Soñar que hay un futuro

Por Jaime Luis Martín (20 de Octubre, 2010)

XXI Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias
Del 7 al 30 de Octubre de 2010
Casa Municipal de Cultura de Avilés

La Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias ha venido durante los últimos veintiún años recorriendo la geografía de lo que llamamos arte contemporáneo asturiano, a la manera de Google Maps con el «street view», permitiéndonos hacer zoom, girar y desplazarnos por las calles artísticas de lo local, descubriendo a creadores de indudable interés. Cierto que en estas aventuras exploratorias se percibe una panorámica muy similar a otros parajes, a pesar de que el arte ha regresado a lo local tras pasar por la fase de globalización, no porque tenga más o menos repercusión en otros ámbitos geográficos, «sino por ese carácter -como señala Iván de la Nuez- de secta que le ha dotado en las dos últimas décadas de una fantasía de perpetuidad».

Pero si algo caracteriza a estos jóvenes artistas seleccionados es la libertad de formatos y de soportes empleados, «en este sentido -cito el texto de Benjamin Weil en Papeles Plástica- la exposición que nos ocupa presenta obras realizadas en prácticamente todos los medios disponibles, en todo tipo de combinaciones y con abundantes referencias a la historia del arte y la cultura en general». Ya se sabe que el arte ha llegado al final de su historia y la cita o el «remix» forman parte, actualmente, de esa continua e inacabable despedida. Este marcharse sin irse, esta aceleración para no llegar a ninguna parte, esta virtualidad tras la que se oculta lo real, este pensamiento arraigado que desconoce las «afueras», este mundo siniestro sin alternativas, son los distintos cruces que atraviesan estos creadores y que tratan de reflejar en unas propuestas de innegable calidad.

Las esculturas mecánicas de Alicia González-Lafita Pérez, Premio Asturias Joven de Artes Plásticas en la presente edición, evocan los trabajos de Jean Tinguely, pero la mirada del artista, a pesar de que sigue conservando una desconfianza hacia la máquina, se resuelve en territorios narrativos e históricos, con un transfondo científico como argumento conceptual de una propuesta que destaca por su carácter reflexivo y una magnífica puesta en escena. Las fotografías de Noé Baranda son novelas. Bien sea en la serie «Casa de fieras» (2007) o en «Un metro cuadrado de tristeza» (2010) invita al espectador a participar en la lectura de unas historias inquietantes, en otra realidad que el artista construye con delicadeza, cuidando esa intimidad que se encuentra presente en toda su obra. Los videos de Adrián Cuervo, recientemente ha recibido el premio «LABJoven Experimenta», de una intensa levedad poética manipulan la realidad y relacionan diferentes disciplinas, para reflexionar sobre la representación.

La obra de Manuel Griñón se encuentra contaminada de registros expresionistas y oníricos. Sus monstruosos y marginados, pertenecen a un paisaje de lo absurdo, contaminado de humor. Las performances de Noemí Iglesias guardan relación con el lugar que recorre desplegando una serie de gestos efímeros que quedan registrados fotográficamente. La obra de Santiago Lara acaricia el surrealismo y afrontan el papel de la pintura en la actualidad, un espacio, todavía, abierto a la reflexión, capaz de generar ficciones, apoyadas en el dibujo y el color, de una gran intensidad. Enmarcadas en la tradición pictórica de las «vanitas» pueden entenderse las fotografías de Iraida Lombardía. Pero esta artista que cuida las formas hasta conseguir bodegones de perfecta factura siempre tiene un pie en el concepto, que desborda cualquier intento de reducir su obra a lo formal. El trabajo de Lucía Rivero se desarrolla en torno a la percepción, con un tratamiento muy minucioso de la imagen y una preocupación por la belleza, que se resuelve en videoinstalaciones que funcionan como pinturas.

Pocas veces, como ahora, el arte ha estado tan presente en el entorno y en pocas ocasiones, como en la actual, ha dejado tal reguero de indiferencia. Algunos piensan que se ha ensimismado, otros que se ha vuelto demasiado político, hay quienes creen que se ha entregado a la tecnología y ha perdido la emoción, otros que estamos saturados de imágenes y todas se vuelven iguales e indiferenciadas. Y, sin embargo, estos jóvenes artistas, siguen soñando que hay un futuro para el arte.

