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Medio siglo de “La dolce vita”
Por Luis M. Alonso (19 de Febrero, 2010)

Federico Fellini retrató los males de una parte de la sociedad romana, en medio de uno de los mayores escándalos por causa de una película
La dolce vita era hace algo más de medio siglo una película que nadie quería producir. Luego se convirtió en un escándalo, después en un hecho feliz por sus ingresos en taquilla, más tarde y para siempre en la mayor muestra identitaria del cine italiano. Se rodó en 1959 y fue estrenada al año siguiente en medio de una intensa polémica y encendidas críticas, no sólo desde los sectores ultraconservadores de la sociedad, sino también por parte de los protagonistas de la movida romana. El escritor Alberto Arbasino, autor de Fratelli d’Italia, en un furibundo ataque, llegó a preguntarse de dónde había sacado Federico Fellini a los intelectuales que aparecen en la película, capaces, a su juicio, de decir las cosas más ridículas.
Conservo una foto, publicada por «L’Europeo», de Fellini, sentado en la terraza del café Rosati, en la Via Veneto, sacudiéndose las críticas en compañía de uno de los guionistas, Ennio Flaiano, y del periodista Giorgio Bocca. Durante el estreno de la película en el cine Capitol de Milán, un 5 de febrero hace ahora cincuenta años, hubo insultos, silbidos y protestas. Los actores y el director recibieron escupitajos de espectadores escandalizados. Marcello Mastroianni lloró de amargura aquella noche. El periódico vaticano «L’Osservatore Romano» calificó la película de obscena y prohibió su visión a los católicos bajo pena de excomunión. Una buena parte de la prensa pidió la retirada de la cinta de las salas comerciales y hasta los diputados discutieron en el Parlamento sobre las escenas más escabrosas.
Fellini decía que si la historia del naufragio de los personajes de La dolce vita la hubiese tratado de manera cómica y banal nadie habría dicho nada y el público se habría limitado a reír. Pero no, aquella película era una inmersión trágica en la soledad y el vacío de las vidas de unos personajes incapaces de reconducir sus existencias y que disimulan su tedio en los locales nocturnos, las orgías, las casas de citas y los cafés de la Via Veneto. «He presentado el problema de la forma más eficaz. ¿Por qué estoy obligado a dar una solución? ¿Soy acaso un santo o un líder político? La solución se la dejo a otros, a los pastores de las almas y a los encargados de reformar la sociedad. Sólo soy un director de cine y me he limitado a hacer una película», explicaba Fellini para responder a quienes le criticaban por reflejar los males de la sociedad sin ofrecer soluciones.
La película había obtenido entre otros los calificativos de cínica e irreverente, pero mucho antes de estrenarse el escándalo había llegado con ella a los estudios de Cineccitá, adonde el director había reconstruido la Via Veneto y acomodado a su «troupe», de la forma en que sólo el gran Fellini sabía hacerlo: en un divertidísimo «barracone». Desde el primer golpe de claqueta -el 16 de marzo de 1959- hasta el striptease de la bailarina turca en un local público que inspiró una de las célebres secuencias de La dolce vita, el clima fue absolutamente transgresor. El striptease acabó con la llegada de la Policía, la denuncia y el procesamiento de la bailarina por actos obscenos. El tono era subido y la excitación general para la Roma pueblerina que seguía la bendición dominical del Papa transmitida por la radio.
Los fotógrafos que inspiraron a Paparazzo, el gráfico que acompaña en la historia a Marcello Rubini (Marcello Mastroianni), y a los que siguieron el camino de la instantánea robada, irrumpían en el set de rodaje en busca de exclusivas. Todo lo que rodeaba a la película era reproducido al día siguiente en los rotativos. La dudosa fama, por tanto, precedió al estreno. Fue la peor publicidad de la película, pero también la mejor, debido a la curiosidad que despertaba lo que estaba sucediendo dentro y fuera de los estudios romanos.
Precisamente Felice Quinto, uno de los reporteros gráficos, amigo de Fellini, en los que se inspiró el director para su personaje Paparazzo, murió el pasado 17 de enero en Rockville, Estados Unidos, a la edad de 80 años. Quinto, conocido como el rey de los paparazzi, se escondía en los arbustos para disparar su flash sobre las celebridades y recorría la Ciudad Eterna disfrazado, en motocicleta. Fellini le ofreció un papel en La dolce vita, pero el paparazzo prefirió quedarse al margen para aprovechar la oportunidad y ganar dinero con las exclusivas que le brindaba la película. En 1960, él mismo fue protagonista de aquella tormenta de actualidad y escándalo de la dulce vida romana y apareció en los periódicos junto a Anita Ekberg, a la que había localizado en la compañía íntima de un productor de cine. Quinto la acusó de haber utilizado contra él las flechas del arco que la exuberante actriz exhibe en la instantánea. Tazzio Secchiaioli, otro de los habituales de la Piazza di Spagna y de la Via Veneto, y fotógrafo oficial durante años de Sophia Loren, disputó con Quinto el trono de los paparazzi, hasta el punto de que todavía se discute quién de ellos estuvo más cerca de la recreación del personaje del reportero gráfico de La dolce vita.
En ese mismo año del escándalo, la película salió reforzada con la «Palma de oro» en el Festival de Cannes. A ella, le debe Roma e Italia una identificación mayor de la esencia nacional que a cualquier otra obra cinematográfica y el descubrimiento de Marcello Mastroianni, que estuvo a punto de no interpretar el papel del protagonista principal. Nadie podría imaginarse ahora a Paul Newman haciendo el personaje pirandeliano de Marcello Rubini. Y todos a La dolce vita le debemos aquel impagable chapuzón de Anita Ekberg en la Fontana de Trevi:
-Marcello come here, hurry up!
No había que dudarlo.
El señor de la guerra descansa en paz
Por Luis M. Alonso (12 de Febrero, 2010)

El congresista Charlie Wilson, que armó a los afganos frente a los soviéticos, murió sin abrigar demasiadas esperanzas sobre la resolución feliz del actual conflicto
Lufkin, en el condado oriental de Angelina, ocupa con 32.709 habitantes el lugar número 76 entre las ciudades más pobladas de Texas. Es la sede de Lufkin Industries, una próspera compañía dedicada a la fabricación de materiales para explotaciones petrolíferas, y de Atkinson Candy Company, que produce los populares caramelos de cacahuete y coco Chick-O-Stick. De las almas que por allí vagan, Lufkin se quedó este miércoles sin una de las más queridas: la de su vecino el congresista demócrata Charles Nesbitt Wilson (1933-2010) más conocido por Charlie Wilson y por Good-Time Charlie.
