Twain y el viaje organizado

Por Luis M. Alonso (4 de Febrero, 2010)


Guía para viajeros inocentes, fruto mordaz de una peregrinación por Tierra Santa y Europa y obra de consulta de turistas yanquis
Si en Estados Unidos se hiciese una encuesta sobre qué escritor salvar, de tener que quedarse solamente con uno, no cabe duda de que el elegido sería Samuel Langhorne Clemens, más conocido por Mark Twain. En 2010 se cumple el centenario de la muerte de Twain, una criatura retórica que seguía el guión de su propio personaje, autor consagrado, viajero impenitente y fascinante orador. Tenía un don para la sátira y el histrionismo oratorio, y a propósito de su vocación de trotamundos dijo haber descubierto que no hay forma más segura de saber si amas u odias a alguien que hacer un viaje con él.

The innocents abroad (Los inocentes en el extranjero) se publicó por primera vez en 1869, y se vendieron 70.000 ejemplares. Con el tiempo, el libro se convirtió en guía para peregrinos americanos en Tierra Santa y excursionistas por Europa. Sus páginas han dado más vueltas que la rueda de un «steamboat» del Mississippi, de aquellos que conoció el mismísimo Twain. Ediciones del Viento lo ha publicado recientemente en una versión española con el título de Guía para viajeros inocentes.

El viaje en el que se basa el libro fue presentado como una expedición a Tierra Santa, con numerosas paradas a lo largo de la costa del mar Mediterráneo, así como una excursión en tren desde Marsella a París para la Exposición Universal, y un viaje a través del mar Negro, a Odessa, todo ello antes de la citada peregrinación por los lugares santos. Muy bien podría considerarse el primer viaje turístico organizado de la historia y, como tal, fue narrado por Twain al diario de California donde trabajaba y que le pagaba por las crónicas.

En una excursión por un mundo desconocido en la que participan personas que nunca han visto otro más que el suyo se producen, lógicamente, situaciones curiosas y hasta disparatadas. Twain le saca punta a todo lo que observa, desde los prolegómenos hasta el balance definitivo. «Esa era nuestra vida cotidiana a bordo del barco: solemnidad, decoro, cena, dominó, oraciones, difamaciones. No resultaba lo bastante animada como para llamarla viaje de placer; aunque si hubiésemos tenido un cadáver, habría sido un entierro majestuoso. Ya ha terminado; pero al mirar atrás, la imagen de esos fósiles venerables realizando una excursión de seis meses me parece exquisitamente reconfortante. El título con el que anunciaron la expedición -Gran excursión de placer a Tierra Santa- era poco apropiado, Gran cortejo fúnebre a Tierra Santa habría sido mucho mejor», escribió a modo de epílogo.

El guiño irónico y la parodia están presentes durante todo el relato, de los aperitivos a los postres. Y son los preliminares los que despiertan más de una sonrisa. Los excursionistas, cuenta Twain, viajarían en un gran vapor con banderas desplegadas y estrepitosos cañones, disfrutarían de principescas vacaciones en el océano, en lejanas latitudes y en tierras famosas por su historia. «Navegarían varios meses seguidos por el tempestuoso Atlántico y el soleado Mediterráneo. Se desparramarían de día por las cubiertas, llenando el navío de risas y gritos o leerían novelas y versos a la sombra de los quitasoles, o acodados en la barandilla mirarían los peces y los barcos -las ballenas, los tiburones y otros extraños monstruos de las honduras-. Por la noche bailarían al aire libre, en la cubierta superior, ocupando el centro de un salón de baile que se extendería de horizonte a horizonte, bajo la cúpula del cielo, iluminado nada menos que por las estrellas y la luna… bailar y pasear y fumar y cantar y hacer la corte y buscar en el firmamento constelaciones que nunca estuvieron tan fastidiadas de su proximidad a la Osa Menor, a la Polar…». En el intermedio habría tiempo para tomarse a broma a Miguel Ángel, Tintoretto o Tiziano, suponer la belleza de un rostro tras el velo de una mora, ridiculizar a los franceses y meter peseta en el debate sobre Abelardo y Eloísa, donde el estadounidense escéptico deconstruye la historia y llega a la conclusión de que el ruido sobre los dos amantes resulta excesivo.

El caso es que ni las ceremonias ni los convencionalismos suponían una traba para aquellos entusiastas e inocentes desconocedores del mundo en su peregrinaje por Europa y Tierra Santa. «Siempre tuvimos cuidado de dejar claro que éramos americanos…», ironiza Twain. «Las gentes de estos países extranjeros son muy muy ignorantes. Miraban con curiosidad los atuendos que habíamos llevado desde los remotos parajes de América. Observaban que, a veces, hablábamos en voz muy alta en la mesa. Se fijaban en que mirábamos los gastos y sacábamos todo cuanto podíamos de un franco, y se preguntaban de dónde rayos habríamos salido. En París, simplemente abrieron mucho los ojos y se nos quedaron mirando fijamente ¡cuando les hablamos en francés! Jamás conseguimos que aquellos idiotas entendiesen su idioma». Posiblemente no haga falta añadir una línea más sobre el sesgo irónico que empaña esta obra del mordaz escritor y periodista, divulgador del viaje organizado para turistas inocentes.

