Melodía crepuscular

Por Jaime Luis Martín (24 de Noviembre, 2010)

Ramón Rodríguez
Luz última (Close your eyes)
Del 11 de Noviembre al 4 de Diciembre
Galería de Arte Amaga

Más de un siglo separa la «Impresión atardecer» (1872) de Claude Monet de la afirmación de Oliver Mosset «pinto contra el hecho de no poder pintar» (2005) pero, entre estos dos momentos, se puede situar la gran aventura de la pintura, sus rupturas y su agonía, las dudas sobre su porvenir y los esfuerzos para mantenerla con vida, asegurándole un futuro en una época en que la pintura es más una forma de pensar que una manera de intervenir sobre la materia. Estas fricciones llevaron a Ramón Rodríguez (Avilés, 1943) a reflexionar sobre la práctica pictórica y como consecuencia a desprenderse de los pinceles dejando que el ratón digital tomara el mando para, a finales de la década de los noventa, producir sus primeros trabajos infográficos.

Estos procedimientos creativos, por entonces novedosos en Asturias, le hicieron rastrear en la historia de la pintura, tal vez buscando una legitimidad que sentía cuestionada al abandonar las técnicas pictóricas convencionales. Y, como consecuencia, emergieron, en su obra, rastros, desde el impresionismo a las primeras vanguardias, reafirmando una tradición de la que siempre se consideró deudor. En este sentido las imágenes de esta serie tienen relación con las impresiones, lumínicas y sentimentales, que produce un paisaje, tan próximo para el artista, como el de Avilés, al que se enfrenta por primera vez, primando, en este desafío, la retina sobre la mente, el color sobre la narración.

Pero en esta serie no se encuentra la melancolía que traían los «Ecos de la noche blanca», ni la añoranza de una Venecia que, en la obra de Rodríguez, se desvanece entre reflejos de agua, sino que se resuelve con la letra crepuscular de la canción de James Taylor, «Close your eyes» (Cierra los ojos), estrofas que el artista ha elegido para acompañar este viaje a lo local, el periplo por una ciudad que bajo los efectos de la luz y del color se transforma en un mundo difuminado, que acaricia el pasado y provoca una sensación placentera; un mundo reconocible, pero en los lindes de lo visible, acercándose a la abstracción.

El tratamiento de las imágenes desemboca en una atmósfera que entrega, con la última luz del día, una gran variedad de destellos lumínicos y cromáticos, efímeros por definición, que modulan el tiempo y el espacio. El color que brota entre la claridad y la oscuridad, más atemperado que en otras etapas, «constituye -como acertadamente ha señalado Javier Hernando Carrasco- la verdadera médula conceptual de su pintura» y va creando diferentes relaciones con los tonos rojizos, anaranjados, amarillentos y violetas estallando o difuminándose según declina el sol y llega la noche. La pintura, construida en el ordenador, coloniza a la fotografía, sometida a distintos tratamientos digitales hasta provocarle una perdida de nitidez y de identidad, obteniendo como resultado una zona pictórica autónoma, a pesar de que lo fotográfico ha sido el origen de todo el proceso.

Este recorrido pictórico se convierte en un viaje romántico, en una travesía por lo íntimo, en un canto de amor a Avilés, el refugio que, en el ocaso, Ramón Rodríguez ha encontrado para interpretar, con sabiduría, una melodía cromática.

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Geografías invisibles

Por Jaime Luis Martín (17 de Noviembre, 2010)

Víctor Garrido
Shanghái: Lost Identity
Fotografías
Del 5 al 30 de Noviembre
Casa Municipal de Cultura de Avilés

Las fotografías de Víctor Garrido (Valdés, 1979), titulado como técnico superior de imagen en el Centro de Estudios del Vídeo (CEV) de Madrid, nos sitúan ante el tsunami urbanizador que sufre Shanghai, un fenómeno que arrasa la ciudad histórica para dar paso a un conglomerado de edificaciones que han borrado cualquier signo de identidad y anulado el más mínimo atisbo de un espíritu urbano. Todo ello como consecuencia de un liberalismo extremo que arremete contra la planificación, muestra su peor cara cuando se reivindica la necesaria distribución de la riqueza y le resulta indiferente la cohesión social. «Es lógico -señala Antonio Alonso de la Torre en los “Pápeles Plástica”- que los lugares cambien de identidad, que de modo borroso fluyan hacia otra cosa, pero no por ello deben llegar a convertirse en ningún sitio». Pero la emergencia de la ciudad, con un desarrollo agresivo, ha propiciado un urbanismo reaccionario que anula la memoria colectiva, sustituyéndola por una memoria institucional, una memoria propagandística, que se proyecta hacia el futuro, sin rastro del pasado, pero siguiendo las huellas que deja a su paso un capitalismo salvaje.

