Geometría emocional

Por Jaime Luis Martín (24 de Marzo, 2010)

Ignacio Bernardo
Esculturas
Del 21 de Febrero al 25 de Abril
Museo Evaristo Valle

Hemos condenado cualquier experiencia artística que se aparte del canon de contemporaneidad a un territorio sombrío y, sin embargo, en esas áreas borrosas, de cuando en cuando, surgen prácticas alejadas del bricolaje que es preciso no perder de vista porque tienen la suficiente tensión e interés como para atrapar la mirada, aunque se escapen de una actualidad en la que, por otra parte, ya nadie se pone de acuerdo sobre qué es arte. Y como destellos, en estas zonas retiradas y en penumbra, pueden considerarse los últimos trabajos de Ignacio Bernardo (Avilés, 1954), que se encuentran insertos en una dimensión utópica y épica, una experiencia escultórica contemplativa, alejada de modas y sedimentada en una reflexión, con la composición y la construcción como trasfondo. Pero desde sus primeras obras, bajo la influencia de José Luis Fernández, pasando por sus aproximaciones a Brancusi, sus ensayos con el tubo de hierro o sus intervenciones en la naturaleza, siempre estuvo presente un estremecimiento panteísta, una energía primaria, un sentimiento místico relacionado con el espacio. 

Ignacio Bernardo es un artista que ha apostado por la escultura, transitado por distintas líneas de investigación desarrollando, en todo momento, su extraordinaria capacidad para manejar cualquier tipo de materia y armonizarla en el espacio, como sucede en la serie «Introspección», formada por casi una decena de piezas realizadas en acero y una selección de su experimentación previa sobre lámina de aluminio. El artista se sirve de diferentes planchas de forma cuadrangular o semicircular para componer mediante la intersección de planos diversas figuras que dialogan con la tradición de las vanguardias del siglo XX, un retorno a la esencia de la modernidad. 

En efecto, estas piezas suponen una reflexión sobre una forma de entender la escultura que tiene en la referencia analítica, la depuración formal y la geometría esencialista su razón de existir. En estas obras, a diferencia de otros trabajos del artista con desarrollos más intuitivos, hay una rigurosa y estudiada composición de los pliegues y de los movimientos, logrando formas esquemáticas que remiten a la noción clásica de equilibrio, o insertas en el dinamismo de las tensiones curvilíneas. En otras piezas se generan diferentes dinámicas de ausencia y de presencia, de transformación, de cierre, replegado en su cerco enigmático o de apertura, abriéndose a lo cósmico. 

En esta estética afín a Oteiza, Camín o Alfaro, al constructivismo en general, el artista ha conseguido moverse, con enorme soltura y acierto, por una geometría emocional y fluida, buscando un lenguaje propio que le ha permitido generar, sin ninguna rigidez, distintas formas, entre la figuración y la abstracción, contagiadas por un poso de serenidad y equilibrio. La poética de Ignacio Bernardo nunca ha renunciado a la belleza, ni ha renegado de los misterios de la naturaleza, e intenta, siempre, recuperar la dimensión espiritual de la escultura, lo indecible convertirlo en materia.


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Un vacío repleto de presencia

Por Jaime Luis Martín (17 de Marzo, 2010)

