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Por Jaime Luis Martín (26 de julio, 2011)

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ARCO, reanimado

Por Jaime Luis Martín (23 de febrero, 2011)

Volver a Madrid. En febrero la cita es obligada, no sólo por Arco sino por las diferentes ferias que se despliegan buscando un hueco en el mercadeo artístico. Cinco en total, contando con Arco, este año: «Art Madrid», «Madrid de Arte», «Flecha» y «Just Madrid». Y más de 145 exposiciones, alguna tan fresca y con planteamientos tan diferentes como «Sin Título, 2011, técnica mixta, medidas variables», organizada por un grupo de artistas en un piso de la Gran Vía madrileña. Y, sin embargo, pocos días antes de los fastos feriales seis asociaciones profesionales de las artes visuales presentaban, en una rueda de prensa, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, ocho medidas urgentes para rescatar al sector artístico de su actual paralización. Sin duda «hemos de ser conscientes -como afirmaba en un artículo Manuel Borja-Villel- de la excepcionalidad de nuestra historia y la precariedad de nuestra modernidad». 



Una modernidad a la que ha contribuido Arco, que cumple treinta años con un nuevo director -Carlos Urroz- quien ha sabido conciliar muy diferentes intereses, desestimando pretensiones bienalistas, centrándose en el mercado, reduciendo el número de galerías y ordenando los espacios. Todo un acierto tras el apagón de la edición anterior que enfureció a los galeristas, aburrió a los espectadores y dejó la sensación de que esto se había acabado. La reanimación de la feria no puede hacernos olvidar, cuando se cumple su trigésimo aniversario, el voluntarismo y generosidad de Juana de Aizpuru que se lanzó a la aventura de crear un evento de arte contemporáneo en aquella España de los ochenta, ni la labor de Rosina Gómez Baeza que logró consolidar Arco mediática e internacionalmente. 



Sin embargo, Arco no ha logrado fomentar, en estas tres décadas, un mercado del arte en España, entre otras razones porque no existe un coleccionismo serio, ni unas galerías -salvo excepciones- realmente profesionales, ni una ley de mecenazgo atractiva para el sector privado, ni un IVA reducido, ni las instituciones cuentan con unos presupuestos propios e independientes de los vaivenes y gustos políticos y apenas se emplea el 1 por ciento cultural proveniente de las obras públicas en adquisiciones o promoción del arte contemporáneo. 



Y si las cosas ya andaban mal, la máxima de que en época de crisis no corras ningún riesgo se cumple al pie de la letra en esta edición de Arco. Mucha pintura, pisando fuerte la fotografía, escasez de vídeos y ni oír hablar de «performance» u otras manifestaciones efímeras e intangibles poco recomendables en estos tiempos. A pesar de todo, hay algunas sorpresas muy agradables como la propuesta de Dora García en Juana de Aizpuru o el vídeo protagonizado por una vagina contrayéndose, obra de Pipilotti Rist en Luis Adelantado. Muy discreta la presencia de Rusia, país invitado, con propuestas que dejan indiferentes, al contrario de lo que sucede con la sección «Opening», un nuevo espacio abierto a galerías emergentes europeas, que se configura como una cartografía de gran interés. 



Las galerías asturianas Espacio Líquido y ATM Contemporary apuestan, siguiendo la tónica general de esta edición, por la pintura y la fotografía. Las poéticas figuraciones de Chechu Álava, los dibujos de Fernando Gutiérrez, las fotografías intimistas de Rebeca Menéndez y la instalación de Alicia Jiménez completan el pabellón de Espacio Líquido; mientras ATM rescata a un artista secreto y de gran interés como fue Armando Suárez y apuesta por Irma Álvarez-Laviada. Por otra parte, nos encontramos a Herminio en la galería Crayon, el jovencísimo Fran Meana en la galería Nogueras Blanchard, a Pelayo Ortega en Marlborough y a Dionisio González en Max Estrella. 