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | Febrero 2010 |

Gobierna la simulación

Por Luis M. Alonso (4 de Febrero, 2010)

El globo sonda no es una novedad en esta era de zozobra. El zapaterismo lo ha utilizado siempre que ha podido para calcular el efecto de sus decisiones en la opinión pública y en las encuestas. La idea de Gobierno de Zapatero es la de la subasta. Quién da más o quién da menos, ésa es la cuestión. Sobre esos interrogantes ha edificado su manifiesta incapacidad para resolver los problemas de los españoles.

La rectificación de ayer de un párrafo del documento enviado a Bruselas en el que se planteaba la idea de elevar de 15 a 25 años la base de las pensiones es el penúltimo ejemplo de esta política errática basada en la improvisación y el sondeo. Digo el penúltimo, porque no es descartable que a estas horas haya un nuevo anuncio sobre las jubilaciones o acerca de cualquier otro asunto susceptible de rectificar a los cinco minutos.

La propuesta de las pensiones era, al parecer, según comunicó el propio Gobierno a Bruselas, «una simulación» y, por eso, el párrafo se eliminó una hora después para no dar pie a malentendidos. Si se trataba de un ejemplo o de «una simulación», la pregunta es por qué estaba incluida en el programa de estabilidad que se remitió a la Comisión Europea. La ventaja de la pregunta es su fácil respuesta: por la empanada mental, los palos de ciego y la propia insostenibilidad del Ejecutivo que dirige Zapatero.

Una parte del socialismo le está pidiendo al Presidente cambios que proporcionen un «nuevo impulso político». Lo peor de todo es que los movimientos de banquillo en un Gobierno tan presidencialista no servirán de mucho si Zapatero sigue al frente de la nave. El problema, salvo algún que otro hecho personalizado en los ministros, empieza y acaba en él. Él es quien ejemplifica la simulación en cualquiera de los actos que conducen a España al mayor atolladero de su reciente historia. Aunque sólo fuese por un elemental sentido del ridículo, habría que reconocer que así es.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | Febrero 2010 |

Percepción del desastre

Por Luis M. Alonso (3 de Febrero, 2010)

Hemos tenido que echar, una vez más, mano a la cartera para darnos cuenta de que el Gobierno lo está haciendo ya no mal, sino rematadamente mal. Por culpa del adoctrinamiento o el desinterés, en la política todo es discutible salvo la economía. Se puede pensar razonadamente que el Gobierno es desastroso, pero esa percepción, aunque resulte de lo más impepinable, siempre será susceptible de juicios más benévolos. Incluso habrá quienes digan que lo está haciendo maravillosamente. No ocurre, sin embargo, así cuando el mismo Presidente que prometió pleno empleo pone al pueblo en pie de guerra diciéndole que la edad de jubilación se retrasa y cuando nuevos parados se apuntan a diario en las listas del Inem.

Zapatero, del que los socialistas quieren seguir dependiendo tanto si truena como si escampa, va a llegar a las próximas elecciones con uno de los balances más pobres que un gobernante puede presentar después de dos legislaturas. En su haber figuran un par de pequeñas conquistas sociales y que la ETA se halle de nuevo contra las cuerdas, aun después de haberse empeñado en despertarla con balones de oxígeno. En su debe pongan ustedes los ceros que quieran, porque la cifra resulta considerable si se mide el descalabro constitucional, la situación económica y el desprestigio, como ha recordado Aznar, de volver a jugar en la segunda división europea.

Si no fuera porque los sindicatos viven el dulce sueño de la adormidera, a ZP ya le habrían hecho la huelga general, del mismo modo que los pancarteros podrían haberse movilizado con la tabarra del «no a la guerra», ya que jamás tuvimos más tropas desperdigadas por los conflictos del mundo, ni mayor parte de bajas.

El ex presidente Aznar -tan antipático- ha sentenciado con pompa digna de Churchill este momento apocalíptico de España: «Nadie hizo tanto daño en menos tiempo».

Zapatero, si es que va a rezar en Washington, que rece por nosotros y por él mismo.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | Febrero 2010 |

El taconazo del audaz

Por Luis M. Alonso (2 de Febrero, 2010)

Todo o nada; a Guti hay que aceptarlo como es
El fútbol ofrece en ocasiones argumentos que obligan a reconciliarse con quienes lo practican: la audacia del taconazo de Guti del sábado en Riazor es el último ejemplo y pocos habrá que distingan tanto a un jugador. No es una novedad la magnífica visión de juego de Gutiérrez, ni el guante de su zurda, tampoco los demonios que pueblan su temperamento y la conducta infantil y caprichosa en algunas de sus actuaciones.

El «catorce» del Real Madrid emite demasiadas señales discontinuas para que todo el mundo lo pueda entender, pero aun cuando los fogonazos son tan nítidos como el del otro día se le capta a medias. Pocas cosas hay comparables al desvarío de Guti, lo mismo que sus raptos de genialidad no tienen parangón. O todo o nada, a Gutiérrez hay que aceptarlo como es; lo que pasa es que no sabemos cómo hacerlo. El taconazo de Riazor, una de las jugadas más sorprendentes y geniales del fútbol de los últimos tiempos, les servirá a sus detractores para reprocharle la próxima deserción, con los pretextos de la trayectoria errática y la geometría irregular. Los anticurristas siempre han dicho de «el faraón de Camas» que en los toros no vale sólo manejar el capote con la prestancia de quien desliza un pañuelito ante una fiera.

