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Crónica de un infante enamorado
Por Luis M. Alonso (11 de Marzo, 2010)

Cabrera Infante rememora en una nueva novela póstuma encantos y desencantos de una época irrepetible en La Habana
La Habana era entonces la ciudad perdida de la animada Rampa, El Gato, El Atelier y el Mambo Club. La ciudad de las noches largas que lánguidamente iban a morir al Malecón y de los daiquirís espesos y fríos del Floridita: cuando los boleros eran canciones tristes de moda y las muchachas, venus de nalgas de arena y oro firme. De ello versa el libro que acompañó a Guillermo Cabrera Infante toda su vida y que ahora, como si se tratase de exorcizar los viejos fantasmas, su viuda ha querido que viese la luz, aun arriesgándose a dejar constancia de lo que ella siempre supo del apetito sexual de su marido. «Por ese olor a frutas que tenemos las mujeres en el trópico cuando cruzamos las piernas», ha llegado a decir Miriam Gómez.
Cuerpos divinos tiene un comienzo privado y gozoso, en 1957, y un final público, a mediados de 1962. Justo a esa altura, brota la sentida declaración del autor de que las revoluciones son el final del proceso de las ideas, que se detiene cuando dolorosamente interviene la política. «La cultura entonces», escribió G. Caín, «se convierte en una rama de la propaganda» y las ideas pasan a formar parte de un programa ideológico. Aludo al escritor por el seudónimo con que firmaba sus críticas de cine en la revista «Carteles» precisamente porque Guillermo Caín es el que rememora todo aquello: el tránsito de la dictadura de Fulgencio Batista a la revolución que traicionó los ideales de libertad y acabó convirtiéndose en la tiranía que conocemos, nuevamente de actualidad por la represión de su disidencia. Como él mismo dijo: empezó escribiendo una novela y le acabaron saliendo unas memorias que alimentaba día a día, hasta su muerte, porque, cuando existe la voluntad de recordar, los recuerdos sólo se apagan inconscientemente.
La última novela póstuma por ahora de Cabrera Infante -en estos casos nunca se sabe lo que nos deparará el futuro- está anclada en la memoria y en la geografía. Así ha ocurrido siempre con su literatura desde Tres tristes tigres, que inauguró el ciclo que más tarde continuó con La Habana para un infante difunto y que bien podría darse por culminado con Cuerpos divinos, un papel que ya le atribuyeron en 2008, cuando se publicó, a La ninfa inconstante. La Habana, el cine, el sexo, la música y la revolución son protagonistas de las más de 550 páginas de la obra que nos ocupa. «No sólo la historia, sino la geografía nos condena. Han hecho truco hasta con la topografía. Nacimos en un oasis y con un pase de mano nos encontramos con un desierto», escribió el autor refiriéndose a lo que ocurrió en la ciudad perdida tras la llegada del castrismo al poder.
En La ninfa inconstante, el crítico cinematográfico, o sea, Guillermo Cabrera Infante, es decir G. Caín, se enamora de Estela, una casi niña huraña, arisca y de rara belleza. Estela, Estelita, es, en Cuerpos divinos, Elena, Elenita, la misma nínfula en la misma Habana sensual, donde la esposa ha dejado de esperarlo despierta. En esta enésima recreación del microcosmos tropical, atrapado nuevamente por la topografía, el periodista habanero que amaba a las mujeres, la música y el cine, vive un tiempo de disolución política, entre novias y fleteras, boites, restaurantes y la redacción de «Carteles». Más atento a completar su colección de discos de jazz que a mantener a flote su matrimonio; pendiente de las venidas de la Sierra y de las cartas desde Oriente de Carlos Franqui, hasta que regresa para interrumpir su felicidad y encomendarle el suplemento literario del diario «Revolución», que finalmente acabó cerrando en 1961 por no acatar la línea de pensamiento oficial castrista.
Pero antes de ese nuevo y triste amanecer en el trópico, ocurren unas cuantas cosas. Están, por ejemplo, los encuentros con Hemingway, al que Caín ve por primera vez bajando «por ese tramo de calle sin nombre, the street with no name, que está entre el Centro Asturiano y la Manzana de Gómez, con sus pulidos adoquines azules». No hay que perderse la descripción del personaje: «Hemingway no era Hemingway sino un hombre grande, colorado como un camarón cocido, que caminaba vestido como un turista, usando zapatos bajos pero no sandalias (hombre tan viril no iba a alimentar los prejuicios habaneros contra aquel que lleva sandalias. Cristo mismo habría sido acusado de pederasta: Ecce Homo) y sin embargo llevaba unas unos shorts largos, bermuda short trunks sería su nombre, que con los largos calcetines hacían de sus piernas un mazacote de músculos con las pantorrillas boludas y los muslos protuberantes. Llevaba una suerte de pulóver suelto y listado, como si fuera mitad hombre y mitad cebra. Tenía los largos brazos tan musculados como las piernas y muy velludos. Por entre el escote del pulóver también le salía un vello espeso del pecho. No usaba barba y su cabeza se veía enorme. A pesar de los calcetines altos y los shorts largos, el hombre daba una sensación definitiva de enormidad. Viéndolo bajar hacia la plaza de Albear pensé que era un turista a la caza de rincones habaneros?». O la vez posterior, en el Floridita, cuando Hem paga la ronda de daiquirís para librarse de la curiosidad del periodista y de sus amigos. O la visita a Cojimar con la fugaz y deslumbrante visión de Ava Gardner.
Los cuerpos divinos pululan por una Habana sensual de inquietante clima político en la que Carlos Puebla canta en La Bodeguita sus sones dedicados a Rolando “el Tigre” Masferrer, uno de los jefes de la policía represiva, lo mismo que más tarde y a no más tardar se los cantaría, con otra letra, a Camilo Cienfuegos. Una ciudad crepuscular donde por la noche las patrullas del SIM toman las calles para perseguir a los miembros emboscados de las brigadas de 26 de Julio, que el Gobierno de Batista y los comunistas, los ñángaras, coinciden en llamar terroristas. O aquella primera y única pregunta que el periodista de «Bohemia» le hace al Che Guevara en la fortaleza de La Cabaña, al poco de entrar los barbudos en la capital. «Nos encontramos con un hombre de mediana estatura, de barba completa aunque rala y con un gran parecido con Cantinflas. Usaba boina y fumaba un puro: era el Che Guevara. Las preguntas caían ante él y él las respondía con tono extranjero y cortante, demasiado tono militar. José Lorenzo no pudo hacer más que una pregunta:
-¿Es cierto que usted piensa invadir la República Dominicana? (Nunca supe cómo se le ocurrió semejante pregunta).
Y la respuesta del Che Guevara vino como un disparo:
-¡Falso!
Lorenzo no la oyó y le preguntó:
-¿Cómo?
Y el Che Guevara volvió a disparar:
-¡Falso! -esta vez con un tono más autoritario.»
Lo que siguió ya lo conocen, porque los boleros tristes, al igual que ocurre con la vida y las nínfulas de Guillermo Cabrera Infante, jamás dejan de repetirse. Suenan una y otra vez.
