Medias verdades

admin (21 de Mayo, 2010)

Ya se sabe que, peor aun que las mentiras, son las medias verdades; porque, oculto en la atractiva cápsula de la verdad, tragamos también el fatídico veneno de la mentira.

Vamos a ver. Todos estamos de acuerdo en que hay que racionalizar el número de funcionarios públicos y su distribución en la administración, con el objeto de que puedan así prestar más eficazmente su servicio al ciudadano. Todos estamos de acuerdo en que la evasión fiscal debe ser perseguida, porque entendemos que el que roba al Estado nos roba a todos. Todos estamos plenamente de acuerdo en que debe evitarse el despilfarro y el abuso del dinero público porque, claro está, se trata del despilfarro y del abuso del dinero proveniente de nuestro trabajo y nuestro sacrificio en aras del bien común.

Todo esto son verdades. Pero, ¿por qué piensan los que nos gobiernan que nos oponemos a esto cuando salimos a manifestarnos en masa contra las injustas medidas que tratan de imponernos? Nadie se opone a esto; pero, aunque aceptamos estas verdades, no tragamos con la mentira infame de que el único camino para arreglar las cosas sea avenirse a los dictados de los monopolios del poder y del dinero y a las directrices que el FMI y sus aliados señalan ahora a los nuevos países en los que han puesto el ojo. No aceptamos la falacia del “único camino”, la idea de que esto sólo pueda conseguirse así, de que la única manera de crear riqueza y de distribuirla con justicia sea aplicar estas dudosas y dolosas recetas.

Y, siendo consecuentes, no deberíamos aceptar tampoco que los mismos políticos, dirigentes y magnates que durante años han sido cómplices y artífices de la situación que queremos cambiar sean los que hoy nos vendan recetas para el cambio. ¡Claro que está mal que en Grecia haya más de un millón de funcionarios públicos! Pero es vergonzoso que nos lo echen en cara los mismos partidos que los han nombrado a base de clientelismo político. ¡Claro que está mal que los impuestos evadidos superen los 33.000 millones de euros! Pero es vergonzoso que ahora pretendan arreglarlo tratando a los contribuyentes con mano de hierro quienes han permitido, entre otras cosas, que haya 6.300 ricos registrados que deben cada uno entre 200.000 y varios millones de euros al erario público. ¡Claro que hay que evitar el despilfarro! Pero que no nos lo impongan con recortes en sanidad y pensiones quienes, por ejemplo, sacan una ley para “hacer más ecológico” el parque móvil del parlamento y se compran una flota de limusinas híbridas Lexus a cargo del contribuyente.

Y lo que pasa en Grecia, pasa también en todas partes. Basta de hipocresía y de cinismo. Ayer, una vez más, ríos de ciudadanos –trabajadores, pensionistas, parados, estudiantes, emigrantes…– salieron a manifestarse de manera pacífica a las calles de Grecia. Porque ya están hartos de medias verdades, porque no se creen que para que la situación se arregle hay que trabajar cuarenta años y jubilarse con 360 euros. Porque ya está muy claro que los que dan hoy las recetas de macroeconomía y de política social son los mismos que “trabajan” en todos los países del mundo por esclavizar económicamente a la humanidad. Esta es la reacción del pueblo griego, bastante criticada por algunos. A ver cuál es mañana la del pueblo de España, donde el paro es aún mucho mayor y donde los políticos ya han empezado a recortar; a ver cuál es la del pueblo de Rumanía, donde diciendo amén al FMI van a cortar un 25% en los salarios y un 15% en las pensiones; y a ver cuál es la reacción del pueblo de Italia, donde el comedido Berlusconi propone moderar el gasto público con un recorte de 25.000 millones, empezando por la sanidad. Más reacción, más voz y mejor voto. Y menos medias verdades.

Categoría: General Comentarios Comentarios (2)

Parrhesia

admin (12 de Mayo, 2010)

Apenas cuatro frases –unos escasos fragmentos de Eurípides, Isócrates, Demóstenes y Polibio– nos dan a conocer una virtud –también escasa– que los antiguos atenienses reclamaban como necesaria para el sostenimiento de la democracia: la parrhesia. Mientras que la isegoria era un derecho –el derecho a la igualdad en el uso de la palabra–, la parrhesia era algo más: una virtud, la virtud de atreverse a usar la palabra para decir la verdad. Cuando la democracia se tambalea por falta de parrhesia en la misma ciudad en que nació, es momento de reflexionar sobre el sentido de estas antiguas voces.