El arte sublime y la genialidad, pertenecen, al menos, en este país a los que no están dispuestos a derrocharlo en cualquier lugar y momento. Guti, al igual que Curro Romero, es uno de ellos y lo peor o lo mejor es que se encuentra a gusto en su papel, reforzado, además, por los argumentos de que se trata de un futbolista único.

Asistimos a una Liga de dos, con un Barça que juega de memoria y aburre a las piedras por lo previsible que resulta en casi todo, y un Madrid que resiste a trancas y barrancas, entre destellos y fogonazos de sus galácticos. Lo de Guti no se le ocurre a nadie y cuando sucede hay quienes, en vez de disfrutar, sienten el vértigo del atrevimiento. Pasa frecuentemente con los artistas.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | Febrero 2010 |

Adrià cocinará para las musas

Por Luis M. Alonso (31 de Enero, 2010)


La farfolla sobre el hecho vital de comer ha rodeado como nunca el anuncio del mejor chef del mundo de cerrar en 2012 y 2013 el restaurante que sólo abre medio año, y a medias

Ferran Adrià ha anunciado dos años sabáticos en los que, para inspirarse, sólo dará de comer a las musas. Los más entusiastas del maestro de Roses han calificado el cierre de El Bulli como la idea propia de un genio. Otros cocineros han elogiado el gesto por su generosidad. Algún cursi, ¡mamma mia!, ha escrito que la cocina española es lo suficientemente fuerte para poder permitirse el retiro provisional de la estrella que ilumina sus fogones. Y hay quienes sostienen que Adrià nos ha hecho tan felices que él mismo merece un pedazo de felicidad, al tomarse un descanso y dejar de servir comida. «En el formato actual» -ha dicho refiriéndose a su restaurante- «me es imposible seguir creando». Este mundo disparatado ha hecho una cocina a medida de la alta costura en la que cocinar ha llegado a ser para algunos cocineros una pérdida de tiempo. Lo importante, no lo olviden, es la creación.

Los creadores de la gran cocina, lo mismo que ocurre con los de la alta costura, guardan distancia sobre el hecho vital de comer. Su objetivo, al igual que sucede en las pasarelas de la moda, es la pieza única e inclasificable. Una langosta, un salmonete o un solomillo dejan de ser el producto apetecido por el comensal para convertirse en la obra de arte del hombre que ha sido capaz de transformarlo en algo absolutamente prodigioso, a veces en una experiencia mística.

El biólogo Miguel Sen recopiló desopilantes casos de adulación en un divertido libro sobre los excesos que convierten el hecho cotidiano de comer en algo celestial, refiriéndose, por ejemplo, a la famosa deconstrucción en la cocina: «Dios debería crear más seres vivos para que Ferran Adrià pudiera cocinarlos, ampliando su registro», dijo uno de sus fervientes admiradores. O esta otra descripción de un crítico gastronómico que explica uno de los platos de la carta de El Bulli: «Dentro de la boca el salmonete se transforma en un animal vivo que cruje y libera aromas de carne suave y delicada, asada con mimo en una barbacoa junto a la orilla del mar, al final de un día feliz». A la inventiva de Adrià, sin ir más lejos, se debe que el humo sea comestible o que para preparar la famosa ostra Guggenheim de Quique Dacosta haya antes que echar a perder docena y media de sus hermanas y dos kilos de percebes para hacer un caldo, que se compone, además, de berberechos, ajos, chalota y aloe vera. Sí, aloe vera.

La farfolla que acompaña al hecho de comer no desmerece de la absurda complejidad de algunas de las obras maestras de la culinaria. Jean-François Revel, historiador, periodista y gran gastrónomo, escribió de ello con su claridad característica: «La cocina se ha presentado siempre enmascarada con una terminología retórica y ornamental donde la falta de rigor en la denominación, composición y confección de los platos es una de las principales causas del denso misterio que envuelve la gastronomía del pasado y anuncia a menudo las decepciones del presente».

El caso es que El Bulli cierra durante dos años y el anuncio de ese cierre ha acaparado, a escala, la misma atención que el terremoto de Haití. La cosa resulta el doble de llamativa si tenemos en cuenta que toda esta expectación responde a un restaurante que sólo está abierto la mitad del año, mayormente para las cenas, y comer en él resulta más complicado que conseguir una audiencia en la Zarzuela. El restaurante difunde a través de su web que, dada la demanda, le es imposible atender más clientes en lo que queda de año. Como suele ser habitual, no dispone de información sobre lo que va a pasar en 2011, ya que la costumbre es empezar a registrar las reservas desde el instante en que la última campanada da paso al año siguiente. La carrera para reservar empieza a partir de las uvas y no son pocos los que en ese momento se lanzan a la aventura de conseguir una mesa en el mejor restaurante del mundo. En 2012 y 2013, la posibilidad de comer allí es nula.

Hubo un tiempo, no demasiado lejano y no me refiero al pasado con Jean-Louis Neichel o Jean-Paul Vinay, sino a la segunda mitad de la década de los noventa, en que uno podía acercarse a El Bulli de Ferran Adrià y Juli Soler a comer, desde la vecina cala Montjoi sin tener que reservar. Y lo hacía en alpargatas y con los pies todavía rebozados de arena para ahorrarse la incomodidad del viaje nocturno desde Roses por una sinuosa carretera llena de baches. Cuando el empleado de sala le recomendaba al perplejo comensal la oportunidad de hacer el trayecto en barco por mar después de que éste tuviese la ocurrencia de recordarle el estado deplorable de la carretera.