Los libelistas de Grub Street, inventores de la bohemia
Por Luis M. Alonso (4 de Marzo, 2010)

Una novela satírica del Marqués de Pelleport, escrita en la cárcel de la Bastilla, recrea la picaresca editorial durante el Ancien Régime
Hubo un tiempo en que para practicar lo que más tarde se conoció por bohemia los artistas, en vez de ir a París, se iban a Londres. Para ser más exactos, se iban de París a Londres huyendo del paranoico Ancien Régime y se refugiaban en Grub Street, en el patibulario distrito de Cripplegate, donde se encontraban los talleres de impresión más baratos de Inglaterra y, por tanto, también los más activos. Estos talleres cobraban menos y tardaban la mitad que un impresor serio en imprimir un libro y, clandestinamente, inundaban Francia de libelos por encargo, escritos por mercenarios de la literatura y de la crónica escandalosa de finales del siglo XVIII: biografías de personajes públicos con textos apócrifos, donde lo menos importante era la veracidad, y el verdadero objetivo, la calumnia. En París las costuras de la Corte reventaban cada vez que uno de los más destacados cortesanos era alcanzado por los dardos de los malandrines y poetastros exiliados de Grub Street.
El gran fracasado del absolutismo ilustrado de Francia, el canciller Maupeou, ya había dado el golpe de Estado sobre los magistrados cuando envió a Beaumarchais a Londres para convencer al mayor de los libelistas, Théveneau de Morande, de no volver a escribir, a cambio de 32.000 libras y una renta vitalicia de cinco mil más anuales. Morande era el autor de Memorias secretas de una mujer pública, sobre Madame Du Barry, la amante de Luis XV, pero antes de ello había escrito sobre el propio Maupeou, que era su principal víctima. Cuando anunció las memorias de Du Barry, en París pensaron que ya había llegado el momento de deshacerse de él. Primero intentaron secuestrarlo y asesinarlo, y cuando la conspiración fracasó decidieron comprarlo. Morande acabó dedicándose a espiar a sus antiguos colegas, por encargo del Gobierno francés.
Thévenau de Morande ya era un espía a las órdenes de Francia cuando surgió Pelleport -Anne Gédéon Lafitte, Marqués de Pelleport- un auténtico barbián, provisto, según el historiador norteamericano del libro Robert Darnton, de mayor talento. De hecho, Pelleport había inaugurado una nueva forma de actuar en la bohemia de Grub Street después de años de buscar mecenas para dedicarse a la literatura seria y haber sobrevivido finalmente gracias a los panfletos. Pelleport ni siquiera perdía el tiempo en escribir: lo que hacía era chantajear por medio de un intermediario a sus víctimas anunciado una serie de libelos que se comprometía a destruir si el precio se ajustaba a lo que pedía. Darnton cuenta cómo manejó, entre otros, los títulos Los pasatiempos de Antonieta, un relato sobre la vida sexual de la reina; Los amores del visir de Vergennes, dedicado al ministro de Asuntos Exteriores, uno de los políticos que más fustigaba a los libelistas de Londres, y Las cenas y noches íntimas del Palacete Bouillon, donde supuestamente se contaban las orgías organizadas por la princesa de Bouillon y sus criados con el marqués de Castries, ministro de Marina. «No ha sobrevivido ninguna copia de las dos primeras, tal vez porque Pelleport se limitó a inventar los títulos con la intención de escribirlas sólo si el Gobierno francés ofrecía suficiente dinero». En Las cenas íntimas utilizó una edición como cebo en las conversaciones que mantuvo con un comisario de la Policía francesa, Receveur, para proceder una vez más al chantaje. Este último regresó a París sin éxito, incapaz de entender las extrañas nociones legales que manejaban aquellos truhanes: hablaban de «habeas corpus», jurado popular y libertad de prensa. Pelleport era el amo de Grub Street y su verborrea imperaba en las tabernas del viejo Londres.
Sólo Morande dio con la pista de Pelleport por medio de las correcciones hechas a mano por este último en las galeradas de El diablo en la pila del agua bendita, uno de los textos que han perdurado en la historia del libelo. Finalmente, Pelleport dio con sus huesos en la Bastilla, justo en los mismos días en que otro gran transgresor, el Marqués de Sade, escribía a pocos pasos de su celda Los 120 días de Sodoma. Allí nuestro hombre tampoco perdió el tiempo y se dedicó a una novela picaresca , Los bohemios, que es un libro interesantísimo sobre el oficio de la escritura, esclarecedor acerca de los días de Grub Street, entendiendo la escritura del modo en que la entendía aquel hatajo de sinvergüenzas: como una forma de ganar dinero y adquirir cierto poder, igual que sigue ocurriendo en nuestros días y no de manera siempre beneficiosa para la literatura. O, incluso, huyendo de la desesperación: «¿Os han publicado alguna vez en vida, querido lector? Habéis recorrido alguna vez, acuciado por el panadero y el tabernero de la esquina, con los zapatos desfondados, los mercados en donde los chamarileros de escritos trafican con los pensamientos de aquellos a quienes la desgracia ha reducido a soñar para vivir?», se pregunta Pelleport.
El boxeador quiere acabar rápido
Por Luis M. Alonso (4 de Marzo, 2010)

He leído de manera muy interrumpida Sangre vagabunda, la última novela de la Trilogía Americana de James Ellroy. No sirve de nada arrepentirse de ello: volver a la prosa anfetamínica y telegráfica de este autor, después de haber abandonado el hilo de la narración por unas horas, es como bajar los brazos frente a un boxeador que quiere acabar rápido. El lector tiene todas las papeletas de la rifa del KO. Si, por el contrario, uno se entrega sin descanso a la lectura, exhausto pierde el combate a los puntos. Ustedes verán, son más de 700 páginas y el boxeador siempre gana.
Ellroy empezó a escribir su trilogía sobre América hace casi veinte años, durante la Administración de George Bush padre. La parte final emerge en el nuevo amanecer de Obama. Hace dos décadas, el autor californiano era la estrella rutilante de la narrativa criminal en Estados Unidos. Su cuarteto sobre Los Ángeles -El gran desierto, La Dalia Negra, LA Confidential y Jazz blanco- lo había convertido en un magnífico escritor, capaz de transformar el sueño americano en una inquietante pesadilla sangrienta. Pero Ellroy no estaba satisfecho: quería disparar en otra dirección. Influido por Don DeLillo, se preguntó por qué limitarse a ser un novelista de la delincuencia pudiendo ser simplemente un gran novelista. América (American Tabloid), la primera entrega de la trilogía que nos ocupa, muestra claramente la influencia de DeLillo. Como ocurre en Libra, la encrucijada es Dallas, 22 de noviembre de 1963. El asesinato de John F. Kennedy es quizás el hecho político más polisémico de la historia del siglo XX norteamericano. Aún no se ha dibujado el diagrama que comprende todas las causas y repercusiones de este hecho y no es fácil que pueda lograrse algún día. La segunda novela, Seis de los grandes, comienza donde termina la primera, y nos conduce a través del transitado corredor de 1968: los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy. En esencia, se trata de contar una historia familiar desde el punto de vista de los malos: los chicos rectos del FBI y de la CIA, que conspiran para acabar con los activistas de la izquierda y devolver Cuba a la mafia. Un sujeto peligroso llamado Nixon aguarda agazapado, mientras la esperanza de Camelot declina.