Hace unos días, el eurodiputado de los Verdes Daniel Cohn Bendit habló con inusual parrhesia ante el Parlamento Europeo: «Es evidente que durante cuatro meses hemos estado mareando la perdiz. Es evidente que nos hemos equivocado. Es evidente que, con esos titubeos, hemos estado dando pábulo a los mercados y a la especulación. Por lo menos, los miembros del Consejo responsables deberían decirlo, deberían decir “es culpa nuestra”. La Sra. Merkel, el Sr. Sarkozy, no sé en realidad qué papel juegan… Lo que le estamos pidiendo al gobierno de Papandreou es algo casi imposible de lograr. Yo le pido a Ecofin y a los presidentes de los gobiernos que piensen si ellos mismos son capaces de hacer en sus países reformas como las que le estamos pidiendo a Grecia. ¿Cuánto tiempo haría falta para reformar el sistema de pensiones en Francia? ¿Cuánto tiempo necesitaría Alemania para arreglar sus pensiones? ¡Y le estamos pidiendo a Papandreou que lo cambie todo en tres meses! Están siendo Uds. totalmente irracionales, y prueba de ello es lo que ahora está pasando en Grecia. No le estamos dando a Papandreou ni a Grecia el tiempo necesario para encontrar una solución consensuada. No existe en Grecia una identificación con el Estado. Existe tan sólo el “cada cual a lo suyo”. Y eso es lamentable. La culpa es de todos: décadas de corrupción de la clase política en Grecia. ¿No deberíamos tratar de convencerles con prácticas y no sólo con decretos? ¡El consenso hace falta crearlo! Y ya verán Uds. lo que va a pasar en España cuando empiecen los problemas. Ya verán en Portugal. Quiero decir con esto que debemos inspirar una actitud de responsabilidad, y no pedir lo imposible. Creo recordar que alguien dijo hace tiempo “¡Quiero que me devuelvan mi dinero!” Y ahora queremos ganar dinero a costa de los griegos. ¡Porque de eso se trata! A nosotros nos prestan al 1,5% o al 3% y nosotros le prestamos a Grecia al 3,5% o al 6%. ¡Estamos haciendo negocio a costa de los griegos y eso es inadmisible!»

»Por otro lado, Europa también puede tomar iniciativas. Guy Verhostaff tiene razón cuando habla de un Fondo Monetario Europeo, de un fondo de inversión y solidaridad. Para llevar a cabo un préstamo europeo habría que modificar los tratados. ¡Pues adelante, camaradas, a modificar los tratados! ¡En nuestra mano está tomar iniciativas! Si el Consejo es incapaz de hacerlo, hagámoslo nosotros, desde este Parlamento. Creemos de una vez un Fondo Monetario Europeo que pueda poner freno a la especulación. Además, le pido al Consejo que le diga al FMI que la Oficina Internacional del Empleo debe tomar cartas en el asunto de lo que está pasando en Grecia. ¡Se trata de personas, no debe decidir sólo el Dinero! ¡Son las instituciones europeas e internacionales del empleo las que deben poner freno al delirio de los financieros!»

»Y finalmente, existe también otra manera de prestar ayuda a los presupuestos de Grecia: tomar de una vez la iniciativa, como Unión Europea que somos, de fomentar el desarme en la región. Una iniciativa política para el desarme entre Grecia y Turquía. Una iniciativa política para que las fuerzas armadas turcas se retiren del norte de Chipre. ¡Si en el fondo somos unos hipócritas! En los últimos meses, Francia le ha vendido seis fragatas a Grecia por 2.500 millones de euros. Helicópteros por 400 millones. Rafale de combate por 100 millones cada uno. Mis “espías” no han sabido decirme si fueron 10, 20 ó 30… Y Alemania le ha vendido a Grecia otros 6 submarinos por otros 1.000 millones. ¡Más transparencia! ¡Si somos unos absolutos hipócritas! ¡Les prestamos dinero para que nos compren armas! Si somos de verdad responsables, garanticemos entre todos la integridad territorial de Grecia. Creo que aplicar estos recortes es más eficaz que recortar sueldos de menos de mil euros. Yo le pido a la Comisión un poco de justicia.»

