La elegancia del instante

Por Jaime Luis Martín (28 de Abril, 2010)


Benjamín Menéndez
Bodegón en el país de las montañas de agua
Pintura
Del 9 de Abril al 8 de Mayo
Galería Octógono

Hace algo más de veinte años que Benjamín Menéndez (Avilés, 1963) se afanaba en el empeño de realizar un diario pictórico sobre un rollo de papel continuo. Aquella titánica aventura era toda una declaración idealista de la importancia, la fuerza y el sentido que tenía, para el artista, la pintura, que ya empezaba a calificarse, por entonces, como un anacronismo despreciable. Sin embargo, para Benjamín la pintura fue siempre un gozo, algo inexplicable e irrenunciable, una parte esencial de su trabajo artístico que supo compaginar perfectamente con sus incursiones en el campo de la videocreación, la instalación, lo escultórico y la cerámica. A cambio, la pintura le proporcionó algunas alegrías como el Premio del Certamen Nacional de Arte de Luarca (2006) y el tercer Premio de Pintura de la Junta General del Principado de Asturias (2003).

Pero, además, pintar para Benjamín Menéndez es una actividad pluralista, sin ataduras a modas ni a tendencias, e igual articula una serie de composiciones con los papeles entintados como protagonistas, sedimentando paisaje y sentimiento, color y collage, como se puede ver en su muestra en la Galería Vértice (2008), que recupera trabajos de hace una década, como en esta ocasión cargados con una intensidad asombrosa y una frescura que obvia cualquier virtuosismo técnico para entregarse a una desmesura plástica ajena a cualquier pasteleo y próxima a lo inexpresable, entendido el término como un ir más allá, a otro mundo, a otro tiempo. 


En una época en la que imperan la velocidad y la ansiedad, Benjamín nos trae, envuelto entre las brumas de las montañas de agua, un pliegue poético que nos retrotrae a un mundo en extinción. La mayoría de estas obras pueden considerarse naturalezas muertas, una época y unos objetos que han quedado inmovilizados en la pintura, un trabajo etnográfico que rescata las costumbres, revuelve en lo rural e impone la visibilidad de unas formas que tienden a la desaparición, asumiendo esa deriva hacia un tiempo anterior. Son obras de un trazo fresco y bien resuelto, marcadas por el sosiego y una mirada atrapada en este trabajo de campo, que captura el instante y alude a la memoria.

En estas aguadas, una técnica que contribuye a disolver el motivo en registros melancólicos, nos encontramos con herramientas como la azuela, el martillo, el preconto y el cachapo -denominaciones propias de la comarca del alto Sil en el Bierzo- como símbolos de un trabajo manual que siempre estimuló creativamente al artista. Pero estas pinturas, poéticas y cargadas de energía, luchan contra la fugacidad y sienten la elegancia del instante. Y al igual que en el texto «Manual de pastos» de C. A. Eberhardt que acompaña la exposición y en uno de sus párrafos dice: «Si le soy sincero, majamos por majar. Ni el grano ni la paja nos sirven verdaderamente para nada a estas alturas», también a estas alturas se pinta por pintar, un gesto inútil, tal vez extemporáneo, pero que, sin embargo, como sucede en estos cuadros, nos devuelve la plenitud contemplativa, esa atmósfera de recuerdos, un desafío en estos tiempos desquiciados.


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El hueco como refugio

Por Jaime Luis Martín (21 de Abril, 2010)

Valle Baranda
31 avispas
Instalación
Casa Municipal de Cultura de Avilés

Hay un tipo de avispa, la avispa alfarera que construye nidos de barro con forma de olla o cazuela, presentando una gran plasticidad en sus hábitos. Y Valle Baranda ha sentido fascinación por el trabajo de estos insectos y en su última propuesta se estremece entre lo orgánico, la biología y una reflexión sobre lo humano y su relación con la naturaleza. Esta artista, que nació en Gijón en 1979, realizó estudios de grabado en la Escuela de Arte de Oviedo ampliándolos en el año 2001 en el prestigioso centro de litografía Tamarind Institute (USA). En el año 2008 fue seleccionada en la Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias y en el Concurso Internacional «Carmen Arozena», exponiendo colectivamente en Estampa. Actualmente dirige su propio taller, Alchemy Prints, en Cabranes. 