Ahora, estamos en los años que van de 1968 a 1972. Uno de los personajes principales de Sangre vagabunda es el agente del FBI y matón de Hoover, Dwight Holly. Otro, el ex policía Tedrow Wayne, que trabaja para Howard Hughes y la mafia y había sido presentado anteriormente como el verdadero asesino de Luther King (no hay asesinos solitarios en el mundo de Ellroy). También está Don Crutchfield, «el Mirón», cuya pasión por el voyeurismo enriquece el perfil clásico del detective privado. Pero hay más: Karen, la pelirroja; Joan, la diosa de la extrema izquierda; los panteras negras; Owen, el negrata infiltrado; «Dick» Nixon; el mercenario franchute Mesplède y muchos otros. En el camino se cruzan las conspiraciones, los asesinatos, robos a mano armada, extorsión, chantaje, prostitución, las películas de sexo, el odio racial, las drogas: en las calles, los hoteles, los clubes nocturnos, los dormitorios y saraos de Los Ángeles, Las Vegas, la República Dominicana y Haití. Pero esta vez, al contrario que en las anteriores, no hay magnicidios ni grandes crímenes históricos: los objetos centrales de la trama son un alijo de esmeraldas robadas y la persecución política y erótica de una revolucionaria, posiblemente la sensación más conmovedora de la novela.
La pulpa de la ficción mejora en Sangre vagabunda con respecto a las anteriores entregas. Lo que hay de historia real por debajo de ella no es que importe demasiado. A Ellroy se le lee por la implacable fuerza de su voz ronca y la energía que transmite, no porque creamos que en cada arma asesina de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos había huellas dactilares de Hoover. Sus chismes son procaces, duros, divertidos. No tienen por qué ser ciertos, pero resultan demoledores. Letales. Durante la lectura, uno cae frecuentemente sobre la lona, pero siempre se levanta dispuesto a recibir más. Incluso cuando mortificadamente lee «Los negros de verdad vibraban a vudú» (sic) en uno de los puntos seguidos telegráficos y electrizantes de esta novela sobre la corrupción y el castigo en los años que revolucionaron la América de la segunda mitad del siglo pasado.
“Fuera de la ley”, la bolsa o la vida, la libertad o la muerte
Por Luis M. Alonso (18 de Febrero, 2010)


Un precioso libro de Maréchaux sobre la insumisión reúne a piratas, atracadores, anarquistas y gente de gatillo rápido
En la década de los 70 del siglo pasado, el novelista Laurent Maréchaux (1952, Nogent-sur-Marne) pasó unas semanas en la prisión de la Santé justo cuando el peligroso atracador Jacques Mesrine iniciaba una huelga de hambre para protestar contra las medidas de alta seguridad en las cárceles francesas. El escritor se sumó a ella; en aquel tiempo era un activo espectador del mundo marginal, más tarde, en los ochenta, luchó con los muyahidines frente a los soviéticos en la llamada guerra de Charlie Wilson y después se convertiría en autor de novelas de éxito.
Mesrine, junto a François Besse, era el enemigo público número uno de Francia en la década de los setenta. A los 40 años, tenía ya un historial de 37 crímenes. Nacido en una familia feliz y a los dieciséis, expulsado de todos los colegios, frecuentaba los ambientes delictivos del barrio parisino de Pigalle. En 1959, tras cumplir el servicio militar en Argelia, se dedicaba a desvalijar casas de ricos y tres años más tarde ingresaba en la cárcel por primera vez. «Su primer asesinato es el de un proxeneta que había desfigurado a una de sus conquistas. Al salir de prisión se encapricha de una prostituta, fuerza cajas fuertes, vuelve a robar y atracar en Francia y Canadá, secuestra a un rico industrial en Québec, se escapa, mata a dos guardas forestales y vuelve a Francia a finales de 1972. Arrestado de nuevo, se escapa el 6 de junio de 1973 del tribunal de Compiègne. Es atrapado en septiembre, encarcelado en la prisión de Fresnes, en la Santé, donde aúna su rabia con la de Besse para fugarse del Departamento de Alta Seguridad». Más tarde, después de una feroz persecución que no cesa, el 2 de noviembre de 1979, la Policía lo acorrala en la puerta de Clignancourt. Mesrine es acribillado y muere sobre el salpicadero de su BMW tras recibir dieciocho balazos.
Laurent Maréchaux ha rastreado historias de docenas de fuera de la ley en los mares peligrosos, en el corazón de la jungla, en los bosques, en los bajos fondos y hasta en la desobediencia civil. En un bello libro, Maréchaux, aventurero, descendiente de emigrantes rusos, cuenta la vida de algunos proscritos y distinguidos rebeldes, piratas, pistoleros, atracadores, diablos del desierto, anarquistas, insumisos y revolucionarios: muchos de ellos prefirieron ser ladrones antes que les robasen, otros emprendieron a la fuerza un camino hacia un mundo mejor que casi nunca resultó acertado. Esa marcha forzada rozó en ocasiones la épica criminal. El hatajo de canallas y renegados destaca por su diversidad: junto a Robin Hood, el Olonés, Jesse James, Bonnie Parker y Clyde Barrow, Pierrot el Loco o Jacques Mesrine, emergen meros transgresores de la norma social como Henry David Thoreau, Richard Burton, Bakunin y Lawrence de Arabia.
La rebeldía estimula la imaginación. Alrededor de ella flota la fragancia irresistible de la libertad. Mérimée supo expresarlo en una de las citas elegidas en Fuera de la ley: «Soy de aquellos que disfrutan con los bandidos; no es que me guste encontrármelos en mi camino, pero, muy a mi pesar, la energía de estos hombres que luchan contra la sociedad me suscita una admiración que me avergüenza».
Maréchaux añade en la introducción de su libro que la complicidad intelectual con estos maestros del robo y la fascinación por los héroes malditos no nos conducirán al patíbulo. Como mucho, nos aportarán cierta embriaguez y algún otro miedo imaginario. He aquí el entusiasmo indisimulado del autor frente a sus personajes: «¡Guardémonos de condenar a estos vagabundos idealistas extraviados por caminos tortuosos! Merecen nuestro reconocimiento. Sin ellos, los mapas del mundo tendrían menos color, los derechos y los impuestos serían inhumanos, la democracia iniciada en Libertalia o en la isla de Tortuga carecería de imaginación, y la búsqueda permanente de un mundo mejor se habría convertido en una locura anticuada. Mientras la llama de la revolución vacila y la desesperación nos acecha, es muy importante que conservemos su leyenda y honremos su recuerdo ¡Emprendamos el galope para, sable en ristre, seguir sus pasos».