Tienen que ver Uds. las caras de póker de los eurodiputados, las gargantas tragando saliva, las miradas cruzadas, los tensos silencios, las cobardes palmaditas que resuenan al final del discurso… Políticos y ciudadanos, pulsen aquí y asistan en vivo a una lección de parrhesia.

 

Categoría: General Comentarios Comentarios (1)

Sí, pero no.

admin (10 de Mayo, 2010)

En los últimos días, hablando de responsabilidades en la actual crisis griega, no ha faltado quien ha dicho que la culpa, en el fondo, es del pueblo, pues la historia se encarga de que, con el tiempo, cada pueblo tenga lo que se merece. Esta conclusión, a la que estoy dispuesto a conceder un fondo de verdad, necesita no obstante que sean demarcadas con precisión las líneas que la separan de la frivolidad y del cinismo.

Está claro que, para que haya corruptos, ha de haber corruptores, y que unos y otros pueden hallarse entre las filas del “pueblo”. Culpable es el empresario o el banquero que corrompe al político o al funcionario, y culpable es el político o el funcionario que se deja corromper por el empresario o el banquero. Culpable es el político que da trabajo en la función pública a cambio de votos y culpables son quienes dan su voto a cambio de trabajo en la función pública. Culpables quienes sumen al país en repetidos escándalos y culpables también quienes reeligen a estos mismos con pasmosa imprudencia y contumacia. Y así sucesivamente.

Pero cada acción tiene detrás a un responsable. Y culpar al “pueblo” en su conjunto de los desastres derivados de la actuación irresponsable, inmoral y alevosa de quienes han sido democráticamente elegidos para ejercer el poder y procurar el bien común es diluir demasiado las responsabilidades.   El pueblo es mucha gente, y en el pueblo griego hay mucha gente honrada que sobrevive día a día con salarios muy bajos sin cometer delitos y sin prevaricar en los deberes más o menos modestos que se le confían. Hay muchos jóvenes muy cualificados que saben que nunca tendrán un trabajo acorde con el esfuerzo que su preparación ha requerido. Hay muchos padres que crían y educan a sus hijos teniendo que pagar por prestaciones básicas que deberían recibir del Estado a cambio de sus impuestos y que no reciben. Hay mucha gente de buena fe que confía en las palabras de sus dirigentes y que es sistemática e impunemente engañada por éstos. Hay muchas voces que tienen cosas importantes que decir y que no encuentran más cauce que el voto y la protesta callejera. Y así sucesivamente.

Acepto que, en una democracia, todos tenemos responsabilidad. Acepto que la reforma más necesaria es, en el fondo, la de la perversidad de cada uno. Pero no acepto que los pueblos del mundo tengan en nuestros días la suerte que merecen. No la tienen los pueblos de África, ni los de Asia, ni los de América, ni tampoco los de la civilizada Europa. No creo que sean los pueblos los “culpables” directos de su suerte. A no ser que lo sean del modo en que, en los crímenes, las víctimas también tienen a veces parte de “culpabilidad” en su trágica suerte.

Estos últimos días, en la calle Stadiou, frente a la sucursal bancaria donde ocurrió la tragedia, el “pueblo” pasa y deposita sus mensajes anónimos, sus oraciones, sus flores y sus velas, a la memoria de las víctimas que, a manos de unos energúmenos, murieron allí el día de la huelga general cuando se hallaban en su puesto de trabajo, quién sabe si por voluntad propia o ajena. Un gesto de “culpabilidad”.

Ofrendas populares a las víctimas en la calle Stadiou de Atenas

<img class="size-medium wp-image-11" src="http://blogs.lne.es/pedro-olalla/files/2010/05/calle-stadiou-p-olalla-screen-300×200.jpg" alt="Ofrendas populares a las v

Ruidos y silencios

admin (7 de Mayo, 2010)

Aparte de los especuladores financieros, la democracia tiene en estos momentos otros dos grandes enemigos: los agitadores fascistas de todo signo y color, y los gobernantes corruptos e irresponsables. Estos dos enemigos –que, por desgracia, no son los únicos– quedaron bien patentes el pasado miércoles durante la multitudinaria manifestación en Atenas.