Wilson, que en 2007 fue operado de un trasplante de corazón, murió a los 76 años de un infarto, pero aquí no estaríamos hablando de él si no hubiera jugado un papel clave en la guerra de Afganistán en la década de 1980, inmortalizado en el cine por Tom Hanks en La guerra de Charlie Wilson. La película, dirigida por Mike Nichols, se estrenó hace un par de años. En ella se contaban los esfuerzos del congresista por armar a grupos guerrilleros respaldados por Estados Unidos frente a la Unión Soviética durante el conflicto afgano. Wilson ayudó a reunir el dinero para comprar las armas y llegó a decir que ningún americano decente podría perdonarse dejar a un pueblo a merced de los invasores, sin nada con qué defenderse. No mostró, sin embargo, la misma compasión por los nicaragüenses cuando apoyó a Anastasio Somoza, propiciando una reunión entre el dictador y el agente de la CIA Ed Wilson, con el fin de facilitarle ayuda militar. «El liberal de Lufkin», como también era conocido, profesaba admiración por «Tacho» Somoza y creía que Estados Unidos le estaba dando la espalda en su conflicto con la guerrilla sandinista.
La historia de Wilson, como tantas otras, tiene dos caras. Jamás ocultó su afición por el alcohol y el sexo. Incluso, hacía ostentación de ello. En un homenaje, no demasiado lejano en su ciudad adoptiva, aseguró que era incapaz de acordarse de todas las mujeres con las que se acostó. En 1980, fue acusado por el que más tarde sería alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, de consumir cocaína durante una de sus agotadoras fiestas, en el Hotel Caessars Palace de Las Vegas, Nevada. La acusación fue desestimada por falta de pruebas y Wilson prosiguió en su papel de texano constructivo, patriota y liberal.
La película de Nichols desvela todas y cada una de las tonalidades de Good-Time Charlie: sus facetas de playboy y de señor de la guerra. Sus amigos de Lufkin creen que le hizo un flaco favor por dar más relevancia a su vida frívola que a otros compromisos en favor de la sociedad. Cuando se estrenó La guerra de Charlie Wilson se oyeron críticas republicanas hacia Tom Hanks, productor del film y destacado demócrata, por haber elegido para su biopic un político capaz de manejar grandes asuntos y llevar, al mismo tiempo, una vida licenciosa. Se interpretó en ello un paralelismo exculpatorio de Bill Clinton, coincidiendo con la campaña electoral de su mujer, Hillary.
Después de veinticuatro años como congresista por el segundo distrito de Texas, Charlie Wilson se retiró en 1997 en Lufkin. Había nacido en una pequeña población cercana, Trinity, y cuando le preguntaron, todavía no hace mucho, durante la entrega de un galardón, por qué había elegido el este del estado de la estrella solitaria para pasar la jubilación, respondió que Lufkin es un lugar donde la gente se preocupa de uno si está enfermo y donde también importa si mueres.
«The Lufkin Daily News», el periódico local, se hacía ayer eco de la estima mutua entre el congresista y otros destacados ciudadanos vecinos del distrito que representó. Jim Turner, el político que lo sucedió y que mantiene su plaza, lo describió como un dedicado servidor público. «Cuando supo que iba a dejar el cargo, me animó a correr. Siempre le estaré agradecido por su apoyo y amistad», dijo. El teniente general retirado Orren «Cotton» Whiddon, amigo de la familia, sostuvo que Wilson encarnaba como nadie el liderazgo en la región. «Después de haber contribuido decisivamente a establecer la libertad de los afganos frente a los invasores soviéticos y de dedicarse a mejorar la vida de los texanos, regresó a casa como la mayoría de nosotros con resina de pino en nuestras venas».
El congresista fallecido había servido como teniente de la Marina. «La primera vez que lo conocí, acababa de salir de la Armada», dijo Joe Denman, quien el mes pasado recibió el premio «Angelina» por una vida al servicio a la comunidad. «Estaba caminando por las calles, llamó a mi puerta y me pidió que votara por él. Hemos sido amigos desde entonces. Odio decirlo pero estoy seguro de que se halla ya en un lugar mejor», aseguró.
No hace todavía mucho, Charlie Wilson se refirió en los medios de comunicación a la nueva guerra de Afganistán. Se declaró un hombre optimista pero explicó que, después de ocho años, no abrigaba demasiadas esperanzas sobre un desenlace feliz en el país asiático. Aludió a las bajas de soldados americanos pero, a la vez, habló del inevitable conflicto. «No se puede dejar que alguien venga y vuele un par de rascacielos en Nueva York sin hacer nada al respecto. Siempre supe que había un gran peligro en lo que estábamos haciendo, pero la verdad es que no había otra opción».
En Lufkin confían, con alguna que otra disensión de por medio, en que su vecino se encuentre en paz consigo mismo y con su creador.
El asesinato de un periodista libre
Por Luis M. Alonso (5 de Febrero, 2010)

Un libro de su hija remueve 30 años después el caso de Walter Tobagi, tiroteado por la extrema izquierda en Milán durante los «años de plomo»
1Milán ofrecía su semblante más triste y ceniciento aquella mañana lluviosa del 28 de mayo de 1980, cuando el periodista del «Corriere della Sera» y presidente de la asociación de prensa lombarda, Walter Tobagi, cayó abatido a tiros delante del portón del garaje de su casa en la via Andrea Solari. Dos jóvenes se le acercaron y le dispararon. Uno de ellos, Marco Barbone, lo remató en el suelo. El atentado terrorista fue reivindicado por la Brigada XXVIII de Marzo, grupo de extrema izquierda, en medio de la ola de violencia que caracterizó a Italia entre finales de la década de los setenta y el inicio de los ochenta, la etapa que se conoce como los años de plomo (anni di piombo).
