La cultura del automóvil

Por Jaime Luis Martín (24 de Junio, 2009)

Auto. Sueño y materia
Del 15 de Mayo al 21 Septiembre
Laboral Centro de Arte y Creación Industrial

A veces, en muy pocas ocasiones, te encuentras con una exposición como «Auto. Sueño y materia», comisariada por Alberto Martín y producida por Laboral Centro de Arte y el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) de Móstoles, y vuelves a creer que el arte tiene algún sentido, que, todavía, sirve para reflexionar y aún mantiene su capacidad para contarnos historias que nos dejan embobados.
No pretendo dar pomada, pero el rugido del motor de esta muestra suena espléndido y muy poco se le puede reprochar a este discurso que, en palabras del comisario, «se configura, así, desde una doble vertiente: como una reflexión acerca de la tecnología y el progreso y sus condiciones, y como una mirada crítica desde el arte hacia el automóvil». Y ambos objetivos se cumplen de forma magnífica, como consecuencia de un trabajo bien hecho que implica una buena selección de las obras, un núcleo expositivo perfectamente tramado y un buen montaje que permite disfrutar de cada pieza. Pero, además, la industria del automóvil se encuentra de plena actualidad, sacudida, con mayor virulencia que otros sectores, por un colapso económico que ha tenido consecuencias impensables hace tan sólo unos años. Hasta la General Motors, uno de los símbolos del capitalismo, ha sido nacionalizada temporalmente como consecuencia de esta crisis.

El coche ha impuesto su propia cultura y ha modelado nuestro paisaje con las gasolineras, carreteras, aparcamientos y autopistas; ha definido las formas de trabajo y modificado nuestros hábitos de consumo, sería impensable la proliferación de grandes centros comerciales en la periferia de las ciudades sin el automóvil; y en el coche varias generaciones han descubierto el sexo y la velocidad, la libertad de movimiento y el modo de acceso a lo social; resulta, por tanto, como señala Jonathan Crary, «un lugar de múltiples intensidades». Pero no todas felices. La contaminación, los accidentes, las guerras del petróleo representan el lado negativo de este objeto industrial que, sin embargo, a pesar de estas trágicas consecuencias, sigue siendo deseado. 


La relación del automóvil con el arte ha estado presente durante todo el siglo XX y tanto para los futuristas como para los artistas fluxus, caso de Vostell, y la mayoría de los vinculados al pop, el coche ha sido fuente de inspiración y símbolo de un estilo de vida. De aquellos primeros modelos, en torno a 1910, que entusiasmaban a Marinetti por su velocidad, ruido y potencia, pasando por la visión más desencantada de la serie «Car Crash», que realizó Warhol entre 1961 y 1962, hasta llegar a la actual pesadilla de atascos y muertes, hay todo un recorrido que va desde el entusiasmo y la devoción a la crítica más exacerbada, acentuada en las últimas décadas como consecuencia de una mayor conciencia ecologista.

El acierto en la selección de los artistas y de las obras permite ofrecer un amplio panorama de todo lo relacionado con la cultura del automóvil. Desde la adoración del coche que lleva a un hombre a lamer la carrocería en el vídeo «Dirty car» de Franck Scurti a la acumulación de residuos de vidrio o neumáticos de Eric Aupol y Edward Burtynsky; desde las actitudes machistas y de reafirmación de grupo que demuestran los conductores de todoterrenos en el vídeo de Yael Bartana al atasco coreografiado de Maider López; desde las autopistas de neón de Koen Wastijn al viaje pictórico de Juan Fernández; desde el tuneado vandálico de Ahmet Ögüt a los retratos de vehículos que reflejan el aura de sus propietarios de Félix Curto; desde la aproximación al accidente, a partir de imágenes extraídas de internet o de los periódicos, de Dirk Skreber a la visión aparentemente idílica del vídeo de Corinna Schnitt; desde el coche futurista de Erwin Wurm al prototipo de Xavier Veilhan. Todo un recorrido por la temática del automóvil a través de más de un centenar de piezas, algunas de artistas tan significativos como Vik Muniz, que se apropia de imágenes de la historia del arte para fijar su visión de un coche accidentado; Julian Opie, con tres obras que recrean distintos aspectos de la realidad del automóvil; Andrew Bush, que logra transmitir con sus retratos fotográficos las distintas actitudes del conductor; Chip Lord, que recurre a un «mapeado» ficticio de la ciudad de San Francisco sirviéndose de las escenas de persecución de las películas «Vértigo» y «Bullitt»; June-Bum Park, que explora las complejas relaciones de un hecho tan banal como aparcar, y Panamarenko, que de manera visionaria desafía los límites de la racionalidad. 



