Festín pictórico

Por Jaime Luis Martín (25 de Noviembre, 2009)

Silvia Lerín
PielPintura
Del 6 al 28 de Noviembre
CMAE

Llega a las paredes del CMAE un festín de pintura servido, con innegable lujo y calidad, por Silvia Lerín (Valencia, 1975), que siempre ha mostrado una preocupación por alejarse de la ortodoxia pictórica sin que esa distancia suponga renunciar a su fascinación por el color, las formas y las texturas. La muestra reúne piezas desde el año 2007 hasta el presente que revuelven en la pureza, sin excluir aventuras más dinámicas y arriesgadas. 


Formada en la Facultad de Bellas Artes de San Carlos, en la Universidad Politécnica de Valencia, su trayectoria, con exposiciones en la galería Sophies-Edition (Berlín, 2008), en el Colegio Oficial de Arquitectos (Murcia, 2007) y en el Centro Cultural de Mislata (Valencia, 2002), se encuentra muy ligada a Asturias al haber obtenido la beca «Al Norte» (2007), y ese mismo año, el Premio Nacional de Artes Plásticas «Art Nalón». Ha realizado el mural sito en el jardín de la Pinacoteca Municipal de Langreo Eduardo Úrculo, además de exposiciones en la galería Dasto (Oviedo, 2007) y en la Casa de Cultura Escuelas Dorado (Langreo, 2008). 

Su pintura, caracterizada «por la investigación racionalista y constructiva – como señala Gabino Busto en el catálogo- basada en la pura morfosintaxis geométrica», tiene la rigurosidad propia del geometrismo, pero combinada con el dinamismo de las formas y la solidez de una expresión entregada al placer de pintar. En sus composiciones se produce un juego entre diversos planos y líneas, con yuxtaposiciones y quebraduras, pero sin renunciar a las calidades táctiles ni a los campos cromáticos vibrantes que introducen notas de emoción en la abstracción pictórica. Lo anecdótico se halla ausente de esta obra compleja, resuelta, sin embargo, con sencillez y sabiduría. 

En sus construcciones tensadas entre diferentes planos se sedimentan las masas cromáticas y se recupera el temblor de las líneas que cruzan la superficie como caminos que delimitan diversos territorios diferenciados por el tono. En este sentido, se puede hablar de una predisposición de la artista hacia un paisaje estructurado con apuntes de infinitud. Pero también resulta indudable al contemplar estos campos de color la sensación musical que producen, con los diferentes ritmos, que sutilmente se inclinan al silencio y al vacío. Hay una lúcida reflexión en la epidermis de estos cuadros, con la piel de la pintura destilando sensibilidad, recubierta por los azules, verdes, negros y rojos, que se encuentran en los límites, en las intersecciones. En estos equilibrios, consciente de que acontecerá el accidente, consigue momentos de plenitud. 


Los «murales removibles» se han convertido en una constante de sus trabajos, y no podían faltar en esta exposición. Se trata de pinturas acrílicas sobre la pared a las que incorpora trozos de loneta que encolados al muro expanden lo pictórico, invaden el espacio y envuelven al espectador. Estos elementos desmontables y portátiles afianzan el concepto de instalación. Lo efímero pasa a formar parte de la obra y la pintura se aventura por la teatralización y el mestizaje, con momentos de gran intensidad e indudable atractivo.


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El valor de lo manual

Por Jaime Luis Martín (18 de Noviembre, 2009)

Anabel Barrio y Consuelo Vallina
Fusión
Del 6 al 28 de Noviembre
Galería Octógono