Barbone, junto a Paolo Morandini, Mario Marano, Francesco Giordano, Daniele Laus y Manfredi Di Stefano, integraban el comando encargado de asesinar al periodista. La mayor parte de estos jóvenes, empeñados en cambiar el mundo a tiros, pertenecían a familias de la burguesía de Milán. Barbone, el líder, era hijo de Donato Barbone, directivo de la Editorial Sansoni, y Morandini, del crítico de cine del diario «Il Giorno», Mario Morandini. La novia del primero, Caterina Rosenzweig, niña bien, rica heredera, jugó un papel relevante en el caso. Alumna de Tobagi en la Universidad de Milán, vivía en una casa de la via Solferino, a pocos metros de donde se encontraba el lugar de trabajo del periodista al que seguía en todos sus pasos. El comando se reunía allí.
A partir del arresto, cuatro meses después del crimen, Marco Barbone y Mario Marano, los asesinos del periodista, se declararon arrepentidos y decidieron colaborar con la investigación que acabó con los miembros de la Brigada XXVIII de Marzo en la cárcel. Ellos, en cambio, consiguieron que se les rebajase la pena de 30 a 8 años y en 1983 ya estaban en la calle. Este hecho desató en el Parlamento y en la sociedad una dura polémica sobre las desastrosas consecuencias de la ley de los arrepentidos para los principios del Estado de derecho.
La noche antes de su asesinato, Tobagi presidió un encuentro en el Círculo de la Prensa de Milán, sobre la libertad de información y la responsabilidad del periodista frente al terrorismo. En el debate, muy agitado, había sido objeto de duras agresiones verbales. No era nuevo en aquellos años en los que el compromiso con la verdad y estar en primera línea informativa hicieron de Tobagi un blanco fácil de las iras, tanto de los compañeros comunistas de la redacción del periódico donde trabaja como de otros estamentos milaneses.
En un momento de la reunión, Tobagi, refiriéndose a la larga serie de atentados terroristas, abrigó con sus palabras una duda que no tardaría en despejarse: «Quién sabe a quién le tocará la próxima vez». Nueve horas más tarde caía muerto sobre el asfalto. Dejaba mujer, Maristella, y dos hijos, Luca y Benedetta. La pequeña tenía 3 años y es ahora periodista en el mismo diario donde trabajaba su padre. Ha escrito un libro cuyo título representa por sí sólo el sentimiento que encierra, Come mi batte forte il tuo cuore, extraído de un precioso verso de la poeta polaca Wislawa Szymborska. En el libro responde a las preguntas que tantas veces, a lo largo de su vida, se hizo sobre el asesinato. Entre otras, el desconcierto que le produjo que su padre, un hombre progresista, fuese un primer objetivo de los terroristas de la izquierda. Benedetta recordó después de aquello el día de la muerte de Walter, pero no las sensaciones que tuvo. En el patio del colegio repetía a sus pequeños e incrédulos compañeros: «Papá está muerto: le han disparado, ¡bum, bum!».
El desaparecido escritor Leonardo Sciascia enseguida supo por qué habían atentado contra Tobagi: «Lo han matado porque conocía el método». Es decir, sabía cómo operaban y tenía el suficiente coraje para contarlo con pelos y señales. En los años de plomo había que ser muy valiente para enfrentarse con honradez profesional a los hechos. «Escribir claro resulta difícil», solía comentar el periodista asesinado. «Tobagi no era un periodista de investigación pero daba nombres, analizaba e interpretaba lo que sucedía», escribió no hace mucho de él en «La Repubblica» Roberto Saviano, el autor amenazado por la Camorra.
El libro de Benedetta Tobagi reabrió a finales del año pasado el debate sobre el asesinato de su padre, un caso que por las ramificaciones pertenece a lo que en Italia llaman «giallo» y aquí «novela negra». El 16 de febrero de 2004, el diputado Marco Boato pidió en Montecitorio la reapertura judicial del caso, después de que saliese a la luz que los carabineros manejaban siete meses antes del asesinato una información donde figuraban los nombres del comando que perpetró.
Benedetta escribió que aquella mañana del 28 de mayo de 1980 los asesinos de su padre mataron también su inocencia. En Italia, la pregunta sigue siendo, ahora que se van a cumplir treinta años de la muerte de un periodista libre: ¿por qué Tobagi?
El chasco nazi de Montserrat
Por Luis M. Alonso (22 de Enero, 2010)

Himmler siguió en 1940 el rastro del Santo Grial en la abadía catalana, convencido de que le otorgaría poderes para ganar la guerra
Jesucristo era judío, no ario, sin embargo eso no lo tenía claro Heinrich Himmler la tarde en que efectuó una visita relámpago al monasterio de Montserrat, el 23 de octubre de 1940, el mismo día en que Hitler se entrevistaba en Hendaya con Franco. El reichsführer de las SS, acompañado de dos docenas de oficiales y del general Karl Wolff, experto en esoterismo y ciencias ocultas, buscaba en el Santo Grial el talismán que le otorgara poderes e hiciera ganar la guerra a Alemania. Aunque todo esto resulte de lo más chocante, Himmler creía que la copa que Jesús utilizó en la última cena y que ha formado parte de las leyendas artúricas estaba en Montserrat, convencido de que el monte catalán era el Montsalvat de Parsifal, de Wagner. Se llevó seguramente uno de los mayores chascos de su vida después de que los monjes le insistiesen en que su único grial era la Moreneta y la costumbre, besarla.
El historiador Rüdiger Safranski recuerda en Romanticismo cómo Himmler planificaba una imposición de lo ario a gran escala en los territorios orientales conquistados. Para esclavizarlos, había estudiado la mitología germánica, consciente de que a la germanofilia romántica le faltaba lo decisivo: biologismo y racismo. Impulsor del Ahnerbe, el siniestro instituto nazi de investigaciones arqueológicas, se empeñó en encontrar pruebas que confirmaran la supuesta superioridad de la raza aria en todo el mundo y poder justificar de esta manera el genocidio que le costó la vida a millones de seres humanos.
