Teatralizar la realidad

Por Jaime Luis Martín (26 de Mayo, 2010)

Rebeca Menéndez
Todo comienza por el fin del momento
Del 22 de Abril al 29 de Mayo
Galería Espacio Líquido

La obra de Rebeca Menéndez (Avilés, 1976) posee una personalidad y una fuerza dramática que resultan inquietantes, es como asomarse a una intimidad ajena y descubrir un instante de extrañeza, una escena suspendida en el tiempo. Sus trabajos fotográficos se pueden enmarcar en una práctica pictórica que aúna tradición y modernidad, si bien esta creadora utiliza indistintamente la fotografía, la pintura y la serigrafía, para reflexionar en su obra sobre la identidad y la individualidad, la infancia y sus secretos, «sobre momentos -argumenta Xosé Manuel Lens en el catálogo- que se diluyen entre referencias temporales, que perimetran aspectos fantásticos, imaginados», explorando los lugares domésticos a los que adhiere un halo de misterio e irracionalidad.

Desde el año 2002 en que realizó su primera exposición individual en la Casa municipal de Cultura de Avilés -a la que sucederían numerosas muestras nacionales e internacionales y su participación en ferias como ARCO o PulseMiami09- la búsqueda de la belleza ha estado presente en la mayoría de sus trabajos junto con una narratividad subjetiva que se encuentra reforzada al utilizar personajes del entorno familiar, como sucede en esta ocasión con las serigrafías protagonizadas por su prima Gloria, a la que ha retratado desde la infancia. En Espacio Líquido las distintas serigrafías componen un espacio cerrado, a modo de instalación, que repite, con pequeñas variantes, la imagen de la niña, situada en escenas aparentemente anecdóticas pero resueltamente enigmáticas. La propia artista reconoce que sus «obras no están terminadas hasta que son observadas e interpretadas, así que efectivamente mi intención es jugar con las apariencias, nada es lo que parece a primera vista, y el espectador es invitado a indagar en esa realidad oculta, disfrazada».

En sus fotografías realiza una clara puesta en escena, una ficción que tiene más de mirada a la historia del arte que de acción o performance. Rebeca Menéndez rechaza el instante fortuito y construye el momento de la toma, trabajando cuidadosamente el encuadre y la iluminación. Los escenarios elegidos para sus narraciones son generalmente apartamentos abandonados, con restos de mobiliario o de enseres que acentúan la dramatización, espacios que modifica y reconstruye, dotándolos de un simbolismo pictórico. Las protagonistas de sus obras se mueven en terreno resbaladizo, entre lo familiar y un misterioso acontecimiento a punto de suceder. Y son siempre mujeres solitarias en situaciones extrañas o anecdóticas que desbordan la pura teatralización para erigirse en propuestas de alta intensidad emocional, en la estela de Aino Kannisto. Pero si la artista finlandesa es más cinematográfica en su puesta en escena, en Rebeca Menéndez la influencia pictórica se hace más patente, bien acariciando el clasicismo bien rozando lo onírico.

En estas obras hay una acusada escenificación, ya no se trata de realizar una fotografía realista ni siquiera verosímil sino de convocar lo imaginario, de teatralizar la realidad. Las propuestas de Rebeca se han liberado de lo real y viven en un universo extraño capaz de seducir la mirada y retenerla en un campo de ficciones y emociones.

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Un Salvador paranoico y provocador

Por Jaime Luis Martín (19 de Mayo, 2010)

Salvador Dalí
Obra Gráfica
Del 30 de Abril al 29 de Mayo
Centro Municipal de Arte y Exposiciones (CMAE)

La exposición de Salvador Dalí (Figueras, 1904-1989) en el CMAE reúne la obra gráfica de uno de los pocos artistas que entendió el siglo precedente, «los problemas -en palabras de José Luis Brea- del pensamiento de su tiempo» y al que Juan Antonio Ramírez definió como «el artista más políticamente incorrecto (un verdadero impresentable) de todo el siglo XX». 

Surrealista, exhibicionista, provocador e irreverente desde sus primeras obras y apariciones públicas, defensor del franquismo, bufón del dictador, fue capaz de justificar los últimos fusilamientos de Franco en 1975. No es extraño, por tanto, que su figura haya producido repugnancia entre muy diversos sectores culturales. 