Se puede afirmar sin miedo a equivocarse que «Auto. Sueño y materia» es una exposición recomendable, atractiva y oportuna, porque el coche sigue estando presente, de una forma determinante, en nuestras vidas, incrustado en nuestras fantasías y nuestros miedos. Y sus formas, el sonido del motor, el olor de la gasolina siempre evocarán la posibilidad de escaparse y alcanzar la libertad.

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En un lugar pospictórico

Por Jaime Luis Martín (17 de Junio, 2009)


Jaime Rodríguez
Off_On
Del 12 de Junio al 30 de Julio
Galería Texu

Resulta difícil imaginar cualquier proyecto de Jaime Rodríguez enmarcado en poéticas canónicas. Sus trabajos siempre se encuentran en el cuadrilátero, golpeando el concepto arte y lanzando un «crochet» a los convencionalismos pictóricos. Sólo en este sentido se pueden entender la serie «Utopía» y la propuesta de videoarte «Esencia», que presenta en la galería Texu. En el primer caso se trata de dibujos, «collages» -exhibidos con anterioridad en el Centro de Arte Casa Duró- que exploran mediante un lenguaje muy personal, sobrio, críptico por momentos, su visión de la sociedad globalizada y sus secuelas de abuso e injusticia. El capital se mueve, en esta nueva era, con total libertad e impunidad, pero se han intensificado los controles y se han construido nuevos muros y fronteras que impiden el transito de las personas. En este sentido Jaime desarrolla un discurso coherente, desencantado, en los márgenes, conducido por un trazo enérgico, ágil, desbordado, inacabado y sutil, en el que se puede respirar el final de una época creativa. 

La propuesta de videoarte se caracteriza por una vinculación con lo pictórico, incorporando al relato el color y la investigación de la abstracción, pero, también, manifiesta una preocupación por tramar salidas de lo real, huidas hacia la utopía, estimulando lo maravilloso y lo ideal, imaginando y potenciando mundos virtuales, nuevos espacios para soñar. Esta narrativa, tan alejada de la estética de la televisión y más allá de la realidad de los videoclips, aunque la música tenga una presencia determinante, representa una obra pautada y meditada, principio de una nueva etapa, caracterizada por el progresivo abandono de la pintura definida según parámetros clásicos. Cierto que algunos antecedentes como «A la deriva» marcaron el camino de los desplazamientos que pretende el artista, trasladando la pintura desde soportes tradicionales a poéticas participativas en la red. 

En este caso el vídeo «Esencia» se mueve por retóricas posfílmicas, ya que partiendo de imágenes grabadas con una cámara digital o bajadas de internet, consigue crear un ambiente pictórico con contaminaciones textuales. Se podría hablar de visiones u obsesiones envolventes, con la presencia del actor teatralizando cuanto de maravilloso tiene este sueño neobarroco de juegos y simulacros seductores, una artificiosidad que trastoca el orden permitiendo que se expandan los sentidos. Pero conviene recordar que este artista amarra todos sus proyectos con fuertes cuerdas conceptuales y nudos argumentales suficientemente sólidos como para evitar cualquier improvisación. El proyecto se puede dividir en tres secuencias narrativas: presentación del escenario, modulaciones de este paisaje y la presencia del personaje que desencadenará la escena final. La naturaleza se encuentra presente en cada una de estas partes, si bien se transforma, se vuelve más abstracta, activando lo misterioso y onírico. En este estado el espectador se ve asaltado por imágenes saturadas de cromatismo, un mundo pospictórico de gran intensidad y turbulencia, acompañado por la música – excelente el trabajo de ten&tracer y mshia-f-lehkla- que bien marca las pautas y los cambios de ritmo asociados a las distintas escenas, bien amplifica algún momento, subrayando las variaciones en la saturación de la tonalidad. 

