Países subdesarrollados

javierfeito (22 de Febrero, 2010)

Por Javier J. Feito

Subdesarrollado es el calificativo que utilizamos para acompañar a los países cuyas gentes habitualmente tienen menos que nosotros, porque trabajando más (12-14 horas diarias o más) ganan mucho menos (1-2€/día); porque no tienen acceso fácil a los centros sanitarios más básicos, a la educación, a viajar fuera del país; carecen de alimentos imprescindibles, no tienen prendas de abrigo, las viviendas son frías en invierno y abrasadoras en verano, no tienen agua corriente ni luz eléctrica. Son países con un nivel de suciedad, tanto en las calles como en los hogares, que supera todos los cánones conocidos de higiene. Su acceso diario a lo que consideramos elemental (tan sólo para sobrevivir), es el handicap de cada despertar.

Niño en Hushé (Pakistán)

Niño en Hushé (Pakistán)

Son países que no tienen una evolución sanitaria, social, política, educativa, tecnológica, económica en general, que se asemeje a la de los países del primer mundo, por eso se les cataloga como países del tercer mundo; el segundo mundo no sé aún donde está.

Niños en las calles de Hushé (Pakistán)

Niños en las calles de Hushé (Pakistán)

Estas realidades les obligan a tener problemas reales y objetivos que se plantean solucionar diariamente o a muy corto plazo, y que les llevan, en unos casos, a solidarizarse entre ellos para “salir simplemente adelante”, a preocuparse por solucionar algo sobre las causas que les impiden vivir en desarrollo, o por el contrario a pelearse y/o matarse por vivir un día más (según los países y su nivel de subdesarrollo).

Niña con su hermano a la espalda. Hushé (Pakistán)

Niña con su hermano a la espalda. Hushé (Pakistán)

Hay quienes no participan de ser clasificados. Recuerdo al cantante Prince, a quien después de pasar a ser un símbolo (sin nombre) no volvería a oírse; sin embargo, todo es clasificable, nos guste o no. Los países del tercer mundo o subdesarrollados tienen esa calificación porque sus tiranías políticas, las luchas de clases o entre etnias, las guerras religiosas (aunque casi todas lo son aunque no se les clasifique así desde…. ¿Fueron Las Cruzadas las últimas en ser catalogadas como guerras religiosas?), el robo de sus riquezas naturales por parte de las multinacionales extranjeras,… estos y otros hechos les hacen más vulnerables a la pobreza que sufren, y por lo tanto más proclives a tener regímenes dictatoriales (personales, militares, religiosos, etcétera).

Ducha en una casa del centro de Santo Domingo (Rep. Dominicana)

Ducha en una casa del centro de Santo Domingo (Rep. Dominicana)

A estas personas se las priva de: la educación más básica (motor de progreso para el cambio), una sanidad adecuada, o simplemente se les priva de comer y beber diariamente, hechos que obligan a que las aspiraciones de sus gentes sean únicamente sobrevivir día tras día.

Niño haciendo pulsera. El papá "descansa" en Jamaica.

Por consiguiente, en la mayoría de los casos, estas personas están exentas de codicia, avaricia, malas intenciones, ganas de aplastar al otro por orgullo o envidia (sí por hambre), injusticias, insultos y acusaciones infundadas, amargar al vecino, hundir al rival, competir contra lo incomprensible (empujando paredes), humillar al que está jerárquicamente por debajo. Nadie niega que en los países “subdesarrollados”, la picaresca y el engaño al turista, el trapicheo, el robo, el secuestro para pedir rescates, … sean moneda de cambio. Pero ¿alguien se ha puesto en el pellejo de ellos? Sería suficiente para entenderles un poco más, aunque algunas acciones no sean justificables.

Parque infantil en Aswan (Egipto)

Parque infantil en Aswan (Egipto)

Tratamiento aparte merecen las manipulaciones religiosas que se hacen en todo el mundo y que se hicieron en todas las épocas de la Historia Universal. Palabras “divinas” que tantos conflictos generaron, generan y generarán, alteraciones de conducta colectiva (para beneficio de unos pocos privilegiados) que trasmiten, desde los altares y púlpitos, ciertos personajes que se hacen llamar representantes de dioses y divinidades en la tierra, producto de mandatos supremos, reencarnaciones y órdenes siempre superiores que cumplen la voluntad de Dios.

Sin embargo, no es menos cierto que en pleno siglo XXI, nadie en el mundo es capaz de justificar por qué millones de personas pasan hambre y tienen sed, por qué los excedentes de las cosechas acaban tirados en las calles de las ciudades o en las playas (como protesta por los bajos precios). Nadie puede explicar que se incentive a agricultores y ganaderos por no producir más, lo que se podrían llamar “cuotas de no producción” o se les castigue por hacer su trabajo, producir cosechas y/o cuidar animales para su venta y explotación ganadera. Es como si a un profesor le dicen que no sea tan bueno, no vaya a ser que aprueben todos los alumnos, o a un deportista que no entrene tanto no vaya a ser que sea muy bueno. Nadie puede explicarnos por qué mientras nosotros tiramos la comida y derrochamos agua, varios millones de personas mueren de hambre y sed.

Nadie puede explicar que, desde los llamados países desarrollados, se permita que haya millones de personas que no sepan leer y escribir o que una simple diarrea o catarro mate a miles de niños en el mundo. Por mucha ONU, UNICEF, FAO o lo que queramos, la gente sigue muriendo de hambre, sed y enfermedades que aquí erradicamos con una pastilla; y eso lleva siendo así desde…. ¿siempre?