La trigésima edición de Arco se puede calificar de conservadora, pero su director ha logrado crear una feria más ordenada y normalizada, con planteamientos pensados para vender, sin pretender definir tendencias sino mercado, en un mundo donde, como afirma Boris Groys, «sólo las acciones y las transacciones parecen importantes».


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Activar el futuro

Por Jaime Luis Martín (30 de diciembre, 2010)

El año que termina no ha sido bueno para la cultura. El anuncio por parte de la mayoría de las administraciones publicas de bajar los presupuestos culturales y la situación gélida o ya con claros signo de hipotermia en la que se encuentran gran parte de los museos y centros culturales resulta realmente preocupante. Daniel Castillejo reflexionaba en un reciente artículo titulado «Cultura o barbarie» sobre la crisis económica y como afecta al mundo del arte en particular y a la cultura en general que, a pesar de ser un sector que aporta el 3,07 del PIB superior al energético (2,56) está sufriendo con enorme virulencia el impacto de las políticas extremistas del mercado que arrasan con todo, entre otros motivos porque todavía se considera la cultura un adorno, una nada, humo, algo prescindible cuando se produce el primer revés económico.

El artículo se hace eco de los anunciados cierres de la Fundación José Guerrero y Chillida Leku y los golpes mortales que están recibiendo numerosas galerías, revistas y pequeños museos, además de actores y agentes culturales que trabajan en condiciones cada vez más precarias. «La pérdida de musculatura de la cultura -escribe Castillejo- nos acerca al extrañamiento del Tiempo Histórico y a la ausencia de conciencia histórica» y nos aproxima peligrosamente a la barbarie. El texto nos sitúa ante una realidad que deja poco espacio para el optimismo y se extiende como un desierto cubriendo de arena y olvido los sueños, idealismos y utopías. Va calando, sin que exista el paraguas de una alternativa, la idea de un pensamiento único que se empeña en la desregulación del mercado para realizar, como a principios del siglo XX, las mayores atrocidades con total impunidad.

Y aunque, ciertamente, la comarca avilesina mantiene una presencia cultural que deberá ser impulsada por las infraestructuras en construcción, que estarán plenamente operativas el próximo año, no cabe duda de que la crisis afectará a su gestión. En todo caso, en el año que ya termina, en la Casa municipal de Cultura de Avilés, que apuesta por valores emergentes, han destacado las exposiciones de María Castellanos, Manu Griñón, la Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias, Valle Baranda y Víctor Garrido. En el Centro Municipal de Arte y Exposiciones (CMAE) cabe mencionar la didáctica muestra dedicada a la alfarería femenina, la obra gráfica de Salvador Dalí y el siempre polémico Takashi Murakami. En la galería Octógono tuvieron interés las exposiciones de Benjamín Menéndez, Julio Cuadrado, Jesús Ángel y Jaime Rodríguez. En la galería Amaga destacaron las propuestas pictóricas de Ana Fuente, Rielo y Ramón Rodríguez. En la sala Cajastur ha sobresalido el XLI Certamen Nacional de Arte de Luarca, recayendo el premio del Ayuntamiento de Valdés en María Braña y el premio Cajastur en Jacobo de la Peña «Israel».

Por otra parte señalar la presencia de Carlos Coronas en la muestra «Fiat Lux. Creación e iluminación» en el MACUF, Rebeca Menéndez en la galería Espacio Líquido, Nacho Suárez en la Sala Borrón, Cristina Cuesta en la galería Gema Llamazares y Juan Fernández en la galería Guillermina Caicoya, Blanca Prendes y Daniel Romero en la muestra Arenas Movedizas que tuvo lugar en las antiguas cocinas de Laboral Ciudad de la Cultura, en cuyo Centro de Arte se pudieron ver dos de la mejores exposiciones organizadas en Asturias, «Pasajes. Viaje por el híper-espacio» y «Feedforward. El ángel de la Historia» sobre la que planeaba la visión, tan actual, de Walter Benjamin, de un pasado en ruinas a causa de los dominadores y un futuro atormentado y sin historia política. Ante este panorama solo puedo esperar que el año 2011 nos traiga menos conformismo y nuevas estrategias para activar culturalmente el futuro.