El resultado es un alud de imágenes con el color como verdadero protagonista de este trabajo complejo que recurre a numerosas aportaciones visuales, pero mantiene un discurso diferente y personal, sirviéndose de las pulsiones pictóricas y los arrebatos teatrales para llegar donde todo es posible, un lugar próximo al corazón.


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Cuestionar el árbol

Por Jaime Luis Martín (10 de Junio, 2009)


Sobre cómo plantar un árbol del revés y preguntarse si sigue siendo un árbol
Iraida Lombardía
Fotografía y video
Del 5 al 28 de Junio
Casa Municipal de Cultura de Avilés

El enunciado “Sobre cómo plantar un árbol del revés y preguntarse si sigue siendo un árbol”, título de esta muestra, puede parecer una soberana tontería, y, sin embargo, plantea, como un ejercicio de reflexión y metáfora visual, algunos temas relacionados con la lingüística, la ciencia, la sociología, la filosofía y el arte que han estado presentes en los debates de los últimos años. En este sentido, el emblemática texto “Rizoma” de Gilles Deleuze y Félix Guattari, que inspira esta exposición, sentó las bases de un pensamiento que cuestionaba el modelo de conocimiento arborescente, proponiendo su sustitución por un sistema rizómatico, sin jerarquías ni centros y fácilmente modificable. La organización de los elementos ya no sigue la subordinación jerárquica tradicional, con un tronco del que parten múltiples ramas sino que cualquier elemento se puede conectar e interrelacionar con otro. Pensemos como rizomas en los bulbos y los tubérculos. Estos rizomas establecen principios de conexión, heterogeneidad, ruptura y multiplicidad, frente a la imagen arbórea más estática y enraizada, rígida y única, más controlable. Muy, al contrario, cualquier sistema rizomático se traduce en una mayor resistencia y roce con la estructuras de poder. Pero, el rizoma es, también, deseo, línea, mapa, la posibilidad de expandirse, de conectarse y por eso resulta tan importante relacionar las raíces o los árboles con un rizoma.

Y esto, precisamente, lo ha hecho Iraida Lombardía (Pola de Laviana, 1977) con la acción que ahora expone en la Casa Municipal de Cultura de Avilés. La artista interviene sobre un árbol condenado a desaparecer como consecuencia de los desmontes que, en el año 2007, se realizaron, en las proximidades de Somao, para la construcción de la autopista del Cantábrico. Una secuencia fotográfica y un vídeo muestran los trabajos de trasplante, en una operación realizada con diferente maquinaria, y que, finalmente, sitúa el árbol en posición invertida, acomodando las ramas en la tierra y dejando que las raíces alcancen una posición aérea. El árbol así dispuesto deja de ser un árbol y genera una dimensión escultórica, una huella rizomática, mostrando lo oculto y ocultando lo visible. Pero este garabateo disonante en medio del paisaje deviene, también, enigma, misterio, un absurdo que cuestiona la lógica y activa otros modos de componer y comprender la realidad.