Por ello cuando desde acá mencionamos la palabra “subdesarrollo”, se me ponen los pelos de punta y me entristece y exaspera pensar que aquí en España (país de segunda fila mundial) hace veinte años ya se pagaba un millón de pesetas (6.000€) por alquilar una casa para seis días en El Rocío, que es acá donde casi todos tenemos más ropa y calzado en los armarios y trasteros de lo que podemos ponernos en meses (una revisión de vuestro fondo de armario y subsiguiente donación alegraría a muchas personas cercanas y necesitadas), que un porcentaje importante de nuestros sueldos se va en cosas superfluas, que tenemos peluquerías o tiendas de ropa exclusivas para animales, que se pagan cantidades astronómicas por coches, casas, aviones privados, ropas, adornos, etcétera. Que tenemos programas de televisión y prensa especializada en cotillear y calumniar la vida de los demás, que los niños cada vez escriben y leen menos y peor. Mejor mantengo silencio con el resto de cosas similares a éstas y que me alteran el pulso.

Calle en la ciudad de La Habana (Cuba)

Calle en la ciudad de La Habana (Cuba)

Me duele en las entrañas de mi cuerpo (alma diría si la tuviera) que sin conocerlos los consideremos países subdesarrollados, porque, en la mayoría de los casos, la realidad es que su subdesarrollo es producto del robo que les hacen los desarrollados o los propios tiranos que les gobiernan.

Pakistán, Cuba, Jamaica, República Dominicana, Egipto (por mencionar algunos países conocidos y para mi, subdesarrollados o poco evolucionados), si bien en grados diferentes y por motivos variopintos, son claros ejemplos de una vida al borde del abismo, carente de lo más esencial y que discurre entre la necesidad de subsistir día tras día. U otros como Costa Rica, Argentina o Brasil, de otro modo, pero con retrasos sociales importantes.

Porque llegar a mañana y tener para vivir es una felicidad para festejar. Están tan al borde de la subsistencia (y no estoy hablando de los países antes mencionados, sino de los que vemos en reportajes y no visitamos, de los que están a ocho horas o menos en avión y pasan penurias inhumanas), que con llegar a mañana tienen suficiente felicidad.

Tampoco nadie podrá explicar, y sobre todo justificar, que en el mundo existan personas que sólo se guíen por avaricia, personas que sólo utilicen sus puestos de poder para beneficio propio, que para algunos su objetivo sea únicamente hacerle mal al no afín a sus ideas políticas o religiosas. Nadie podrá explicarnos por qué la mentira es el único alimento del silloncito que tanto miedo tienen a perder.

Y para finalizar, cabe decir nuevamente que nadie podrá explicar por qué permiten que millones de personas mueran cada año de hambre y sed. Quizá esté siendo un pelín demagógico, sé que nada es causa de una sola realidad, pero lo que sí sé, es que los “auto-llamados desarrollados” deben mirarse al ombligo, porque no es normal que nos sobre la comida y otros se mueran de hambre.

Para alguien que no crea en el destino es duro pensar que la suerte en la vida depende del lugar geográfico donde hayamos nacido y vivido; y cuando has nacido en un lugar próspero depende de con quién te cruces en la vida, ¡bufff!

Jorge Egocheaga, cima en el K-2

javierfeito (20 de Julio, 2009)

JAVIER J. FEITO

Jorge Egocheaga en el campo base del K-2 (2008). Foto de Javier Feito

Jorge Egocheaga en el campo base del K-2 (2008). Foto de Javier Feito


A las 16:30 del día de hoy, 20 de julio de 2009, he mantenido contacto por teléfono satélite con Jorge Egocheaga, desde el Campo Base del K-2, donde se encontraba tras haber descendido de su cumbre.

Jorge atacó la cumbre del K-2 en tiempo récord desde el Campo 3, en un momento despejado en el que vio la oportunidad de alcanzarla. Salía a las 21:30 desde el Campo 3 y a las 7:30 a.m. (siempre hora pakistaní) del 19 de julio, hacía cumbre en solitario, quedando sus compañeros en Campo 3 (en proceso de aclimatación). Tras la cumbre descendió de nuevo a Campo 3 en un tiempo de tres horas y media, y, a las 11 de la mañana, ya se encontraba con sus compañeros nuevamente en dicho Campo.

La ruta de ascenso escogida fue la del “El espolón de los Abruzzos”, una ruta clásica que se acomete por la cara sur del K-2 por la zona pakistaní. El espolón comienza a una altitud de 5.400 metros y la vía continúa por una sucesión de sectores de roca, nieve y hielo y algunos lugares más técnicos donde es necesario escalar en roca. Después se encuentran una serie de pendientes expuestas y complejas, con el añadido de la altitud. Jorge dice: “Cada cien metros por encima de ocho mil, es como otro ochomil”. El último obstáculo antes de cumbre, lo representa un corredor denominado «Cuello de Botella», lugar donde Jorge Egocheaga diera la vuelta en 2008. Cuando le pregunté, el año pasado, por el porqué se dio la vuelta, me dijo: “Llegué, me senté cinco minutos a descansar, miré el “serac” y vi que tenía un 20% de papeletas de no volver. No llevaba material, iba con lo puesto, yo solo, llevaba más de 20 horas sin parar desde que saliera de Campo Base y entonces decidí dar la vuelta, porque la cima siempre estará ahí. No lo vi claro y regresé”.