Cientos de miles de ciudadanos pacíficos salieron indignados a la calle para manifestarse contra un paquete de medidas claramente injusto. Salieron a pedir justicia y responsabilidad a sus políticos y se vieron atrapados en un campo de batalla infectado de humos y gases lacrimógenos, atrapados entre los exaltados irracionales que con sus bombas acabaron con la vida de tres inocentes y un desmedido aparato policial que es la cara visible de un gobierno acobardado y cerrado al diálogo.

En medio de este ambiente de caos, que los medios de comunicación se han esmerado en enfatizar, están la actitud y la demanda de la verdadera ciudadanía. Están los millares de manifestantes que, con la misma firmeza que reprueban los actos vandálicos, exigen a sus gobernantes responsabilidades directas por haber llevado al país al punto en el que está. Y, ante esto, oídos sordos.

Con la misma obstinación antidemocrática de los que tiran las bombas, los responsables de los dos grandes partidos que han ejercido el poder durante las últimas tres décadas guardan un antidemocrático silencio sobre sus responsabilidades. La ciudadanía demanda más verdad, menos ocultación de la realidad, menos voto de obediencia al partido y más lealtad al pueblo soberano. Está claro que no todos los que tienen o han tenido poder han actuado igual, pero también está claro que hay culpables. Culpables con nombres y apellidos, con direcciones, con cuentas corrientes, con propiedades en Grecia y en el extranjero. Culpables de connivencia, de escándalos, de sobornos, de delitos fiscales, de cobrar comisiones por licencias de obras o compra de armamento. El pueblo quiere que salgan de sus agujeros, que se incauten esas propiedades, que devuelvan el dinero robado. Quiere que tengan el valor de decir “pedimos créditos y nos apoderamos del dinero”, “volvimos a pedirlos y volvimos a hacerlo”, “y seguimos así hasta llegar la cosa adonde está”.

Mientras esto no suceda, la clase política no tiene ninguna autoridad moral para exigir a la ciudadanía sacrificios que hacen retroceder cien años las conquistas sociales, para congelar los sueldos, para recortar las pensiones y el salario básico, para facilitar los despidos, para aumentar los impuestos y para obligar al pueblo a contraer una deuda inmensa con especuladores, una deuda que no sabe cuánto tardará en pagar ni qué nuevos y onerosos compromisos le obligará a asumir en el futuro.

En los años de la dictadura griega (1967-1974), muchos lucharon, fueron a la cárcel, sufrieron el exilio o perdieron la vida porque el parlamento frente al que nos hemos manifestado el miércoles volviera a funcionar. Los que ahora gobiernan desde sus escaños deben probar que están a la altura moral. El ruido de las bombas y el silencio de los responsables amenazan a la democracia por igual.

Categoría: General Comentarios Comentarios (1)

La alerta griega

admin (6 de Mayo, 2010)

Para quien aún lo ponga en duda, conviene insistir en que la mayor arma de destrucción y de sometimiento en nuestros días es la deuda. Si no, que se lo pregunten a América Latina, al África Sub-Sahariana, al Magreb, a los países del sureste asiático, a los del antiguo bloque soviético o a todos los del llamado Tercer Mundo, que, durante las últimas décadas, viven desangrados por un proceso creciente de acumulación de deuda, mientras pagan por ello al Primer Mundo siete veces más de lo que reciben en supuesta ayuda al desarrollo. En términos históricos, la deuda es la continuación natural del colonialismo y perpetúa la misma violencia.

La deuda mata impidiendo el desarrollo y provocando el hambre. En los últimos cuarenta años, el hambre en el mundo se ha duplicado por efecto de la deuda, y los millones de muertes que atribuimos nominalmente al hambre son en realidad asesinatos imputables a los implicados en la explotación sistemática de la deuda.

¿Quiénes son? Bancos, sociedades financieras, compañías transnacionales y Estados del Primer Mundo, así como una sucia casta de gobernantes, funcionarios y directivos de grandes empresas comprados por los primeros en el Tercer Mundo. Tienen sus mansiones en Miami, en Londres o en Marbella, sus cuentas corrientes en paraísos suizos o caribeños y, en ocasiones (como Mobutu en el Zaire o Duvalier en Haiti), descubrimos con asombro que sus fortunas personales abultan tanto como la deuda del propio país al que representan y explotan.

