El año de la crisis

Por Jaime Luis Martín (27 de Diciembre, 2009)

Resumen del año artístico en Avilés con un recuerdo final a Juan Antonio Ramírez.

Termina el año prácticamente como empezó, hablando de la crisis, que también ha tenido consecuencias en las galerías privadas y en los centros de arte. Y, según parece, se avecina una época peor, con rebajas en los presupuestos de cultura en la mayoría de las administraciones públicas que tendrán que hacer verdaderos equilibrios para mantener las programaciones. Y esto precisamente en un momento de acrecentado dinamismo y creatividad social, cuando se apuesta firmemente por nuevas infraestructuras culturales y cuando desde diversos sectores artísticos comprometidos con la modernidad se actúa en tiempo real y no en diferido como ha sucedido en tantas ocasiones en Asturias. Con todo, el 2009 nos ha dejado propuestas interesantes en Avilés.
En la Casa Municipal de Cultura de Avilés ha destacado la muestra de Ricardo Villoria con su apuesta por el diseño como obra inacabada, en proceso y alejada de lo superficial. La reflexión visual de Iraida Lombardía, con el emblemático texto «Rizoma» de Gilles Deleuze y Félix Guattari en el trasfondo de la propuesta, representó un momento de aire fresco y vitalidad. El vigésimo cumpleaños de la Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias sirvió para reflexionar sobre un proyecto singular y con continuidad en el tiempo, que ha logrado cartografiar el arte joven asturiano. En está ocasión, los artistas seleccionados fueron Sara García, premio «Asturias Joven» de Artes Plásticas, el colectivo Rubenimichi, Manuel Griñón, Lorena Álvarez, Carlos Traviesa, Carlos F. Pérez, Rebeca Menéndez y Adrián Cuervo. Con gran acierto la Casa Municipal de Cultura y el Palacio de Valdecarzana se adhirieron a los actos de homenaje a Joaquín Rubio Camín, con motivo del octogésimo aniversario de su nacimiento y cuando se cumplían dos años de su fallecimiento.
En la galería Amaga cabe recordar la obra de Agustín García con su paisajes esenciales que exploran la parte invisible del territorio. La serie «Europa y europeos» de Francisco Velasco que ha dejado un poso memorable por su claro compromiso con la investigación y la modernidad. La propuesta escultórica de Daniel Canogar que se sirve de materiales tradicionales vinculados a la industria para desplegar una narrativa del vacío. La pintura de Elías García Benavides que se mueve entre la exuberancia y aquellos ambientes pictóricos más livianos, relacionados con el dinamismo y la fluidez. En la galería Octógono ha destacado la propuesta de Pablo Hugo Rozada. En sus pinturas centradas en las arquitecturas urbanas se deja notar la influencia del pop con contaminaciones geométricas. El proyecto presentado por Gema Ramos mostraba las relaciones entre el objeto y el espacio en un proceso tendente a la estetización del concepto. Cabe, también, citar el diálogo entre Anabel Alonso y Consuelo Vallina, que se estableció a niveles formales, en ciertos enredos cerámicos y en las pulsiones pictóricas.
En el Centro Municipal de Arte y Exposiciones (CMAE), que ha sufrido un tirón de orejas de la Asociación de Artistas Visuales por su errática programación, se salva la muestra colectiva «Diversidad» que reunió a Trinidad Formoso, Raquel Miranda, Cristina Ortiz, Ángeles Palomeque y Pilar del Val. Y ha destacado, con luz propia, el festín pictórico de Silvia Lerín, con sus paisajes estructurados con apuntes de infinitud y sus ritmos cromáticos que oscilan entre el silencio y el vacío. En la sala de Cajastur ha sobresalido la cuadragésima edición del Certamen Nacional de Arte Luarca, con Natalia Pastor, premio del de Ayuntamiento de Valdés, y José Ramón Cuervo, premio Cajastur, con propuestas muy diferentes pero ambas de interés. En el Palacio de Valdecarzana reseñar la muestra de Evaristo Valle que reunió una amplia representación de sus carnavaladas, comisariada por Francisco Zápico y organizada por la Sociedad de Amigos del País de Avilés y Comarca.
Por otra parte destacar las exposiciones en la galería Texu de Ana de la Fuente, que exprimió a los grandes maestros de la vanguardia con una interpretación muy personal y colorista; Jaime Rodríguez, que con el vídeo «Esencia» consiguió incorporar a su discurso ambientes pospictóricos y Luis Lanzas, que ha seguido explorando con sus infografías un urbanismo sin pasado ni futuro. Por otra parte Esther Cuesta sorprendió con sus ciudades de cuento en la galería Gema Llamazares, Juan Fernández desplegó todo su potencial creativo al «Final del Concierto» en la galería Altamira y Benjamín Menéndez intervino con una poderosa pieza de barbotina en el vestíbulo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de León.
Me niego a concluir este resumen sin citar el comienzo de un cuento de Clavelinda Fuster, alter ego de Juan Antonio Ramírez, catedrático de Historia del Arte de la Universidad Autónoma de Madrid, que se nos fue, para siempre, este año que finaliza. Dice el relato: «Bah, lo mío es vulgar: odio las entrañables fiestas navideñas, lo mismo que todos vosotros. Detesto (detestamos) esa empalagosa obligación de ser felices, ese artificial regreso a una infancia mentirosa. Me fastidia decir esta idiotez como si quisiera parecer un snob. Mieeerda”. Pues eso.