La fusión que se produce en la galería Octógono entre la obra de Consuelo Vallina y las propuestas de la ceramista Anabel Barrio se entiende como una reacción entre dos modos de concebir la creación, que da lugar a un desprendimiento de energía creativa, aprovechando una conjunción de intereses artísticos que, en estos momentos, comparten. El diálogo se entabla a niveles formales, en ciertos enredos cerámicos, en la armonía y en las pulsiones pictóricas que definen ambos trabajos.
En el caso de Anabel, formada como perito ceramista en la Escuela Oficial de Cerámica de Manises, se inició en la técnica del «socarrat», pero derivó, muy pronto, hacia formas naturalistas y expresionistas. En sus últimos trabajos presentados al XIII Certamen «San Agustín» de cerámica se convertía en protagonista la naturaleza -flores y plantas- sobredimensionada, de fuerte cromatismo, adscripción geométrica, reminiscencias pop y connotaciones eróticas. Unas piezas de indudable frescura con las que fue seleccionada en el XXXIV Certamen Nacional de Arte de Luarca. Actualmente, en sus propuestas, con más vocación pictórica que escultórica, se entremezclan gres y esmaltes, produciendo unos contrastes de indudable interés, traspasados por los aspectos ornamentales que acompañan toda su obra. 

A Consuelo Vallina se le nota que disfruta con su trabajo. Se encuentra en un momento de plenitud, reafirmando sus creencias pictóricas, pero sin excluir ninguna experiencia, preocupada por resolver su obra y ocupada en esos pálpitos cromáticos y contemplativos que tan buenos resultados le están propiciando. Y aunque no se encuentran demasiadas referencias figurativas -salvo algún signo o incisión-, «una parte sustancial de su trabajo», señalaba Javier Hernando, «puede ser leída en clave de paisaje» porque en estas composiciones recorridas por franjas y segmentos encontramos los estratos del territorio. El color, las estructuras rítmicas y geométricas, la planitud, la materia, los signos que Alfonso Palacio relacionó, muy acertadamente, con lo tribal y africano constituyen un espacio de indudable atractivo e inclinación informalista. 

Consuelo Vallina se ha venido formando durante los últimos años en la Escuela Municipal de Cerámica de Avilés, ensayando una producción con el barro como protagonista que transita muy próxima a sus constantes pictóricas: los signos e incisiones, la adscripción al primitivismo, la tonalidad de las piezas. Y, sobre todo, mantiene ese valor por lo manual que impregna toda su obra. Los tapices de su primera etapa y el papel hecho a mano de sus trabajos posteriores, como ahora sucede con los cuencos, están impregnados de autenticidad, de ese aprecio por la materia y la tradición que, entre sus manos, se contamina de vanguardia.


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Camín en plural

Por Jaime Luis Martín (11 de Noviembre, 2009)

Camín cercano
Palacio de Valdecarzana
Artistas con Camín
Casa Municipal de Cultura de Avilés
De 5 al 28 de Noviembre

 