La visita a Montserrat del jefe de las SS, un episodio curioso y sintomático de la demencia nacionalsocialista, está recogida con detalles en el reportaje Los vimos pasar, de Juan Sariol y Jaime Arias, publicado en 1948 después de la derrota de Hitler y, también, por Montserrat Rico en su novela La abadía profanada. Posiblemente nada de lo que ocurrió se habría sabido sin el testimonio del padre Andreu Ripol, el entonces jovencísimo monje que sirvió de guía a Himmler y arrojó un jarro de agua fría sobre sus expectativas. Ripol, que se expresaba perfectamente en alemán, tuvo aquel día la responsabilidad de enfrentarse a la alucinación aria, después de que el abad del monasterio, Antoni M. Marcet, se negase a recibir al jefe nazi, debido, presumiblemente, a la persecución de la Iglesia católica que estaba llevando a cabo el III Reich. El joven monje quiso enseñarles a los visitantes la abadía, pero Himmler sólo buscaba la constatación de su loca idea del Grial y quería explorar cuanta documentación hubiera en la biblioteca del cenobio. Cuando pasaron por delante de la imagen de la Virgen negra, Ripol explicó que besarla era lo acostumbrado y Himmler respondió que ya se encargaría él de acabar con ese tipo de supersticiones. El nazi, como más tarde contó el propio monje, insistía en su obsesión de que Jesucristo era ario por la vía de Jacob, y Ripol con una sonrisa beatífica le aclaraba que todo se trataba de un invento suyo. Ni la abadía de Montserrat era depositaria de la reliquia de la última cena, ni de documento alguno que sirviera para probar la filiación de Perceval, héroe griálico. Himmler se marchó del monasterio, como es de suponer, con el rabo entre las piernas.
La incursión de las SS en el monte sagrado de Cataluña coincidió en la misma fecha en que Hitler había recorrido el camino más largo hasta Hendaya para obtener de Franco el conocido compromiso de intervención española en la guerra, algo que jamás se produjo. De hecho, el jefe de la «policía negra» había llegado a Madrid dos días antes para preparar la entrevista en El Pardo. El 23, Himmler voló a Barcelona. Le recibió en el aeropuerto el alcalde, Miguel Mateu i Pla, y, al igual que había sucedido en la capital de España, las principales calles de la ciudad se llenaron de banderas nazis. Los Coros y Danzas de la Sección Femenina bailaron ante él en el Poble Espanyol. Después, almorzó en el Ritz y saludó desde el balcón de su suite a una multitud que le aplaudía. De allí partió a Montserrat y del monasterio volvió al hotel de Barcelona, que abandonó a la mañana siguiente, dicen que sin la maleta negra que portaba los planos y documentos sobre el Grial, que perdió en el Ritz y cuyo robo se ha atribuido a los servicios de espionaje británicos, la resistencia francesa e incluso a la mediación de Bernard Hilda, el músico de origen judío que no cansó de combatir a los nazis tras verse obligado a huir de ellos.
El 23 de octubre no fue la mejor de las fechas para el III Reich: al mismo tiempo que desaparecía el maletín negro de Himmler, su jefe, el Führer, perdía la paciencia en Hendaya con aquel «hombrecillo ingrato y cobarde», del que más tarde dijo que preferiría que le arrancaran media docena de dientes sin anestesia antes de volver a entrevistarse con él.
Eastwood sobre Mandela
Por Luis M. Alonso (15 de Enero, 2010)

«Invictus» mantiene en el cine el gran tono narrativo del vibrante relato de John Carlin sobre el partido de rugby que salvó a la nueva Sudáfrica
Cada vez es más remota la posibilidad de emocionarse con el cine. No me refiero a pasar el rato, a entretenerse viendo correr imágenes, hablo de esos cambios agradables e intensos que experimenta el ánimo cuando hay por delante una buena historia y alguien se la cuenta como es debido. Por eso, una de las escasas esperanzas que le van quedando al cinéfilo son las películas de Clint Eastwood: gran instinto narrativo, medios justos, sentido moral alto y verdad en cada fotograma.
Espero como agua de mayo cada película del viejo maestro e imploro para poder seguir disfrutando de su talento. Sé que Million Dollar Baby es una obra de arte irrepetible y Sin perdón el mejor western crepuscular de las últimas épocas. No será fácil tampoco volver a emocionarse ante una pantalla con la imagen de aquel fotógrafo empapado por la lluvia de Los puentes de Madison, viendo escapar definitivamente la felicidad justo en el momento en que cambia el color del semáforo. Seguramente nadie podrá arrojar tanta luz cinematográfica sobre las tinieblas del gran Parker como Bird y jamás en el cine se abrirá la espesura de Savannah ante nuestros ojos como en Medianoche en el jardín del bien y del mal. Baudelaire escribió que no se puede ser sublime todo el tiempo y por eso a Eastwood unas películas le salen mejor que otras, pero incluso cuando se trata de obras menores este portentoso y épico narrador tiene buenas cosas que mostrar.
En el caso de Invictus, he esperado con mayor ansiedad que nunca la película de mi director favorito, al tratarse también de Mandela, John Carlin y la historia de aquel partido de rugby que hizo vibrar unido al pueblo que más cruelmente había vivido separado durante décadas de abominable apartheid. La historia de todo aquello está en un libro estupendo de Carlin que se llama El factor humano, que no me canso de recomendar y que llegó a las manos de Eastwood a través del actor Morgan Freeman, que, a su vez, se enteró de su existencia por medio de una propuesta que el agente literario del periodista británico de «El País» había remitido a Hollywood.
El factor humano es la emotiva historia de la final del Mundial de rugby de 1995 que Nelson Mandela utilizó inteligentemente para sellar la paz entre negros y blancos uniendo a la nueva Sudáfrica en torno a los Springboks, precisamente el equipo que de modo más distintivo había representado hasta ese momento la supremacía afrikáner y el apartheid. Pero es también el atajo más interesante para retratar la historia política y social del país en aquellos años y a su líder, el hombre que salió dispuesto a perdonar a quienes le habían mantenido encarcelado durante 27 años. Fue el propio Carlin quien le ofreció a Morgan Freeman el papel de Mandela, entre otras cosas porque ningún experto en casting habría encontrado una mejor identificación entre personajes. De la misma manera que ningún director habría economizado los medios como Clint Eastwood para traducir al lenguaje del cine el vibrante relato periodístico de Carlin, que asesoró al guionista de la película, el sudafricano Tony Peckham.