Días más tarde perderían la vida, en ese mismo lugar, 11 alpinistas de varias expediciones internacionales, al caerles encima el “serac” y producir una mortal avalancha, precisamente por exponerse demasiado y no valorar los riesgos objetivos de ese paso, a pesar de que el vitoriano Alberto Zeraín, que había hecho cumbre previamente, los encontró ascendiendo cuando él regresaba de cumbre y les dijo: “Vais tarde, es un poco tarde”. Habían salido tarde desde el Campo 4, porque esperaron “a ver quién era el primero en arrancar para arriba”. Haciendo caso omiso a su consejo siguieron hacia cumbre y 11 alpinistas más permanecerán siempre en las paredes del K-2.

Tanto Jorge Egocheaga, que suma su décimo ochomil y desde el pasado 11 de julio cuenta con un año más, 41, como el resto de la expedición se encuentran hoy en perfecto estado en Campo Base y con ganas y fuerzas para intentarlo de nuevo. Martín Ramos y Joëlle lo intentarán en los próximos días. Hoy volvieron a subir desde Campo Base a Campo 3, para aclimatarse y, en cuanto las previsiones meteorológicas lo permitan, intentarán hacer cumbre.

J. Egocheaga, hacia el K-2 (2008). Foto de Javier Feito

J. Egocheaga, hacia el K-2 (2008). Foto de Javier Feito

Jorge Egocheaga no regresará a España hasta el 8 de agosto, día que inicialmente tenía previsto su regreso. Dijo: “Yo me encuentro bien, cansado pero bien. Hice cumbre ayer a las 7:30 de la mañana (hora local) y bajé a Campo 3 para descender con ellos. Voy a recuperar fuerzas unos días y luego me quedo aquí, para echarles una mano a Martín y Joëlle, que van a intentar hacer cumbre. Regresamos el 8 de agosto. Llama a casa de mis padres y diles que me encuentro bien, que no se preocupen y llama a Felipe Fernández, de Cajastur, quiero que sea el primero en saberlo”.

Jorge hacia el K-2. Foto de Javier Feito (2008)

Jorge hacia el K-2. Foto de Javier Feito (2008)

Jorge Egocheaga formó parte de la última expedición de «Al filo de lo imposible» en la ascensión de Edurne Pasaban al Kanchenjunga (8.586 metros), la navarra se convertía en la primera mujer en sumar doce «ochomiles», el médico y montañero Jorge Egocheaga, se quedaba en los 7.700 metros del Kanchenjunga, con una pulmonía que le impedía progresar y la miel en los labios, pero con la aclimatación hecha para volver al K-2. A mediados de junio regresaba a Pakistán, para escalar el último ochomil pakistaní.

Ayer, tras hacer cumbre en el K-2, sumaba su décimo ochomil, pero lo cierto es que lo que menos hace Jorge es sumar porque su vida, como he dicho muchas veces, está centrada en la filosofía de “aprender a vivir, es aprender a desprenderse” y él va poco a poco consiguiéndolo.

¡Muchas felicidades, Jorge!, porque sé que es un sueño para ti contemplar el Karakorum desde su punto más alto, el resto de los ochomiles pakistanís ya los conoces: Nanga Parbat (8.125), Gasherbrum I (8.068), Broad Peak (8.047) y Gasherbrum II (8.035).

Everest (8.848 metros), Cho Oyu (8.201 metros), Dhaulagiri (8.167), Manaslu (8.163), Shisha Pangma (8.027), son el resto de ochomiles del montañero Jorge Egocheaga. Ayer, desde la cumbre, recordaría a su siempre hermano Iñaki Ochoa y seguro que algo hablaron.

Yo espero su regreso y, como me dijo: “Cuando vuelva celebramos tu suspensión de empleo y sueldo (la mía)”.

Ahora sólo espero que no se le ocurra volver a hacer cumbre de nuevo, por lo que dijo de ayudarles, y, conociéndole, no sé hasta donde es capaz. Su idea, es tan sólo la de ayudar a sus compañeros de cordada, él está aclimatado y lleva ventaja sobre el resto.

Martin Ramos, Jorge Egocheaga y Javier Feito en Concordia (2008)

Martin Ramos, Jorge Egocheaga y Javier Feito en Concordia (2008)

Pakistán. Recuerdos de arena, piedra y sol.

javierfeito (25 de Junio, 2009)

JAVIER J. FEITO

La República Islámica de Pakistán se encuentra ubicada en el sur de Asia. Limita al este con India, en conflicto permanente, al oeste con Irán y Afganistán, al norte con China (Ruta de la Seda) y al sur con el Mar Arábigo. Su ciudad más representativa es Karachi aunque Islamabad, con 700.000 mil habitantes, es la capital. Es el sexto país más poblado del planeta con más de 165 millones de habitantes, de mayoría musulmana.

Choudhary Rahmat Ali, fundador del Movimiento Nacional Pakistaní ideó la palabra Pakistán en 1933 como un acrónimo para las cinco provincias norteñas y musulmanas de la India Británica: “P” de Punjab, “A” de Afghania (Provincia de la Frontera del Noroeste), “K” de Cachemira (Kashmir en inglés), “S” de Sind y “TAN” de BaluchisTAN. Pakistán es también una palabra que en Urdu significa “tierra de los sagrados o puros” y representa a los treinta millones de musulmanes de PAKISTAN.