En el octogésimo aniversario del nacimiento de Joaquín Rubio Camín (Gijón, 1929-2007) y cuando se cumplen dos años de su fallecimiento, varias instituciones han querido homenajear al artista aunando esfuerzos dentro del programa «Camín 80», en el que han participado el Museo Juan Barjola, la Fundación Evaristo Valle, la galería Cornión y la Fundación Municipal de Cultura de Avilés, con dos actuaciones que se complementan. Por una parte, la Casa Municipal de Cultura congrega en una muestra, comisariada por Amador Fernández, a los amigos que, vinculados al mundo del arte, se encontraban próximos a Camín. Al tiempo, en el palacio de Valdecarzana se reúne una interesante selección de sus trabajos de acero y papel, un «Camín cercano», al que nos aproxima el trabajo de la comisaria Soledad Álvarez.
Camín fue un artista inclasificable, con una curiosidad innata y una potencia creativa desbordante que igual se enfrentaba a la pintura que trabajaba la madera y el hierro, tanto sabía de botánica como de diseño de muebles y de lámparas, que colaboró con diferentes estudios de arquitectura y vivió una singular relación con la fotografía. «Como artista -decía Camín- creo que tengo que hacerlo todo, y no hay arte menor o mayor. Lo del arte es una manera de pasar por esta vida. No importa tanto lo que haces, lo que físicamente queda hecho, si es que queda algo, como la actitud de un artista a través de la vida».
Desde su primera exposición, junto a Antonio Suárez, en la sala Cristamol (Gijón, 1947) recorrió un largo camino que le llevó, en dos ocasiones, a la Bienal de Venecia y a obtener el Premio Nacional de Pintura (1955), el Gran Premio de Escultura en el Certamen Nacional de Artes Plásticas (1962) y el Premio Nacional de Ilustración (1988) por su libro «Valdediós». Sin embargo, Camín expuso por primera vez en Avilés en 1982, en la Casa Municipal de Cultura. En 1986 inicia, en el parque Ferrera, una intervención escultórica sobre un tejo que finaliza en febrero de 1987, convirtiéndose en la primera escultura urbana de arte contemporáneo de la ciudad. En 1988 expone, de nuevo, en la vieja Casa Municipal de Cultura una serie de piezas de madera que posteriormente donaría a dicha entidad, muchas de las cuales adornan los pasillos de la actual Casa Municipal de Cultura y los rincones de la Biblioteca Pública Municipal. Son obras de una gran expresividad, que exploran las fibras y texturas del material, realizadas entre 1986 y 1987, aplicando la gubia y la motosierra para alcanzar esas formas elementales de gran contundencia plástica.
En buena lógica, con esta amplia representación de sus trabajos en madera, sólo cabía aproximar al público avilesino a la actividad artística realizada en acero y caracterizada por el angular que para Soledad Álvarez «constituyó el soporte por excelencia (…) y se convirtió en el elemento singularizador de su estilo». Pero si en Valdecarzana el perfil industrial en ángulo y los collages -verdaderos ensayos y experimentos visuales de gran contención formal y expansión conceptual- configuran el grueso de la muestra, en la Casa Municipal de Cultura todo es añoranza y cariño. Javier Aleixandre, Melquíades Álvarez, José Ramón Cuervo-Arango, Reyes Díaz, Ramón Isidoro, Gonzalo Juanes, Josefina Junco, Mingotes-Villemur, Pablo Maojo, Roberto Molinos, Marcos Morilla, Pelayo Ortega, Edgar Plans, Ramón Prendes, Fernando Redruello, Ramón Rodríguez, Verónica Rubio y Antonio Suárez componen la amplia nómina de artistas que han querido sumarse al homenaje a uno de los creadores más importantes del siglo XX en Asturias.


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Volver visible lo invisible

Por Jaime Luis Martín (4 de Noviembre, 2009)

Elías García Benavides
Pintura
Del 29 de Octubre al 24 de Noviembre
Galería Amaga