Julio Cuadrado
Desubicados
Del 5 al 27 de Marzo
Galería Octógono

Hay artistas que crean imágenes como si fuesen churros, destinadas a un consumo masivo y decorativo, más propias de los grandes almacenes que de galerías de arte, y otros que construyen tras cada pintura, vídeo o fotografía un discurso que nos invita a reflexionar, excluyendo lo banal y abrazando los significados. Son los menos, pero a estos últimos pertenece el fotógrafo Julio Cuadrado (Oviedo, 1969), cuya obra igual recorre la tradición archivística fotográfica con sus «Manuscritos» que mostraban el alfabeto manual del lenguaje de los sordomudos, que reúne «amontones» de productos -neumáticos, jamones, rollos de papel higiénico- para denunciar el consumismo de la sociedad, o muestra, en un vídeo presentado en la Capilla del Museo Barjola, el vuelo de unas palomas en los cielos del Líbano, contrastando esas imágenes celestiales con el terror, la muerte y desolación que asolan Oriente Medio.
En su más reciente trabajo, la serie «Desubicados», el artista profundiza en esta línea de investigación, sin dejarse conquistar por lo fácil y asumiendo un análisis del paisaje y de los monumentos como reveladores de la historia, de una herencia que condiciona el entorno geográfico. El proyecto que parte de fotografías de distintos monumentos se desarrolla en dos fases. En una primera se compone el monumento y sus alrededores para más tarde fotografiar aquello que, la presencia del monumento, impide su visión, manteniendo la escala y punto de vista de la primera toma. Digitalmente se componen ambas imágenes, suprimiendo la parte que ocupa el edificio y dejando ver lo que se encuentra al otro lado. En la serie que presenta en la galería Octógono se han reunido dieciocho imágenes realizadas entre los años 2005 y 2010, que abarcan desde el «Elogio del Horizonte» en Gijón hasta el «Atomium» de Bruselas, pasando por la basílica de San Esteban de Budapest o la estatua ecuestre de Francisco Pizarro en Trujillo. Son fotografías sugerentes, misteriosas, escenificadas, en las que la invisibilidad se presenta como una realidad inquietante.

Aunque las bases teóricas del trabajo pueden remitir a las teorías de Einstein relacionadas con el espacio y el tiempo, las manipulaciones y alteraciones de la imagen, a través de la tecnología, no son demasiado complicadas. Con estos efectos, el artista no pretende demostrar ninguna maestría técnica, sino reflejar cómo la huella del hombre afecta y altera el paisaje, propiciando otra lectura del mismo. Estas sutiles ausencias, agujeros en la realidad, un vacío repleto de presencia, restituye la visión anterior al monumento en una suerte de ilusionismo que transforma la percepción del lugar, creando una geografía diferente, una tensión poética, un entorno sin residuos históricos. Estos nuevos territorios sin la huella humana se caracterizan por su poder evocador que, sin embargo, aún conservan el perfil de la ausencia, la carga ideológica que los impregna.

En este sentido, Julio Cuadrado consigue unas imágenes peculiares, con identidad, que producen un cierto desasosiego e interrumpen la visión del espectador, favoreciendo tránsitos emocionales que recuperan la mirada sobre el paisaje.


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Posiciones estéticas

Por Jaime Luis Martín (10 de Marzo, 2010)

Nacho Suárez Blanco
Pictorialismo Post Scriptum
Del 25 de febrero al 25 de marzo
Sala Borrón

Poco tiene que ver el pictorialismo del siglo XIX que practicaban algunos fotógrafos intentando añadir un valor artístico a las fotografías consideradas, por entonces, imágenes sin alma, con las prácticas pictorialistas que emplean actualmente los jóvenes artistas, mucho más arriesgadas y sin complejos de ningún tipo, influenciados por la pintura, el cine o la publicidad y conscientes de que la fotografía ya ha alcanzado un indiscutible estatus artístico. Pero, ayer como hoy, el pictorialismo rechaza la realidad y adopta posiciones estéticas y de rebeldía técnica, como la borrosidad, el desenfoque, las marcas o la suciedad en las imágenes. Por ello no resulta extraño que Nacho Suárez (Avilés, 1985), licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca, hurgue en esta corriente, que ya parecía trasnochada pero que con el nuevo milenio se ha revitalizado hasta alcanzar un cierto protagonismo en una parte de la fotografía contemporánea, que cultiva el rechazo a la modernidad -entendida como idea de progreso- y activa un modelo de imagen construida y teatralizada. 


En sus últimos trabajos Nacho Suárez se sirve de fragmentos de imágenes publicitarias, con la mujer como protagonista y objeto de reclamo, para manipularlas digitalmente e intervenir sobre ellas con brochazos, rayados o borrados, consiguiendo de esta manera pasar de «una imposición estética con orientación comercial -como señala Antonio Alonso de la Torre en el texto del catálogo- a una reflexión artística y social». En su primera exposición individual, en 2007, en la Casa municipal de Cultura de Avilés, el artista ya trataba la superficie del cuadro con incisiones y ralladuras, produciendo diversos accidentes y conmociones pictóricas. Sin embargo, las intervenciones que practica sobre las fotografías de las que se apropia tienden a destrozar los rostros de las modelos, una belleza destinada al consumo vouyerista que es sustituida por una intervención pictórica que desvela cambios estéticos y conceptuales. La pintura se impone y los juegos de abstracción, los brochazos, interrumpen el discurso mecánico de la fotografía para fijar lo pictórico como un valor plástico superior. Nos encontramos ante unas piezas no fotográficas que niegan la multiplicidad y no pretenden reflejar la realidad, sino sustituirla por nuevos y subjetivos significados.

