El misterioso sueño de los objetos

Por Jaime Luis Martín (21 de Julio, 2010)

Aurelio Suárez
Chatarraurelio
Del 13 de Julio al 29 de Agosto
Centro de Escultura de Candás Museo Antón

El «año aureliano» conmemora el centenario del nacimiento de Aurelio Suárez (Gijón, 1910-2003) con cuatro ambiciosas muestras, promovidas por la consejería de Cultura, que reúnen distintas colecciones privadas y públicas del prolífico artista gijonés. El Museo Antón, la galería Cornión, el Museo de Bellas Artes de Asturias y la Biblioteca Pública Jovellanos de Gijón, son los espacios elegidos para mostrar la obra de este pintor secreto y extraño que se movió en el surrealismo con derivas metafísicas, participando de muchas de las ideas del psicoanálisis, compartiendo el poder expresivo de los sueños y la pulsión de la muerte. Este pintor raro y solitario que se negó a exponer a partir de los años setenta, tiene demasiada obra por descubrir y esta serie de exposiciones pueden ayudar a paliar el desconocimiento de un artista total, capaz de convertir en arte todo cuanto toca. En este sentido su poética, difícilmente clasificable, le llevo a investigar en una multiplicidad de técnicas y soportes, entre los que se encuentran los objetos cotidianos, que transformaba en obra de arte, interviniendo con una singular estética hasta atraerlos a su órbita personal, tan característica y enigmática.

El acierto de esta exposición es visibilizar este repertorio objetual y sorprendente, «un mundo tan cercano al artista -señala Antonio Alonso de la Torre en el magnífico catálogo editado con motivo de la muestra- era un eslabón esencial en la serie de estructuras interconectadas que debían llegar a lo universal», sirviendo de intermediario entre su mundo interior y el caótico universo exterior. Restos orgánicos, maderas, piedras, metales, cerámicas, objetos de uso cotidiano, vidrios, y cajas le sirvieron a Aurelio Suárez para crear una cosmología que abarca desde lo lírico a lo humorístico, desde la ironía a lo lúdico, con un potencial estético innegable y una atracción irresistible. Huesos grabados con pictogramas, una cara pintada sobre el caparazón de un centollo, pequeñas esculturas primitivistas e hieráticas talladas en madera conviven con otros trabajos más pictoricista; piedras trabajadas con una serie de líneas que conforman esquemáticas caras, esculturas de latón, hierro y chapa, «un trabajo metalúrgico -señala Alfonso Palacios quien realiza un exhaustivo análisis de la obra objetual en el mencionado catálogo- que ahonda en esa dimensión artesanal tantas veces asociada a la poliédrica personalidad de este creador».

A partir de la década de lo cuarenta Aurelio Suárez comenzó a trabajar en la fabrica de cerámicas perteneciente a la familia Talenti, consistiendo su labor en la decoración de las piezas que allí se fabricaban, principalmente azulejos destinados a la comercialización, si bien también realizó un trabajo más creativo sobre platos y palilleros, estos últimos decorados con referencias a la muerte y a su esposa. Destacan, igualmente, una serie de muebles realizados por el propio artista, una singular silla de madera con respaldo antropomorfo, un crucifijo, mesas, espejos, lámparas de pie, una estantería, un mobiliario, en definitiva, que responde al mundo aureliano. Especialmente significativos de la mentalidad coleccionista y fetichista del artista son las acumulaciones de objetos que realiza en el interior de diversos recipientes de vidrio, así como las cajas decoradas con distintos motivos iconográficos destinadas a guardar barajas, juegos de damas y de ajedrez.

Esta muestra confirma el mundo íntimo, original, transgresor, complejo y atractivo de Aurelio Suárez, su libertad creadora que no conoció limites y se expandió inabarcable, personal y entrañable, dejando tras de si el misterioso sueño de los objetos.

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Ver antes que saber

Por Jaime Luis Martín (14 de Julio, 2010)

Ernesto Junco
Tramas. Pinturas
Del 2 al 30 de Julio
Casa Municipal de Cultura de Avilés

En su obra, Ernesto Junco (Oviedo, 1976), titulado técnico en serigrafía y artes aplicadas a la piedra por la Escuela de Arte de Oviedo y cursando actualmente estudios de Bellas Artes en la Universidad de Vigo, ha logrado armar un modelo pictórico en el que las estructuras geométricas conviven con una abstracción monocromática que radicaliza la superficie y estimula la visión. Su filosofía parece responder al lema de Mondrian «cada elemento está determinado por su contrario» que proviene de Hegel y es el punto de partida que relaciona las distintas oposiciones binarias que subyacen en estos trabajos, generando un sistema dinámico movido por tensiones, en el que sucede un algo que atrapa la mirada del espectador. «Asuntos tales como el contraste entre elementos irracionales y elementos racionales -escribe Luis Feás en los Papeles Plástica- entre mancha libre y mancha geométrica, entre solución azarosa y estructura bien pensada, entre lo expresivo y analítico» son determinantes para entender una muestra que culmina, por el momento, una trayectoria que la ha llevado a la Sala Cimentada en el año 2000 y a la Casa Municipal de Cultura de Cangas de Onís en el 2005 y 2008 y a exponer colectivamente en el Museo de Arte Contemporáneo de Vigo en el Espaço Artes Múltiplas S. Lázaro (Oporto) y en la galería Texu de Oviedo. Pero además mantiene un interés por la performance, asistiendo al taller «O xogo, o discurso e o corpo» dirigido por los hermanos y «performers» Adriano y Fernando Guimarães y una inclinación por lo escultórico, con varias piezas suyas expuestas permanentemente en el centro de salud de Cangas de Onís.