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La engañosa imagen de la felicidad

Por Jaime Luis Martín (16 de Diciembre, 2009)


Sara García
Vivieron felices y comieron patatas fritas
Figuras, dibujos y fotografías
Del 9 al 30 de Diciembre
Casa Municipal de Cultura de Avilés

Todos hemos visto a las madrastras, princesas y brujas de la factoría Disney. Restos de una tradición popular pasados por el túrmix del pop del que surge una papilla edulcorada, vomitiva y misógina, que representa, según el artista conceptual norteamericano Mike Kelley, la verdadera cultura oficial de nuestra época. Esta visión regresiva y nostálgica encuentra «en los fetiches y los objetos del pasado mediático -argumenta Eloy Fernández Porta- el punto G de la propia experiencia». Pero Sara García (Gijón, 1983), premio Joven de Artes Plásticas en la última Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias, ha desarrollado una actitud crítica y pragmática, consciente de que toda nostalgia conduce hacia lo que nunca ha existido, de que toda regresión implica abdicar de cualquier responsabilidad, asumiendo lo pueril y anacrónico como argumento y estilo. Con enorme lucidez Sara defiende que en esta época cutre y trivial se precisa un espíritu gamberro que cuestione la adoración a lo moribundo y defienda otras visiones más inhóspitas. 



Y lo consigue mediante una mirada irónica. Sirviéndose del humor reflexiona sobre la transmisión de ciertos estereotipos femeninos asumidos como parte de una tradición oral, rayana en la inocencia y acentuados en la época de la «disneylizacion». Sin embargo, tras esa aparente candidez se reafirma el desvarío patriarcal. El sueño de una mujer bella, complaciente y sumisa que obtiene como premio, gracias a su actitud abnegada, el príncipe azul, contrasta con la mujer activa que defiende su independencia y, por tal motivo, resulta condenada, en las narrativas conservadoras, a no ser amada, asumiendo la imagen de la bruja o la madrastra. Sara ya cuestionó estos roles femeninos, ironizando sobre el papel reservado a la mujer por el catolicismo, en su primera exposición individual, «Marisco, limones y melones» (sala Ateneo de La Laguna, Tenerife, 2008), inspirada en el libro «Consejos a las jóvenes», del padre Ángel Ayala; pero, en esta ocasión, se enfrenta a derivaciones menos burdas, asumidas por la mayoría sin la menor resistencia. 



Esta postura combativa con los tópicos se materializa en las fotos del rostro de cuatro princesas, pequeñas muñecas Disney, tras cuyo aparente «glamour» descubrimos en sus retratos la suciedad y deformidad de sus caras. En estas imágenes, detrás de lo llamativo y ornamental, late lo inquietante. La frase «Vivieron felices y comieron patatas fritas», realizada con flores de plástico, se despliega por la pared culminando la cima de una estética kitsch pretendida y divertida, provocando una lectura polisémica. Por otra parte, un dibujo sobre papel muestra las perversiones y monstruosidades de una vida feliz comiendo perdices. Desde una Cenicienta descabezada derramando un ramo de flores a su paso, hasta una sensual Ariel recostada e insinuándose sobre el capó de un Ferrari rojo, sin olvidar a una princesa con dos cabezas, Bella y Blancanieves, devorándose a sí mismas; representan una barroca alegoría, un espacio de ensoñación y rebeldía, de «miradas perdidas, posiciones y gestos que pueden resultar extraños -sugiere Marta Rebollo en los «Papeles Plástica»- descontextualizados y extrapolados de su hábitat natural, el mundo de la fantasía». 



Sara García, con enorme lucidez, mezcla lo pop, lo kitsch, el humor y el gamberrismo estético, en un juego que hurga en la construcción de la identidad femenina, sabiendo que en estos tiempos carentes de política, líquidos y desencantados, cualquier imagen de la felicidad resulta engañosa y sólo queda el infantilismo, con las pesadillas de príncipes valientes y Blancanieves virginales asaltando la noche.


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