Si en su anterior exposición en la Casa municipal de Cultura de Avilés (2008) mostraba xilografías protagonizadas por una niña feliz con sus nuevos zapatos rojos, motivo principal de la serie de estampas, en esta ocasión revuelve en la naturaleza para plantear una metáfora sobre el hogar, el nido como lugar de refugio ante un mundo hostil, el agujero como una cavidad que incita nuestra curiosidad. Estos avisperos están realizados con fieltro, utilizando lana virgen cardada que es modelada por las manos de la artista. «Son objetos táctiles», señala Carolina Fernández en los «Papeles Plástica», «que sobrecogen por lo amable que se nos antojan. La calidez del material con el que son realizados, los suaves tonos cromáticos y la forma redondeada, reminiscencias de un útero, nos transmiten protección». 


Para Valle Baranda el fieltro, un material que Joseph Beuys utilizó en la mayoría de sus acciones, posee algunas cualidades que comparte con el artista alemán. Para ambos el fieltro es un elemento protector que nos aísla del frío y conserva el calor, pero, también, mantiene características ambiguas, pues al tiempo que nos protege resulta poroso a influencias externas. Y es un material sin valor, humilde, despreciado por la burguesía y, por tanto, sin demasiado interés en el mercado artístico. Sin embargo, mantiene un compromiso con la realidad más cotidiana y amplía lo simbólico. Estos avisperos, objetos próximos a lo artesanal, pero con un renovado sentido de lo manual, sólo se pueden entender como resultado de las transformaciones de la escultura en las últimas décadas, que han propiciado una visión de lo escultórico como una experiencia más de modelado de conceptos que de materiales. 


En una pared de la sala se muestran unas serigrafías, realizadas con tinta dorada sobre papel japonés, de unas avispas que recorren la distancia que separa dos retratos, el de la propia artista y su pareja, enfrentados, pero en actitud dialogante. Completa la muestra un vídeo de Noé Baranda protagonizado por los avisperos situados en el bosque, reafirmando la relación entre creación y naturaleza. Valle Baranda indaga en esta interesante instalación en lo rural, en lo preindustrial, en las formas básicas de la naturaleza, porque anterior a cualquier discurso, a cualquier tecnología, un hueco siempre representó un refugio.


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Alfarería femenina

Por Jaime Luis Martín (14 de Abril, 2010)


La simbología en la alfarería femenina rifeña
Del 31 de Marzo al 24 de Abril
CMAE (Centro Municipal de Arte y Exposiciones)
Tras su itinerancia por diferentes comunidades españolas llega a Avilés la muestra «La simbología en la alfarería femenina rifeña» comisariada por Jorge Wagner y María José Matos, enmarcada en las II Jornadas de alfarería, organizadas por el Ayuntamiento de Avilés y coordinadas por Ricardo Fernández. El Rif es una región montañosa del norte de Marruecos, paralela a la costa mediterránea y que abarca una amplia extensión, entre la ciudad de Tetuán hasta la región de Kebdana (Nador), en la frontera con Argelia. Se trata de un territorio aislado, empobrecido y desfavorecido por las políticas del Gobierno marroquí. Sus habitantes, pertenecientes a más de medio centenar de tribus bereberes islamizadas, conservan sus tradiciones ancestrales y, en este sentido, han logrado mantener una cultura cerámica milenaria, sin influencias y de indudable atractivo. 



Se trata de un trabajo realizado por mujeres, que se encuadra en la actividad de sus quehaceres domésticos. No tienen la consideración de piezas artistas, ni siquiera la alfarería se tiene por un oficio, pero, en estas piezas, en sus formas y en su decoración, reconocemos unos motivos esquemáticos que pueden recordarnos a artistas como Picasso o Paul Klee, que bebieron de estos primitivismos. La fabricación es tosca, pero mantiene el encanto de los objetos hechos a mano en un mundo de productos manufacturados. 


El barro sigue estando muy presente en estas tribus, con barro hacen los hornos donde cuecen el pan y la piezas cerámicas, con barro repasan sus casas de adobe y forran sus graneros. En esta región la tierra arcillosa es abundante y les sirve para construir vasijas, tinajas, cántaros, mantequeras y platos, que moldean sin torno, a mano. Pero lo más destacado de la cerámica rifeña es la decoración de sus piezas, con elementos comunes, pero, también, particulares en cada tribu. La decoración se realiza con pigmentos naturales de óxido de manganeso -negro- y ocre de óxido de hierro. 


