Últimas noticias
- A vueltas con el pacto educativo
- Cuando los políticos son el problema
- ¿El cirujano de hierro, en horas bajas?
- Leyendo a José Hierro
- Poeta del amor y de la vida (En el centenario de Miguel Hernández)
- De perplejidades y certezas. (Carta abierta a la Consejera de Cultura)
- El despertar del occidente asturiano
- Esta nieve fugaz
- Aquel otoño de 2000 (Carta abierta a Javier Fernández)
- Oración fúnebre por la dignidad
Categorias
Archivo
- Marzo de 2010
- Febrero de 2010
- Enero de 2010
- Diciembre de 2009
- Noviembre de 2009
- Octubre de 2009
- Septiembre de 2009
- Agosto de 2009
- Julio de 2009
- Junio de 2009
- Mayo de 2009
- Abril de 2009
- Marzo de 2009
- Febrero de 2009
- Enero de 2009
- Diciembre de 2008
- Noviembre de 2008
- Octubre de 2008
- Septiembre de 2008
- Agosto de 2008
- Julio de 2008
- Junio de 2008
- Mayo de 2008
- Abril de 2008
- Marzo de 2008
- Febrero de 2008
- Enero de 2008
Cuadro de invierno a orillas del Narcea
Por Luis Arias
«¡Sobre la tierra fría la nieve silenciosa!» (Machado)
«Y cuando ella me hable / de un cielo oscuro, de un paisaje blanco, / recordaré / estrellas que no vi, que ella miraba, / y nieve que nevaba allá en su cielo» (Pedro Salinas)
Llegó ayer, con el sigilo que acostumbra, cuando había oscurecido, convirtiéndose en agua al desplomarse sobre el suelo. Sólo se quedaba en el Pedrorio y en el Courío. Cuando escribo estas líneas cae aguanieve, con voluntad de cubrir los tejados y de ir asentándose cada vez más abajo.
Nieve silenciosa que, según las previsiones, irá a más a medida que la noche se vaya acercando. Nieve que es un regalo a la vista. Nieve que todo lo paraliza salvo las miradas que la siguen. Nieve que constituye también el recordatorio generalizado de tantas y tantas películas que se situaban en fechas navideñas con su presencia como principal rasgo distintivo.
A veces, su silencio sufre la brusca sacudida de un trueno. A veces, su blancura se electrifica con relámpagos lejanos que le salen al paso. Y es entonces, en momentos como éste, cuando se intensifica más, cuando baja con mayor ímpetu, cuando muestra voluntad de cubrir estas vegas tan bajas a orillas del Narcea.
Como algodón en las desnudas ramas de los árboles, como merengue sobre alguna piedra a la que decora, como nata sobre los tejados de casas que parecen de chocolate. Como un auténtico obsequio para los sentidos, como un festín para la vista.
Silenciosa y, en la mayor parte de los casos, efímera nieve que el cielo nos trae. Le cuesta asentarse, es resbaladiza en nuestras manos, se desliza como el tiempo y la vida, según dijera Quevedo en memorables versos.
Al contemplar su caída, queremos que vaya a más, deseamos que se extienda, que cubra todo aquello que se encuentra a nuestra vista. Se diría que la estábamos esperando, que anhelábamos que su proceso culminase envolviéndolo todo.
Nieve que nos detiene y que, al mismo tiempo, se erige en nuestro principal foco de atención. Nieve a la que acompañan las chimeneas y el crepitar de sus fuegos. Llamas que generan humo que sube al cielo encontrándose con ella, como nuestro aliento cuya trayectoria observamos abstraídos.
Desde aquí, la única arboleda que aún tiene algo de hoja son los carbayos, cuyo otoño parece prolongarse en una estación que ya no es la suya, y, en el suelo, esa hojarasca aún ocre parece tener voluntad de ser el lecho mullido para esta nieve que nos cae.
Veo un cuervo sobre la rama de un viejo y enorme manzano, que parece también expectante. Pájaros que vuelan bajo y que hacen muchos y cortos recorridos.
Nieve que, salvo que el hielo acuda en su ayuda para fortificarla, representa la conocida metáfora de Bergson del agua que se escurre en un cesto como la realidad cuando deseamos atraparla. Nieve que también representa el continuo cambio del que nos hablaba Heráclito.
Pero lo que nos llena y sobrecoge por encima de todo es que acuda, esta vez, puntual a su cita, casi en el último suspiro, pero a tiempo, cuando las Navidades acaban de irse tras el paso de los Reyes Magos.
Nieve que es, en consecuencia y en el caso que nos ocupa, el principal ingrediente de toda una estética de la despedida de un año que no comienza definitivamente hasta que la actividad regresa tras el breve letargo vacacional, con la fiebre de las rebajas de enero.
¿Cómo no disfrutar de su llegada? ¿Cómo no detenerse contemplándola?
Nieve, como dijera Machado, sobre la tierra fría, y aun así, con la calidez del recuerdo, con la tibieza de las imágenes vívidas que nos suministra la memoria.