El libro se divide en gremios y paisajes. Los personajes, a simple vista, no tienen mucho que ver, pero una vez que el lector hurga en ellos tiene la oportunidad de comprobar cómo hay rasgos de sus personalidades que se repiten. La venganza y la rebeldía están presentes en casi todos, y así resulta posible hallar la relación entre Robin de los bosques, el príncipe de los ladrones, y el ladrón poeta François Villon. O entre este último y el cangaceiro Lampião, al que el pueblo no sólo amaba por ser cruel y valiente, sino por mantenerse fiel a su instinto.
Maréchaux apiña a sus «renegados» en seis compartimentos. En primer lugar, los Robin de los bosques, que incluyen al propio arquero de Sherwood, a Villon, Lampião, al contrabandista Louis Madrin, al forajido Gaspard de Besse, a la rebelde la Kahina y a aquel hombre, Henry David Thoreau, que, desde los bosques, proclamó que era el Estado el que se situaba al margen de la ley. Grandes piratas figuran en la evasión de alta mar: Jehan Ango, el armador corsario; los Barbarroja; François el de Olonne; el Rey Sol de los filibusteros, Bartholomew Roberts; el temible Edgard Teach, Anne Bonny, Mary Read y Rackham el Rojo; los piratas filósofos de Libertalia, y Ching Shih, la viuda que hizo estremecerse a los almirantes y sus poderosos juncos en el Mar de China. «El pirata es alguien que no está contento. El espacio que le asignan la sociedad o los dioses le parece estrecho, nauseabundo e insoportable. Se acomoda a él durante unos pocos años y luego dice “¡Basta ya!” y se niega a jugar el juego. Lía el petate, baja de las montañas de donde sea y alcanza la costa. Captura un navío o se enrola en un corsario y, con buen viento, se pone en franquía», escribió el periodista Gilles Lapouge a propósito de la piratería. Maréchaux agrupa a las leyendas del lejano Oeste: Jesse James y la banda de los Quantrill; a Pat Garrett y Billy el Niño; a Calamity Jane; Wyatt Earp y Doc Hollyday, el pistolero tuberculoso y melancólico que escogió como epitafio que durante su vida jamás le habían matado; los chapuceros y sanguinarios Dalton; Butch Cassidy y Sundance Kid , el grupo salvaje, y a la agencia Pinkerton. Entre los diablos del desierto figuran el caballero Reinaldo de Châtillon; el explorador y transgresor de las costumbres victorianas Richard Burton; el poeta y traficante de esclavos Arthur Rimbaud; Lawrence de Arabia y Henry de Monfreid. La selección de anarquistas e insumisos está también a la altura: Bakunin, Jules y la banda de Bonnot, Marius Jacob, Victor Serge, Durruti, Ernst von Salomón, el activista Emmett Grogan, el militante del IRA Bobby Sands y la reina de los bandidos, Phoolan Devi. La leyenda contemporánea del robo está representada por Bonnie & Clyde, Pierrot el loco; la banda del tren postal; Albert Spaggiari, el cerebro del golpe de Niza que según confesó no buscaba el provecho sino el éxito, y Jacques Mesrine y François Besse.
Un libro de hermosa factura, bien ilustrado, con fotos, pasquines y dibujos, que deja el recuerdo del crimen épico consumado contra el poder, ahora que desde el poder, o a instancias de él, se perpetra más que nunca el crimen.
El escritor que eligió el extranjero para sentirse en casa
Por Luis M. Alonso (17 de Febrero, 2010)

Nueva edición de “La copa dorada”, la novela más compleja de Henry James, un maestro de la intriga psicológica
Chesterton describió a Henry James (1843-1916) como a un americano que había reaccionado contra América e impregnado su sensible psicología de todo lo inglés en su aspecto más anticuado y aristocrático. Por esa, entre otras razones, supongo que eligió Rye para vivir. Quienes hayan estado en esa pequeña población del este de Sussex, situada entre Dover y Hastings, sabrán lo que allí significan las sombras del pasado, y la anglofilia que puede despertar la ciudadela encaramada en la colina, la torre Ypres, las empinadas callejuelas, las casitas de ladrillo cubiertas de hiedra con sus macizos de geranios y el abrigado puerto que tanto le gustaba a Daniel Defoe.
En Rye James vivió los últimos años de su vida, entre 1898 y 1916, en Lamb House, la casa de West Street. En ella, pasó largas temporadas su hermano William y, como contó también Chesterton, tuvo tiempo de reverenciar a los antepasados que la habían habitado. «Creo que, en cierto modo, él se consideraba realmente una especie de mayordomo o custodio de los misterios y secretos de una gran casa por la que los fantasmas podrían haberse paseado con todo el derecho del mundo». De hecho, según la leyenda, aquel americano con ínfulas europeas habría rastreado en el árbol genealógico de la familia desaparecida hasta encontrarse con un vulgar descendiente, empleado de comercio, que vivía en el norte industrial -¡madre mía, qué triste!, diría uno de los niños del Ritz de Evelyn Waugh-, para invitarlo personalmente a conocer el hogar de los ancestros. Cabe imaginarse a Henry James, envarado, con la elegante vacilación con que impostaba el acento, recibiendo a aquella persona ajena al pastel. De la vacilación impostada del autor de Retrato de una dama hizo uno de sus trajes el gran Chesterton: «No la compararía, según la perversa frase de Mr. H. G. Wells, con un elefante intentando coger un guisante, pero es cierto que parecía poseer una probóscide flexible y extremadamente sensible que se abría paso por una selva de hechos que para nosotros resultaban a menudo indivisibles».
Henry James logró sentirse en el extranjero como en casa, eso sí, evitando mostrar el asombro y la inocencia con que describe a algunos de sus compatriotas personajes literarios frente a la sofisticación europea. Como ocurre en Retrato de una dama (1881) y La copa dorada (1904), la última y más compleja de sus grandes novelas, que ahora devuelve Alba a la actualidad con una nueva edición en español con traducción de Andrés Bosch y revelador prefacio de Alejandro Gándara. Escribe Gándara sobre los giros de una llave: el primero de ellos, el de la invención de la voz narrativa, que se sitúa en un lugar completamente distinto al conocido en la novela decimonónica. El segundo, el que abre la puerta de una nueva sensibilidad del narrador abocado a bucear en las conciencias de sus personajes. A James se le conoció por «el Maestro», debido a una escritura inteligente, compleja, que explora las intrigas dramáticas y psicológicas por debajo incluso de la más simple de las interacciones humanas y de los acontecimientos. Además de esa profundidad se distinguió por su gran conocimiento del lenguaje, sin embargo, algunos detractores criticaron su estilo por ampuloso y barroco.
En La copa dorada, un multimillonario americano, Adam Verver, decide, de igual manera que compra y colecciona antigüedades, regalarle como marido a su hija, Maggie, un príncipe romano, Americo, refinado pero sin dinero, al mismo tiempo que elige para contraer segundas nupcias a una joven compatriota, amiga del noble, que vuelve a revivir con este último, en una situación opulenta, el amor al que ya se habían entregado en la pobreza. Adulterio, intriga y el secreto de una copa agrietada se juntan en la trasfondo de la novela.