Como el motivo de este artículo no es explicar la historia de Pakistán, me remitiré a los acontecimientos políticos de los dos últimos años. El 6 de octubre de 2007 gana las elecciones Pervez Musharraf, que había prometido renunciar a su cargo de jefe del ejército y llevar a cabo un gobierno civil. La ex primera ministra Benazir Bhutto retornó al país tras varios años de exilio, con la esperanza de un cambio paulatino hacia la democracia. Sin embargo, el 3 de noviembre se produjo un autogolpe de estado, echando por tierra las mentiras de apertura e iniciando una nueva dictadura militar con Musharraf a la cabeza. El 27 de diciembre la ex-primera ministra Benazir Bhutto fue asesinada en un atentado.

El 18 de agosto de 2008 Pervez Musharraf dimitió para evitar la destitución por parte de la Asamblea Nacional. En las elecciones presidenciales, celebradas el 6 de septiembre, fue elegido Presidente el viudo de Bhutto. Todos corruptos (militares y civiles), a la población no le interesa el régimen político, sino sobrevivir en un país que no tiene recursos naturales.

Sus gentes despiertan con cada rayo de sol, entre la suciedad de las calles y el mal olor de basuras nunca recogidas. El trabajo de las mujeres, niños y niñas en el campo, de sol a sol, las horas de los hombres tumbados en las carreteras “a la fresca”, los tenderos amaneciendo entre sudor y suciedad después de las noches a la intemperie (las duchas mañaneras no se acompañan, casi nunca con el despertar de la población), el conseguir unas rupias para pagar los alquileres de las tiendas y vivir, para comer… Es la dinámica cotidiana, independiente del gobierno en el poder: vive quien tiene un “negocio” y el resto sobrevive, a veces sin comer apenas nada durante días.

El pakistaní es alegre, cariñoso, servicial, trabajador, respetuoso y lo da todo por sus visitantes. A través de sus pueblos puedes ir viendo las necesidades comunes de las personas, la falta de lo más elemental para vivir: una cama, un techo (no digamos una casa), una manta para taparse del frío, ropas de abrigo, una taza para beber, jabón, agua corriente, calzado, comida, etcétera. Trabajan en función de las horas de sol que tiene el día, no existe el seguro médico, los contratos de trabajo brillan por su ausencia en la mayoría de las relaciones empresario-trabajador, no hay jubilación y tampoco edad para dejar de trabajar en la mayoría de los casos, aunque los trabajadores del gobierno son otro tema. Un país desarrollado de otro modo, porque sobre el concepto de subdesarrollo, escribiremos otro día.

Me decido a irme de trekking en el verano de 2008, porque un amigo montañero me incita a ello. Dedico los meses previos a entrenar algo y a comenzar los trámites del visado en la Embajada Pakistaní en Madrid, donde me obligan a pagar el viaje completo (vuelo y trekking) antes de tramitarme el visado, con lo cual me veo con un viaje pagado y sin visado. Al final llegó el visado. Vuelo a Islamabad con American Airlines, vía Londres, todo perfecto, muy profesional. A mi llegada a Islamabad el golpe de calor azota mi cara somnolienta, mientras alguien me recibe con un ramillete de flores y un cartel en el que reza mi nombre completo: es mi guía Riaz Ahmad, que habla inglés, japonés y pakistaní. Luego, hotel y briefing en el Alpine Club. Qasir (manager de la empresa Hunza Guides) me recibe cordial, atento. Es un tipo alto, bien parecido, educado, que viste al estilo europeo. Como España ganó la Eurocopa de fútbol y allí se hacen eco, hablamos de fútbol y de mi aventura.

Al día siguiente inicio el camino por la Karakoram Highway. De “highway” no tiene nada, es una carretera casi sin asfalto, en la que cada kilómetro te llena de emoción e impotencia. Las casuísticas incomprensibles para nuestras mentes europeas son habituales: niños vendiendo fruta en la carretera en medio de la nada, aulas al aire libre, arroyos que sirven para beber, lavarse y fregar (al unísono), pero el camino continúa y sólo puedes sacar fotos y seguir adelante mientras asimilas sus formas de vida. Son dos días de pesado trayecto en los que recapacitas sobre lo que tienes, sobre lo que dejas y lo que debes dejar. Las esencias de la vida afloran de tu interior, te replanteas la sociedad de consumo (como siempre que visitas un país pobre y necesitado), la gente que dejas acá, a quien le gustaría estar allí. Miro el río Indo, enorme, tenso, fuerte, agresivo. Cada rabión me obliga a buscarle hueco para hacer un rafting, en ocasiones se haría imposible, es marrón en sus aguas, majestuoso, imponente como preludio de las montañas que encontraremos días después. Mi infancia en Ribadesella llena mis recuerdos: el río y las tardes de piragua por el Sella, los chapuzones en el Cobayu.

Llegamos a Skardú, capital del Baltistán, primera ciudad que merece la pena caminar, después de dos días de furgoneta y una propina de dos mil rupias (casi 20€), que se le hacen escasas al chófer. Riaz busca porteadores, jeep, cocinero, provisiones y comienza la aventura.

Cuando partimos hacia Askoli soy consciente de que durante varias semanas dejo atrás mi último váter y ducha caliente con grifo. El camino hasta Askoli (3.000 m) es peligroso; se ha derrumbado una parte de la pista y esto nos obliga a portear los equipajes al otro lado del desprendimiento. Es serpenteante y empinado, pero el potente motor del jeep y la destreza del nuevo chófer te dan relativa seguridad. Askoli abruma al visitante con sus calles de barro seco, la inmensa pobreza de sus gentes y la alegría de los niños revoloteando por el pueblo. Desde ahí comienzan todas las expediciones hacia los ochomile s de Concordia, el Baltoro nos espera.