De manera inexplicable Elías García Benavides (León, 1937) se encontraba ausente, desde hace más de una década, del circuito avilesino y, sin embargo, a su pintura, varada en una abstracción expresionista teñida de lirismo, se le reconoce como una singular aventura plástica, con momentos intensos en los años ochenta y noventa, algunos tan significativos como el homenaje que se le rindió en el XXVII Certamen Nacional de Pintura de Luarca. Desde su primera exposición individual en la Galería Tassili (Oviedo, 1972) hasta la más reciente en Gema Llamazares (Gijón,2008), sin olvidar las muestras en la galería Biosca (Madrid,1986), galería Venezia Viva (Venecia,1992) y en la galería Lina Davidov (París, 2007), o la más significativa en el Palacio de Revillagigedo (Gijón,2005), la pintura de Elías “está caracterizada -como ha señalado Fernando Castro Flórez- por una singular mezcla de fragilidad o ligereza unida a una gravedad dramática”. Conviene recordar en este sentido que, según manifestó el artista, su necesidad de pintar proviene de un conflicto “entre el “yo” y el contorno”, dramatizando un trabajo que tiene en el gesto y la mancha los pronunciamientos más externos de tan turbulenta relación.
Aunque en algunos de los trabajos de Benavides aparecen veladas referencias figurativas nunca intentó copiar la realidad sino aprehender las fuerzas invisibles que la definen que, tras pasar por sus manos, quedaban contagiadas de emotividad, produciendo un entorno gestual salpicado de intensidades lumínicas que caracterizan muchas de sus obras. En sus últimas composiciones la materia pictórica –una constante en su quehacer- ha perdido presencia, y la superficie se ha convertido en lo que Javier Hernando denominó “un campo de color tan intenso como ligero”, si bien siguen estando presentes las distintas capas de pintura, que refuerzan esas densidades y veladuras, esas atmósferas líricas que definen sus trabajos.
En la muestra se encuentran representadas tanto las obras de fuerte masa cromática, caracterizadas por su exuberancia y su potencia, como aquellas aligeradas mediante franjas de color. Las primeras pertenecen a lo sólido y a lo estático, a lo intenso y corporal, mientras que los ambientes pictóricos más livianos se relacionan con el dinamismo y la fluidez, con la nostalgia de esos mundos idealizados que afloran entre las diferentes tonalidades. En estos trabajos se encuentra, todavía, la belleza, aunque convulsionada por los accidentes y los desbordamientos pictóricos. Y aparecen los rojos intensos, los azules, los ocres, como sugestivas notas que se extienden, de manera uniforme o exhibiendo, de repente, una tonalidad intensa, siguiendo los rítmos de un compás poético. En estas atmósferas vibrantes, en esos infinitos cromáticos hallamos momentos gozosos e inexpresables y en “estos sucesos existencias sin nombre –como sugería Antonio Gamoneda- en espacios amenazados por la desaparición”.
Hay en estas pinturas un poso de autenticidad, de afirmación de la pintura, pintar contra todo, “contra el hecho-como afirma Olivier Mosset- de no poder pintar”, contra un mundo que ha igualado todas las imágenes y ya no se reconoce en ninguna. Pero hay, también, una declaración a favor de la abstracción que vuelve visible lo invisible, y modula, emocionadamente, el color y desborda, conscientemente, los tonos y posee la suficiente sensibilidad para entender la fragilidad pictórica. Una melanclía impregnada de cromatismo que Elías ha sabido transformar en arte.

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Apuntalar la imagen, resquebrajada su autoridad

Por Jaime Luis Martín (3 de Noviembre, 2009)

Iraida Lombardía
El origen de mi mundo
Del 9 de Octubre al 9 de Noviembre
Pinacoteca Municipal de Langreo Eduardo Úrculo