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Cocinar arte

Por Jaime Luis Martín (14 de Octubre, 2010)

Arenas Movedizas 2010
Del 9 de Septiembre al 24 de Octubre
Antiguas Cocinas de la Universidad Laboral

Posiblemente «Arenas movedizas», un circuito de propuestas artísticas, comisariado por Fiumfoto, que va por su novena edición, no arrastre multitudes, pero consigue generar un espacio intenso de reflexión artística. Parafraseando a José Luis Brea se puede afirmar que hacen bien -los periodistas decía, la mayoría de la gente, digo- en descreer del arte, y, sin embargo, añadía, esos descreídos siempre están a favor «de las domingadas que ellos de veras aman: Botero, Modigliani, Barceló: horteras». Nada más lejos de los domingueros que este proyecto que busca para desplegarse espacios no convencionales -en esta ocasión las antiguas cocinas de la Universidad Laboral- y apuesta por estéticas experimentales, generando una zona de convivencia y moviéndose, ciertamente, en arenas movedizas, que es donde se encuentra la razón de ser el arte, si algo nos queda de creencia en el concepto y de sus posibilidades para generar expectativas, fuera de un mercado y unos condicionantes mediáticos que lo dominan todo.

A quienes les gusta la comida tradicional será difícil que puedan apreciar una pieza memorable y arriesgada como la del avilesino Daniel Romero, una instalación sonora interpretada por 200 frijoles saltarines, en un sorprendente maridaje entre biología y tecnología. Sin duda, a esos conservadores culinarios les costará digerir las imágenes críticas y reflexivas del colectivo madrileño «Basurama», una videoinstalación que pone en relación el consumo con el desecho. De fuerte sabor, pero fresco y saludable, resulta el ciclo de vídeos generados a partir de «archivos robados», comisariado por Txema Agiriano, que busca «un arte rutilante e insolente que no aspira en encontrar en lo que halla una originalidad improbable». Y en todo caso lo original queda roído por los ratones que el mallorquín Carlos Gispert ha introducido en la muestra como parte del ecosistema de cualquier cocina. Como humilde y hermosa es la instalación biocromática del gijonés Daniel Acevedo con el zapatero de agua (Gerris Lacustris) compartiendo protagonismo con las lentejas. El colectivo «Laramascoto», formado por los artistas Santiago Lara y Beatriz Coto, ha escogido un frigorífico para realizar una instalación con el aparato digestivo como protagonista de una metáfora sobre el consumo y el canibalismo contemporáneo.

La avilesina Cristina Busto nos introduce en diferentes escenarios recreados en el interior del mueble calientaplatos en una magnífica pieza que invita a reflexionar sobre la ficción a través de varias cámaras que falsean la realidad. Lamodern Modern narra una anécdota histórica -el vuelo de una freidora que impacto con la estructura de la chimenea- mediante un lenguaje gráfico y sonoro de gran atractivo. El leonés José Luis Macías se ha refugiado en la despensa para realizar un inventario en una instalación en la que el espectador se convierte en un producto más del listado.

Coordinada por el asturiano Juan Roller la propuesta «When the Apes met…» reúne a 40 ilustradores internacionales convocados en torno al imaginario del filme «El planeta de los simios». En esta línea pictórica se puede enmarcar el estupendo proyecto «Cuisine vivant» -actualización lúdica del bodegón barroco- del colectivo «Bonus Extra».

En estas cocinas abandonadas Cristina de Silva y Nacho de la Vega, como cocineros-comisarios, han elaborado un menú poco habitual en el panorama artístico asturiano, habituado a utilizar ingredientes, en demasiadas ocasiones, caducados o insípidos. Las once propuestas presentadas ofrecen un panorama variado y rico en sabores, creados específicamente para este proyecto y con una temática adaptada al espacio de la intervención.

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Paisaje textual

Por Jaime Luis Martín (6 de Octubre, 2010)

Ana de la Fuente
Sopa de letras
Del 23 de Septiembre al 13 de Octubre
Galería Amaga

Aunque se auguró la derrota de lo textual a manos de lo visual, lo cierto es que durante todo el siglo XX ambos discursos convergieron en numerosas ocasiones, afianzando la complicidad que mantuvieron siempre la literatura y la plástica. Se atribuye a Simónides de Ceos la reflexión de que la pintura es poesía muda y la poesía una imagen que habla. Y desde los cubistas a los dadaístas, desde los futuristas a los conceptuales, el idilio entre el texto y la imagen ha sido un ingrediente fundamental en la realización de un gran número de obras. Actualmente artistas como Jenny Holzer, Barbara Kruger o Rogelio López Cuenca se sirven de la palabra y la imagen para desarrollar un discurso que mantiene un fuerte componente político.