En una crónica viajera que acabo de leer, el autor se refería a que, con el paso de los años, cada vez era mayor el número de ausentes que lo acompañaban en su recorrido. Y, al ver un paisaje, no podía evitar el afán de describirles aquello que tenía ante su vista, acaso porque en su momento lo habían transitado juntos, acaso porque deseaba devolverles estampas que le habían ayudado a descubrir.
Nieve que retorna y que nos lleva también a paisajes de infancia, gran parte de ellos servidos por el cine a través de su sábana gigante, aquélla en la que se proyectaron tantos sueños, tal y como describió con genialidad Fernando Vela.
Nieve silenciosa que, en algún momento, se endurece y se vuelve granizo. El trapo se transforma en piedra, y todo ello con la misma envoltura de un blanco que resplandece.
La noche que espera al día. Como la mágica noche de Reyes que, al irse, nos dejaba los regalos. La noche que aguarda una aurora nevada y fría, en la que todo se pasma y el paisaje por ella transformado es el único protagonista de una historia sin ruido, sin furia, con mansedumbre, con la tersura de lo que hemos sido.
Nieve que, en el momento de escribir estas líneas, envuelve el Pedrorio, nieve que acecha a la noche para que las farolas se vuelvan velas de una noche mágica que aguarda al alba, alba redundantemente blanca. Y silenciosa.
Como ella, como la nieve, que nieva en el cielo de recuerdos y olvidos que anidan en cada uno de nosotros.
Sólo nos falta que el viento haga sentir los rugidos del Narcea y que Vivaldi le ponga música a este clamor de silencio que nos conmueve con su quietud. Las llamas de las velas temblarán con los mismos compases que las estrellas que el cielo nos permita ver en las noches oscuras y nevadas del alma de cada uno de nosotros.
30 Respuestas a “Cuadro de invierno a orillas del Narcea”
Escribir comentario


Enero 8th, 2010 at 19:34
Desconozco las reglas del periódico en cuanto a la extensión de los artículos. Puestos a poner pegas, sólo pondría una: podría ser un texto más corto. Aun así, es una hermosa descripción literaria que nos hace participar a quienes la leermos en esa bella estampa de un entorno al que conoces tan bien y quieres tanto.
Enero 8th, 2010 at 19:45
Raro es encontrar ambición de estilo en un artículo de periódico, pero es más infrecuente aún una prosa como ésta, un texto literario de principio a fin.
Me gustaría que escribiese más textos como éste y menos política.
Enero 9th, 2010 at 1:12
Coincido con Julia: el texto es quizás demasiado largo para la descripción paisajística que se hace en un artículo de periódico. Pero, al margen de eso, la riqueza de vocabulario y la cadencia de la prosa son más que meritorias.
Enero 9th, 2010 at 2:13
¿Eres consciente de que en tu preciosa estampa no había un solo ser humano? ¿Ni siquiera una dama elegante como aquella de la gran nevada en Madrid del año pasado?
Enero 9th, 2010 at 3:11
Lo humano puede ser un elemento más del paisaje, pero, como tal, es prescindible, dama.
Enero 9th, 2010 at 15:18
Buen cuadro paisajístico sin una sola alusión a cuestiones políticas. Se ve que se da cuenta de que usted y sus lectores también necesitamos librarnos de ella, de la actualidad, al menos alguna vez que otra.
Enero 9th, 2010 at 15:32
Contar lo que se ve, decir lo que se siente, comparar lo que más nos llama la atención, ver el paisaje con la ayuda de recuerdos de lecturas, de películas y de vivencias.
El resultado: un cuando de invierno hermoso.
Gracias por haberlo escrito, así.
Enero 9th, 2010 at 16:06
Nos imaginé a todos nosotros, asomados a la ventana, junto a usted, observando abstraídos la trayectoria de nuestro aliento y escuchando el silencio de la nieve que purifica la tierra… No es poca gente y la compañía reconfortante ¿verdad?
Enero 9th, 2010 at 21:12
No es fácil encontrar columnas periodísticas en Asturias en las que se describa con tanto preciosismo nuestro paisaje. Como tampoco es frecuente, que se reproduzcan descripciones de Clarín y Pérez de Ayala.
Usted es la excepción a ambas cosas.
Enero 10th, 2010 at 0:05
No hay sitio para el paisaje en el columnismo asturiano, sólo en el material gráfico. Usted tapa unos cuentas huecos, el referido por doña Berta, entre otros.
Enero 10th, 2010 at 0:45
Feliz Año profesor. Continúo leyendo tus artículos.
Un abrazo.
Enero 10th, 2010 at 1:35
Luis; me pega mucho que un artículo tan fino y afinado, como este tuyo, haya sido concebido -y escrito- bajo el imperio musical de Vivaldi. Il signore Antonio.
“Nieve, silenciosa nieve”… como lo titulabas en la edición gráfica. O este “Cuadro de invierno”. Tanto da que da lo mismo, el título… porque el artículo no me deja frio. Todo lo contrario.