Esta artista que ha realizado diversos masters sobre imagen y tecnología digital tiene las ideas claras y sabe muy bien cómo mantener la tensión visual sin descuidar el concepto. Y, si en su anterior trabajo, presentado en el Centro de Arte Joven de la Comunidad de Madrid (2009), exploró las trampas de la imagen con un conjunto de fotografías de paisajes idílicos expuestas con un molesto ruido, grabado en el lugar donde se tomaron y sólo perceptible al acercase, evidenciando el engaño, en esta ocasión ha conseguido elaborar un discurso visual en torno a la necesidad de establecer conexiones y desbloquear deseos, consciente de que el árbol, como imagen del mundo, resulta insostenible cuando ya no hay principio ni fin, sólo un punto intermedio, donde habitamos, dominado por la velocidad y el caos.

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Geometría y naturaleza

Por Jaime Luis Martín (3 de Junio, 2009)


Diego Canogar
Esculturas
Del 21 de Mayo al 15 de Junio
Galería Amaga

Un punto culminante para la escultura, según señala Martha Buskirk, tuvo lugar en 1961 cuando Piero Manzoni «creó un cubo de hierro y bronce de 82x100x100 con la inscripción invertida Socle Du Monde (Pedestal del mundo) y, por medio de este sencillo acto, declaró a todo el Planeta tierra su obra». Estas revueltas trajeron como consecuencia que, hoy en día, resulte prácticamente imposible definir la escultura. La visión clásica -un objeto tridimensional elevado sobre un pedestal- ha sido abatida desde mediados del siglo XX, para dejar paso a un concepto ambiguo que abarca la instalación, la acumulación, el empleo casi ilimitado de materiales y técnicas, que favorecen la adopción de gestos conceptuales, enfoques pop y poéticas personales. Un pluralismo que cuestiona el significado de lo escultórico y tiene en cuenta, sobre cualquier otro aspecto, la experiencia del espacio. 


Por estos derroteros espaciales se encamina el trabajo de Diego Canogar (Madrid, 1966), licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, que obtuvo, en 1990, una Beca Erasmus para trasladarse al Leeds Polytechnic, Inglaterra y recibió, en el año 2000, el Premio Leonardo Martínez Bueno para jóvenes escultores y el Premio-Adquisición en Generación 2000 de Caja Madrid. En el año 2009 su obra «Gran tetramorfo» resultó ganadora de la I Bienal de Obra Pública, siendo instalada en el Parque del Sotillo de Nueva Cerrada. Ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas destacando, últimamente, las llevadas a cabo en la galería Rayuela en Madrid (2007) y en el Centro Cultural Tomás y Valiente en Fuenlabrada (2008). 


En sus trabajos, sirviéndose de materiales tradicionales vinculados a la industria consigue desplegar una narrativa del vacío como un elemento esencial, pero, también, con lo orgánico y lo geométrico como susurro temático y sustento teórico de toda su obra. En este sentido sus series de «enroscadas», «aros», «curvas», «tetramorfos», «olas», «losas» y «ensamblados», profundizan en los tres aspectos apuntados y le permiten trazar un relato personal, una apuesta por la investigación. Estas estructuras pueden recordar, en algunos casos, caparazones o esqueletos pero tienden, la mayoría de las veces, a una abstracción con anotaciones geométricas y apuntes de movimiento, ritmos logrados mediante el corte y la torsión de la materia. Sin olvidar los paisajes metálicos con la línea de hierro dibujando en el aire. Por otra parte los grabados que presenta continúan en paralelo su obra escultórica, estableciendo un diálogo entre ambos lenguajes, pero conservando una identidad propia, con plena autonomía, caracterizada por la sencillez de las líneas que se interrumpen y quiebran, estableciendo juegos geométricos con vocación figurativa, de gran sensibilidad. 



Sus piezas recogen la tradición de las vanguardias pero con una orientación que asume todos los desplazamientos y las diversas voces que poblaron la historia en el siglo XX. Resueltas con sencillez y elegancia, relacionando geometría y naturaleza, mantienen una preocupación por la forma que se traduce en la pureza de las líneas. Todo un trabajo de investigación en torno al acto escultórico. 


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