La película concebida como gran espectáculo está muy bien dirigida. Se entiende y se siente. No hay discurso político en ella, apenas un par de guiños eficaces para solventar las cuestiones que afectaron a la vida sentimental de Mandela. Tiene buenas actuaciones entre los secundarios, los agentes de seguridad y los jugadores de los Springboks, que se refuerzan sobremanera en las escenas de acción de los partidos potentes y medidas para interesar incluso a quienes el rugby les importa un bledo. Morgan Freeman está excepcional y tampoco lo hace mal Matt Damon, que interpreta al capitán del combinado sudafricano que se impone a los temibles All Blacks en la épica final de Ellis Park. Damon hizo llorar al propio François Pienaar, en el estreno de la película.
Ahora bien, no sé si Invictus pasará el exigente análisis de los críticos como una película mayor o menor de Clint Eastwood. Seguramente, ocurrirá lo último y, mientras eso sucede, la película hará disfrutar a miles de personas, porque el cine, que no tiene muchos secretos aunque haya demasiado afición a complicar las cosas, consiste fundamentalmente en contar una historia en imágenes y lograr emocionarnos con ella. Y eso es lo que sabe hacer mejor que nadie el maestro.
A los Ceaucescu les falló la escenografía
Por Luis M. Alonso (18 de Diciembre, 2009)

Hace veinte años, el último dictador de Europa quiso un nuevo baño de multitudes y precipitó su caída
El último dictador de Europa se despidió algo aparatosamente en la Navidad de 1989: el próximo día 25 se cumplirán dos décadas de aquello. Nicolae Ceaucescu, de 71 años, y su mujer y mano derecha, Elena, de 70, fueron pasados por las armas en Târgoviste, la vieja capital del voivodato de Valaquia, acusados de genocidio, demolición del Estado y el pueblo, destrucción de bienes materiales, espirituales y de la economía nacional y evasión de mil millones de dólares hacia bancos extranjeros.
Las imágenes del sumarísimo como de los cadáveres, un crudo ajuste de cuentas sin garantías judiciales, fueron distribuidas por la televisión rumana y quienes tuvimos la oportunidad de verlas en las horas que siguieron a la noche más entrañable del año probablemente nunca las olvidaremos. El «glorioso Conducator» y «la sabia de renombre mundial», autora de Investigación en la química y la tecnología de los polímeros, yacían como dos guiñapos junto al paredón donde habían sido fusilados: un primer plano ofrecía el rostro del tirano muerto, con los ojos abiertos, un corbata roja anudada al cuello y un pañuelo de seda de lunares.
Centenares de rumanos se manifestaban en Bucarest para que les fuera mostrada la ejecución de los dos principales actores de una larga etapa de 24 años, en la que la población había sido oprimida, explotada y matada de hambre por la dictadura más feroz que sufrió Europa desde los tiempos de Stalin. Solamente en los combates registrados desde el inicio de la revuelta popular en Timisoara que acabó con aquella pesadilla, la represión se había cobrado entre 60.000 y 80.000 víctimas, según el Frente de Salvación Nacional, erigido en Gobierno de facto. No es de extrañar que los rumanos quisiesen tener la certeza más absoluta de que los monstruos habían sido aniquilados.
El déspota, buscando la exaltación personal, se había empeñado en cultivar el gusto por los montajes escénicos y eso fue precisamente lo que precipitó su caída. Dos días antes de ser ejecutado y en medio de las matanzas de la Securitate, una policía secreta armada hasta los dientes, se le ocurrió, como en sus mejores tiempos, recabar el apoyo de las víctimas convocando un mitin multitudinario. Los que antes le habían ensalzado como el héroe del pueblo clamaban contra él por asesino. Las imágenes retransmitidas por televisión mostraron el rostro de Ceaucescu desencajado y dieron la vuelta al mundo. Estaba muy lejos de ser lo mismo que en 1968 cuando se había dirigido al pueblo para condenar la invasión soviética de Checoslovaquia.
En las horas siguientes a su última aparición en público, cuando ya todo parecía desbordado, el Conducator y Elena huyeron de Bucarest en un helicóptero, mientras uno de sus ayudantes amenazaba al piloto con una pistola. La idea de refugiarse en una base de la Securitate con el fin de capear el temporal no llegó a cristalizar, porque el hombre que conducía el aparato fingió un fallo mecánico y forzó el aterrizaje. Los militares de un puesto de control cercano al aeropuerto oficial detuvieron a «la pareja intocable» que posteriormente logró escapar antes de volver a ser capturados definitivamente. Cuando comparecieron ante el sumarísimo que los condenó a muerte eran dos seres extenuados y ofendidos por el trato que estaban recibiendo del pueblo al que, según ellos, conducían hacia el mejor de los destinos.
Ese futuro de progreso había consistido, por ejemplo, en la destrucción del centro histórico de Bucarest para levantar el faraónico palacio presidencial, el segundo edificio más gran del mundo; en impedir el uso de los anticonceptivos - «la procreación es el más excelso de los de los deberes patrióticos»- o en matar al pueblo de hambre después de haber ordenado exportar la mayor parte de la producción agrícola para hacer frente a la onerosa deuda exterior contraída a causa de la acelerada industrialización en la década de los setenta. Ello trajo una fuerte escasez de energía y de comida que obligó a los rumanos a la lucha diaria por la supervivencia: esa épica de la vida cotidiana que tan bien describió Gabriela Adamesteanu en su novela Una mañana perdida.
El crivat es el viento gélido que atenaza Bucarest. Procede de Rusia, como casi todo lo malo para los rumanos. El crivat, según está extendido, tiene dientes y asesta unos mordiscos desgarradores que en los inviernos se sumaban a otras penurias y necesidades de la población, entre ellas la falta de comida. Cuando Ceaucescu, circulaba un chiste muy popular que reflejaba el humor trágico de un pueblo: «Si hubiese algo más de comer estaríamos como en la guerra». Recuerdo de aquella ciudad, los perros vagando por las calles, los tranvías solitarios y los conserjes malhumorados de los hoteles. Pero, sobre todo, la penuria en el rostro de los bucarestinos. Ahora que vuelvo a ver la imagen del Conducator convertido en un guiñapo junto al paredón, no puedo dejar de acordarme de aquellas caras tristes y de los perros a orillas del río Dâmbovita.