-La gente viene en barco.

-Hombre, pues de eso se avisa.

A continuación venían unas risas por el ridículo de la situación y unos hatillos de espardeñas riquísimos. Adrià experimentaba entonces su sinfonía mediterránea de sabores.

Ahora, con dos años de crisis por delante, el cocinero más universal de los últimos tiempos alimentará el sueño zen de dar de comer a uno o a mil. No se sabe, depende. El futuro pertenece a la mística japonesa del «kaiseki». Cuando vuelva Adrià no será el mismo, ha dicho, y tampoco El Bulli. Vaya usted a saber lo que será de todo esto.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | Enero 2010 |

Érase una vez en Boston

Por Luis M. Alonso (28 de Enero, 2010)


Dennis Lehane persigue la gran novela americana en «Cualquier otro día», epopeya que tiene de fondo la huelga de la Policía de 1919

Hace algo más de 90 años, los policías de Boston, que hacían su trabajo en unas condiciones laborales extremas, con jornadas extenuantes, bajos salarios y teniendo que pagar de sus bolsillos los uniformes y las balas, decidieron ir a la huelga. Los agentes querían ganar más y el jefe, al que apoyaba sibilinamente el gobernador del Estado y más tarde presidente de Estados Unidos, Calvin Coolidge, respondió a esta aspiración suspendiendo de empleo y sueldo a más de uno.

Los policías quisieron entonces sindicarse y volvieron a recibir una negativa por respuesta. Aquel 9 de septiembre de 1919, recién concluida la I Guerra Mundial, el viejo Boston se convirtió en un escenario irreal de violencia y saqueo. La milicia tomó las calles y la Guardia Nacional ordenó cargas de caballería en la mismísima Beacon Hill. La secuencia dio vueltas durante mucho tiempo en la cabeza de Dennis Lehane (1966) hasta que le sirvió para escribir una potente reconstrucción histórica del momento, Cualquier otro día, que encierra todos los méritos para convertirse en la gran novela de América y que ahora publica RBA. «Parecía una película de vaqueros pero ocurrió en Boston en 1919, entre las calles estrechas y los edificios antiguos. Se oía el estrépito de los cascos sobre los adoquines», explicó.

Lehane pertenece a una raza de escritores de pulso narrativo seguro y lenguaje directo. Alterna la ironía con la fuerza de las imágenes que transmite su literatura. De origen irlandés, se crio en Dorchester, un barrio conflictivo de Boston en el que escribir nunca ha sido la opción de vida más viable y donde los chicos con los que jugaba de pequeño acabaron siendo policías, bomberos, electricistas, criminales o sirviendo cervezas detrás de la barra de un bar. Fue a la Universidad a estudiar Periodismo pero lo dejó dos veces, aburrido de los hechos que se repiten. Su padre, capataz del transporte marítimo en el puerto, y su madre, ama de casa, querían que fuese abogado, pero para él escribir se convirtió en una cuestión de vida o muerte.

Las cosas no se puede decir que le hayan ido mal: debutó en 1994 con Un trago antes de la guerra, la primera de las novelas de la pareja de detectives Patrick Kenzie y Angela Gennaro, que obtuvo el «Shamus Adward» a la mejor ópera prima. Es autor también, entre otras, de Plegarias en la noche, Desapareció una noche (Gone baby gone), Mystic River y Shutter Island. Las tres últimas han sido llevadas al cine por Ben Affleck, Clint Eastwood y Martin Scorsese. Cualquier otro día se podrá ver en las pantallas dirigida por Sam Raimi.

Al igual que su amigo el novelista George Pelecanos escribió también algunos episodios para la quinta temporada de la magnífica serie The Wire. En cierto modo, lo que Lehane hace con el Boston histórico de Cualquier otro día (The Given Day) tiene bastante que ver con lo que David Simon ha conseguido en The Wire, con el Baltimore contemporáneo: ambos muestran en diferentes etapas la corrupción política y policial, la inestabilidad en las calles y las turbulencias sociales.

En Cualquier otro día hay suficientes dosis de misterio y de oscuridad, pero no trata, como otras novelas del autor, de la solución de un crimen. Lehane entrelaza la vida de dos jóvenes cuyos caminos convergen en los meses previos a la violenta huelga de 1919 que condujo a varios días de disturbios y de muertes. La historia de América de inicios de siglo desfila por las páginas con personajes reales, como el propio Coolidge o el futuro J. Edgar Hoover. Babe Ruth, uno de los más grandes jugadores de béisbol de la historia, es utilizado como personaje recurrente, siendo como era en aquellos años un astro de los Red Sox, antes de que Harry Frazee decidiese traspasarlo a los New York Yankees. «Fue un verano de locura impredecible. Cada vez que Babe creía que empezaba a entender algo se le escapaba y salía corriendo como un cerdo de granja al oler el hacha. La bomba que estalló en la casa del fiscal general, paros y huelgas por todas partes, disturbios raciales, primero en Washington y luego en Chicago. Los negros de Chicago llegaron al punto de defenderse, convirtiendo un disturbio racial en una guerra racial y metiendo el miedo en el cuerpo a todo el país». Boston se preparó entonces para lo suyo: bolcheviques, anarquistas, terrorismo, inmigración, inestabilidad económica, el nacimiento del FBI, la corrupción, la terrible gripe española que dejará miles de cadáveres en el North End, el auge del movimiento sindical, la huelga, etcétera.