Con «Sopa de letras» Ana de la Fuente (Trasona, Corvera de Asturias, 1963) se incorpora a esta larga tradición, enmarcada en una lógica experimental que la artista ha mantenido desde sus inicios, cuando utilizaba madera mezclada con cola y pigmentos para construir sus ciudades invisibles y que, posteriormente, derivaron en ciudades de hierro, con ese material como protagonista de los trabajos. Pero en su última exposición individual, realizada en la galería Texu en el año 2009, ya abrazaba referencia históricas, abandonando lo óxidos de sus prácticas anteriores por el papel y el color; una etapa que ya había iniciado algunos años antes y que le valió la mención de honor en el XXXVII Certamen Nacional de Arte de Luarca con un trabajo que homenajeaba a Calder.

En toda su obra la artista mantiene como un elemento esencial el «collage», y en esta última serie el dominio técnico se hace más evidente, combinando recortes de letras, frases, fotos de prensa y alambre, en composiciones bien resueltas que dificultan la legibilidad textual e icónica. Son montajes estetizantes, con una gran variedad de texturas y materiales, resueltos mediante un lenguaje fragmentado que aísla cada letra, aunque en la mayoría de las obras aparecen palabras o breves frases a modo de revelación. Se pretende una cierta ocultación de los vocablos para que el espectador indague visualmente en esta espesura textual y construya el mensaje. Sobre las palabras se yuxtapone una maraña de alambre coloreada que aporta volumen y profundidad espacial y enriquece la atmósfera del cuadro subrayando la ruptura y la discontinuidad, representando, según indica la propia artista, una metáfora del pensamiento. Pero en todo momento se mantiene una contención en el color: rojos, blancos y negros configuran el principal muestrario cromático.

Ana de la Fuente no pretende cerrar el mensaje sino desvelar una visión en estos islotes de letras que tienen su origen en sentimientos, aconteceres o noticias que la artista ha incorporado a su discurso. A veces se sirve de expresiones conocidas como «prohibido prohibir» o «el pozo de los deseos» para sumergirnos en una relectura que aporte nuevos significados, o bien salpica la superficie de palabras que nos obligan rebuscar entre las emociones el sentido de este caótico despliegue textual. El discurso de Ana se ha individualizado, se ha hecho más personal y atractivo, con presencia y sobre todo con algo que contar, aunque se encuentra oculto en la sopa de letras.

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Inmersión en lo cromático

Por Jaime Luis Martín (30 de Septiembre, 2010)

Benjamín Menéndez
Al rojo vivo
Del 9 de Septiembre al 9 de Octubre
Galería Adriana Suárez
Plaza del Instituto, 7, 1º dcha. Gijón

La contemplación y la sutileza se encuentran muy presentes en la obra de Benjamín Menéndez (Avilés, 1963) que lejos de entregarse a la desesperación que sacude este inicio de milenio como si viviésemos en un Apocalipsis creativo, abraza, sin ningún complejo y con placer, la pintura, explorándola en todas sus posibilidades. Y lo hace, incluso, desplegando una vitalidad sorprendente, como ocurre con las obras que presenta en la recién inaugurada galería Adriana Suárez.Benjamín siempre ha deambulado por la cerámica, la pintura, la escultura, el vídeo, la instalación y la obra gráfica, creando en entorno visual difícil de abarcar que lo aleja de cualquier postura nihilista. Muy al contrario, toda su obra es una celebración de la materia y una fiesta para los sentidos. Si tomamos como ejemplo su pintura, que recorre geometrías, formas abstractas, anhelos paisajísticos, y maneja muy diversas técnicas con el único fin de continuar la expresión, entenderemos que lo realmente importante para el artista es atravesar el desierto que nos incomunica, sirviéndose del arte como único recurso.

Esta exposición consta de una serie de ocho obras realizadas en el año 2008 agrupadas bajo el título de «Al rojo vivo», varias acuarelas y una instalación protagonizada por conos de diversos tamaños recubiertos de papeles de distintos colores. Si en la pinturas y «collages» trata de conmover, introduciendo lo familiar en algunas telas como sucede en «Rojo Mariposa» realizada con la participación de su hija, en las acuarelas sobre papel se vuelve más íntimo; pero en todo caso los cuadros de Benjamín parecen cocidos a fuego lento, dejando que reposen las experiencias, como si quisiera atesorar el poso de las numerosas perdidas que ha sufrido el arte contemporáneo y que irremediablemente le ha conducido a un presente de una hondura indecible.