El provocador que quiso ser Oscar Wilde
Por Luis M. Alonso (11 de Diciembre, 2009)

La mejor obra de Arthur Cravan, sobrino del escritor irlandés, fue su disparatada vida de coloso de opereta
El dadaísta boxeador Fabian Avenarius Lloyd (1887-1918), alias Arthur Cravan, vivió poco tiempo y de mil maneras observando el mundo desde la estatura de un coloso -dos metros y 105 kilos de peso- y no siempre se pusieron de acuerdo para decirnos cómo murió. Blaise Cendrars contó que de una puñalada en el corazón en una sala de baile y William Carlos Williams alimentó la versión oficial al describirlo en una barca de vela luchando contra las olas en el Golfo de México, mientras su novia la diletante poeta Mina Loy le observaba desde un muelle.
No hay obra poética más seductora en Cravan que su propia vida, ni misterio en prosa más mitificado que el de su muerte. Arthur lo había elegido en homenaje a Rimbaud y Cravan por Cravans, una pequeña localidad francesa, donde había tenido una aventura amorosa. La publicación ahora en un libro de los seis números de la revista Maintenant que editara entre 1912 y 1915 es una bonita excusa para escribir de quien dijo que el genio no es más que la manifestación extravagante del cuerpo. Del suyo era fácil que caminasen prendidas y a la vez despendoladas las prostitutas de Pigalle mientras presumía de ser sobrino de Oscar Wilde. El sobrino no había conocido al tío pero sentía fervor por él; las putas, por supuesto, no sabían quién era el imponente irlandés al que Lord Quensberry había acusado de alardear de sodomita.
En 1904, después de concluir los estudios secundarios, dormir dos semanas bajo un puente de Londres y dedicarse a viajar por Estados Unidos e Italia, a costa de su madre, Cravan conoce a su primo Vyvyan Holland, que, tras el apellido materno, escondía una paternidad vergonzosa. Vyvyan era el segundo hijo de Oscar Wilde y de su esposa, Constance, hermana de Otho Holland y, por tanto, tía en primer grado de Fabian Avenarius.
Cravan era un provocador. Supo manejar el parentesco con Wilde hasta el punto de hacerlo revivir en Maintenant cuando llevaba 13 años muerto, dándole a aquello visos de realidad. La palabra tabú no estaba en su vocabulario y mucho menos en su funesta pluralidad: en ninguna de sus múltiples y variadas recreaciones del personaje. «Mundano, químico, puta, borracho, músico, obrero, pintor, acróbata, actor; / Viejo, niño, estafador, granuja, ángel y juerguista, millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo; / Cobarde, héroe, negro, mono, donjuán, rufián, lord, campesino, cazador, industrial; / Fauna y flora: / ¡Soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales!», escribió en su declaración de principios del número dos de la revista que editó en aquellos años de champagne, rosas y burdeles.
Una vez confesó que tenía más miedo a la locura que a la muerte, pero su vida fue un rosario de excentricidades que le presentaban como un loco ante los ojos de los supuestos cuerdos. Su principal arma, junto a la provocación, fueron los puños. En Francia lo declararon campeón de los semipesados por deserción del rival. Luego, empujado por los vientos de guerra recuperó, para que el ejército no lo movilizase, su nacionalidad británica y saltó a Barcelona, donde en 1916 su faceta pugilística iba a ofrecer uno de los más singulares episodios: el enfrentamiento con el primer campeón negro del peso pesado, el legendario Jack Johnson.
Johnson, ya gordo y viejo, se había refugiado en Europa huyendo de Estados Unidos tras haber mantenido relaciones con una jovencita blanca de 19 años. Cravan y el gladiador de ébano -el mejor de todos los tiempos, según Muhammad Ali- se conocían de París, donde el último se había dedicado al cabaret para sobrevivir. Los dos necesitaban dinero y montaron un combate esperpéntico.
La cita fue el 23 de abril en la Plaza de Toros Monumental. «Le Beau Cravan» había empinado el codo, antes de saltar al ring, para darse ánimo. Tras cobrar un jugoso anticipo, la marcha atrás era imposible. Además, estaba en juego una bolsa de 50.000 pesetas por las que merecía la pena hacerse una cara nueva. Tras los primeros compases, los 5.000 espectadores olieron el tongo. «A los pocos instantes, Cravan que, además de considerarse el varón más hermoso de la especie humana, se dice ser sobrino de Oscar Wilde cae al tapiz por la cuenta del knockout. Se acabó». Así lo fabuló el cronista Fernando Vadillo.
Lo siguiente hasta el final fueron tumbos por los cuadriláteros El poeta boxeador, rey de la provocación artística, quiso ser Oscar Wilde y forrar sus guantes con rizos de mujer, sin embargo tuvo que conformarse con soñar sobre la lona. Hasta el día en que una ola del Golfo lo arrastró. ¿O no fue así?
No hay nada que dure siempre
Por Luis M. Alonso (4 de Diciembre, 2009)

Recuerdos enlatados de
«Los Soprano», aquella inolvidable
familia criminal de Nueva Jersey
No hay nada que dure siempre y saber irse forma parte del aprendizaje en la vida. No he podido, sin embargo, evitar una enésima oleada de nostalgia por Los Soprano, la gran producción de la HBO, ahora que «Hollywood Reporter» la ha elegido mejor serie de televisión de la década. También podía haberlo sido de todos los tiempos. Yo, al menos, nunca he visto en la pequeña pantalla mayor concentración de oscuridad, crueldad, humor, violencia, traiciones y muerte que en este producto actualmente enlatado y sin fecha de caducidad para el goce de los adictos.
Recuerden: la noche de la despedida, los Soprano cenan en Holstein’s. Justo en el momento en que Meadow Soprano corre a reunirse con Tony, Carmela y Anthony Jr., que aguardan comiendo aros de cebolla fritos, se produce el apagón. Mejor habría sido parar el reloj porque los nueve últimos episodios resultan lo que se dice agobiantes para los personajes. Janice Soprano, viuda de Bobby Bacalieri, busca inútilmente la herencia de tío Junior, víctima de una demencia senil. La doctora Melphi ha sido despedida y Chris Molisanti, eliminado a manos del propio Tony, a punto de liquidar también a Paulie. En el camino caen Bobby, abatido entre sus trenes de juguete, y Silvio, en brazos del coma. La guerra entre bandas concluye con la cabeza de Phil Leotardo bajo la rueda de un coche en una gasolinera. La pista de los árabes se pierde. Sólo queda la familia, la inmediata, reunida para cenar en un restaurante donde los extraños que entran en el local inducen a sospecha gracias a los inquietantes movimientos de la cámara. Y adiós.