La suma de Doctorow y Don DeLillo, pero mejor. Pocas cosas en nuestros días hay que merezcan tanto la atención del lector como una novela de Lehane.

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | Enero 2010 |

El músico que escribía para poder leer lo que le gustaba

Por Luis M. Alonso (21 de Enero, 2010)


El cincuentenario de la muerte de Boris Vian ha servido para redescubrir a un autor que pulverizó la compostura literaria
Boris Vian se cansó de bromear sobre la muerte -«no quisiera morir sin que se haya inventado la semana de dos días»- y la palmó de una dolencia cardiovascular, sin haber cumplido los cuarenta, mientras asistía impotente al pringoso estreno de la versión cinematográfica de su obra maldita: Escupiré sobre vuestra tumba. En junio de 2009, se cumplieron cincuenta años de la pérdida de un artista polifacético que ha gozado de la gloria póstuma existencialista y de culto en no pocos círculos literarios. En un tiempo convulso, Vian escribía por el día y tocaba jazz por las noches en Le Tabou, tratando de emular a Ellington y al cornetista Bix Beiderbecke, cuando en la Francia de Vichy la música negra estaba prohibida. La veneración por Ellington llegó al punto de que a la heroína de La espuma de los días la llamó Chloé, aludiendo a una de las grandes composiciones del gran maestro.

Estupendo trompetista y crítico de jazz, autor dramático, novelista, poeta y director de orquesta, el ingeniero Vian lo fue casi todo en su corta vida. En compañía del clarinetista Claude Luter, abrió el New Orleans Club, que se convirtió en una de «les caves» sagradas de Saint-Germain-des-Près. Jean-Paul Sartre lo animó a escribir; la pulsión literaria y la cardiopatía reumática lo llevaron después a abandonar definitivamente el instrumento. Entonces firmó algunos de los mejores artículos (críticas discográficas, crónicas, editoriales) que se han publicado, en las páginas de la prestigiosa revista «Jazz Hot» y de «Combat». Compuso canciones para Juliette Gréco o Marcel Mouloudji. A su alrededor revoloteaba la farándula intelectual parisina: Sartre, Camus, Prévert, Queneau, etcétera. Una de sus composiciones, El desertor, alcanzó gran notoriedad y se tradujo en un aldabonazo «antipatriótico» durante la guerra de Argelia. La cantaron Serge Reggiani, Hugues Aufray, Joan Baez, Peter, Paul & Mary, entre otros.

Vian era para la intelectualidad un disolvente del academicismo. Había leído a Queneau, Jarry y Faulkner, a los autores de novela negra americana, Chandler y Chase, pero lo que más destacaba de su prosa provocadora y salvaje era la absoluta desinhibición con que lo abordaba todo. Bajo el seudónimo de Vernon Sullivan hizo saltar en mil pedazos la compostura literaria con Los muertos tienen la misma piel (1947), Que se mueran los feos (1948) o Con las mujeres no hay manera (1950), combinó dosis de violencia, venganza, sexo y crimen para estómagos fuertes y espíritus poco complacientes con el sistema. Había nervio y hasta dinamita en aquellas historias directas como puñetazos. La ya citada Escupiré sobre vuestra tumba, que lo llevó a ser acusado en los tribunales, fue el mayor exponente de todo ello. Algunos editores, a los que no les tocó aprovecharse del tirón de las ventas, se mostraron escandalizados.

Algo antes, en 1947 se había publicado La espuma de los días, una novela de amor para mitigar la angustia de los adolescentes, y le siguieron El otoño en Pekín, Las hormigas, La hierba roja, El arrancacorazones y el conjunto de cuentos titulado El Lobo-Hombre. Pero la ópera prima fue Trouble dans les andains, de 1943, que ahora edita Tusquets bajo el título de A tiro limpio: la historia de cuatro amigos que emprenden la búsqueda de un artefacto, el barbarón bífido, supuestamente robado en una fiesta. Los cuatro viajan de París hasta el sur de Francia, y de vuelta a la Ciudad Luz pasando por Borneo, dejando tras de sí un reguero de sangre y situaciones absurdas. La aventura es tan extravagante como inclasificable; el tipo de historia que Vian, según sus propias palabras, se tomaba la molestia de escribir para poder leer lo que realmente le habría apetecido. «Esperé hasta los 23 años para escribir. Eso es abnegación. Después intenté contar a la gente historias que nunca habían leído. Eso fue la primera gilipollez: a la gente sólo le gusta lo que ya conoce; a mí, no. En el fondo, me las contaba a mí mismo, estas historias. Me habría gustado leerlas en los libros de los otros», llegó a decir.