Pero a estas contraposiciones que otorgan visibilidad al concepto, a la oposición entre la naturaleza -evocada con el color verde protagonista de la mayoría de sus piezas-, y el pensamiento expresado mediante mallas o paralelepípedos de colores anaranjados y amarillos, habría que añadir aquellos aspectos formales que participan de esta dialéctica. La combinación entre óleo y acrílico invita a una degustación visual colmada de matices pigmentarios. Este espacio intensificado por las texturas y combinaciones pierde parte de su poética en aquellos trabajos en los que el centro del cuadro explosiona en una mancha que concentra el campo de gravedad y ensucia la superficie.

Este artista que pretende dejar sólo al observador ante la obra, desnudo de comentarios, viviendo la experiencia de la mirada, participa, con enorme lucidez, de aquellos recorridos que prefieren la visión al saber, apostando por una praxis resuelta en los sentidos, invitando al espectador a buscar un estremecimiento despojado de teorías que le condicionen disfrutar de la obra y le impidan vivir el acto artístico en toda su plenitud. Pero más allá de las contradicciones, mas acá de la «vibración de la pincelada», nos encontramos ante una obra salpicada de numerosas influencias, descreída, impura, que práctica una geometría manchada e imperfecta, que pone el énfasis en lo dialéctico pero convive con el idealismo, al igual que aquellos primeros pioneros de la abstracción. Aunque al enfrentarnos a estos matices, al convivir con la elegancia de sus tramas y la poética de sus superficies, descubrimos que el viaje hacia la visibilidad que ha emprendido Ernesto Junco nos envuelve en momentos plenos de emoción.

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Una marca friki

Por Jaime Luis Martín (7 de Julio, 2010)

Takashi Murakami
Superflat
Del 2 al 31 de Julio
Centrotro Municipal de Arte y Exposiciones (CMAE)

En el CMAE se puede degustar, servida por la Fundación GACMA, una selección de obra gráfica y múltiples del artista japonés Takashi Murakami (Tokio, 1962) que la revista «Artnews» sitúa entre los treinta primeros artistas del mundo, tras pasearse triunfalmente por el MOCA de Los Angeles, el Brooklyn Museum de Nueva York, el Museum für Moderne Kunst de Frankfurt y el Guggenheim Bilbao que organizó, en el año 2009, una retrospectiva titulada ©Murakami. El símbolo del copyright le viene que ni pintado a este artista convertido en una marca -Kaikai Kiki- y a quien el director del Palais de Tokio, Marc-Olivier Whaler, describió como un nuevo Goldfinger, aquel personaje, de la tercera entrega de la saga fílmica de James Bond, obsesionado por el oro. «No puedes crear una obra de arte -afirma Murakami- si no sabes qué debes hacer para venderla. No puedes continuar creando arte sin tener presente el negocio o la gestión».

Su trabajo se encuentra en la estela del pop aderezado con el «otaku» (la cultura japonesa del manga, anime y de los videojuegos) y no sin razón se le compara con Andy Warhol, pero, a diferencia del Warhol decadente y atormentado, el artista japonés se identifica con lo «kawaii» (tierno) en el arte, abrazando el infantilismo mezclado con un discurso pseudo-intelectual que hace referencia a los traumas de Japón y a la rebeldía de los adolescentes nipones, encerrados con la consola y negándose a salir de su habitación por miedo a afrontar la realidad. Pero, a pesar de este barniz de rebeldía, comparte podio y afinidades, en su pronunciada estética de hipermercado y en su pasión por la mercadotecnia, con Damien Hirst y Jeff Koons, situados, también, en los primeros puestos de las listas de venta y más preocupados por la marcha de sus empresas que por crear algo de interés.

Además de producir en sus factorías de Tokio y Nueva York «merchandising» de lujo y abonar a sus trabajadores -jóvenes artistas- poco más de dieciocho mil euros al año, Murakami tiñe sus productos con teorías artísticas. Lo que denomina como «superflat», lo superplano, es un concepto, según el crítico cultural Dick Hebdige, que se refiere a la ausencia de perspectiva en la pintura, a las formas planas de ciertos programas de dibujo vectorial y a la ausencia de una jerarquía visual que no distingue entre alta y baja cultura, con el añadido de Hiroshima y Nagasaki, arrasadas tras el lanzamiento de la bomba atómica. Toda una fusión y confusión capaz de producir pinturas multicolores -«me gustaría creer, escribió Elena Vozmediano refiriéndose al artista nipón, que todo el que se tome en serio el arte actual despreciará sus bobos cuadros de florecitas sonrientes»-, diseñar bolsos para Louis Vuitton o engendrar esculturas -muñequitos- como Hiropon, una joven con enormes pechos por los que mana un chorro de leche convertido en un fluido fantasioso que rodea al personaje. Entre sus creaciones también se encuentra Mr. Dob, su álter ego inspirado en Mickey Mouse y My Lonesome Cowboy, un punki masturbándose que crea una bella figura con su semen, y proliferan por todas partes los hongos alusivos a las explosiones nucleares y los diversos iconos de la globalización que Murakami maneja con acierto -conoce bien los mecanismos del mercado y sabe como utilizarlos- situándose en una zona intermedia, entre la provocación y la tradición, entre el disfraz crítico y lo blando e intranscendente, en la que obtiene enormes beneficios.

Ciertamente sus productos son fácilmente digeribles y resultan atractivos para el público e incluso hay quienes los defienden como signos de estos tiempos, apostando por esta reducción del arte a mercancía; aunque otros muchos pensemos que sus pinturas y muñecos son la variante artística de aquellas pesadas bromas que padecían los sufridos concursantes del famoso programa «Humor amarillo», lo mas friki, con el permiso de Belén Esteban, que se ha visto.

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