El camino de seis horas hasta Jhola (3.200 m), primer campo para un trekker, es agradable, pero el ansia de ver montañas te obliga siempre a mirar inútilmente más lejos. Las montañas se solapan unas a otras y las más altas guardan su tesoro para varios días después, te gritan que no es el momento. Vienen varias jornadas de aclimatación y muchas horas de piedras y arena. El sol se está portando bien. El niño que trabaja en el campamento de Jhola me pide una linterna que tengo sin pilas y se la doy a escondidas, para que no se la quite su jefe, como hizo previamente con el bolígrafo de cuatro colores.

Llega el quinto día en el país y segundo de pateo. Paiyu (3.450 m) nos espera después de otras seis horas a buen ritmo. Llueve y después de ducharme en las sucias letrinas, comparto un té con Fazal Karim (guía pakistaní del singapurense Gideon Lu y sus dos amigas). Serán los primeros trekkers que vea en Baltoro.

Al día siguiente partimos hacia Urdukas (4.050 m) a las cinco de la mañana, tenemos que salir temprano porque el calor después de las doce se hace insoportable para los porteadores. Son ocho horas de subir y bajar que encuentran su recompensa en el descanso de Khuberzha y sobre todo cuando las Torres del Trango (6.286 m) te saludan: estoy ante las paredes verticales más altas del mundo.

El cuarto día de trekking, tras cinco horas y media de caminata, llegamos a Goro II (4.380 m) que nos espera sin nada especial: lavar el cuerpo, afeitarme, descansar y esperar. Cenamos con Rafa G. Belderraín, que bajaba eufórico de la cumbre del Gasherbrum II (8.035 m).

El final del quinto día de trekking nos muestra la eternidad de la montaña pakistaní. En apenas cuatro horas Concordia (4.770 m) nos saluda despejado. Concordia es la confluencia de cinco glaciares y un lugar único en el mundo, que recoge en su seno cuatro ochomiles “a pie de pista” y 41 cumbres de más de 6.400 metros, la mitad de ellas sin nombre y sin escalar. El infinito está más cerca, la montaña te llama. Por eso algunos dicen que esas montañas ciegan a quienes quieren escalarlas y no les permiten ser objetivos, ya que siempre quieren más y a veces encuentran en ellas el final de sus días. La vista es para recordar siempre: de frente el majestuoso K2 (8.611 m) y el Broad Peak (8.047 m), a la derecha el Gasherbrum I (8.080 m) y el Gasherbrum II, tapados casi por el G-IV (7.932 m).
El sexto día, sin necesidad de madrugar, nos vamos al campo base (CB) del K2, del que apenas nos separan cuatro horas de camino. Las piernas van ligeras, la cabeza no duele, la aclimatación ha sido perfecta. Paramos a comer una pizza en el campo base del Broad Peak. El zamorano Martín Ramos se queda allí con el grupo de españoles con los que hará cumbre días más tarde y el resto seguimos hacia el CB del K2. Mi porteador sonríe cuando llegamos a los 5.200 metros. El resto del grupo se ha quedado en Concordia esperando nuestro regreso, que será tres días después.


Ya en el CB del K2, subyace en mi interior una alegría inenarrable por estar allí. Me acordé de las personas más especiales y que más quiero, y sentía que no pudieran estar disfrutando de aquello conmigo. Llamé con un teléfono satélite y pude compartir ese momento tan especial para mí, en un atardecer de enorme sobrecogimiento. Son momentos de soledad delante de la segunda roca más grande del mundo, al norte China, al este India, al oeste el glaciar Baltoro.

El segundo día en CB sentí tristeza porque el once de julio asistí a la primera reunión (para mí la última) entre expediciones internacionales: coreanos, italianos, serbios, pakistanís, entre otros. También estaba un chico español, amigo mío, que a veces sale de monte solo y le da por escalar alguna piedra grande y empinada, y ya lleva en su cuenta unos cuantos ochomiles. Querían organizar una ascensión conjunta al K2 colaborando entre todos. Mi decepción y pena fueron tremendas, para mi se rompieron todos los mitos sobre el himalayismo. Desde mi inexperiencia no podía entender la mala coordinación, la falta de profesionalidad y rigor en los planteamientos expuestos. Aquella primera reunión de expediciones internacionales fue un desastre y no volvimos a ninguna más. Eran demasiadas cosas dejadas a la improvisación y, ciertamente, la montaña ya improvisa bastante ella solita. Parecían más un grupo de amigos organizando un botellón de fin de semana, que verdaderos profesionales haciendo la estrategia del ochomil por excelencia: el K2 por el lado pakistaní. Dice mi amigo que las montañas no se conquistan, sino que se dejar conquistar a veces, y eso no lo entendieron.

En el transcurso de las conversaciones y acuerdos que se tomaron en aquella reunión, un alpinista se comprometió a colocar las banderas durante la escalada, para señalizar el camino de regreso ante posibles cambios del tiempo. Pero a la postre no las puso, así que, después de la avalancha que se produjo en el serac que se encuentra en el cuello de botella, se perdieron. Sólo unos pocos pudieron ser milagrosamente rescatados con vida. El resto, hasta once, quedarán sepultados para siempre en el K2.