En Francia, coincidiendo con el aniversario de la muerte del autor, se han publicado ensayos de su obra y se ha reeditado, a la vez, en Le Livre de Poche, el famoso Manual de Saint-Germain-des-Près, un valiosísimo baedeker para moverse por uno de los barrios más populares de la rive gauche, que Boris Vian conocía como nadie. Una geografía urbana indispensable para entender, además, lo que se cocía en París a mediados del siglo XX y todavía hoy poder seguir las huellas más comprometidas del pasado.
-

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | Enero 2010 |

Eastwood sobre Mandela

Por Luis M. Alonso (15 de Enero, 2010)


«Invictus» mantiene en el cine el gran tono narrativo del vibrante relato de John Carlin sobre el partido de rugby que salvó a la nueva Sudáfrica

Cada vez es más remota la posibilidad de emocionarse con el cine. No me refiero a pasar el rato, a entretenerse viendo correr imágenes, hablo de esos cambios agradables e intensos que experimenta el ánimo cuando hay por delante una buena historia y alguien se la cuenta como es debido. Por eso, una de las escasas esperanzas que le van quedando al cinéfilo son las películas de Clint Eastwood: gran instinto narrativo, medios justos, sentido moral alto y verdad en cada fotograma.

Espero como agua de mayo cada película del viejo maestro e imploro para poder seguir disfrutando de su talento. Sé que Million Dollar Baby es una obra de arte irrepetible y Sin perdón el mejor western crepuscular de las últimas épocas. No será fácil tampoco volver a emocionarse ante una pantalla con la imagen de aquel fotógrafo empapado por la lluvia de Los puentes de Madison, viendo escapar definitivamente la felicidad justo en el momento en que cambia el color del semáforo. Seguramente nadie podrá arrojar tanta luz cinematográfica sobre las tinieblas del gran Parker como Bird y jamás en el cine se abrirá la espesura de Savannah ante nuestros ojos como en Medianoche en el jardín del bien y del mal. Baudelaire escribió que no se puede ser sublime todo el tiempo y por eso a Eastwood unas películas le salen mejor que otras, pero incluso cuando se trata de obras menores este portentoso y épico narrador tiene buenas cosas que mostrar.

En el caso de Invictus, he esperado con mayor ansiedad que nunca la película de mi director favorito, al tratarse también de Mandela, John Carlin y la historia de aquel partido de rugby que hizo vibrar unido al pueblo que más cruelmente había vivido separado durante décadas de abominable apartheid. La historia de todo aquello está en un libro estupendo de Carlin que se llama El factor humano, que no me canso de recomendar y que llegó a las manos de Eastwood a través del actor Morgan Freeman, que, a su vez, se enteró de su existencia por medio de una propuesta que el agente literario del periodista británico de «El País» había remitido a Hollywood.

El factor humano es la emotiva historia de la final del Mundial de rugby de 1995 que Nelson Mandela utilizó inteligentemente para sellar la paz entre negros y blancos uniendo a la nueva Sudáfrica en torno a los Springboks, precisamente el equipo que de modo más distintivo había representado hasta ese momento la supremacía afrikáner y el apartheid. Pero es también el atajo más interesante para retratar la historia política y social del país en aquellos años y a su líder, el hombre que salió dispuesto a perdonar a quienes le habían mantenido encarcelado durante 27 años. Fue el propio Carlin quien le ofreció a Morgan Freeman el papel de Mandela, entre otras cosas porque ningún experto en casting habría encontrado una mejor identificación entre personajes. De la misma manera que ningún director habría economizado los medios como Clint Eastwood para traducir al lenguaje del cine el vibrante relato periodístico de Carlin, que asesoró al guionista de la película, el sudafricano Tony Peckham.

La película concebida como gran espectáculo está muy bien dirigida. Se entiende y se siente. No hay discurso político en ella, apenas un par de guiños eficaces para solventar las cuestiones que afectaron a la vida sentimental de Mandela. Tiene buenas actuaciones entre los secundarios, los agentes de seguridad y los jugadores de los Springboks, que se refuerzan sobremanera en las escenas de acción de los partidos potentes y medidas para interesar incluso a quienes el rugby les importa un bledo. Morgan Freeman está excepcional y tampoco lo hace mal Matt Damon, que interpreta al capitán del combinado sudafricano que se impone a los temibles All Blacks en la épica final de Ellis Park. Damon hizo llorar al propio François Pienaar, en el estreno de la película.

Ahora bien, no sé si Invictus pasará el exigente análisis de los críticos como una película mayor o menor de Clint Eastwood. Seguramente, ocurrirá lo último y, mientras eso sucede, la película hará disfrutar a miles de personas, porque el cine, que no tiene muchos secretos aunque haya demasiado afición a complicar las cosas, consiste fundamentalmente en contar una historia en imágenes y lograr emocionarnos con ella. Y eso es lo que sabe hacer mejor que nadie el maestro.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | Enero 2010 |

Visiones pirotécnicas de Chesterton en Estados Unidos

Por Luis M. Alonso (14 de Enero, 2010)


«Lo que vi en América», obra inédita hasta ahora en español, incluye reflexiones viajeras del prolífico y gran escritor
Hay una inteligencia irreductible que sobrevive a la erosión del tiempo. Por eso, leer a G. K. Chesterton sigue siendo un reconstituyente vital y un acicate para la curiosidad más exigente. Por eso mismo también, como escribe Abelardo Linares, director de la editorial Renacimiento, la lectura de este prolífico escritor de ficción y ensayo tiene mucho que ver con ser un niño y asistir una noche estrellada de verano a un espectáculo de fuegos artificiales. Efectivamente, deslumbran las palabras y las ideas por su estruendo y fogosidad, y lo artificial de su pirotecnia literaria lo es en el sentido del verdadero arte, nunca en lo artificioso.