Siempre nos quedará Nueva Jersey. El «Estado Jardín» de la Unión cumple con su papel de ciudad dormitorio de Nueva York y su imagen se asocia a las fábricas, los perritos calientes, Ashbury Park, Atlantic City y el aeropuerto de Newark. Los Soprano, esa feliz idea de David Chase, viven en Stag Trail Road, North Caldwell, adonde llega episodio tras episodio el inigualable James Gandolfini (Tony) para ir directamente del coche al frigorífico, abrirlo y comer unas lonchas de capocolo. O los ziti (similares a los macarrones), que ha preparado Carmela (Edie Falco), o los manicotti (parecidos a los canelones) rellenos. Los mismos que cocina Artie Bucco (John Ventimiglia) en el Restaurante Vesubio. En North Caldwell está, además, el Bada Bing, cuartel general de la organización.
La serie, un compendio de maldad, sadismo y cotidianidad familiar, permanece en conserva, con un puñado de personajes inolvidables: Tony, Carmela, la doctora Melfi (Lorraine Bracco), Chris Moltisanti (Michael Imperioli), Tío Junior (Dominic Chianese), Silvio Dante (Steven Van Zandt) o Paulie Gualtieri (Tony Sirico), etcétera. Lo cierto es que a algunos de ellos podríamos habérnoslos perdido. Por ejemplo, a James Gandolfini, que pidió más dinero para no retirarse mucho antes de finalizar. O a Lorraine Bracco, que se negó inicialmente a interpretar el papel de Carmela porque ya había encarnado a la mujer de un mafioso (Ray Liotta) en la película de Scorsese Uno de los nuestros. O a Tony Sirico, cinco años de cárcel a sus espaldas y varias condenas, si no llega a cambiar en su día al verdadero mafioso por el que interpreta en la pantalla. O a Steve Van Zandt, si no se hubiese decidido a arrinconar la guitarra y a dejar en la estacada a Bruce Springsteen. No hay mafioso seguro. Ahí ha radicado en cierta medida el éxito de la serie, tan imprevisible como real, y de su tragedia. Los personajes aparecen a veces como seres entrañables, próximos, hasta que de repente se convierten en fieras. No hace falta siquiera que ocurra algo extraordinario. Para desencadenar una guerra es suficiente una palabra a destiempo, una insinuación o un material de obra que se ha perdido por el camino en vez de llegar a su lugar de destino. ¿Qué se puede esperar de un tipo que tiene a un primo psicópata, un sobrino yonqui, un tío demente, un capullo inestable como hijo y a unos socios dispuestos a jugársela?
Todo en Los Soprano recuerda los orígenes pero nada define a la familia como mafiosos del viejo continente. La prueba es la visita que hacen a Nápoles en uno de los episodios. Furio Giunta (Federico Castellucio), el esbirro de la Camorra que contratan, está a punto de causar una hecatombe. Los mafiosos en origen no se han entendido nunca demasiado bien con los speranzariti, que es como llaman los sicilianos a los hombres que han huido al extranjero. Prueba de esto último son las palabras que don Giuseppe Renco Russo, sucesor de don Calogero Vizzini al frente de la mafia de Agrigento, le dijo un día a Frank Sinatra, enviado de las familias de Nueva York. «Cuando Lucky Luciano fue expulsado de Estados Unidos volvió con nosotros. Y nosotros lo admitimos porque era siciliano. Lo que pasa aquí sólo nos compete a nosotros, no a los que se han ido al extranjero. Si quieren volver, serán bienvenidos. Estarán en su casa lo mismo que nosotros, pero no más. Te diré una cosa, don Francesco: nunca se ha visto que un general decida la dispersión de sus tropas a varios miles de kilómetros del campo de batalla. Di a los que te han enviado que, si quieren hablar, vengan a vivir aquí. Somos conscientes de los lazos de sangre que nos unen, pero la tierra de todos está aquí».
Larga vida en conserva a los Soprano, de Nueva Jersey, herederos de los speranzariti.
El hombre que sabía demasiado
Por Luis M. Alonso (27 de Noviembre, 2009)

Alexander Litvinenko y las pistas sin encajar de un asesinato
La terribles imágenes del ex agente ruso Alexander Litvinenko en su lecho de muerte de un hospital británico, tras haber sido envenenado con polonio 210, siguen siendo tres años después un mazazo en las conciencias rebeldes contra la corrupción de Estado. Jamás ningún asesinato dejó tantas pistas y nunca ha resultado tan complicado encajarlas. El rompecabezas es doblemente diabólico por la fuerte resistencia a que algún día se sepa quiénes estuvieron detrás.
Sasha recibió sepultura en el cementerio londinense de Highgate, cerca de donde está enterrado Karl Marx. Aquel día de diciembre de 2006 en el que fue a criar malvas, llovía a cántaros, pero aún no se había desencadenado la tormenta que trajeron las palabras del presidente Putin, en el Kremlin, cuando haciendo uso de un escalofriante cinismo dijo que Litvinenko era para los servicios secretos rusos un objetivo insignificante y que, por tanto, no merecía la pena asesinarlo.
El caso es que el polonio, elemento radiactivo, con el que fue envenenado el ex miembro de la inteligencia rusa el 23 de noviembre de 2006, se propagó por Londres como un reguero de destrucción. A los que quedaron para comer en las horas posteriores al almuerzo de Sasha y Mario Scaramella, el italiano que le quería aportar una valiosa información, en el restaurante japonés Itsu de Piccadilly, debió de repetírseles la digestión del maki sushi, la tempura de verduras o el pescado crudo al enterarse después de que los detectores de radiactividad habían identificado este lugar y el bar del hotel de la cadena Millennium donde Litvinenko tomó té con los empresarios rusos Andrei Lugovoy y Dimitri Kovtun.
