La ira del egipcio que amaba a las mujeres

Por Luis M. Alonso (10 de Julio, 2009)


La noche en que Omar Sharif disertó en Avilés sobre las «marroquinas»

El actor egipcio Omar Sharif habla un español macarrónico con inconfundible acento italiano. Con él o cualquiera de las otras lenguas en las que se expresa derrocha a veces la simpatía del veterano bregado en las diferentes batallas del amor, pero otras su irascibilidad ha llegado a causarle serios problemas.

No hace mucho se vio obligado a pagar 318.000 dólares a un vigilante guatemalteco de un aparcamiento de Beverly Hills (California), al que en 2005 le arreó un puñetazo después de haberse negado a aceptar como propina el billete de 20 euros que el actor le daba. Juan Luis Ochoa Anderson, el guatemalteco, tuvo que escuchar además cómo le insultaba llamándolo «mexicano estúpido». Dos años antes, en 2003, la víctima de la ira de Sharif fue un gendarme francés al que insultó y golpeó en la cabeza en un casino cercano a París. Fue condenado por ello a un mes de prisión bajo libertad condicional, a pagar una multa de 1.500 euros y a resarcir al agente con 300 euros más. Como consecuencia de la última condena, el juez le animó a tomar un curso de autocontrol.

Por esas cosas que tiene la vida, la noche del martes 16 de junio, Sharif se encontraba a sus 75 años en Avilés cenando en compañía de unas personas que le eran evidentemente ajenas. Entre ellas, la alcaldesa de Avilés, Pilar Varela, y el director del Niemeyer, Natalio Grueso, anfitrión del actor. Consciente de que a ninguno de los presentes le interesaba el bridge, se puso a hablar de mujeres. El bridge y las mujeres han sido las dos pasiones de Sharif, ambas alimentadas por el cine. Las películas -trabajó con los directores más famosos en grandes producciones- le devolvían el dinero que perdía en los casinos y le facilitaban buenas compañías. Por lo demás, como él mismo ha reconocido, el cine le interesaba lo justo.

La noche era quieta, espléndida en los alrededores del faro de San Juan. Sharif contaba intimidades de Sofía Loren y de Carlo Ponti. Muy cerca de él escuchaba atenta Farah Ahmed, una melillense musulmana, finalista del concurso de «Miss España» y aspirante a actriz. El protagonista de «Doctor Zhivago» ha confesado que ya hace unos años que se retiró del amor, pero hay pasiones que perduran y para comprender el cosquilleo que sintió ante la joven es suficiente con ver las fotos de Ahmed en ropa ligera que publicaron varias revistas del corazón. El caso es que, por motivos que resultan fáciles de explicar, por la irascibilidad de su carácter y posiblemente el par de botellas de vino que bebió, el veterano actor se embaló y pasó del cosquilleo a la acción. «Las marroquinas (marroquíes) son todas unas putas», sentenció ante la mirada afligida de la joven, que se retiró llorando para luego regresar y tener que volver a escuchar lo mismo una y otra vez. Los miembros del círculo restringido que asistían a la cena, empezando por la Alcaldesa, estaban atónitos. Imagínense a un grupo de mamíferos educados en la corrección política pidiéndole explicaciones sobre la condición femenina a un egipcio ebrio e incontrolable que presume de saber de mujeres más que nadie en el mundo y entenderán lo que sucedió. Conozcan los antecedentes de Sharif y lo comprenderán mucho mejor.

Al taxista que le acompañó al Faro, un tipo bajito, le preguntó: «¿En España permiten a los enanos conducir taxis?». Háganse cargo.

Categoría: La espuma de las horas | Julio 2009 |

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