Existe en Benjamín una nostalgia del paisaje, ya sea abstracto, reducido a formas geométricas o más fiel al territorio, asentado sobre vivencias pero, en cualquier caso, su pintura es una acumulación de miradas que aúna experiencias, viajes, nostalgias, revueltas estéticas y un malestar interior producto de la continua agresividad del hombre a la naturaleza. En sus cuadros aparecen cuadrículas, rastros, gestos y un fuego que teje una narración que se mueve entre el amanecer y el crepúsculo, plena de pasión y de color. Un color -las diferentes gamas del rojo- que vinculado a la cocción cerámica se convierte en la esencia de las obras de gran formato, y deviene mas diluido, con una menor intensidad, mezclado con otras luces, en las aguadas que tanto le deben al Mediterráneo. De hecho, Benjamín siempre ha buscado en otros paisajes -Marruecos, Ibiza- una luz que se le negaba en su residencia habitual, en Ferroñes, donde, sin embargo, ha encontrado la serenidad necesaria para recrearse en la contemplación.

Estamos ante un artista que sigue creyendo en las posibilidades de la pintura y que realiza continuas inmersiones en lo cromático buscando sacar a la superficie un paisaje interior rico en emociones.

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Coágulos de belleza

Por Jaime Luis Martín (22 de Septiembre, 2010)

Cristina Cuesta
Ahora soy una barca
Del 9 de Septiembre al 16 de Octubre
Galería Gema Llamazares

La pintura de Cristina Cuesta (Avilés, 1966), elaborada con enorme sinceridad, se caracteriza por una mezcla entre la levedad y una intensidad dramática, próxima al barroco, que, en sus últimos trabajos, cobra un renovado protagonismo, revitalizando su obra, que adquiere, de esta manera, una gran potencia expresiva. Pero esta creadora es consciente de que la crisis de la pintura no deriva tanto de la irrupción de las nuevas tecnologías como de una falta de significado. Por ello ensaya nuevos registros buscando ese espacio negado a lo pictórico, esa vitamina que devuelva a la pintura la fuerza que la caracterizó. A la búsqueda de esos refuerzos se empeñó desde sus inicios, con una trayectoria que se inició en el centro municipal de Cultura de Candás en 1990 y a la que seguirían numerosas exposiciones individuales y colectivas. Cuenta en su haber con el primer premio en el XXVIII Certamen nacional de pintura de Luarca y en el XV Concurso de Mujeres Pintoras del Oriente de Asturias, en el año 2006 ha sido reconocida con el segundo premio en el II Certamen nacional de pintura contemporánea «Casimiro Baragaña» y el accésit del XVII Certamen de pintura «Nicanor Piñole».
Si como afirma Danto la historia de la pintura moderna puede concebirse como un desmantelamiento de los recursos técnicos y expresivos inventados a lo largo de los siglos, volviendo la perspectiva arbitraria, disolviendo las formas y el dibujo, y apostando por áreas de tonos saturados, los trabajos de Cristina Cuesta pueden entenderse como terminaciones sensibles de esa modernidad que ha terminado el proceso de «despictorialización» acuchillando el cuadro. Sin llegar a esos extremos la artista raya profundamente la superficie en un acto irracional dominado por la angustia, un desgarro que deja profundas huellas en el lienzo. Esa poética del gesto, esos rastros, desencadenan instantes de espesor, momentos táctiles, convirtiéndose en lo más esencial de esta serie. En cierto sentido son elementos purificadores y provocan una reacción frente al actual adormecimiento pictórico, rompiendo la homogeneización y expandiéndose como un magma de dolor sobre el espacio cromático. 


Nos encontramos con trabajos en los que se hace más visible la presencia de formas, la insinuación del lugar, la afirmación de lo real, pero la artista mantiene la tensión, no disimula las heridas y se reafirma en el gesto. En otras composiciones deja que la mancha se expanda, que adquiera densidad y se produzcan diferentes interferencias cromáticas, superposiciones, logrando unas atmósferas perturbadas por las rayas, que marcan el pulso entre el aliento y el abatimiento. Entre esas dos notas se mueve su actual expresionismo y nunca como hasta ahora fue tan fuerte el impulso hacia el paisaje ni tan evidente el deseo de intervenir en el mismo cargándolo de energía emocional. Ciertamente lo lírico define su pintura, pero su particular abstracción se encuentra regida por un desaliento que ha estimulado una creación que extrae de las profundidades pictóricas coágulos de belleza.

