Es preciso ser abismo

Por Jaime Luis Martín (30 de Enero, 2010)

Y entre sus pies y la tierra se abre un abismo
Fiumfoto
Del 25 de Enero al 6 de Marzo
Galería Texu
Oviedo

Paul Virilio declaró en una conocida entrevista realizada por Catherine David que ya sólo disfrutaba de la danza, el teatro y el vídeo. No sería, por tanto, descabellado afirmar que observaría con placer la propuesta videográfica y fotográfica “y entre sus pies y la tierra se abre un abismo”, trabajo se ha realizado en colaboración con el Centro de Investigación Artística Ladines, que establece resistencias frente a la disolución del arte. Ciertamente esta bailarina participa de la idea de Nietzsche de que “es preciso ser abismo” (Demoullie, C. “Nietzche y Artaud: Por una ética de la crueldad”) e intenta liberarse del espíritu de la pesadez para producir un arte ascendente, dejando abandonado el cuerpo en aras a conquistar la levedad. Sin embargo, esta danzante, especie de monstruo que se disloca y se desborda, producto de la hibridez y la clonación, no renuncia a un ritmo repetitivo y frenético, atrapada en una danza desesperada que destruye y reconstruye el cuerpo, y a la que se entrega compulsivamente sabiendo que ya todo está perdido, que padecemos un terrible hieratismo.

Cristina Silva y Nacho de la Vega, Fiumfoto, han construido una metáfora de estos tiempos de desequilibrios. La “bailarina mutante” realiza unos gestos y movimientos inestables, intenta elevarse en un salto imposible que repite una y otra vez, afirmando una extraña dialéctica entre el suelo y la ingravidez. Pero ya no hay armonía ni seducción, todo ha quedado en suspenso, con un pie en el vértigo y el otro desconectado. Se precisa tocar esa interrupción, la extraña rareza de un cuerpo que forma la expresión cuando asciende, se precisa sentir esa compulsión y dejarse llevar por la danza para que un día vivir sea danzar, estar en el aire. Y Fiumfoto ha dado los primeros pasos con este sutil y complejo proyecto, un discurso que baila en los acantilados del lenguaje visual.

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Derivas dermatológicas

Por Jaime Luis Martín (27 de Enero, 2010)

María Castellanos
Reversible
Del 8 al 30 de Enero
Casa Municipal de Cultura de Avilés

Para Paul Valery «la piel es lo más profundo que hay en el hombre» y Günter Brus, accionista vienés, convertía su propia piel en un lienzo en un intento por regresar a los orígenes de la pintura, mientras que Piero Manzoni firmaba sobre los cuerpos elevándolos, de esta manera, a la categoría de arte. Más desencantado Daniel Buetti transforma la piel en mercancía cuando inscribe sobre la carne la marca Nike o Bvlgari. Y para el crítico Juan Antonio Ramírez «el interior del cuerpo (el esqueleto) es lo permanente, y la envoltura no visible (carne y piel) se presenta como algo sometido a las inevitables transformaciones aportadas por el tiempo». 


Próximas a estas derivas dermatológicas se mueve María Castellanos (Gijón, 1985), licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Vigo y Premio Asturias Joven 2008, con una propuesta fotográfica que remitía a la feminidad. En aquella serie de «Tejidos» la piel se embellecía con adornos cosidos al cuerpo con hilo y aguja, una simulación que hablaba del dolor y las cicatrices y remitía al mundo femenino, tan castigado y sometido a conceptos agresivos de belleza. En esta ocasión la piel entendida como revestimiento que nos protege, se convierte en el centro de sus especulaciones creativas. «El tejido epitelial -afirma la artista en los Papeles Plástica- al igual que el textil es susceptible de ser cortado, cosido, estirado, tatuado y demás tipo de agresiones, sólo con fines estéticos, para cambiar y modelar la piel a nuestro antojo, o al de la sociedad, que nos impone modelos de belleza a los que imitar». Sin embargo no se puede obviar que la superficie del cuerpo es comparable a una pantalla sobre la que se van proyectando la vida y los acontecimientos, aunque, como apunta Lyotard, una superficie «llena de agujeros, o, más bien los agujeros son parte de la piel» y se desplazan hacia el interior. 

El despliegue visual de María Castellanos es ciertamente magnífico y contundente, explorando mediante diversas técnicas los encajes que sustentan la exposición. La ausencia de la instalación digital que tatúa reversiblemente la piel, que se pudo contemplar en la sala Borrón, y, sin embargo, fue imposible de instalar, por razones técnicas, en la Casa municipal de Cultura de Avilés, no es óbice para comprender y disfrutar de un discurso coherente y bien planteado. En las fotografías recurre, de nuevo, a la manipulación digital para imprimir sobre el cuerpo de una mujer motivos textiles que la adornan y la marcan, y se sirve de las transferencias fotográficas para realizar los implantes de sus tapetes sobre tela o en los maniquíes. Las estampaciones mediante la técnica del gofrado remiten a la fragilidad y a lo cotidiano, mientras que sus pinturas realizadas con técnica mixta y grafito tienen una implicación más personal, pudiendo considerarse para Luis Feás, comisario de la muestra, «la puntada más artera, el cosido definitivo, el broche final». 

Sin duda nos encontramos ante una artista con un discurso propio que se afianza en cada nueva exposición. Porque María Castellanos entiende que el arte debe transportarnos a un lugar de reflexión y hacernos sentir cómo se estremece, sin trucos, la piel.

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