Renacimiento ha recuperado un inédito en español de Chesterton, Lo que vi en América, publicado por primera vez en 1922. Se trata de un conjunto de impresiones que el autor sacó a raíz de un viaje a Estados Unidos. No son sólo impresiones, rememorando con frecuencia al viejo Dickens, del país que se visita por primera vez. Chesterton siempre apunta en varias direcciones y dispara a todo aquello que se mueve o le inquieta; de modo que entre conferencia y conferencia le da a tiempo a detenerse en las modas y costumbres de los americanos para volver una vez más sobre los viejos asuntos: entre ellos Inglaterra y la lógica.

El turista no se entera apenas de nada pero el viajero, como el mismo Chesterton reconoce, nunca logra entender al país extraño. Lo contrario requeriría tiempo, observación, ganas y suficiente espíritu para plegarse a los hábitos del lugar mostrando interés por ellos. Los ingleses, por ejemplo, han dado la vuelta al mundo creyendo encontrarse en casa y esto no ha contribuido precisamente a una identificación del exterior. Normalmente, el extranjero aprecia la característica del país que visita, que le resulta fantástica, sin llegar a advertir la que le sirve de equilibrio. «El inglés va, lo mismo por pequeñas aldeas suizas o italianas que por montañas agrestes e islas remotas, pidiendo té en todas partes sin pensar que se comporta igual que un chino que entrara en todas las tabernas de camino a Kent o Sussex pidiendo opio. Pero la cuestión no es sólo que pida aquello que no puede esperar que le ofrezcan, sino que ignora incluso aquello que le ofrecen», escribió.

Chesterton, obviamente, no era el tipo de inglés que se comporta igual que un chino buscando opio en Sussex. Probablemente nunca fue un buen turista pero sí un meticuloso viajero lleno de curiosidad capaz de confrontar y extraer conclusiones inteligentes entre lo que conoce y aquello que le resulta nuevo. No se agota, pese a que siempre utiliza los mismos trucos; lo suyo no es la sorpresa, sino el reencuentro gozoso con los mismos temas: la probabilidad de la muerte, el progreso, el futuro de la democracia, el patriotismo, la batalla contra el mal, la lucha contra el despotismo, la religión etcétera.. Resulta imposible salir de una obra suya tal y como se ha entrado. Se sale otro, igual que si se hubiera librado un combate de las ideas, y tan feliz como después de una velada etílica entre viejos amigos. En su visión de Estados Unidos, hay referencias a las ciudades, al campo, a la Prohibición, a Lincoln y a las causas perdidas, al problema irlandés y la visión que tienen de él americanos e ingleses, a las modas y las costumbres, la opinión pública y la prensa. Y, por supuesto, a Inglaterra. Son especialmente divertidas sus reflexiones sobre el trabajo de los entrevistadores neoyorquinos y los encargados de ponerle el titular a las entrevistas que le hacen. Chesterton cuenta que una de las primeras preguntas que le formularon al llegar a Nueva York fue cómo explicaría la ola de crímenes que estaba padeciendo la ciudad. «Naturalmente yo respondí que podría deberse al número de conferenciantes ingleses que últimamente habían desembarcado».

Evidentemente, el gran escritor inglés no cayó en la misma trampa que el arzobispo de Canterbury, que, pese a haber sido advertido en Southampton, antes de embarcar, de la impertinencia de los reporteros americanos optó por responder preguntando, a su vez, cuando le pidieron su opinión sobre la proliferación de las casas de putas en Manhattan. «¿Hay de verdad muchas casas de ésas?». Al día siguiente, el sumario de la noticia de la llegada del prelado británico a la ciudad no dejaba lugar a la duda sobre las verdaderas intenciones de la pregunta: «Lo primero que hizo el arzobispo al pisar Nueva York fue preguntar: «¿Hay muchas casas de putas en Manhattan?».

Este método del empujón, según Chesterton, hacía de los reporteros norteamericanos unos auténticos artistas: «Para un inglés sería mucho más difícil preguntarle de improviso a un completo extraño la exacta inscripción que se lee en la tumba de su madre», escribe. Lean a Chesterton.

Popurrí de lecturas para despedir y recibir un año

Por Luis M. Alonso (31 de Diciembre, 2009)

Libros para acabar y empezar el año. Si primero no tuvieron hueco se debió a otras lecturas más urgentes pero no por ello más interesantes. Esta vez se trata de cosas muy distintas: tres novelas, dos volúmenes de cuentos y un ensayo.

Empiezo por Patrick Modiano, uno de los pocos escritores franceses vivos de ficción dignos de interés. En esta ocasión se trata de una novela de 1978, probablemente la más conocida de las suyas, que leí hace unos años en una traducción sudamericana y en la que la autor reflexiona sobre la memoria y los orígenes. En su día obtuvo el premio Goncourt. La actual edición corre a cargo de Anagrama, que últimamente ha publicado también En el café de la juventud perdida. En Calle de las Tiendas Oscuras, Guy Roland, un detective amnésico, se verá obligado a buscar sus propias huellas a través del pasado de unos emigrantes rusos que le conducirán a los años de la Ocupación alemana, durante la Segunda Guerra Mundial. Como otras veces ha ocurrido con Modiano, la novela recorre un París de nombres, calles, edificios y personajes. El detective seguirá los pasos de un tal Pedro McEvoy, con quien no le quedará más remedio que identificarse, de la Ciudad Luz hasta Roma, pasando por Nueva York. Con el estilo ágil y sobrio que le caracteriza, el autor aprovecha la narración para reflexionar sobre los riesgos que uno puede correr, en algunos casos, cuando se trata de reconstruir el pasado.