Alguien le ha atribuido al autor de La copa dorada un sentido del humor que yo jamás he encontrado en la lectura, muchas veces esforzada y quizás demasiado entusiasta, de sus libros. El propio Chesterton cuenta cómo, a pesar de ser una persona con fama de sutil, fue incapaz de percibir, a propósito de una anécdota que ambos vivieron, la ironía de la mejor comedia en la que tomó parte. Volvamos a Rye, porque fue allí donde sucedió. Henry James y su hermano William se encontraban de visita de cumplido en la casa que había alquilado Chesterton en la aldea inglesa donde vivía el escritor norteamericano. De repente al anfitrión y a sus invitados los sorprendieron un amigo miembro del Parlamento y un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores que llegaban sin un penique en el bolsillo, después de un accidentado viaje por Francia. Les dejo con Chesterton: «Allí, al otro lado de la mesita de té, estaba Europa, estaba aquella cosa vetusta propia de Francia e Inglaterra, los herederos del terrateniente inglés y del soldado francés; andrajosos, sin afeitar y pidiendo cerveza a gritos, que ignoraban con total desvergüenza la diferencia entre pobreza y riqueza, repantigados, indiferentes y seguros de sí mismos. Desde el otro lado de la mesa, los contemplaba el refinamiento puritano de Boston, y la distancia que los separaba era mayor que el Atlántico». Enfundado en su impoluta levita, James no salía de su asombro ante aquellos dos lunáticos y sólo tuvo certeza de la clase social a la que pertenecían cuando uno de los presentes sugirió trasegar una botella de Oporto y salir en procesión religiosa por las calles de Rye.
Lejos de perder la compostura puritana que confusamente atribuía al viejo mundo, al final tenía razón Gore Vidal cuando escribió que, pese a intentarlo, no había nada que James hiciera como un inglés, ni tampoco como un norteamericano. Tenía su propio mapa.
Americanas en París
Por Luis M. Alonso (11 de Febrero, 2010)

Gertrude Stein y Janet Flanner dejaron escrita la crónica social de la Ciudad Luz en el período de entreguerras
De acuerdo con el canon clásico de belleza, no se debe culpar a nadie de no verse reflejado en un retrato precubista de Picasso. Tampoco a Gertrude Stein (1874-1946) que, después de posar un centenar de veces como modelo, le dijo al artista que no se parecía en nada a la mujer que había pintado. La respuesta de Picasso es conocida: le rogó que no se preocupase que con el tiempo ya se iría pareciendo.
Stein era maciza y mofletuda, pero el pintor malagueño le afiló el rostro para que pudiese, primero que tarde, ir al encuentro con la posteridad reconociéndose en otro físico. Y ella lo hizo sin crear nada a la altura de la gran literatura, en cambio con grandes dotes de observación supo describir lo que la rodeaba y a quienes la rodeaban. Se sirvió de una experimentación constante con el lenguaje, de palabras de una sílaba y frases contradictorias, algunas tan distorsionadas que carecían de un significado claro. Otras sentencias han pasado a la historia, especialmente cuando acusó a Hemingway, Anderson, Dos Passos y otros de emborracharse y formar parte de una «generación perdida», expresión acuñada para referirse a aquel grupo de escritores.
Hemingway fue quien más hizo por su inmortalidad al dejar constancia de que existía en París era una fiesta. En las relaciones entre ambos hubo de todo. Primero, Stein ofició de madrina del novelista premio Nobel, pero el jovenzuelo que había acogido con los brazos abiertos en el apartamento de la Rue de Fleurus que compartía con su secretaria y amante Alice B. Toklas no tardó en mofarse de ella a propósito de The making of americans (Ser americanos). Nunca obtuvo perdón. La implacable señora le reprochó que se hubiese convertido en un disoluto y echase su vida por un vertedero. No llegó a caerle tan mal como James Joyce, pero lo suyo ya no volvió a ser lo mismo.
La descripción que Hem hizo de su mentora, al contrario que el retrato «futurista» de Picasso, estaba mucho más pegada a la realidad: «Miss Stein era muy voluminosa, pero no alta, de constitución física maciza como de campesina. Tenía unos ojos hermosos y un rostro de fuertes rasgos judeo-alemanes, pero hubieran podido ser muy bien friulanos, y me recordaba a una labriega del norte de Italia con sus ropas y su cara expresiva y su hermoso, copioso y vívido cabello de inmigrante, peinado en un moño alto que seguramente no había cambiado desde sus tiempos de estudiante. Hablaba sin parar y al principio lo hizo sobre personas y lugares».
El moño de Gertrude Stein era para Janet Flanner un cesto encima de su cabeza que la favorecía enormemente. Flanner, periodista y escritora, al igual que otras norteamericanas de su generación, empezó a vivir en la orilla izquierda del Sena en la década de los veinte. Quincenalmente, entre 1925 y 1975, envió columnas a «The New Yorker» que se publicaron bajo el título Carta desde París. Sus artículos de los primeros años hasta la Segunda Guerra Mundial están incluidos en un estupendo libro editado por Alba en 2005, París era ayer.
Flanner, Gertrude Stein, Djuna Barnes y Sylvia Beach marcaron un época. Todas norteamericanas, transgresoras en mayor o menor medida y lesbianas. Beach, que vestía como las jóvenes heroínas de Colette, fundó la librería más famosa del mundo, Shakespeare&Company, en el 37 de la Rue de la Bûcherie, frente por frente de Notre Dame. También publicó en 1922 el Ulises, lo que le costó el desafecto de Gertrude Stein. La verdad es que Stein mantuvo relaciones tormentosas con todo el mundo, salvó con Alice B. Toklas, por la que mantuvo una devoción fuera de toda duda. En las cuatro décadas que estuvieron juntas, apenas se separó unos días de su amada, aquella mujer delgada y singular que parecía una gitana y con la que pasó días felices en Mallorca. La llamaba su gatita.
París era el centro de todo. Stein había estado en la Ciudad Luz, por primera vez, a los cuatro años debido a los viajes y estancias de negocios de su padre. En Estados Unidos estudio escritura automática, filosofía, psicología y un par de cursos de medicina y cuando, siguiendo la estela de su hermano, regresó a Francia se hizo amiga de pintores y escritores, sobre los que llegó a ejercer una gran influencia. Su colección de pintura llegó a ser famosa.
De todas estas cosas trata París Francia, un volumen pequeño como todos los de Minúscula, que incluye recuerdos, entresijos de una vida y opiniones de la protagonista, la propia Stein, sobre las personas y las cosas que la rodean, siempre con su peculiar estilo. Su empeño en investigar el lenguaje no la ayudó precisamente a ser una gran escritora, pero sí es interesante su particular punto de vista y el lugar privilegiado de observadora que ocupó.