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Trabajar a tientas

Por Jaime Luis Martín (15 de diciembre, 2010)

Rodrigo Martín
Cerca, trova (Busca, encuentra)
Pinturas y dibujos
Del de 2 al 30 de Diciembre
Casa Municipal de Cultura de Avilés

Pintar en estos tiempos en los que se habla de la imposibilidad de la pintura supone adoptar un tono discursivo que asuma la crisis en la que se ha instalado la pintura y, en consecuencia, trae una nueva hoja de ruta con el fin de incorporarla, de nuevo, al relato histórico del que ha quedado excluida. En este sentido, Rodrigo Martín (Langreo, 1986), licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona y miembro del grupo de pintores DIP, con numerosas exposiciones colectivas e individuales en Asturias y Barcelona, no es ajeno ni a estas reflexiones ni al legado pictórico que resuena en muchas de sus obras, cercanas al expresionismo abstracto y contaminadas del ideario de Greenberg: «un tipo de pintura más liso que cualquier cosa que hubiera presenciado el arte occidental desde antes de Cimabue: tan liso, en realidad, que difícilmente podría encerrar imágenes reconocibles». Aunque, ciertamente, aparecen impurezas en este ideal y asoma lo visible entre el gesto y los trazos. En algunas de sus obras alude a diversas figuras -el propio artista emplea títulos como «Silla frente al muelle» o «Sombra de cubos»- pero el tono predominante es la abstracción que refleja el contenido emocional de la experiencia.

En su obra, en la que se puede rastrear influencias desde Luis Fega a la caligrafía china, se producen tensiones entre el orden y el azar, entre el control y el impulso del gesto, entre lo cerrado y lo abierto, entre lo geométrico y lo gestual. Buscando un equilibrio Rodrigo Martín se adentra en un territorio compositivo en el que diversas franjas negras, a modo de fronteras, tensan la estructura o delimitan los campos de color. Y si los trazos negros recorren el cuadro convirtiéndose en algo distintivo de estos trabajos, el color rojo domina la escena produciendo momentos de gran intensidad y sirviendo de contrapeso a esas masas de oscuridad. No se trata de pintar como podría hacerlo un esquiador deslizándose sobre la nieve sino de golpear el blanco a cada gesto produciendo una especie de poética convulsiva, convirtiendo el lienzo en un campo de batalla que palpita a cada pincelada.

Aunque no debería preocuparnos el significado de estas obras sino su sentido, estas pinturas pueden entenderse, también, como paisajes, pensados no de forma descriptivo sino evocadora, como espacios acotados. De hecho la serie fue concebida después de recorrer y documentar fotográficamente algunos lugares en Asturias.

Rodrigo Martín busca un camino para afrontar la práctica de la pintura en la actualidad y se encuentra con un pasado opulento y un futuro incierto. Tal vez por eso sea más necesario que nunca que el pintor revuelva en la oscuridad, trabaje a tientas.

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Deambular por el hiperespacio

Por Jaime Luis Martín (9 de diciembre, 2010)

Pasajes. Viajes por el híper-espacio
Laboral Centro de Arte y Creación industrial
Hasta el 23 de Febrero