Mi amigo se levantó y se fue a media reunión. No era plan de nada. Para los más expertos, el presagio de una catástrofe se mascaba en el ambiente. El vitoriano Alberto Zeraín (que no estuvo presente en la reunión) acabó haciendo cumbre él solo y al bajar se encontró con todas las expediciones, que subían juntas. Él les dijo: “Vais tarde, es tarde para hacer cima”. Pero ellos siguieron hacia arriba, la montaña les cegó y se los comió para el resto de los días. Los holandeses, con Willco como jefe de la expedición “Nordit K2 Expedition 2008”, eran como sátrapas en el CB del K2. El día que los visitamos estaban fumando cohíbas y tomando whisky de malta. Siendo, en mi vida, el primer campo base en el que pernoctaría, sencillamente flipé con su actitud: le dicen a la persona que me acompañaba que no subiera por la ruta Cesen, que iban a hacerla ellos. Por educación nos callamos. Seguimos camino (yo casi arrastrando a mi amigo que no quería ir) hacia los veinte mil euros de tienda de los coreanos, además de las innumerables botellas de O2, las emisoras, pizarras, móviles, ordenadores, estaciones meteorológicas. El jefecillo de día de la expedición coreana, un tipo alto y bien parecido, rechaza las intenciones de mi acompañante, que le ofrece abrir huella a partir del campo 4 (después de llevar meses en el campo base nadie había superado aún el campo 4) y hacer huella todo el tiempo hasta la cima, a condición de que la expedición coreana pusiera los sherpas para llevar el material necesario. Los coreanos tenían contratados unos porteadores de altura muy fuertes y unos sherpas experimentados. Todos los coreanos subirían con oxígeno porque su objetivo no era deportivo, sino comercial.

No habiendo llegado a un acuerdo, mi amigo me cuenta que Iñaki Ochoa le decía “Siempre lo mismo, siempre los mismos”, en referencia al hecho de que cuando ambos llegaban a los campos base, encontraban gente que llevaba más de un mes mirando la montaña y hablando en las diferentes tiendas de las expediciones que allí se encontraban; y, sin embargo, no habían hecho huella más allá del campo 2.

El coreano pasó olímpicamente de mi amigo, aunque no me extraña… A pesar de que yo le había obligado a quitarse el pantalón pakistaní que llevaba (junto con una camiseta del CAU de hace veinte años) y a ponerse un pantalón de montaña. Lo que yo no podía ver (porque no se veía) fue lo que descubrí cuando nos descalzamos para entrar en la tienda. ¡Dios mío! ¡Sus medias de ejecutivo (el resto llevamos calcetines térmicos) tenían tantos agujeros como la cueva del Tinganón, se podía hacer espeleología en ellas! Aquellas medias eran como un queso emmental, los playeros que usaba no servían más que para hacer calor dentro de un fuego, su ropa te tienta a darle limosna.

Seguramente su aspecto de “prubitín” fue lo que incitó al jefecillo coreano a darnos un té (que no había quien tragara) y unos pastelillos de chocolate. ¡Buf, chocolate a más de 5.000 metros! Quedamos con ganas de llevarnos los pastelitos de chocolate que, inexplicablemente, no comimos, tal vez por quedar bien o por no dar, además, la impresión de glotones.

Marco, que lideraba la expedición de los italianos, nos cargó las baterías de las cámaras de fotos y de vídeo y el teléfono satélite. Estos italianos, más la 2008 Flying Jump Korea K2 Expedition, la Expedición Serbia, un francés, los pakis, unos recién llegados de Singapur (en proceso de aclimatación) y mi amigo, todos ellos se quedaron en el campo base del K2. Días más tarde mi amigo subiría solo hasta un serac (8.400 m), donde se sentó, reflexionó y decidió dar la vuelta, porque, de seguir, tenía un 20% de papeletas de no volver. Habían sido más de 21 horas seguidas de ascensión (tiempo record), que hizo solo, sin material, sin comida (llevaba una barra de chorizo de Pamplona que le llevé desde España como regalo y la coca-cola que nos dieron en la poya de los singapurenses).

Desde el campo 4 hacia arriba subió abriendo huella y haciendo de okupa en las tiendas que iba encontrando en los distintos campos. Pero no lo vio claro y se dio la vuelta. Después de 12 horas llegaba al CB del K2 y, cuando todo el mundo pensaba que había hecho cumbre, él lo desmiente.

Fueron 33 horas de ascenso y descenso para dar la vuelta a tan sólo 200 metros de la cima del K2. En el verano de 2009, de nuevo en solitario, mi amigo alcanzaría la cumbre del K2.

Yo bajaría a hacer noche en Concordia para al día siguiente llegar a Ali Camp. Un camino de cuatro horas entre hielo y grietas, enfilando el glaciar Vigne hasta la desviación, a la derecha, por el West Vigne Glacier. El río cruzando de lado a lado y rugiendo despavorido en todo el glaciar. Descansamos en Ali Camp y me preguntan si nos quedamos a hacer noche o seguimos hacia Munir Camp. La decisión inteligente de hacer noche en Munir Camp significaba un extra de cuarenta y cinco minutos más de camino, pero ese mismo trayecto recorrido sin luz a las doce de la noche hubiera representado más de dos horas. Casi nadie llevaba luz en el grupo de mis porteadores y quizá hubiera sido más tiempo.

Dormir en Munir Camp, a apenas a una hora y media cruzando el glaciar previo al paso del Ghondogoro La, era una garantía de llegar más descansados. Ese día apenas ceno nada, la altura me quita el hambre y más para comer caliente y picante. Me aseo y me quedo en la tienda. El frío es intenso. A la una de la mañana hay diana para atravesar de noche el complicado y técnico paso del Ghondogoro La y salgo con el firme propósito de cruzarlo rápido y permanecer el mínimo tiempo dentro de la canal helada. Me coloco justo detrás del guía que contratamos en Ali Camp, específicamente para el paso, y entre ambos hacemos huella en pasos cortos (somos los únicos que llevamos crampones). Yo le seguía justo detrás y asentaba la pisada, con los primeros crampones que ponía en mi vida, para que los porteadores pudieran subir mejor.