Pero el personaje Dalí fue uno de los mejores trabajos del artista ampurdanés y al que dedicó grandes energías, consciente de que se trataba de la obra más importante creada por su talento. A pesar de esta máscara, de esta continua «performance» que fue su vida, de su egocentrismo y narcisismo, a pesar de su desprecio por el otro, nadie puede negarle un papel protagonista entre los grandes creadores de todos los tiempos. Su actitud rupturista, su capacidad creativa que le lleva a abordar múltiples temas y técnicas, sus diarios, sus manifiestos que rompen con el pensamiento estático de la época, sus películas junto a Buñuel, sus colaboraciones con Walt Disney, Hitchcock y Philippe Halsman, sus esculturas surrealistas, su visión de la arquitectura que se refleja en el diseño de su casa en Port Lligat, sus preocupaciones científicas, en 1958 escribió su «Manifiesto de la antimateria» inspirado en las teorías de la mecánica cuántica y del principio de la incertidumbre de Werner Heisenberg, le convierten en un artista singular, en un hombre del Renacimiento que desborda cualquier aproximación simplista a su persona. 



En esta ocasión la muestra se estructura en cinco bloques temáticos: Don Quijote, Gala, el erotismo, el método paranoico-crítico y la religión. En estas estampas se encuentra todo el simbolismo de la obra daliniana, desde los elefantes con patas largas, «una distorsión en el espacio», según sus propias palabras, inspirado en el obelisco de Roma de Bernini, a un mundo poblado de imágenes del subconsciente; desde animales como el unicornio con connotaciones fálicas al universo quijotesco poblado de fantasías delirantes. En muchas ocasiones recurrió para crear al método paranoico-crítico, un conocimiento irracional basado en las distintas asociaciones de imágenes y objetos conocidos. 



Tan polémica como su vida fue su producción gráfica. En el caso de las litografías cabe distinguir aquellas en las que intervino directamente el artista, las que fueron tiradas sobre hojas previamente firmadas y realizadas a partir de dibujos y las falsificaciones. Una investigación llevada a cabo por el FBI en 1984 constataba la existencia de litografías de las que, con un tiraje autorizado de 500 ejemplares, se llegaron a contabilizar, sin embargo, 50.000 copias. Salvador Dalí concedió los derechos de reproducción de su obra gráfica a sus distintos secretarios -John Peter Moore, Enric Sabater y Robert Descarnes- además de a otros negociantes en arte, favoreciendo un lucrativo descontrol. 

Pero nada ni nadie puede con este creador, crucial en la cultura española, cuyas imágenes nos siguen atrapando y envolviendo en un remolino de fantasía e imaginación. Sus trabajos representan una verdadera convulsión, a medio camino entre la locura y la ruptura con lo establecido. Por tanto, no reconocer su importancia, que iguala a sus miserias, sería imperdonable.

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La poética del objeto

Por Jaime Luis Martín (13 de Mayo, 2010)

Manuel Calvo
El rostro vagabundo del arte
Del 30 de Abril al 6 de Junio
Centro de Escultura de Candas. Museo Antón

La exposición de Manuel Calvo (Oviedo, 1934) en el Museo Antón mantiene una lucidez y una poética que la convierten en una experiencia deliciosa y se podría decir que necesaria en estos tiempos. Esta acumulación de objetos, procedentes de la naturaleza o manufacturados, que vertebran un paisaje abigarrado que el artista fue acumulando en su casa-taller desbordan el concepto de escultura y logran atrapar al espectador reivindicando el placer visual. Y resulta muy de agradecer en un momento en el que nadie arriesga y se suceden los cromos y las imposturas, favoreciendo una situación patética en la que se aplaude la chorrada y adquiere visibilidad la trampa visual, aparentemente moderna, pero simple y llanamente definible como lodazal estético.

Comprometido, siempre, con las causas de los perdedores -su padre fue fusilado por el ejército rebelde franquista-, de formación autodidacta, en su primera etapa practicó una abstracción lírica que desembocó en una obra estructuralmente geométrica contaminada de emoción. En 1958 realiza su primera exposición individual en la madrileña sala Alfil. Interviene en la primera exposición de Arte Normativo Español que se celebra en el Pabellón de Valencia en 1960 junto al Grupo Parpalló, Equipo 57, Equipo Córdoba y José María Labra. En 1961 expone en la galería Darro en Madrid una serie de obras que continúan su investigación racionalista en torno al espacio. Posteriormente realizó sus «hombrecitos» -agrupación de figuras que crean un entorno físico y político-, serie que recibirá el nombre de «El mundo para quien lo transforma», un trabajo que fue incomprendido en la época. Manuel Calvo se acerca a posiciones artísticas más radicales cuando abre al público su estudio conviertiéndolo en un centro de numerosas actividades artísticas, un proyecto que recibió el nombre de «Taller-exposición, Inauguración todos los días».