La presentación en Gijón de una selección de obras pertenecientes a la colección Thyssen-Bornemisza Art Contemporany (T-B A21), propiedad de Francesca von Habsburg, hija del barón de Thyssen, supone un acontecimiento artístico de primer orden, tanto por la cuidada elección de artistas y de piezas como por la concepción de la muestra: llevar al espectador a una experiencia diferente, un experimento visual que lo transforme, mientras divaga por un paisaje tanto mental como físico. En este sentido, los comisarios -Daniela Zyman y Benjamin Weil- han sabido articular un discurso que piensa el arte como un pasaje a una nueva dimensión, cuestionando las cualidades de permanencia, continuidad o estabilidad del espacio. Vivimos en una realidad cambiante e impredecible, en la que se mezcla lo real y lo virtual, de una enorme complejidad, que cada vez más difícil cartografiar y en la que resulta, prácticamente, imposible ubicarnos. La exposición fomenta un diálogo entre la arquitectura del centro de arte y las obras, y «no ofrece -según señala la comisaria- un montaje jerárquico, ni una posición desde la que abarcarlo todo, ni un itinerario ideal, es más bien una invitación a la exploración errante, a la investigación calidoscópica».

El recorrido por la muestra se inicia con unas enormes esculturas de luz que evocan las columnas de los templos griegos de Cerith Wyn Evans, para, posteriormente, adentrarnos en las piezas de Jeppe Hein y Olafur Eliasson que reclaman la participación del espectador, mediante una bola que rueda sin rumbo presentando nuevas imágenes del espacio o mediante un juego de luces que, al pasar por delante, proyectan sobre una pared blanca sombras coloreadas. En esta vagar sin rumbo destaca la misteriosa y magnífica pieza «Frío estudio del desastre» del colectivo «Los Carpinteros», recreación tridimensional de una fotografía que representa el estallido de un muro; la impresionante escultura de Ernesto Neto, que tanto recuerda un entorno arquitectónico como formas orgánicas, la singular columna de Ai Weiwei con las lágrimas de cristal realizadas a mano creando un ambiente visual sorprendente que aúna pasado y presente, la instalación de Pipilotti Rist, un festín para los sentidos donde se desvanecen los límites entre realidad y ficción, la pasarela rodeada por anillos repletos de bombillas de Carsten Höller, la excelente pieza de Doug Aitken, un laberinto de espejos que fragmentan y reconfiguran el espacio, como, también, resulta laberíntica la obra de Monika Sosnowska, un entramado de habitaciones que lleva al absurdo la política de vivienda en la Polonia de los años sesenta.

El video de Sergio Prego, en el que el artista registra un momento plástico desde diversos ángulos de visión, convive con la obra «Super-Noi», de Maurizio Cattelan, una serie de retratos del propio artista realizados por un dibujante policial a partir de las descripciones de amigos y conocidos de Cattelan. El trabajo de Carsten Nicolai experimenta con el sonido transformándolo en material pictórico audible mientras que Florian Hecker manipula el sonido para cuestionar la percepción espacial. La obra «Telephone» de la pareja Janet Cardiff y George Bures Miller se encuentra muy próxima a la performance, mientras que la propuesta de Michael Elmgreen y Ingar Dragset cuestiona, con ironía, las percepciones más básicas. La danza de un foco que recorre una barra de metal, obra de Olaf Nicolai, la manipulación de las imágenes de la televisión y el cine de Paul Pfeiffer y las composiciones videográficas, entre las formas orgánicas y las artificiales de Haluk Akakce, cierran este recorrido por una de las exposiciones más sobresalientes de las realizadas hasta el momento por Laboral. Un viaje por un archipiélago de conceptos y de formas que a nadie dejara indiferente.

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De premios y jurados

Por Jaime Luis Martín (1 de diciembre, 2010)

XLI Certamen Nacional de Arte de Luarca
Del 12 de Noviembre al 11 de Diciembre
Sala Cultural Cajastur
Alfonso VII, 2
Avilés