Tolstoi en la última estación
Por Luis M. Alonso (11 de Febrero, 2010)

Este año se conmemora el centenario de la muerte del insigne escritor ruso, autor de la mejor novela de amor de la historia de la literatura
En la plenitud de su vida Lev Nikolaievich Tolstoi era un hombre cargado de contradicciones que sufría por culpa de los frecuentes dolores de muelas. Su relación con las mujeres nunca había dejado de ser tormentosa, y con el tiempo se convertiría en un anciano impermeable a los sentimientos familiares cuyos únicos ideales residían en el amor universal. Llegó un momento en que su familia eran los campesinos con los que pasaba horas y horas en los campos de la finca de Yasnaya Polyana. Cuando cumplió 82 años y llevaba más de la mitad de ellos casado, le dijo a su esposa, Sofía Andreyevna, que la castidad y el celibato eran los dos objetivos de una vida cristiana. Ella, enloquecida por la sospecha de que el mujik de largas barbas que tenía por marido, además de despreciarla, la había desheredado, le disparó tres veces en la sien con una pistola de fogueo.
El hastío conyugal y la sensación de riesgo le llevaron a tomar la decisión de abandonar la casa donde había nacido para no regresar, y eso fue lo que hizo sigilosamente el 28 de octubre de 1910. Dejó una carta de despedida conciliadora en la que rogaba que no investigasen su paradero. Más tarde, también por carta, le confesaría a su hija Sasha que quería liberarse de la mentira, la hipocresía y la maldad. Aparentemente, León Tolstoi no tenía otro plan que subir a un tren y alquilar una casa campesina en cualquier parte. Así estuvo dando tumbos hasta llegar, enfermo de neumonía, a la pequeña ciudad ferroviaria de Astapovo. Allí el jefe de estación le ofreció el lecho donde murió, el 14 de noviembre de 1910, cuarenta años después de que Anna Karénina, protagonista de la mejor de sus novelas, se arrojase a la vía del tren. «Anna c’est moi», parece decir Tolstoi emulando la identificación de Flaubert con Emma Bovary. Este año se cumple el centenario de la muerte del gran escritor ruso, uno de los grandes novelistas de la literatura universal.
Más allá de los encuentros de Anna con Vronsky en los andenes de las estaciones entre Moscú y San Petersburgo y del majestuoso final de Karénina, el tren es un personaje central de las novelas de León Tolstoi. Está en La muerte de Ivan Ilich y en la terrible confesión de celos de Sonata a Kreutzer. Cuando el escritor más que huir buscaba el final seguramente pensó una vez más en la carga simbólica del ferrocarril y en ese viaje que preludian las estaciones. Sabemos por lo que nos han contado que la de Yasnaya Polyana estaba llena de gente cuando se supo de la muerte del gran escritor. El tren, que traía de vuelta el cadáver, llegó con retraso y los curiosos, entre ellos los campesinos que tanto le querían, aguardaron pacientemente pese al gélido frío. Emocionados, al paso del féretro, entonaron Recuerdo eterno, el himno que tanto le gustaba a Lev Nicolaeivich.
Sus Diarios, escritos entre 1895 y 1910, nos permiten conocer el ánimo más íntimo de un hombre que prefirió que lo exaltasen como profeta antes que como escritor. De hecho, eligió llevar la vida de un campesino y convertirse en un precursor de Gandhi antes que seguir el camino trazado para un coloso, como él, de la literatura. El filósofo Martin Heidegger calificó La muerte de Ivan Ilich como el mejor retrato de la condición de humana. Nabokov tenía Anna Karénina como la gran novela de amor de todos los tiempos y Chejov escribió que con Tolstoi tenemos suficiente y no necesitamos apenas nada más.
Leon Tolstoi dejó patente en los diarios su latir en busca de la perfección, el ardiente deseo de hacer de la tierra un lugar más justo, aun contando que sus últimos días son los de un hombre desesperado, incapaz de conciliar el afán de mejora con las difíciles relaciones familiares. Sólo su hija Alexandra, «Sasha», le entiende. Pero nadie más. Su mujer rastrea enloquecida el paradero de un testamento que supuestamente el escritor ha cambiado para dejarla sin un céntimo. No comprende por qué su marido se ha alejado de ella y, pese a ser un noble, confraterniza de la manera que lo hace con los campesinos.
Cansado, llega el día en que decide dar el portazo y convertirse en protagonista de la novela de su vida. Alguien dijo en una ocasión que Tolstoi habría sido un gran personaje de Dostoievski.
Felicidad y desdicha en Anna Karénina

No hay mejor disculpa que el año conmemorativo de Tolstoi para zambullirse en las páginas de Anna Karénina, que acaba de editar Alba en una completísima traducción con prólogo y notas de Víctor Gallego. Para quien la historia no sea nueva, será un placer volver a encontrarse con la frase memorable con que arranca la novela y de la que tanto se ha hablado y escrito, pese a tratarse de un texto con tantas frases, o precisamente por eso mismo. «Todas las familias felices se parecen, las desdichadas lo son cada una a su modo», escribió Tolstoi, abriendo paso con ello a una novela donde el amor y la infidelidad le sirven al autor para describir sin reservas el mundo social lleno de hipocresía que tanto detesta. Un héroe, Levin, que personifica en cierta medida su búsqueda de la felicidad y una heroína con la que es capaz de anticipar su propia muerte cuarenta años después en una lejana estación de tren, aunque en circunstancias diferentes. Anna Karénina es, sobre todas las demás cosas, como bien dice el traductor, una fábula sobre la búsqueda de la felicidad. Los personajes que pasan por sus páginas están provistos de un fulgor literario como pocas veces ha ocurrido.
El «año Tolstoi» ofrecerá también la oportunidad de ir al encuentro de los días finales del escritor de Yasnaya Polyana con la película The last station, nominada a los «Oscar» de Hollywood por los papeles que interpretan la magnífica Helen Mirren y Christopher Plummer, basada en la novela que Jay Parini escribió en 1990 sobre aquella última huida hasta el final, en Astapovo.
Volver a recordar el momento en que el insigne escritor llama a su fiel criado Dashan para que le ayude a meter un par de camisas en una bolsa, una linterna y un abrigo con el fin de poder soportar el terrible frío. O verle dar la vuelta sobre sus pasos para contemplar por última vez la casa donde nació, acariciar el césped humedecido por el hielo, besarlo y subirse al tren que lo llevara de una a otra parte por los interminables caminos de la madre Rusia, sin un rumbo determinado, porque los únicos parajes o paisajes que le importan ya son los del alma. Y en el alma quiere dejar grabadas las palabras que tanto trabajo le ha costado escribir en su diario de héroe vencido.
Twain y el viaje organizado
Por Luis M. Alonso (4 de Febrero, 2010)

Guía para viajeros inocentes, fruto mordaz de una peregrinación por Tierra Santa y Europa y obra de consulta de turistas yanquis
Si en Estados Unidos se hiciese una encuesta sobre qué escritor salvar, de tener que quedarse solamente con uno, no cabe duda de que el elegido sería Samuel Langhorne Clemens, más conocido por Mark Twain. En 2010 se cumple el centenario de la muerte de Twain, una criatura retórica que seguía el guión de su propio personaje, autor consagrado, viajero impenitente y fascinante orador. Tenía un don para la sátira y el histrionismo oratorio, y a propósito de su vocación de trotamundos dijo haber descubierto que no hay forma más segura de saber si amas u odias a alguien que hacer un viaje con él.