Pero esta serie, premiada en Culturalaquí 2009 por el Instituto Asturiano de la Juventud y expuesta previamente en la Sala Álvaro Delgado de Luarca (2009) y en la Sala Borrón (2010), puede verse, también, como una mirada de fuera hacia dentro. Shanghai es un caso extremo, pero cada vez con más frecuencia se reproduce este modelo, contaminando el discurso urbanístico y afectando, incluso, a algunas de nuestras ciudades, con políticas que priman lo especulativo y lo ornamental, que son fácilmente seducidas por una arquitectura de prestigio, autista, sin posibilidad de un diálogo con el entorno, y que tematizan el espacio, buscando favorecer el consumo, con pretendidas singularidades insostenibles, cuando, tal vez, se precise aprovechar los valores diferentes y emocionales de lo local. Ninguna transformación política será posible mientras no propicie un cambio en la concepción del espacio y se favorezcan resistencias y flujos capaces de elaborar un discurso crítico que cuestione la realidad.

Las fotografías de Víctor Garrido nos muestran una ciudad que ha sido alterada como consecuencia de una aceleración que ha dejado atrás su historia o la ha vuelto irreconocible, que ha sufrido un proceso de homogenización cultural, una ciudad donde se intensifica el control excluyendo a quienes rechazan los valores ideológicos imperantes, una ciudad que difumina lo público y enaltece lo privado. La intención de Garrido no es mostrarnos una Shanghai de postal, ni documentar su calles o las fachadas de los grandes edificios sino situarse «en medio», en lo residual, en lo que carece de visibilidad, en territorios dialécticos, como sucede en la imagen en la que un hombre se encuentra sentado sobre un montón de escombros, de casas en ruinas, mientras al fondo, próximo, se erige un paisaje de rascacielos. En esta serie Víctor recorre la ciudad con una mirada fragmentada que, sin embargo, ha creado un entramado coherente que refleja un urbanismo concebido a medida de las necesidades capitalistas. Un proyecto, sin duda, de lo más interesante que incorpora las geografías invisibles y representa un punto de resistencia sobre la que construir otro urbanismo, otra arquitectura, más comprensible, más política e interesada por servir a lo colectivo.

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Nutrirse de pintura

Por Jaime Luis Martín (4 de Noviembre, 2010)

Juan Fernández
Play
Del 22 de Octubre al 4 de Diciembre
Galería Guillermina Caicoya

El trabajo de Juan Fernández (Piedrasblancas, 1978) centrado en la pintura y el dibujo madura a la sombra de los retratos de jóvenes que escenifican su vida cotidiana y, entre fiesta y fiesta o ensimismamientos taciturnos, persiguen una identidad propia. Esta temática en la que ha venido insistiendo, insinuada en la exposición «Paisaje en un grano de arena» (2006) en la casa municipal de Cultura de Avilés y más evidente en la muestra «Final de fiesta» (2009) en la Galería Altamira de Gijón, supone toda una declaración de intenciones sobre su quehacer pictórico, convertido en testimonio de las derivas de su propia generación. Y es que los jóvenes están de moda, porque «el adulto de la sociedad de siglo XXI -ha señalado Marta Gili- ha trazado la vía de retorno que le permitirá instalarse y permanecer en el paraíso del capricho y la impostura».

Muchos artistas han explorado esta inestable etapa humana, y en el cine, la fotografía o la pintura el adolescente ha conquistado un lugar propio, tal vez porque su imagen defina, mejor que ninguna otra, una sociedad inmadura e insatisfecha. En este sentido los trabajos pictóricos de Muntean y Rosenblum, con quienes Juan Fernández podría establecer conexiones a nivel conceptual, resultan representativos de estas preocupaciones, reflexionando sobre la desorientación existencial y subrayando, críticamente, el rol asumido por los jóvenes, víctimas de un mundo para el que sólo cuentan como consumidores.

Pero los adolescentes de esta serie siguen seducidos por el juego y tentados por la vida, reafirmando su individualidad a pesar de las redes sociales -tuenti, facebook- que usan con fruición, como una manera de enredar en la intimidad. En algunos de estos retratos se percibe la influencia de los «mass media», a otros los rodea una atmósfera irreal, hay rostros de una generosidad melancólica y cuerpos que se desvanecen en medio de la apatía. En estas pinturas no importa tanto la anécdota biográfica de los personajes -situados en paisajes o ambientes indefinidos que no representa ningún lugar- como captar el interior de la persona o mostrar la vivencia del momento, esas pequeñas historias que estimulan el presente.

En la mayoría de los casos son retratos frontales, bien individuales o en grupo, resueltos con una técnica tradicional que domina magistralmente. Sus figuras delgadas y alargadas adoptan una inclinación a la espiritualidad, que inspira emoción y una fuerte carga dramática, como sucede con la joven solitaria y desnuda situada en el primer plano del cuadro. Sus dibujos más aligerados del dramatismo pictórico, resueltos con una envidiable frescura y una singular presencia, no pueden considerarse una obra menor, sino una parte muy significativa -más libre, más experimental- de la creación del artista. Aunque Juan Fernández se encuentra enganchado a la pintura, con la que consigue expresar la intimidad de los personajes retratados y encontrar alguna lógica a un mundo sobreexpuesto a un acelerado desfile de imágenes. En este sentido su pintura es la negación de la sobreexcitación, resuelta, todavía, a buscar lo sublime, lo profundo de la creación. Juan nos regala una obra bien hecha, de una gran intensidad, logrando, con sus pinceles, nutrirnos de una pintura, tan revitalizada, que aún mantiene su dominio hipnótico, aún goza de buena salud.

Fotografía: Miki López

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