El Certamen Nacional de Arte de Luarca ha entrado en su madurez, superados los cuarenta años de existencia, con un bagaje histórico francamente favorable, y si bien parte de su éxito radica en su apuesta por valores de contemporaneidad plástica, no estaría de más que se fuera adaptando a estos tiempos y asumiera el código de «buenas prácticas», al igual que el resto de los concursos, en lo referente al nombramiento del jurado, pues, sin cuestionar su valía, parece deseable evitar designaciones a perpetuidad y aconsejable consultar a las asociaciones profesionales de artes visuales. Esto permitiría entrar en el juego a los diferentes intereses estéticos que conforman la complejidad artística actual. Por otra parte, los jurados deberían explicar, con suficiente claridad, los criterios seguidos para tomar unas decisiones que excluyen, por ejemplo, propuestas de interés en las que están trabajando jóvenes artistas y, sin embargo, admiten otras que resultan totalmente anacrónicas, creando una indudable confusión en un momento, como señala Elena Vozmediano, en que «los premios trasladan una visión y una valoración de las artes y tienen una incidencia tal vez mayor de lo que pensamos en la percepción social de éste». Y más cuando se trata de una premio tan arraigado en Asturias como el Certamen Nacional de Arte de Luarca.

Al margen de estas reflexiones cabe señalar que en la presente edición se han presentado ciento cincuenta propuestas quedando seleccionadas treinta y dos. El Premio del Ayuntamiento de Valdés recayó en la obra «Diálogos con Euler» de María Braña, una impresión digital sobre vinilo que busca referencias conceptuales en el matemático suizo Leonhard Euler y estéticas en las primeras vanguardias, con los «Prounen» de El Lissitzky como inspiradores de este trabajo que juega a construir con la pintura un universo equilibrado. El premio Cajastur se otorgó a la obra «Duermevela» de Jacobo de la Peña «Israel» que continua en la línea de sus últimas creaciones: potenciación de la mancha y esencialidad cromática, lo que le permite obtener resultados de una indudable rotundidad.

Entre los seleccionados cabe destacar la propuesta fotográfica de Iñigo Calles que deriva hacia lo pictórico, las «Vanitas II» de Nacho Suárez, un trabajo en el que dialogan distintos lenguajes tratando de romper la pureza estética y la homogeneización de la imagen, la «Barricada» de Cristina Fernández Box, a medio camino entre la escultura, la fotografía y la instalación; la fiesta cromática de Ana de la Fuente, la alegría pictórica de Mario Cervero y el barrido visual de Esther Cuesta. El resto de artistas seleccionados son: Cabrial, Otty Pérez Laspra, Mar Allende, Barrial, Luis Medina, Jiménez, Lola Berenguer, Luis Repiso, Mar Vidal, Paz Banciella, Federico Granell, Patu Inclán, Isabel Marqués, Pilar Martín, Day, Javier Bejarano, Ramón Moreno, Yayo, Román, A. Cambeiro, Fernanda Álvarez, Luis Melón, Alberto Cortés y Paco Vila Guillén.

Como sucede, año tras año, la sala de Cajastur solo puede acoger, por razones de espacio, una parte de la muestra, pero, a pesar de estos inconvenientes, el Certamen de Arte de Luarca sigue teniendo un indudable atractivo.

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Melodía crepuscular

Por Jaime Luis Martín (24 de noviembre, 2010)

Ramón Rodríguez
Luz última (Close your eyes)
Del 11 de Noviembre al 4 de Diciembre
Galería de Arte Amaga

Más de un siglo separa la «Impresión atardecer» (1872) de Claude Monet de la afirmación de Oliver Mosset «pinto contra el hecho de no poder pintar» (2005) pero, entre estos dos momentos, se puede situar la gran aventura de la pintura, sus rupturas y su agonía, las dudas sobre su porvenir y los esfuerzos para mantenerla con vida, asegurándole un futuro en una época en que la pintura es más una forma de pensar que una manera de intervenir sobre la materia. Estas fricciones llevaron a Ramón Rodríguez (Avilés, 1943) a reflexionar sobre la práctica pictórica y como consecuencia a desprenderse de los pinceles dejando que el ratón digital tomara el mando para, a finales de la década de los noventa, producir sus primeros trabajos infográficos.