Enero 10th, 2010 at 15:05
En efecto, como dice Alberto del Río, este artículo no nos deja indiferentes ni fríos, sino que reconforta mucho esta poética del paisaje asturiano que aquí se hace.
Enero 10th, 2010 at 16:03
Hermoso cuadro de invierno, sí, señor. A todos nos vienen bien textos sin factor humano, ni político.
Enero 10th, 2010 at 18:00
Ver las orillas de este río nevadas ya cerca de su desembocadura es excepcional, tanto en lo estadístico, como en la belleza que suponen.
Buen artículo.
Enero 10th, 2010 at 19:10
Sí, el paisaje está espectacular. Gracias por describirlo y consignarlo con un estilo tan cuidado, con un amor tan grande por tu tierra.
Enero 11th, 2010 at 2:12
Muchas gracias por poner calidez y calidad al frío que embellece estos días nuestro paisaje.
Enero 11th, 2010 at 10:45
Recuerdo, como usted describe, haber visto caer copos de nieve sobre las piedras y regodones a orillas del Narcea, muy cerca de su pueblo, concretamente en Cornellana, y le agradezco que me haya hecho recuperar esas imágenes tan especiales de una infancia que cada vez siento más lejana, aunque, de vez en cuando, llama a mi puerta demandando atención.
Enero 11th, 2010 at 12:38
Qué guapa esta prosa poética que ha heccho sobre la nieve.
Me ha hecho recordar la infacia. Cuando la blacura nívea de ella y los hórreos negros como el carbón convertían al pueblo en un tablero de ajedrez. Los críos entonces, nos convertíamos en los peones que se movían para lanzarse bolas de nieve y jugar al restillete.
Gracias, gracies, moltes graciès
Enero 11th, 2010 at 15:02
Sí, todo está muy hermoso. Uste lo ve la smontañas nevadas desde las vegas bajas; yo contemplo los valles desde un pueblo de montaña. Podríamos, así, completar el cuadro.
De todos modos, su texto es primoroso.
Y yo tambièn le doy las gracias.
Enero 11th, 2010 at 20:56
Aquí en la capital del reino también nevó, pero prefiero pensar en mi paisaje nevado, muy cerca del tuyo, en el mismo concejo. Gracias por tu descripción, tan guapa.
Enero 11th, 2010 at 22:11
Es verdad que la descripción de la nevada es muy guapa, también que gracias a ti salismos en el Google más veces, y se te nota la ley que le tienes a esto, que compartimos y agradecemos.
Enero 12th, 2010 at 14:54
Buena descripción, amigo, sin pintoresquismos, sin tópicos, sin frases hechas.
Enero 12th, 2010 at 19:12
Hago mías las palabras de Pinceladas. Uno, al leer la prensa, agradece que no todo sean muletillas, tópicos, expresiones siempre repetidad, etc, y, si además de eso, el texto dice algo y está bien escrito, entonces la gratitud hacia el autor es grande.
Enero 12th, 2010 at 20:52
Como el vaqueiro, yo también vi caer la nieve en Madrid, pero no es lo mismo. Recuerdo que, en mi infancia, nada más levantar la vista, desde la plaza de Pravia, vi Corralinos cubierto de nieve, y, más lejos aún, el prau de Gomanil también nevado.
Gracias por haberme ayudado recordar mi infancia, mientras en Madrid caía la nieve sobre el asfalto y los coches.
Enero 12th, 2010 at 21:12
Poner en palabras, o, como dicen ahora, “verbalizar” el momento en el que la nieve va cubriendo un entorno tan singular como el tuyo, que tengo la suerte de conocer, es meritorio, sobre todo cuando no se cae en chauvinismos, sino contando lo que se ve con las palabras adecuadas e incorporadas.
Enero 13th, 2010 at 11:54
Tras la nevada, llega la hora de las protestas, más o menos fundamentadas, de cómo se llevó la gestión para evitar peligros y riesgos. Y, como siempre, los trastos de los tiran los unos a los otros.
Nada nuevo, pues, tras el temporal.
Enero 13th, 2010 at 19:43
Razón tiene el sacristán. Es momento para las protestas. Es momento para analizar con qué eficacia funcionan las distintas Administraciones cuando los temporales nos invaden.
Enero 13th, 2010 at 23:49
Bueno, puede que se consiga que la discusión dure hasta la próxima nevada. Febrero está muy cerca.
Febrero 8th, 2010 at 23:52
De niño, recuerdo una tarde de invierno,en un charco formado por las lluvias caidas,se reflejaban las nubes en él.Cuando me cansé de mirarlas,observé a lo lejos,las montañas blancas,y soñé alcanzarlas con la mano,las retube en mi mente,con mis manos formaba bolas,creé un muñeco de nieve,y le dí calor y… se derritió,formándose un enorme rio,y por él saltaban,truchas,salmones,nútrias.Me inventé un nombre,y le puse…NARCEA.Para LUÍS.