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El misterioso sueño de los objetos

Por Jaime Luis Martín (21 de Julio, 2010)

Aurelio Suárez
Chatarraurelio
Del 13 de Julio al 29 de Agosto
Centro de Escultura de Candás Museo Antón

El «año aureliano» conmemora el centenario del nacimiento de Aurelio Suárez (Gijón, 1910-2003) con cuatro ambiciosas muestras, promovidas por la consejería de Cultura, que reúnen distintas colecciones privadas y públicas del prolífico artista gijonés. El Museo Antón, la galería Cornión, el Museo de Bellas Artes de Asturias y la Biblioteca Pública Jovellanos de Gijón, son los espacios elegidos para mostrar la obra de este pintor secreto y extraño que se movió en el surrealismo con derivas metafísicas, participando de muchas de las ideas del psicoanálisis, compartiendo el poder expresivo de los sueños y la pulsión de la muerte. Este pintor raro y solitario que se negó a exponer a partir de los años setenta, tiene demasiada obra por descubrir y esta serie de exposiciones pueden ayudar a paliar el desconocimiento de un artista total, capaz de convertir en arte todo cuanto toca. En este sentido su poética, difícilmente clasificable, le llevo a investigar en una multiplicidad de técnicas y soportes, entre los que se encuentran los objetos cotidianos, que transformaba en obra de arte, interviniendo con una singular estética hasta atraerlos a su órbita personal, tan característica y enigmática.

El acierto de esta exposición es visibilizar este repertorio objetual y sorprendente, «un mundo tan cercano al artista -señala Antonio Alonso de la Torre en el magnífico catálogo editado con motivo de la muestra- era un eslabón esencial en la serie de estructuras interconectadas que debían llegar a lo universal», sirviendo de intermediario entre su mundo interior y el caótico universo exterior. Restos orgánicos, maderas, piedras, metales, cerámicas, objetos de uso cotidiano, vidrios, y cajas le sirvieron a Aurelio Suárez para crear una cosmología que abarca desde lo lírico a lo humorístico, desde la ironía a lo lúdico, con un potencial estético innegable y una atracción irresistible. Huesos grabados con pictogramas, una cara pintada sobre el caparazón de un centollo, pequeñas esculturas primitivistas e hieráticas talladas en madera conviven con otros trabajos más pictoricista; piedras trabajadas con una serie de líneas que conforman esquemáticas caras, esculturas de latón, hierro y chapa, «un trabajo metalúrgico -señala Alfonso Palacios quien realiza un exhaustivo análisis de la obra objetual en el mencionado catálogo- que ahonda en esa dimensión artesanal tantas veces asociada a la poliédrica personalidad de este creador».

A partir de la década de lo cuarenta Aurelio Suárez comenzó a trabajar en la fabrica de cerámicas perteneciente a la familia Talenti, consistiendo su labor en la decoración de las piezas que allí se fabricaban, principalmente azulejos destinados a la comercialización, si bien también realizó un trabajo más creativo sobre platos y palilleros, estos últimos decorados con referencias a la muerte y a su esposa. Destacan, igualmente, una serie de muebles realizados por el propio artista, una singular silla de madera con respaldo antropomorfo, un crucifijo, mesas, espejos, lámparas de pie, una estantería, un mobiliario, en definitiva, que responde al mundo aureliano. Especialmente significativos de la mentalidad coleccionista y fetichista del artista son las acumulaciones de objetos que realiza en el interior de diversos recipientes de vidrio, así como las cajas decoradas con distintos motivos iconográficos destinadas a guardar barajas, juegos de damas y de ajedrez.

Esta muestra confirma el mundo íntimo, original, transgresor, complejo y atractivo de Aurelio Suárez, su libertad creadora que no conoció limites y se expandió inabarcable, personal y entrañable, dejando tras de si el misterioso sueño de los objetos.

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Ver antes que saber

Por Jaime Luis Martín (14 de Julio, 2010)

Ernesto Junco
Tramas. Pinturas
Del 2 al 30 de Julio
Casa Municipal de Cultura de Avilés