Tras tres horas de escalada nocturna, en nieve muy dura, con mucha grieta y sin huella, alcanzamos el punto más elevado, 6.000 metros. La vieja y cuarteada cuerda era desenterrada de entre la nieve y el único seguro eran mis manos agarradas a la nada y un piolet que me había prestado Jorge Núñez. Era mejor no pensar donde te cogías, sólo quería subir y acabar, con todos los sentidos puestos en la montaña y recordando los consejos de mi amigo montañero: “En altura y con dificultad, cuanto menos se esté arriba mejor”. El peligro estaba latente en todos nosotros. Un porteador se nos retrasa al no poder seguir el ritmo impuesto. Para muchos de ellos era el primer paso de su vida como porteadores y han aligerado la carga, sólo veinte kg. Yo llevo ocho en mi mochila. Me llama la atención el atuendo del porteador retrasado: lleva calcetines en sus manos (los guantes son allí un bien muy caro) y de su calzado tampoco se podría decir que eran exactamente unas botas de goretex cramponables. Lo esperamos y descansamos a medio camino. Las paredes escaladas sólo se ven verticales cuando te pones a subirlas y luego miras hacia abajo.

Haríamos el sexto paso de un grupo (previamente habían pasado dos alemanes, un español, los once austriacos que habían hecho cumbre en el G-II, dos suizos y un japonés) después de dos años cerrado el Ghondogoro La. Podemos sentirnos plenamente satisfechos: el objetivo estaba cumplido.

El descenso hacia Hispurg, más de dos mil metros de desnivel en tres horas, obliga a agarrarse a unas cuerdas que es mejor no mirar. El resto de trekkers en Baltoro bajarán por donde subieron, retornando a Jhola.

Vista en la cumbre del paso del Gondogoro, al fondo la cima del K-2

Vista en la cumbre del paso del Gondogoro, al fondo la cima del K-2

La siguiente jornada acaba en Dalsanpa. Han sido tan solo dos horas y cuarenta y cinco minutos de pateo suave. Le digo a mi guía que no puede ser que en Baltoro hayamos hecho jornadas de ocho horas en altura y que ahora estemos en jornadas de apenas dos o tres horas bajando, y que yo, por mi cuenta y riesgo, mañana estaré en Hushé.

El paso por Shaicho lo hacemos en hora y cuarenta minutos, para llegar a Hushé en dos horas más. Hushé, el pueblo que yo llamaré “de los doscientos niños”, lo encontramos tras dos jornadas muy suaves de descenso, pero la llegada a él se hace eterna entre pasos de glaciares, roca, arena y agua. Bajamos corriendo (la aclimatación a la altura nos permite hacer esos excesos) y descubrimos la primera casa en medio de la nada. Allí vive una pareja con cinco hijos. Su aspecto habla por sí solo.
Lo ideal hubiera sido hacer desde Hispurg hasta Hushé en una jornada de apenas seis horas bajando por el glaciar que pierde su lengua en las puertas de Shaicho y después disfrutar de las hermosas praderías. Nosotros seguimos camino.

En Hushé conozco a Ghulam Hussain, filántropo y sanitario que busca desesperadamente subvenciones para crear una residencia de estudiantes con quince plazas en Skadú (donde tienen los terrenos comprados) y así los niños y niñas del pueblo podrían estudiar educación secundaria (son ocho horas de jeep desde Hushé hasta Skardú). Con 50.000 € de una Obra Social serían suficientes para acabar el proyecto. Hussain también tiene en mente un proyecto similar para Islamabad, enfocado a estudios universitarios. Sus datos son Hushé Welfare & Development Organization, tabassum69@hushewdo.org, info@hushewdo.org www.hushewdo.org. No me pidió dinero y le prometí que intentaría hacer lo posible por encontrar subvenciones en España. Pero la crisis económica ha paralizado cualquier posibilidad.

El regreso a Islamabad se hará esperar, quedan cinco días en Hunza (que se hacen largos) pero me sirven para apreciar otra vida más próspera, con frutales, piedras preciosas que engarzan en orfebrería de plata, plantaciones de patatas y melocotones que venden secos (el que llaman de la eterna juventud). Allí coincido en la calle con un grupo de maestras españolas que hacían en autobús la Ruta de la Seda, desde Pekín hasta el norte de Pakistán. Casi estaban a punto de finalizar su viaje.
Después de la calma de Hunza, pasamos unos días en Gilgit cuyos alrededores te devuelven a los militares con metralletas en la calle, el comercio feroz, el descontrol humano, las personas agolpadas en el hospital, el control policial y militar y la tensa calma de cada día. Es el final de la Ruta de la Seda. Son suníes, me dicen: “In Gilgit the people is like Taliban, no good people”. Asisto a un partido de Polo, doy paseos por la ciudad y espero a que tengamos vuelo para Islamabad. Es una ruleta, nunca sabes el día que la PIA (Pakistan International Airlines) podrá volar.

La visita a la Gran Mezquita de Faisal en Islamabad resulta motivadora y sirve para poder apreciar los cuatro minaretes en los que la CIA pensó que escondían cuatro misiles.

