cómo, en un mundo en el que doscientas empresas acumulan mayor riqueza que cien países, alguien solidario puede seguir siendo “pro-sistema”.

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