The innocents abroad (Los inocentes en el extranjero) se publicó por primera vez en 1869, y se vendieron 70.000 ejemplares. Con el tiempo, el libro se convirtió en guía para peregrinos americanos en Tierra Santa y excursionistas por Europa. Sus páginas han dado más vueltas que la rueda de un «steamboat» del Mississippi, de aquellos que conoció el mismísimo Twain. Ediciones del Viento lo ha publicado recientemente en una versión española con el título de Guía para viajeros inocentes.
El viaje en el que se basa el libro fue presentado como una expedición a Tierra Santa, con numerosas paradas a lo largo de la costa del mar Mediterráneo, así como una excursión en tren desde Marsella a París para la Exposición Universal, y un viaje a través del mar Negro, a Odessa, todo ello antes de la citada peregrinación por los lugares santos. Muy bien podría considerarse el primer viaje turístico organizado de la historia y, como tal, fue narrado por Twain al diario de California donde trabajaba y que le pagaba por las crónicas.
En una excursión por un mundo desconocido en la que participan personas que nunca han visto otro más que el suyo se producen, lógicamente, situaciones curiosas y hasta disparatadas. Twain le saca punta a todo lo que observa, desde los prolegómenos hasta el balance definitivo. «Esa era nuestra vida cotidiana a bordo del barco: solemnidad, decoro, cena, dominó, oraciones, difamaciones. No resultaba lo bastante animada como para llamarla viaje de placer; aunque si hubiésemos tenido un cadáver, habría sido un entierro majestuoso. Ya ha terminado; pero al mirar atrás, la imagen de esos fósiles venerables realizando una excursión de seis meses me parece exquisitamente reconfortante. El título con el que anunciaron la expedición -Gran excursión de placer a Tierra Santa- era poco apropiado, Gran cortejo fúnebre a Tierra Santa habría sido mucho mejor», escribió a modo de epílogo.
El guiño irónico y la parodia están presentes durante todo el relato, de los aperitivos a los postres. Y son los preliminares los que despiertan más de una sonrisa. Los excursionistas, cuenta Twain, viajarían en un gran vapor con banderas desplegadas y estrepitosos cañones, disfrutarían de principescas vacaciones en el océano, en lejanas latitudes y en tierras famosas por su historia. «Navegarían varios meses seguidos por el tempestuoso Atlántico y el soleado Mediterráneo. Se desparramarían de día por las cubiertas, llenando el navío de risas y gritos o leerían novelas y versos a la sombra de los quitasoles, o acodados en la barandilla mirarían los peces y los barcos -las ballenas, los tiburones y otros extraños monstruos de las honduras-. Por la noche bailarían al aire libre, en la cubierta superior, ocupando el centro de un salón de baile que se extendería de horizonte a horizonte, bajo la cúpula del cielo, iluminado nada menos que por las estrellas y la luna… bailar y pasear y fumar y cantar y hacer la corte y buscar en el firmamento constelaciones que nunca estuvieron tan fastidiadas de su proximidad a la Osa Menor, a la Polar…». En el intermedio habría tiempo para tomarse a broma a Miguel Ángel, Tintoretto o Tiziano, suponer la belleza de un rostro tras el velo de una mora, ridiculizar a los franceses y meter peseta en el debate sobre Abelardo y Eloísa, donde el estadounidense escéptico deconstruye la historia y llega a la conclusión de que el ruido sobre los dos amantes resulta excesivo.
El caso es que ni las ceremonias ni los convencionalismos suponían una traba para aquellos entusiastas e inocentes desconocedores del mundo en su peregrinaje por Europa y Tierra Santa. «Siempre tuvimos cuidado de dejar claro que éramos americanos…», ironiza Twain. «Las gentes de estos países extranjeros son muy muy ignorantes. Miraban con curiosidad los atuendos que habíamos llevado desde los remotos parajes de América. Observaban que, a veces, hablábamos en voz muy alta en la mesa. Se fijaban en que mirábamos los gastos y sacábamos todo cuanto podíamos de un franco, y se preguntaban de dónde rayos habríamos salido. En París, simplemente abrieron mucho los ojos y se nos quedaron mirando fijamente ¡cuando les hablamos en francés! Jamás conseguimos que aquellos idiotas entendiesen su idioma». Posiblemente no haga falta añadir una línea más sobre el sesgo irónico que empaña esta obra del mordaz escritor y periodista, divulgador del viaje organizado para turistas inocentes.
Érase una vez en Boston
Por Luis M. Alonso (28 de Enero, 2010)

Dennis Lehane persigue la gran novela americana en «Cualquier otro día», epopeya que tiene de fondo la huelga de la Policía de 1919
Hace algo más de 90 años, los policías de Boston, que hacían su trabajo en unas condiciones laborales extremas, con jornadas extenuantes, bajos salarios y teniendo que pagar de sus bolsillos los uniformes y las balas, decidieron ir a la huelga. Los agentes querían ganar más y el jefe, al que apoyaba sibilinamente el gobernador del Estado y más tarde presidente de Estados Unidos, Calvin Coolidge, respondió a esta aspiración suspendiendo de empleo y sueldo a más de uno.
Los policías quisieron entonces sindicarse y volvieron a recibir una negativa por respuesta. Aquel 9 de septiembre de 1919, recién concluida la I Guerra Mundial, el viejo Boston se convirtió en un escenario irreal de violencia y saqueo. La milicia tomó las calles y la Guardia Nacional ordenó cargas de caballería en la mismísima Beacon Hill. La secuencia dio vueltas durante mucho tiempo en la cabeza de Dennis Lehane (1966) hasta que le sirvió para escribir una potente reconstrucción histórica del momento, Cualquier otro día, que encierra todos los méritos para convertirse en la gran novela de América y que ahora publica RBA. «Parecía una película de vaqueros pero ocurrió en Boston en 1919, entre las calles estrechas y los edificios antiguos. Se oía el estrépito de los cascos sobre los adoquines», explicó.
Lehane pertenece a una raza de escritores de pulso narrativo seguro y lenguaje directo. Alterna la ironía con la fuerza de las imágenes que transmite su literatura. De origen irlandés, se crio en Dorchester, un barrio conflictivo de Boston en el que escribir nunca ha sido la opción de vida más viable y donde los chicos con los que jugaba de pequeño acabaron siendo policías, bomberos, electricistas, criminales o sirviendo cervezas detrás de la barra de un bar. Fue a la Universidad a estudiar Periodismo pero lo dejó dos veces, aburrido de los hechos que se repiten. Su padre, capataz del transporte marítimo en el puerto, y su madre, ama de casa, querían que fuese abogado, pero para él escribir se convirtió en una cuestión de vida o muerte.
Las cosas no se puede decir que le hayan ido mal: debutó en 1994 con Un trago antes de la guerra, la primera de las novelas de la pareja de detectives Patrick Kenzie y Angela Gennaro, que obtuvo el «Shamus Adward» a la mejor ópera prima. Es autor también, entre otras, de Plegarias en la noche, Desapareció una noche (Gone baby gone), Mystic River y Shutter Island. Las tres últimas han sido llevadas al cine por Ben Affleck, Clint Eastwood y Martin Scorsese. Cualquier otro día se podrá ver en las pantallas dirigida por Sam Raimi.