Las autoridades británicas determinaron que uno de ellos, el ex espía ruso Lugovoy, fue quien envenenó a Litvinenko, y en mayo de 2007 pidieron la extradición. Putin, a pesar de haberse ofrecido inicialmente a colaborar, se negó. Rusia argumentó que su Constitución no permite la extradición de ciudadanos rusos y que tampoco existe un tratado con el Reino Unido para ello. La negativa desencadenó una crisis con expulsiones de diplomáticos de ambos países. El Gobierno británico llegó a pedir al ruso que cambiase la Constitución. A su vez, la justicia alemana dio por cerrado el caso, por supuesto tráfico de sustancias radiactivas, en contra del empresario Dimitri Kovtun. La duma rusa ha garantizado la inmunidad de Lugovoy.
Litvinenko, víctima según se dijo de una bomba nuclear en miniatura, murió a las pocas semanas calvo y demacrado. La suerte del ex espía, relatada por su esposa Marina y por el científico disidente Alex Goldfarb, parecería la ficción más asombrosa si no fuese que lo que nos están contando responde con fechas y datos a la realidad y las sospechas se dirigen al FSB ruso, que sucedió al KGB, casi con su misma estructura e idéntica forma de actuar. Para ayudarnos a entender Muerte de un disidente resulta interesante también leer Rusia dinamitada, que escribió Yuri Felshtinski con informaciones facilitadas por Litvinenko, donde se cuentan los manejos de los servicios secretos rusos y la utilización del terrorismo de Estado para afianzarse o hacerse con el poder.
Son dos libros, de caudal narrativo comparable a los de John Le Carré, aunque no tan literarios por la ausencia de corteza romántica en los personajes reales, por muy romántico que sea librar una guerra particular contra un Estado corrupto. En opinión de Le Carré, Litvinenko tenía los nombres de las personas que estaban implicadas en grandes casos de corrupción y asesinatos y la lista de un montón de imbéciles contratados como ejecutores por tal o cual oligarca.
La denuncia es que los servicios secretos actuaron en Rusia todos estos años para minar los fundamentos del Estado y debilitar el poder de manera que las posibilidades de adueñarse de él sean mayores. En definitiva, la vuelta del KGB a la escena política, pero de manera mucho menos sibilina y utilizando el terrorismo, el checheno por poner un ejemplo, como instrumento para los fines que se persiguen.
Lo que se cuenta en estos dos reveladores relatos, y también en el magnífico documental de Andrei Nekrasov, amigo de la víctima, es la fuerza devastadora que opera desde las cloacas del propio Estado y el olor pestilente que se cuela por las alcantarillas. De fondo, la lucha entre los dos clanes que luchan por apoderarse de Rusia.
Marina Litvinenko ha aprendido a vivir en la desconfianza de la viuda de un hombre al que persiguieron hasta matarlo. ¿Dio Putin la orden? Lo que ella entiende es que en determinados niveles del poder no es necesario poner la firma. Basta con mencionar los deseos para que alguien se muestre dispuesto a hacerlo.
El eterno seductor se pone al día
Por Luis M. Alonso (20 de Noviembre, 2009)

La versión sin censura de «Historia de mi vida» permite redescubrir la lucidez del testimonio de Giacomo Casanova
En el libertinaje envejece uno muy bien y se conserva en perfecto estado de inteligencia. Por eso, Giacomo Girolamo Casanova, aventurero, escritor, diplomático y espía, no tuvo tiempo de arrepentirse de lo que no pudo vivir, al contrario que otros a los que la vejez les sorprende presos del remordimiento. Dedicó su vida a gustar y, al mismo tiempo, nadie se gustó tanto a sí mismo y nadie, tampoco, supo promocionarse como él. Es el donjuán históricamente probado después de siglos, cuando, según su propio testimonio, en sus cuatro décadas de vida sexual sólo fornicó con 120 damas. No estaría mal si se tratase de cualquier otro, pero la media de algo más de tres mujeres al año que presenta Casanova como balance la supera sin mayor esfuerzo cualquier playboy de tres al cuarto. «Al acordarme de los placeres que he experimentado, los revivo y gozo con ellos por segunda vez, y me río de las penas que he sufrido y que ya no siento. Miembro del Universo, hablo del aire y me imagino que rindo cuentas de mi gestión, igual que un mayordomo hace con su amo antes de despedirse», escribió en la biblioteca de Dux, cerca de Praga, al servicio del conde Waldstein, donde transcurrieron sus últimos días.
Casanova no pudo acabar de escribir sus memorias que ahora se han traducido por primera vez al español desprovistas de censura. Nos libramos así del pudor hipócrita de Jean Laforgue, aquel oscuro profesor de francés de la Escuela de Nobles de Dresde, que con evidente exceso de celo pulió por encargo del editor la chocante expresividad de un hombre anterior a los diez mandamientos que no vio pecado alguno en vivir al límite y contarlo después por medio de uno de los testimonios más lúcidos y brillantes de nuestra especie. Al comienzo de sus memorias, creo que después de las consabidas disculpas, Casanova recuerda el viejo precepto de que si no has hecho cosas dignas de ser contadas, escribe, al menos, cosas dignas de ser leídas. Hay pocos casos en que la palabra merezca ser tan vivida por el lector, créanme y ahora que tienen la oportunidad de ello háganse con los dos volúmenes publicados por Atalanta.
El caballero de Seingalt escribió Historia de mi vida, algo más de 3.580 folios, cuando le sobraban tiempo y tristeza y no tenía la menor intención de leer ninguno de los 30.000 volúmenes de la biblioteca familiar del conde. Al empeño de escribir sus memorias dedicó diez años y cuando uno lee la última línea maldice por todo lo que quedó en el tintero.
Una vida licenciosa como la de Casanova, dedicada a los salones, las conversaciones inteligentes, las buenas comidas y bebidas y a complacer a las amantes, no serviría de nada si el protagonista no la hubiera contado tan bien. Hubo libertinos barrocos que, aún siendo dignos representantes de su especie, se dieron bastante peor a la publicidad. Ninguno, en cualquier caso, alcanzó el cenit del aventurero veneciano objeto de eterna inspiración artística.
Esta melancolía del seductor es la que realmente importa en los recuerdos de Giacomo Casanova: «Cenamos bien y luego hicimos todas las locuras que ella quiso y yo pude, porque no estaba ya en la edad de hacer prodigios». O sea, cuando ya no tenía los sentimientos que justificarían el extravío de los sentidos.