Una mañana perdida, de Gabriela Adamesteanu, recorre la amarga historia del pueblo rumano en el siglo pasado, contada a través de Vica, una de esas protagonistas de la lucha por la supervivencia cotidiana durante la dictadura de Ceaucescu. Los actores de la historia, la propia Vica, la anciana que desgrana sus recuerdos en una situación económica difícil; su antigua señora Sophie; el marido de esta última, el profesor Mironescu; su hermana menor Margot y su amante, Titi, se mueven entre los anhelos diarios, el período de entreguerras, la Segunda Guerra Mundial, la llegada de los comunistas y la incertidumbre del país en la década de los setenta. Una mañana perdida es en la novela de Adamesteanu el equivalente a una vida perdida, equivocada en medio de una desilusión colectiva. Estupenda novela, publicada por Lumen, y un relato para entender el drama de Rumanía.

La tercera de las novelas es El fondo del cielo, del escritor y periodista argentino Rodrigo Fresán, un autor singular que he tardado en descubrir y del que ahora procuro leer lo que cae en mis manos. Con Fresán me ocurre que no sé cuando estoy oyendo la voz de Kurt Vonnegut o la de Adolfo Bioy Casares: prefiero oír al segundo, pero en cualquier caso suena bien. «Lo primero que recuerdo de esos primeros días en Manhattan son las noches. Tan diferentes a las noches de Brooklyn. Tanto más ruidosas. Más vivas. Noches que hablan y caminan dormidas. Y no es que entonces Brooklyn fuera el campo pero, comparado con el constante y belicoso latido eléctrico de la metrópoli, la voz de Brooklyn estaba mucho más cerca de un suspiro acústico enamorado», cuenta en su novela. Cualquiera que haya estado un tiempo en Nueva York sabrá apreciar eso de las noches que hablan. En El fondo del cielo, Fresán parte de la ciencia ficción para rebuscar en el pasado. Ahí radica su originalidad. Se trata de una historia de amor en la que las palabras superan a las distintas situaciones cósmicas de una trama compleja. Editado por Mondadori.

Tiempo para los cuentos. Primero, un clásico, Nocturnos, la edición completa y cuidadísima a cargo de Alba de la obra de E. T. A. Hoffmann. Maestro de la literatura fantástica, Hoffmann supo captar mejor que ningún otro autor el espíritu del romanticismo alemán. Ese ideal romántico lo demostró con poco apego a los asuntos oficiales que le ocupaban profesionalmente pero que él mismo tenía por accesorios, mientras alimentaba un mundo de fantasías. Una de las narraciones más famosas de este Nocturnos, El hombre de la arena, la concibió durante una aburrida sesión en la Audiencia de Berlín, donde servía a la Administración prusiana. Como escribió de él Rüdiger Safranski podía templar muchos instrumentos y mirar a la realidad desde muchos ojos. «Sólo así, con riqueza de perspectivas y fantasía puede captarse la realidad, que siempre es mucho más fantástica que toda fantasía». Una lectura preciosa esta de Hoffmann.

Lumen ha editado los estupendos cuentos de la canadiense Mavis Gallant en una de las colecciones más literarias del año. Desconocida en general para los lectores españoles, se trata de una maestra indiscutible del género. Colaboradora habitual durante años de la revista «The New Yorker», se instaló hace tiempo en París donde aún reside. Sus historias son las de la cotidianidad. La antología recoge 35 de sus más de cien cuentos publicados; algunas de ellos sobrepasan las cincuenta páginas, lo que le permite a la autora profundizar en los personajes. Cuando éramos casi jóvenes, autobiográfico, se desarrolla en el Madrid de los años cincuenta. «¿Eran típicos españoles? No sé cómo es un típico español. No bailaban ni tocaban la guitarra. La verdad, la muerte y la piromanía no acechaban en sus ojos oscuros», escribe.

Por último, quiero referirme a un libro que me ocupa y llena de placer, El genio austrohúngaro, un clásico del profesor de Harvard, William M. Johnston, una historia social e intelectual del Imperio que más talento congregó en menos tiempo. El libro, muy bien editado por la ovetense KRK, ha pasado a formar parte junto a Afinidades vienesas, de Josep Casals, de mis mitos habsbúrgicos. Johnston entra de lleno en el mundo deslumbrante de las ideas y de los pensadores que convergieron en una de las épocas más ricas de la cultura: la pléyade de destacados polígrafos de expresión alemana y su contribución europea. Sólo en teología y en matemática pura, fallaron los intelectuales en aquel ámbito excepcional. El Biedermeier y el esteticismo vienés; Freud, Wittgenstein, Schönberg, Herzl, Musil, Stifter, Broch, Werfel, Kraus, Buber, etcétera?

Disfruten.

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | Diciembre 2009 |

« Entradas Anteriores