Estos procedimientos creativos, por entonces novedosos en Asturias, le hicieron rastrear en la historia de la pintura, tal vez buscando una legitimidad que sentía cuestionada al abandonar las técnicas pictóricas convencionales. Y, como consecuencia, emergieron, en su obra, rastros, desde el impresionismo a las primeras vanguardias, reafirmando una tradición de la que siempre se consideró deudor. En este sentido las imágenes de esta serie tienen relación con las impresiones, lumínicas y sentimentales, que produce un paisaje, tan próximo para el artista, como el de Avilés, al que se enfrenta por primera vez, primando, en este desafío, la retina sobre la mente, el color sobre la narración.

Pero en esta serie no se encuentra la melancolía que traían los «Ecos de la noche blanca», ni la añoranza de una Venecia que, en la obra de Rodríguez, se desvanece entre reflejos de agua, sino que se resuelve con la letra crepuscular de la canción de James Taylor, «Close your eyes» (Cierra los ojos), estrofas que el artista ha elegido para acompañar este viaje a lo local, el periplo por una ciudad que bajo los efectos de la luz y del color se transforma en un mundo difuminado, que acaricia el pasado y provoca una sensación placentera; un mundo reconocible, pero en los lindes de lo visible, acercándose a la abstracción.

El tratamiento de las imágenes desemboca en una atmósfera que entrega, con la última luz del día, una gran variedad de destellos lumínicos y cromáticos, efímeros por definición, que modulan el tiempo y el espacio. El color que brota entre la claridad y la oscuridad, más atemperado que en otras etapas, «constituye -como acertadamente ha señalado Javier Hernando Carrasco- la verdadera médula conceptual de su pintura» y va creando diferentes relaciones con los tonos rojizos, anaranjados, amarillentos y violetas estallando o difuminándose según declina el sol y llega la noche. La pintura, construida en el ordenador, coloniza a la fotografía, sometida a distintos tratamientos digitales hasta provocarle una perdida de nitidez y de identidad, obteniendo como resultado una zona pictórica autónoma, a pesar de que lo fotográfico ha sido el origen de todo el proceso.

Este recorrido pictórico se convierte en un viaje romántico, en una travesía por lo íntimo, en un canto de amor a Avilés, el refugio que, en el ocaso, Ramón Rodríguez ha encontrado para interpretar, con sabiduría, una melodía cromática.

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Geografías invisibles

Por Jaime Luis Martín (17 de noviembre, 2010)

Víctor Garrido
Shanghái: Lost Identity
Fotografías
Del 5 al 30 de Noviembre
Casa Municipal de Cultura de Avilés

Las fotografías de Víctor Garrido (Valdés, 1979), titulado como técnico superior de imagen en el Centro de Estudios del Vídeo (CEV) de Madrid, nos sitúan ante el tsunami urbanizador que sufre Shanghai, un fenómeno que arrasa la ciudad histórica para dar paso a un conglomerado de edificaciones que han borrado cualquier signo de identidad y anulado el más mínimo atisbo de un espíritu urbano. Todo ello como consecuencia de un liberalismo extremo que arremete contra la planificación, muestra su peor cara cuando se reivindica la necesaria distribución de la riqueza y le resulta indiferente la cohesión social. «Es lógico -señala Antonio Alonso de la Torre en los “Pápeles Plástica”- que los lugares cambien de identidad, que de modo borroso fluyan hacia otra cosa, pero no por ello deben llegar a convertirse en ningún sitio». Pero la emergencia de la ciudad, con un desarrollo agresivo, ha propiciado un urbanismo reaccionario que anula la memoria colectiva, sustituyéndola por una memoria institucional, una memoria propagandística, que se proyecta hacia el futuro, sin rastro del pasado, pero siguiendo las huellas que deja a su paso un capitalismo salvaje.