El 19% de la deuda mundial está contraída directamente con dos instituciones nacidas en 1944 en la pequeña localidad de Bretton Woods, en el estado norteamericano de New Hampshire: son el Banco Mundial (International Bank for Reconstruction and Development) y el Fondo Monetario Internacional.
¿Cómo operan? “Convencen” a los gobiernos para que contraten sus prestamos, que, por considerarse de alto riesgo, vienen gravados con un tipo de interés entre cinco y siete veces superior al de los créditos normales; imponen la privatización y la venta a inversores extranjeros de los recursos naturales del país (minas, aguas, cultivos) y de las más rentables empresas públicas (puertos, telecomunicaciones, etc.); exigen exenciones fiscales para las inversiones de las multinacionales; “recomiendan” la compra de armamento y la inversión en fuerzas policiales que garanticen el orden público; aumentan los impuestos indirectos en bienes de consumo (IVA) y exigen austeridad y recortes en las prestaciones sociales. Por poner un ejemplo, a principios de los 80, las medidas restrictivas del FMI obligaron a Brasil a recortar su programa de vacunación contra el sarampión; todos los niños que, por no haber sido vacunados, murieron durante la epidemia de 1984, son víctimas directas del programa de reestructuración económica del FMI, aunque también puede llamárseles “efectos colaterales”. Mediante este “sistema”, los pueblos de los países pobres viven y mueren en la explotación para financiar a las clases dominantes de los ricos.

En estos momentos, tras haber preparado cuidadosamente el escenario, el FMI hace su entrada en Grecia. Las medidas que le exige al pueblo griego van en su línea habitual: contratación de préstamos, subida del IVA, recortes en pensiones, beneficios para los inversores, despidos y austeridad social. No se verá muy afectado el presupuesto militar, que, en el caso de Grecia, es el más alto de Europa, ni los recursos destinados a la compra de armamento, que sitúan al país entre los mejores clientes del mundo.

Tristemente, lo que está pasando en Grecia no es nuevo. Lleva pasando décadas en los países del hemisferio sur, de espaldas a la consciencia y a la conciencia de los adocenados consumidores del norte. Lo nuevo, ahora, es que la pestilente marea de la deuda ha llegado a las playas de Europa, a las hermosas playas de Grecia. Desde hace meses, en este país, la gente se rebela contra ello, y, lamentablemente, en vez de diálogo, se encuentra un desmedido dispositivo policial que arroja gases lacrimógenos sobre los ciudadanos. Algunas voces, claro está, se preocupan por tranquilizar a los inversores y tratar de ofrecerles un solar sosegado y seguro para sus operaciones financieras; pero las más salen indignadas cada semana a la calle a pedir responsabilidades a los políticos impunes que han llevado al país hasta esta situación, salen a defender su sueldo, el fruto de su trabajo, su pensión, su derecho a las prestaciones sanitarias y otras importantes conquistas sociales que la humanidad ha tardado siglos en conseguir. Más allá de la justificada indignación y de la lucha por el propio interés, algunas voces alertan también a nuestra sociedad sobre la crisis estructural de nuestras democracias y sobre la profunda perversidad de nuestro sistema, que consiente un poder excesivo al sector financiero. Puede que sea necesaria una reforma administrativa, económica y fiscal, pero para emprender dicha reforma hay que atreverse antes a una reforma ética en la forma de gobernar, pues no tiene sentido acometer “reformas” desde los mismos presupuestos y la misma ideología que han creado la “crisis”. Para quienes aún ven a los griegos como europeos díscolos y vagos que no se avienen a las pautas del sistema, sirva lo que pasa cada semana en las calles de Atenas como una profunda admonición sobre quienes son en realidad los enemigos de la justicia, de la democracia y de la solidaridad entre los hombres. Justicia y democracia siguen siendo ideas revolucionarias; y la “crisis” de Grecia no es sólo de Grecia, es, desgraciadamente, del mundo en que vivimos.

Categoría: General Comentarios Comentarios (8)