En su obra, Ernesto Junco (Oviedo, 1976), titulado técnico en serigrafía y artes aplicadas a la piedra por la Escuela de Arte de Oviedo y cursando actualmente estudios de Bellas Artes en la Universidad de Vigo, ha logrado armar un modelo pictórico en el que las estructuras geométricas conviven con una abstracción monocromática que radicaliza la superficie y estimula la visión. Su filosofía parece responder al lema de Mondrian «cada elemento está determinado por su contrario» que proviene de Hegel y es el punto de partida que relaciona las distintas oposiciones binarias que subyacen en estos trabajos, generando un sistema dinámico movido por tensiones, en el que sucede un algo que atrapa la mirada del espectador. «Asuntos tales como el contraste entre elementos irracionales y elementos racionales -escribe Luis Feás en los Papeles Plástica- entre mancha libre y mancha geométrica, entre solución azarosa y estructura bien pensada, entre lo expresivo y analítico» son determinantes para entender una muestra que culmina, por el momento, una trayectoria que la ha llevado a la Sala Cimentada en el año 2000 y a la Casa Municipal de Cultura de Cangas de Onís en el 2005 y 2008 y a exponer colectivamente en el Museo de Arte Contemporáneo de Vigo en el Espaço Artes Múltiplas S. Lázaro (Oporto) y en la galería Texu de Oviedo. Pero además mantiene un interés por la performance, asistiendo al taller «O xogo, o discurso e o corpo» dirigido por los hermanos y «performers» Adriano y Fernando Guimarães y una inclinación por lo escultórico, con varias piezas suyas expuestas permanentemente en el centro de salud de Cangas de Onís.

Pero a estas contraposiciones que otorgan visibilidad al concepto, a la oposición entre la naturaleza -evocada con el color verde protagonista de la mayoría de sus piezas-, y el pensamiento expresado mediante mallas o paralelepípedos de colores anaranjados y amarillos, habría que añadir aquellos aspectos formales que participan de esta dialéctica. La combinación entre óleo y acrílico invita a una degustación visual colmada de matices pigmentarios. Este espacio intensificado por las texturas y combinaciones pierde parte de su poética en aquellos trabajos en los que el centro del cuadro explosiona en una mancha que concentra el campo de gravedad y ensucia la superficie.

Este artista que pretende dejar sólo al observador ante la obra, desnudo de comentarios, viviendo la experiencia de la mirada, participa, con enorme lucidez, de aquellos recorridos que prefieren la visión al saber, apostando por una praxis resuelta en los sentidos, invitando al espectador a buscar un estremecimiento despojado de teorías que le condicionen disfrutar de la obra y le impidan vivir el acto artístico en toda su plenitud. Pero más allá de las contradicciones, mas acá de la «vibración de la pincelada», nos encontramos ante una obra salpicada de numerosas influencias, descreída, impura, que práctica una geometría manchada e imperfecta, que pone el énfasis en lo dialéctico pero convive con el idealismo, al igual que aquellos primeros pioneros de la abstracción. Aunque al enfrentarnos a estos matices, al convivir con la elegancia de sus tramas y la poética de sus superficies, descubrimos que el viaje hacia la visibilidad que ha emprendido Ernesto Junco nos envuelve en momentos plenos de emoción.

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Una marca friki

Por Jaime Luis Martín (7 de Julio, 2010)

Takashi Murakami
Superflat
Del 2 al 31 de Julio
Centrotro Municipal de Arte y Exposiciones (CMAE)

En el CMAE se puede degustar, servida por la Fundación GACMA, una selección de obra gráfica y múltiples del artista japonés Takashi Murakami (Tokio, 1962) que la revista «Artnews» sitúa entre los treinta primeros artistas del mundo, tras pasearse triunfalmente por el MOCA de Los Angeles, el Brooklyn Museum de Nueva York, el Museum für Moderne Kunst de Frankfurt y el Guggenheim Bilbao que organizó, en el año 2009, una retrospectiva titulada ©Murakami. El símbolo del copyright le viene que ni pintado a este artista convertido en una marca -Kaikai Kiki- y a quien el director del Palais de Tokio, Marc-Olivier Whaler, describió como un nuevo Goldfinger, aquel personaje, de la tercera entrega de la saga fílmica de James Bond, obsesionado por el oro. «No puedes crear una obra de arte -afirma Murakami- si no sabes qué debes hacer para venderla. No puedes continuar creando arte sin tener presente el negocio o la gestión».

Su trabajo se encuentra en la estela del pop aderezado con el «otaku» (la cultura japonesa del manga, anime y de los videojuegos) y no sin razón se le compara con Andy Warhol, pero, a diferencia del Warhol decadente y atormentado, el artista japonés se identifica con lo «kawaii» (tierno) en el arte, abrazando el infantilismo mezclado con un discurso pseudo-intelectual que hace referencia a los traumas de Japón y a la rebeldía de los adolescentes nipones, encerrados con la consola y negándose a salir de su habitación por miedo a afrontar la realidad. Pero, a pesar de este barniz de rebeldía, comparte podio y afinidades, en su pronunciada estética de hipermercado y en su pasión por la mercadotecnia, con Damien Hirst y Jeff Koons, situados, también, en los primeros puestos de las listas de venta y más preocupados por la marcha de sus empresas que por crear algo de interés.