La CIA inspeccionó sus minaretes en previsión de que escondieran misiles dentro de ellos

La CIA inspeccionó sus minaretes en previsión de que escondieran misiles dentro de ellos

Taxila será ese día el siguiente destino. Declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, resulta extraordinaria con sus asentamientos hinduístas y budistas de entre los siglos V a.C. y II. A a tan solo 30 kilómetros de Islamabad, en la provincia de Punjab, llego a un acuerdo con el chófer que me ha puesto Hunza Guies y le pago bajo manga unos 35 € para irnos todo el día a Taxila.

Templos budistas en Taxila, a 30 km de Islamabad

Templos budistas en Taxila, a 30 km de Islamabad

La última cena en Islamabad la pagó el piloto del ejército Saleem Akhter en agradecimiento a mi amigo escalador, por subirlo a más de 6.000 metros por una de las paredes del K2. Para el piloto, haber hecho esa ascensión significaba recibir del ejército pakistaní una medalla que pocos poseen. La cena tiene lugar en el lujoso Hotel Marriott y resulta ser un buffet que nos impresiona después de tanto tiempo en altura; y más a mi amigo y su acompañante, que acaban de llegar a la ciudad de vuelta del K2. Un mes y medio después, el Hotel Marriott Islamabad sería volado con un camión bomba, matando a más de 50 personas.

Pakistán, recuerdos de arena y sol, piedra, polvo, nieve, hielo, grietas, muerte, explotación infantil, armas en la calle, diferencias sociales, machismo extremo, falta de libertad para ellos y absoluta libertad para nosotros entre sus montes, fanatismo, pasión por vivir, soledad, cordialidad, amistad. Aprender a vivir con lo puesto y saber sonreír, entregar sin tener apenas nada. Aprender a desprenderse y seguir viviendo. Vivir para recordar.

Libertad para Cuba

javierfeito (5 de Febrero, 2009)

LNE (10 de marzo de 2008)

Cuba es el país de las pasiones encontradas entre caminos de tierra y metales reciclados; representa el mejor estilo de la supervivencia pura y dura, los que trabajan porque viven y los que no trabajan porque viven mejor; cada uno tiene un hobby que le da de comer. El socorrista de Varadero hace collares de coral que trapichea con los turistas, otros son improvisados guías turísticos a cambio de unos euros y las invitaciones por cuenta del turista. Cualquier regalo es bienvenido porque para el no tiene apenas nada lo poco es mucho.

No se habla del régimen político (ni en privado) porque las paredes tienen oídos y la policía política siempre atenta, porque el silencio forma parte de la vida propia de las personas. Pero es curioso que todo el mundo tiene un algo dormido dentro de si en contra del sistema dictatorial, es como un gigante dormido que se aplaca con la represión policial. Es la indignación que sufren día a día: por no poder viajar al extranjero, por necesitar una tarjeta de entrada en La Habana (si no son habaneros), por tener un trabajo del grupo A y no ganar más que 13€ al mes, por carecer de los más elementales productos de higiene, porque en las casas no tienen agua corriente todos los días y menos caliente, por no tener acceso a Internet ni a productos informáticos, porque los precios no se corresponden con los sueldos, porque existen zonas del país (Los Cayos) donde tienen prohibida la entrada a los cubanos, porque llamar por teléfono fuera del país es prohibitivo, porque el Licenciado en Historia es pinchadiscos y el médico gana más de camarero, porque la necesidad les agudiza el ingenio.

Castro no seguirá como dictador de Cuba, lo hará otro secuaz que herede sus poderes. El movimiento revolucionario está asentado sobre una base firme, la gran mentira de Cuba desde hace casi medio siglo. El pueblo es firme, culto y aguerrido, luchador, sabio y amante de su patria, se sienten cubanos, por encima de cualquier cosa y sin embargo la Revolución que les imponen se sustenta sobre la más infame mentira, medio siglo de mentiras, en un pueblo que pasa hambre y se siente libre, en un pueblo que rico de espíritu es pobre para luchar por su propia libertad, la de cada hombre y mujer que pasean por el Malecón pendiente del estado policial, ciudadanos que quedan a expensas de un uniforme para ser libres ese día o no. ¡Cubanos, el pueblo no es la Revolución!, ¡cubanos, Cuba no es la Revolución!. La Revolución es el mejor invento de cuatro militares que tomaron un país sumido en otra dictadura y en su mentira os hicieron creer que ellos eran los libertadores de la perla del Caribe, con la propaganda subliminal antiyanqui os hacen creer que todo cambia si sostienes la Revolución a costa del bloqueo. Es cierto que EEUU os tiene muchas ganas y cuando ganéis la ansiada libertad debéis administraros vosotros mismos, con vuestros médicos, ingenieros, abogados, profesores, economistas, mercaderes, trabajadores, todos.

El pueblo cubano grita la libertad en la sangre que corre por sus venas, pide libertad bailando salsa, cantando, es fiel a si mismo y ya no se cree que la Revolución es el bien del pueblo y para el pueblo, el cubano sabe que unos pocos ostentan el poder y el resto pasa hambre todos los días del año, vive de la miseria de sus visitantes, de la estrategia de la palabra para camelar al turista novato o demasiado sensible para caminar por La Habana.

Cuba y su Revolución no son más que lo que palpas en sus calles, tres cuadras más adentro del Malecón una madre ofrece a su hija como compañía, un “señor” que quizá fuera ingeniero contando los adoquines del pasado, sentado en el borde de la puerta, con el pitillo apagado entre los labios, la mirada triste y perdida, clavada en la nada, sabiendo del mundo desde el silencio del escalón de su entrada… ¡Libertad para Cuba!.