Acaso el rostro humano, el recuerdo de los seres queridos, lejanos o desaparecidos, sea, como señala Walter Benjamin, la última trinchera de resistencia para el valor de culto de la imagen, acaso el retrato todavía mantenga un algo especial, un rastro de aura. Buscando ese sentido aurático, Iraida Lombardía ha situado el rostro de su madre, Margarita Alonso, como eje central de la instalación El origen de mi mundo, sabiendo que en ese retrato todavía se encuentra el rastro melancólico de una serena belleza. En toda fotografía, aun siendo las apariencias coherentes, aquello que percibimos como real no es sino una mera ilusión. Y he aquí la cuestión esencial: ¿puede un retrato representar a la persona? Roland Barthes buscaba a su madre muerta en los álbumes fotográficos familiares; sin embargo, cuanto más se inclinaba hacia la esencia de su identidad, más se “debatía en medio de imágenes particularmente auténticas y, por consiguiente, totalmente falsas”.
El retrato fotográfico de Margarita Alonso es casi ella pero ese casi supone reconocer que no es ella. Iraida Lombardía, despliega un discurso con diversos elementos –objetuales, sonoros y multimedia- que interfieren con la fotografía central, reduciendo su ambigüedad. Esta amplificación de la representación sólo es posible si se recorre el camino hacia atrás, recopilando signos y acontecimientos, lenguajes y recuerdos, otorgando sentido a lo conectado y relacionando historias, aparentemente, inconexas.
Esta mirada trata de reconstruir lo real multiplicando el ilusionismo de la imagen. La secuencia fotográfica, tomada en los años setenta, en la que aparece la madre jugando con los perros en un paisaje nevado, representa un momento de felicidad que la aproxima a la ficción cinematográfica. Este instante de dicha plena se relaciona con el fragmento reproducido de la película El manantial de la doncella de Ingmar Bergman, un film duro y seco que dejó una profunda huella en Margarita Alonso. Se trata de explorar los límites de la imagen, de manejar un tempo lento como ocurre en el vídeo de la siesta de la madre, con la figura prácticamente inerte, de una quietud perturbadora, rota tan sólo por mínimos movimientos de la mano o de las orejas de los perros que duermen junto a ella.
En este proyecto no hay una narrativa lineal, sino circular, que se expande como las ondas que se forman cuando arrojamos una piedra al agua, mezclando tiempos y lugares, miradas y ficciones, reelaborando los datos para construir un algo de realidad. Alrededor del impacto visual que supone el primer plano de la madre, se crea un entorno donde conviven la fotografía de un solar en León en el que situaba la casa y la huerta de la abuela de la artista, con la imagen de la vivienda donde actualmente residen en Madrid, diapositivas de Roma y México, donde la madre vivió de forma temporal, con la fotografía del nicho familiar en el cementerio de Trobajo del Camino. Estas imágenes son documentos de una vida, pertenecidentes al ámbito privado que ahora se vuelcan públicamente, como sucede con la foto de la primera comunión de la madre, el único retrato de la infancia que conserva, o en la que aparece, en los años sesenta, bajo un hórreo en el Condado. La artista consigue construir una mirada creíble incorporando lo cotidiano, que otorga verosimilitud al relato, y eliminando, en la medida de lo posible, cualquier implicación personal. Por tal motivo, tiene pleno sentido integrar en la muestra las fotografías de una parte de la biblioteca de la madre y el botiquín familiar, pues ambas ahondan en la estabilidad narrativa, subrayando la realidad del día a día. El vídeo de la cafetera y la pieza del costurero continúan en esta línea, si bien, en este último caso, la reproducción en su interior de un fragmento –cuando la princesa se pincha con la rueca y se queda dormida- de la película La Bella durmiente de Walt Disney, provoca la irrupción de lo fantástico en lo cotidiano.
Las imágenes de las flores dulcifican una expresión que, por otra parte, no hace demasiadas concesiones a la sensiblería y se aproxima a las fracturas. En este sentido, la presencia en la exposición de animales como la serpiente –en un plano fijo de un vídeo- y un cuervo disecado, producen un efecto inquietante e introducen un signo de ambivalencia en la narración. Esta polisemia se ve subrayada con la fotografía de unas manzanas en el jardín de la casa de Asturias. Estos elementos, más que ningún otro, apuntan a una realidad dependiente de lo simbólico.
Luego están los sonidos: la respiración de la madre, las voces entrecortadas que emite una radio, el ruido de una cafetera cuando el agua entra en ebullición y el tic-tac amplificado de un reloj. Otra vez los ritmos referidos a unos espacios y tiempos habituales que apuntalan la imagen, resquebrajada su autoridad. Cada vez consumimos, bulímicamente, un mayor número de imágenes, pero carecen de suficientes datos para interpretar la realidad, son meras apariencias, espejismos. Más que nunca tenemos que recurrir a los filósofos que, desde Platón, siempre han intentado “reducir esa dependencia.Cito a Susan Sontag- evocando un modelo de aprehensión de lo real libre de imágenes”.
Todo comenzó con el gran retrato fotográfico de Margarita Alonso, todo se originó en esa búsqueda de la madre para encontrarse la artista consigo misma, todo empezó reconociendo que toda fotografía es siempre un fracaso, todo se inició en esa carga de amor que recorre toda la instalación. Pudo resultar una sucesión de registros banales, de accidentes individuales; pudo devenir en apariencias y espectros derivados del psicoanálisis; pudo acontecer un colapso narrativo. Sin embargo, nos encontramos ante un resultado poéticamente complejo, verosímil, reflexivo, que desenmascara el artificio de las imágenes, nos obliga a replantearnos nuestra percepción del mundo y, sobre todo, nos devuelve la ilusión por el arte.

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