Además de producir en sus factorías de Tokio y Nueva York «merchandising» de lujo y abonar a sus trabajadores -jóvenes artistas- poco más de dieciocho mil euros al año, Murakami tiñe sus productos con teorías artísticas. Lo que denomina como «superflat», lo superplano, es un concepto, según el crítico cultural Dick Hebdige, que se refiere a la ausencia de perspectiva en la pintura, a las formas planas de ciertos programas de dibujo vectorial y a la ausencia de una jerarquía visual que no distingue entre alta y baja cultura, con el añadido de Hiroshima y Nagasaki, arrasadas tras el lanzamiento de la bomba atómica. Toda una fusión y confusión capaz de producir pinturas multicolores -«me gustaría creer, escribió Elena Vozmediano refiriéndose al artista nipón, que todo el que se tome en serio el arte actual despreciará sus bobos cuadros de florecitas sonrientes»-, diseñar bolsos para Louis Vuitton o engendrar esculturas -muñequitos- como Hiropon, una joven con enormes pechos por los que mana un chorro de leche convertido en un fluido fantasioso que rodea al personaje. Entre sus creaciones también se encuentra Mr. Dob, su álter ego inspirado en Mickey Mouse y My Lonesome Cowboy, un punki masturbándose que crea una bella figura con su semen, y proliferan por todas partes los hongos alusivos a las explosiones nucleares y los diversos iconos de la globalización que Murakami maneja con acierto -conoce bien los mecanismos del mercado y sabe como utilizarlos- situándose en una zona intermedia, entre la provocación y la tradición, entre el disfraz crítico y lo blando e intranscendente, en la que obtiene enormes beneficios.

Ciertamente sus productos son fácilmente digeribles y resultan atractivos para el público e incluso hay quienes los defienden como signos de estos tiempos, apostando por esta reducción del arte a mercancía; aunque otros muchos pensemos que sus pinturas y muñecos son la variante artística de aquellas pesadas bromas que padecían los sufridos concursantes del famoso programa «Humor amarillo», lo mas friki, con el permiso de Belén Esteban, que se ha visto.

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La sinceridad en pintura

Por Jaime Luis Martín (26 de Junio, 2010)

Jesusangel
Caballos de piedra
Del 11 de Junio al 3 de Julio
Galería Octógono

Desde su primera exposición individual en la sala de la Caja de Ahorros de Asturias en 1976 Jesusángel (Carabanzo, Lena, 1946) nunca ha dejado de pintar, pero lo ha hecho sin preocuparse demasiado de las modas aunque recogiendo muchos rastros de las primeras vanguardias. Con cerca de una treintena de exposiciones individuales y numerosas colectivas ha mantenido una única constante: la sinceridad, que se encuentra presente en todos sus trabajos como un elemento unificador. Porque la obra de Jesusángel abarca diferentes temáticas, motivos y estilos, conjugando en su paleta desde tendencias impresionistas y fauvistas hasta postulados geométricos, aunque siempre se mantuvo cercano al realismo, entendido el término como construcción de la realidad y no como mimesis. Probablemente César González-Pola, de quien fue alumno, haya influido en el artista, transmitiéndole esa visión simbolista que dificulta su adscripción a una tendencia pictórica concreta.

Su temática abarca intereses muy diferentes. Ha realizado incursiones en los bodegones, que se caracterizan por una sobriedad del color y una minuciosidad en el dibujo, en los paisajes que se resuelven con violentas pinceladas, en las marinas pintadas de espaldas a la mar mientras que en los paisajes urbanos la ciudad se esquematiza perfilando la silueta de su identidad. Pero el caballo es protagonista de muchas de sus obras, un caballo entronizado, real y simbólico, repetido y distinto, primitivo y contemporáneo, «que muestra -en palabras de Julia Barroso Villar- el gran nivel de interpretación del artista: color, volumen, expresión, sintetizados de una manera muy vital».