Próxima a aquella aventura se halla esta propuesta, que recorre las diversas salas del Museo Antón, cargada con un cierto potencial subversivo, alejada del academicismo y apostando por el vagabundeo que Walter Benjamín consideraba la verdadera rebelión urbana. Manuel Calvo en este deambular recoge objetos cotidianos de desecho que transforma en obra, rescatando lo humilde y olvidado para otorgarle un nuevo significado. Fotografías de su taller conviven con vitrinas repletas de piezas, en las que se entremezclan la soledad y el dolor con motivos eróticos, un abigarramiento que nos permite asistir «a la lucha entre lo constructivo y orgánico -señala Ramón Mayrata en el catálogo- a la tensión de lo real con sus dobles, a las diversas composiciones de la materia en el espacio formando una multitud de apariencias distintas». Pero están, también, sus hombrecitos anónimos, sus máscaras descompuestas por el horror, sus humildes cerámicas, sus ensamblajes, sus provocaciones, un universo personal tan alejado del objeto ficticio como próximo a una poética germinal. 


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Un paisaje de luz

Por Jaime Luis Martín (5 de Mayo, 2010)

Javier Riera
Secuencias
Del 22 de Abril al 27 de Junio
Museo Barjola

La obra que Javier Riera (Avilés, 1964), licenciado en Bellas Artes en la Universidad de Salamanca, presenta en el Museo Barjola resulta el último, por el momento, y afortunado intento del artista de desbordar los límites del lenguaje pictórico tradicional. Este abrazar la idea del campo expandido de la pintura, con la luz como protagonista, tuvo sus antecedentes en la muestra «Noche Áurea» que presentó en el Museo Reina Sofía en el año 2008, un proyecto específico con proyecciones de dibujos geométricos de luz sobre un paisaje nocturno. Entonces señalaba Andrés Isaac Santana «que este tipo de obra que, resultando fotográfica en sí mima, es, puramente, un ejercicio de mixturización estética en el que hace colegir los dominios de lo fotográfico y lo pictórico de un modo espectacular». Ciertamente Riera no abandona la pintura en estos despliegues fotográficos, más bien la reafirma manteniendo presentes las emociones que recorrieron sus abstracciones líricas que evolucionaron, posteriormente, en los trabajos que se pudieron ver en el Palacio Revillagigedo de Gijón en 2006, hacia una presencia de la geometría que ya no abandonará y adquirirá importancia en su última propuesta donde siguen, por otra parte, manifestándose las influencias desde Friedrich a Rothko, pasando por Turner y Brice Marden, sin renunciar a Ross Blekner ni a Palazuelo. 


El resultado de su último trabajo es una simple arboleda fotografiada antes del amanecer que se proyecta en una secuencia continua, dejando que cada fotograma asome, pausadamente, a los ojos del espectador, que experimenta, de esta manera, la lentitud, los cambios de luz, el paso del tiempo. La proyección comienza decantándose por lo racional, con la figura de un dodecaedro, un patrón lumínico realizado con técnicas digitales, que se fusiona con el paisaje hasta desaparecer ambos en una intensa luminosidad que busca provocar un éxtasis emocional. Lo geométrico cobra un renovado sentido en este proyecto, capaz de descubrirnos la estructura de la naturaleza -el propio artista percibe el mundo exterior como esencialmente geométrico- de manera que esas formas relacionan lo exterior con lo interior, revelando equilibrios y estados de calma. También la serie de fotografías de la naturaleza que se proyectan en el vestíbulo del Museo se encuentran afectadas por esta interiorización geométrica, exhibiendo un paisaje sacudido por el rigor estructural. 


En esta pantalla, en este espacio de representación que se abre en la capilla de la Trinidad, nos encontramos con una experiencia de silencio y contemplación que el artista vincula al paisaje, y que, al igual, que sucedía en sus pinturas, se encuentra transido de energía y racionalidad. Pero, además, ciertas pulsiones del land-art se entremezclan con la tradición barroca -con la luz como metáfora del paso del tiempo asumiendo una estética del desconsuelo- produciendo un efecto sensual que eleva la temperatura de la emoción, aunque siempre contenida por la geometría. En definitiva otra vuelta de tuerca en la construcción de un lenguaje propio, con la luz construyendo el paisaje y manteniendo, como en sus anteriores trabajos, la intensidad creativa, la hondura en la dicción y la coherencia en el proceso. Como resultado, unas imágenes de indudable atractivo e indiscutible potencia visual.


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