Si bien en las tendencias pictorialistas de Nacho Suárez se filtran elementos críticos sobre el papel de la mujer en el mundo de la publicidad, lo cierto es que en su estrategia predomina más la reflexión artística que de contenido social, el peso de la estética y la convivencia e hibridación entre pintura y fotografía que el testimonio de la realidad. En este sentido su obra consigue atrapar y aupar la mirada llevándola al placer por territorios hasta ahora no hollados por el artista, y que se perciben indiscutiblemente fértiles.


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Énfasis geométricos

Por Jaime Luis Martín (3 de Marzo, 2010)

Geometrías. Obra sobre papel
Colectiva
Del 12 de febrero al 6 de abril
Galería Guillermina Caicoya

La geometría recorre todo el siglo XX y se interna con elegancia en el nuevo milenio. Las primeras vanguardias europeas encontraron en esta simplificación y ordenación de las formas nuevos territorios que explorar. Desde Malevich a Mondrian fueron numerosos los artistas que se sintieron atraídos por este rigor compositivo. Mucho tuvieron que ver las teorías de Felix Klein, un matemático alemán que puso fin a la escisión entre geometría pura y geometría analítica. Y el triunfo bolchevique en Rusia, en 1917, influyó en los artistas que sintieron la necesidad de hacer otro tipo de arte, basándose menos en la representación y más próximo a la construcción. En esta corriente constructivista se sitúan Tatlin y Rodchenko. En general, la abstracción geométrica anhelaba un tipo de obra objetiva y precisa, abandonando la capacidad expresiva de los materiales y buscando composiciones racionales que aspiran a un lenguaje universal. Tras la II Guerra Mundial el geometrismo convivirá con otras tendencias como el expresionismo abstracto o el minimalismo, que definen algunos de sus contornos con énfasis geométricos. 


En la pintura y en la escultura actuales conviven muy diversas tendencias y enfoques, pero el geometrismo se ha mantenido como un recurso compositivo, despojado de toda pretensión utópica y vinculado a un goce pictórico refinado. En este sentido, resulta adecuado revolver, como lo ha hecho la galería Guillermina Caicoya, en las experiencias geométricas de Carlos Coronas, Maite Centol, María Cueto, Paco Fernández, Adolfo Manzano y Pablo Maojo, que han dialogado, de forma inteligente y con desenvoltura, con la geometría. 


En las obras sobre papel de Carlos Coronas (Avilés, 1964) la pintura es concebida como una mancha uniforme que recubre la superficie y crea diferentes campos de color donde resuenan ecos constructivistas. En los sencillos dibujos de Maite Centol (Logroño, 1963), absolutamente fascinantes, con la cuadrícula y la línea definiendo los planos en los que se inserta un punto de color, encontramos una geometría repetitiva. Diferente es el planteamiento de María Cueto (Avilés, 1960), que en sus «Moradas del aire» -reprografías de imagen digital sobre papel poliéster- entreteje lo geométrico, con enorme delicadeza y levedad poética. La geometría en la pintura de Paco Fernández (San Juan de la Arena, 1950) se apoya en el color, manchas en las que se impone un gesto que evita la efusión, concentrándose en la forma circular o rectangular. 


En el caso de Pablo Maojo (San Pedro de Ambas-Villaviciosa, 1961), su universo iconográfico mantiene una tensión entre lo racional y analítico y un grafismo primitivista donde vibra el color en formas elementales. Adolfo Manzano (Quirós, 1958) es deudor de la estética constructivista y minimalista; sin embargo, en esta ocasión su discurso se construye alrededor de unos dibujos de grafito sobre papel poliéster protagonizados por una joven a cuyos pies se encuentran las pequeñas casas de mármol con diversas frases alusivas al hogar. 


La muestra representa un testimonio de la vitalidad del geometrismo, pero también de la pluralidad de expresiones y estrategias que emplean los artistas para afrontar los nuevos retos, sin romper el hilo de la historia pero entretejiendo geométricamente el futuro.


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