Encontramos motivos antropomorfos, figuras humanas esquematizadas; el símbolo del «Khamsa» referido a los cinco dedos de la mano y que protege contra el mal de ojo. La retículas, también, están muy presentes en los motivos decorativos, con diferentes figuras geométricas: cuadrados, círculos, rombos y triángulos, y los símbolos relacionados con el agua aparecen profusamente en sus cántaros y tinajas. En esta zona pervive la decoración con motivos vegetales y zoomorfos, con el protagonismo de la rana, tradicionalmente asociada a la fertilidad, y la serpiente, un animal relacionado, en este caso, con propiedades curativas o profilácticas.
Un legado de una cultura milenaria que «lamentablemente -como indican los comisarios- los tiempos modernos y la llegada de nuevos materiales, más duraderos y ligeros, provocan que esta tradición vaya desapareciendo y olvidándose». La muestra representa una de las últimas oportunidades para acércanos a esta alfarería rural y descubrir a sus alfareras y la simbología de cada pieza a través de un recorrido didáctico, bien planteado y estructurado.


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Ensayar la huida

Por Jaime Luis Martín (7 de Abril, 2010)

Verónica García Ardura
Pintura
Del 17 de marzo al 12 de abril
Galería Amaga

Verónica García Ardura (Gijón, 1976) se licenció en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca en la especialidad de Pintura. Ha realizado diferentes cursos sobre espacios de creación contemporánea, litografía y últimas tendencias creativas y fue la ganadora del XIV Concurso «Mujeres pintoras del oriente de Asturias», además de participar en diversas exposiciones colectivas en España, Argentina y Bélgica, e ilustrar cuentos y diseñar mobiliario para espacios escénicos. Desde el año 2000 viene exponiendo individualmente en el circuito asturiano. 


Su trabajo se ha centrado, principalmente, en la pintura, explorando las posibilidades de una abstracción contaminada de notas figurativas y mezclando diversas técnicas para alcanzar un lenguaje más allá del puro formalismo, aunque consciente de que se encuentra ante un agotamiento de la tradición y de la necesidad de buscar caminos alternativos.
Que la pintura ha muerto y resucitado en innumerables ocasiones nadie lo duda, que su futuro se encuentra cuestionado es un secreto a voces, que ha perdido su lugar de privilegio en el entorno visual resulta incuestionable y, sin embargo, sigue manteniendo la dicción entre las nuevas generaciones, aunque con la ilusión mermada y más dependiente del mercado que nunca, que la trae y la lleva sabiendo que su respiración se ha vuelto anhelosa y necesita de apoyos que la sostengan. Pero su interés está estrechamente ligado a su agonía, su renovación sólo es posible cuando asume su condición póstuma, su resurgimiento será tanto mayor cuanto más se aleje del mercado y desborde los límites, volviéndose visceral y apasionada, rebelde y expandida. La pintura debe asumir que ya no es una práctica sino un concepto y rechazar esa clonación a que se encuentra sometida, repitiendo el pasado y sosteniendo a los muermos que ven en la repetición el motivo para perpetuar sus teorías inmovilistas.
Estas exigencias de renovación están presentes en la experiencia pictórica de Verónica García Ardura. Se trata de una búsqueda que se mueve entre las masas de color con predominio de los negros y una oscuridad luctuosa, con deslumbramientos soterrados. Por un lado, encontramos que la superficie matérica y rugosa, accidentada y chorreante, se ha vuelto un territorio en el que experimentar, amasando un expresionismo abstracto impuro pero de indudable atractivo. Por otro, hallamos un espacio en el que indagar distintos procedimientos técnicos, ensayar la huida y trazar caminos menos transitados. Como resultado nos encontramos con unos paisajes en los que resulta imprescindible realizar una lectura pausada, detenerse en la pincelada, descubrir los micromundos que los salpican.
Son cuadros próximos al sentimiento que intentan desbrozar los senderos de la pintura, pero que siguen dependiendo de una tradición vanguardista que les impide explorar otros ecosistemas expresivos. Pero esto no es óbice para apreciar el esfuerzo de la artista, la fuerza con la que transita por territorios pictóricos que se convierten en refugios para la mirada.


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