Los caballos en la pintura de Jesusángel se muestran con grandiosa majestuosidad, una figura regia y poderosa situada sobre un fondo de trazos de colores o silueteada en un ambiente que evoca las pinturas primitivas, como las obras inspiradas en la cueva de Candamo. La imagen del caballo sufre el ímpetu en la aplicación del color, enredando con los azules, rojizos y amarillos en un juego más preocupado por la vibración tonal que define los volúmenes que por su adecuación a la realidad. La figura del caballo se ha convertido para Jesusángel en un campo de investigación y cabe reseñar, en este sentido, los cientos de cuadros de pequeño formato dedicados a esta temática, realizados con diferentes técnicas -pastel, dibujo, collage, imprimación sobre cristal, monotipos- en un juego de referencia tan caro a la modernidad. El caballo es un pretexto visual para experimentar «con los diferentes niveles de aplicación del color -señala Ana María Fernández- de definición o disolución de los contornos, abordando la veladura, la introducción de contenidos lingüísticos, la sugerencia de la mancha». Jesusángel no quiere engañar a nadie con su pintura, no va de modernillo como tantos que se apuntan al carro sin creérselo y llevan puesta la fecha de caducidad. La obra de Jesusángel se ha mantenido en la escena asturiana durante más de treinta y cuatro años, si bien ha pasado, en muchos momentos, demasiado desapercibida. Esta muestra contribuye a reparar tamaña injusticia.

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La belleza del inconformismo

Por Jaime Luis Martín (16 de Junio, 2010)

Manuel Griñón Montes
¿Pezuña?
Pinturas y dibujos
Del 3 al 29 de Junio
Casa Municipal de Cultura de Avilés

Cuando te encuentras con un artista como Manuel Griñón (Luarca, 1981), titulado superior en diseño gráfico en la Escuela Arte 10 de Madrid, que enreda con el dibujo, salta a la pintura, realiza inmersiones en la fotografía, diseña carteles, toca la guitarra en la banda pospunk «Montañas» -que ya va por su segundo disco en el mercado-, edita el fanzine «Remendar es antisocial» y ha puesto en marcha, junto a Raquel Estrada, la distribuidora de libros y fanzines «Jersey para los monos», sabes que estás ante un tipo de creador que tiene mucho que contar y, además, lo hace desde un punto de vista abierto y flexible, sin preocuparse demasiado por el medio que emplea, pero manteniendo una estética con reminiscencias del «underground», con un acento y agitación muy personales. En su trayectoria cabe destacar su selección en la colectiva «Fed Forward”» en Laboral Centro de Arte y Creación Industrial y en la XX Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias. Ha realizado exposiciones individuales en Madrid, Oviedo, Gijón y Barcelona y ha tejido una red de blogs y de exhibición de sus trabajos en Internet, en sitios web como flickr.

La obra de Manuel Griñón se desvía de los repertorios convencionales armonizando diferentes subculturas con una personal y lúcida mirada, contaminada de registros oníricos. Su galería de retratos, su bestiario, sus personajes caricaturescos, forman parte de la vida cotidiana del artista, de sus preocupaciones y temores, de sus frustraciones y alegrías. Este universo con el que resulta fácil conectar, construye un entorno crítico que afronta problemas relacionados con el fundamentalismo, el amor, el ocio, las contradicciones en las que estamos sumidos o, sencillamente, se deja llevar por el absurdo de la vida. «Lo que se descubre como certeza tras la contemplación pausada de este humanoanimalario -señala Francisco Crabiffosse en los Papeles Plástica- es la idea germinal de un mundo trastocado que desvela con guasa y descreimiento una realidad que nos empeñamos en negar, utilizando para ello todas las artimañas que nos ha legado la modernidad».

En su discurso no resulta relevante la perfección técnica, ni pretende la originalidad, más bien se derrama cuestionando los relatos biempensantes y generando resistencias, sustentadas, principalmente, sobre el dibujo y la pintura, aunque ha incorporado, breves textos sobre un fondo color, afirmaciones que provocan al espectador y refuerzan el mensaje, que subyace en toda la muestra, de encontrarnos ante una sociedad capitalista insaciable capaz de asimilarlo todo, hasta cuestiones antagonistas y monstruosas. Por otra parte el empleo de diferentes materiales -papel, madera, envases de plástico- como soporte contribuye a reforzar el carácter experimental de una obra que siempre se ha movido por los márgenes, por canales de distribución alternativos.

Manuel Griñón nunca se preocupo de figurar y siempre se empeñó en crear un producto alternativo, auténtico. Tal vez por eso resultan tan sorprendentes sus remiendos antisociales, que muchos admiramos desde hace años, y a los que tanto debe esta exposición, fresca y corrosiva, una muestra que posee la belleza inconfundible del inconformismo.

Categoría: General | Comentarios(0) | Junio 2010 |

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