Al igual que su amigo el novelista George Pelecanos escribió también algunos episodios para la quinta temporada de la magnífica serie The Wire. En cierto modo, lo que Lehane hace con el Boston histórico de Cualquier otro día (The Given Day) tiene bastante que ver con lo que David Simon ha conseguido en The Wire, con el Baltimore contemporáneo: ambos muestran en diferentes etapas la corrupción política y policial, la inestabilidad en las calles y las turbulencias sociales.
En Cualquier otro día hay suficientes dosis de misterio y de oscuridad, pero no trata, como otras novelas del autor, de la solución de un crimen. Lehane entrelaza la vida de dos jóvenes cuyos caminos convergen en los meses previos a la violenta huelga de 1919 que condujo a varios días de disturbios y de muertes. La historia de América de inicios de siglo desfila por las páginas con personajes reales, como el propio Coolidge o el futuro J. Edgar Hoover. Babe Ruth, uno de los más grandes jugadores de béisbol de la historia, es utilizado como personaje recurrente, siendo como era en aquellos años un astro de los Red Sox, antes de que Harry Frazee decidiese traspasarlo a los New York Yankees. «Fue un verano de locura impredecible. Cada vez que Babe creía que empezaba a entender algo se le escapaba y salía corriendo como un cerdo de granja al oler el hacha. La bomba que estalló en la casa del fiscal general, paros y huelgas por todas partes, disturbios raciales, primero en Washington y luego en Chicago. Los negros de Chicago llegaron al punto de defenderse, convirtiendo un disturbio racial en una guerra racial y metiendo el miedo en el cuerpo a todo el país». Boston se preparó entonces para lo suyo: bolcheviques, anarquistas, terrorismo, inmigración, inestabilidad económica, el nacimiento del FBI, la corrupción, la terrible gripe española que dejará miles de cadáveres en el North End, el auge del movimiento sindical, la huelga, etcétera.
La suma de Doctorow y Don DeLillo, pero mejor. Pocas cosas en nuestros días hay que merezcan tanto la atención del lector como una novela de Lehane.
El músico que escribía para poder leer lo que le gustaba
Por Luis M. Alonso (21 de Enero, 2010)

El cincuentenario de la muerte de Boris Vian ha servido para redescubrir a un autor que pulverizó la compostura literaria
Boris Vian se cansó de bromear sobre la muerte -«no quisiera morir sin que se haya inventado la semana de dos días»- y la palmó de una dolencia cardiovascular, sin haber cumplido los cuarenta, mientras asistía impotente al pringoso estreno de la versión cinematográfica de su obra maldita: Escupiré sobre vuestra tumba. En junio de 2009, se cumplieron cincuenta años de la pérdida de un artista polifacético que ha gozado de la gloria póstuma existencialista y de culto en no pocos círculos literarios. En un tiempo convulso, Vian escribía por el día y tocaba jazz por las noches en Le Tabou, tratando de emular a Ellington y al cornetista Bix Beiderbecke, cuando en la Francia de Vichy la música negra estaba prohibida. La veneración por Ellington llegó al punto de que a la heroína de La espuma de los días la llamó Chloé, aludiendo a una de las grandes composiciones del gran maestro.
Estupendo trompetista y crítico de jazz, autor dramático, novelista, poeta y director de orquesta, el ingeniero Vian lo fue casi todo en su corta vida. En compañía del clarinetista Claude Luter, abrió el New Orleans Club, que se convirtió en una de «les caves» sagradas de Saint-Germain-des-Près. Jean-Paul Sartre lo animó a escribir; la pulsión literaria y la cardiopatía reumática lo llevaron después a abandonar definitivamente el instrumento. Entonces firmó algunos de los mejores artículos (críticas discográficas, crónicas, editoriales) que se han publicado, en las páginas de la prestigiosa revista «Jazz Hot» y de «Combat». Compuso canciones para Juliette Gréco o Marcel Mouloudji. A su alrededor revoloteaba la farándula intelectual parisina: Sartre, Camus, Prévert, Queneau, etcétera. Una de sus composiciones, El desertor, alcanzó gran notoriedad y se tradujo en un aldabonazo «antipatriótico» durante la guerra de Argelia. La cantaron Serge Reggiani, Hugues Aufray, Joan Baez, Peter, Paul & Mary, entre otros.
Vian era para la intelectualidad un disolvente del academicismo. Había leído a Queneau, Jarry y Faulkner, a los autores de novela negra americana, Chandler y Chase, pero lo que más destacaba de su prosa provocadora y salvaje era la absoluta desinhibición con que lo abordaba todo. Bajo el seudónimo de Vernon Sullivan hizo saltar en mil pedazos la compostura literaria con Los muertos tienen la misma piel (1947), Que se mueran los feos (1948) o Con las mujeres no hay manera (1950), combinó dosis de violencia, venganza, sexo y crimen para estómagos fuertes y espíritus poco complacientes con el sistema. Había nervio y hasta dinamita en aquellas historias directas como puñetazos. La ya citada Escupiré sobre vuestra tumba, que lo llevó a ser acusado en los tribunales, fue el mayor exponente de todo ello. Algunos editores, a los que no les tocó aprovecharse del tirón de las ventas, se mostraron escandalizados.
Algo antes, en 1947 se había publicado La espuma de los días, una novela de amor para mitigar la angustia de los adolescentes, y le siguieron El otoño en Pekín, Las hormigas, La hierba roja, El arrancacorazones y el conjunto de cuentos titulado El Lobo-Hombre. Pero la ópera prima fue Trouble dans les andains, de 1943, que ahora edita Tusquets bajo el título de A tiro limpio: la historia de cuatro amigos que emprenden la búsqueda de un artefacto, el barbarón bífido, supuestamente robado en una fiesta. Los cuatro viajan de París hasta el sur de Francia, y de vuelta a la Ciudad Luz pasando por Borneo, dejando tras de sí un reguero de sangre y situaciones absurdas. La aventura es tan extravagante como inclasificable; el tipo de historia que Vian, según sus propias palabras, se tomaba la molestia de escribir para poder leer lo que realmente le habría apetecido. «Esperé hasta los 23 años para escribir. Eso es abnegación. Después intenté contar a la gente historias que nunca habían leído. Eso fue la primera gilipollez: a la gente sólo le gusta lo que ya conoce; a mí, no. En el fondo, me las contaba a mí mismo, estas historias. Me habría gustado leerlas en los libros de los otros», llegó a decir.
En Francia, coincidiendo con el aniversario de la muerte del autor, se han publicado ensayos de su obra y se ha reeditado, a la vez, en Le Livre de Poche, el famoso Manual de Saint-Germain-des-Près, un valiosísimo baedeker para moverse por uno de los barrios más populares de la rive gauche, que Boris Vian conocía como nadie. Una geografía urbana indispensable para entender, además, lo que se cocía en París a mediados del siglo XX y todavía hoy poder seguir las huellas más comprometidas del pasado.
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