Pero esta serie, premiada en Culturalaquí 2009 por el Instituto Asturiano de la Juventud y expuesta previamente en la Sala Álvaro Delgado de Luarca (2009) y en la Sala Borrón (2010), puede verse, también, como una mirada de fuera hacia dentro. Shanghai es un caso extremo, pero cada vez con más frecuencia se reproduce este modelo, contaminando el discurso urbanístico y afectando, incluso, a algunas de nuestras ciudades, con políticas que priman lo especulativo y lo ornamental, que son fácilmente seducidas por una arquitectura de prestigio, autista, sin posibilidad de un diálogo con el entorno, y que tematizan el espacio, buscando favorecer el consumo, con pretendidas singularidades insostenibles, cuando, tal vez, se precise aprovechar los valores diferentes y emocionales de lo local. Ninguna transformación política será posible mientras no propicie un cambio en la concepción del espacio y se favorezcan resistencias y flujos capaces de elaborar un discurso crítico que cuestione la realidad.

Las fotografías de Víctor Garrido nos muestran una ciudad que ha sido alterada como consecuencia de una aceleración que ha dejado atrás su historia o la ha vuelto irreconocible, que ha sufrido un proceso de homogenización cultural, una ciudad donde se intensifica el control excluyendo a quienes rechazan los valores ideológicos imperantes, una ciudad que difumina lo público y enaltece lo privado. La intención de Garrido no es mostrarnos una Shanghai de postal, ni documentar su calles o las fachadas de los grandes edificios sino situarse «en medio», en lo residual, en lo que carece de visibilidad, en territorios dialécticos, como sucede en la imagen en la que un hombre se encuentra sentado sobre un montón de escombros, de casas en ruinas, mientras al fondo, próximo, se erige un paisaje de rascacielos. En esta serie Víctor recorre la ciudad con una mirada fragmentada que, sin embargo, ha creado un entramado coherente que refleja un urbanismo concebido a medida de las necesidades capitalistas. Un proyecto, sin duda, de lo más interesante que incorpora las geografías invisibles y representa un punto de resistencia sobre la que construir otro urbanismo, otra arquitectura, más comprensible, más política e interesada por servir a lo colectivo.

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Nutrirse de pintura

Por Jaime Luis Martín (4 de noviembre, 2010)

Juan Fernández
Play
Del 22 de Octubre al 4 de Diciembre
Galería Guillermina Caicoya

El trabajo de Juan Fernández (Piedrasblancas, 1978) centrado en la pintura y el dibujo madura a la sombra de los retratos de jóvenes que escenifican su vida cotidiana y, entre fiesta y fiesta o ensimismamientos taciturnos, persiguen una identidad propia. Esta temática en la que ha venido insistiendo, insinuada en la exposición «Paisaje en un grano de arena» (2006) en la casa municipal de Cultura de Avilés y más evidente en la muestra «Final de fiesta» (2009) en la Galería Altamira de Gijón, supone toda una declaración de intenciones sobre su quehacer pictórico, convertido en testimonio de las derivas de su propia generación. Y es que los jóvenes están de moda, porque «el adulto de la sociedad de siglo XXI -ha señalado Marta Gili- ha trazado la vía de retorno que le permitirá instalarse y permanecer en el paraíso del capricho y la impostura».

Muchos artistas han explorado esta inestable etapa humana, y en el cine, la fotografía o la pintura el adolescente ha conquistado un lugar propio, tal vez porque su imagen defina, mejor que ninguna otra, una sociedad inmadura e insatisfecha. En este sentido los trabajos pictóricos de Muntean y Rosenblum, con quienes Juan Fernández podría establecer conexiones a nivel conceptual, resultan representativos de estas preocupaciones, reflexionando sobre la desorientación existencial y subrayando, críticamente, el rol asumido por los jóvenes, víctimas de un mundo para el que sólo cuentan como consumidores.

Pero los adolescentes de esta serie siguen seducidos por el juego y tentados por la vida, reafirmando su individualidad a pesar de las redes sociales -tuenti, facebook- que usan con fruición, como una manera de enredar en la intimidad. En algunos de estos retratos se percibe la influencia de los «mass media», a otros los rodea una atmósfera irreal, hay rostros de una generosidad melancólica y cuerpos que se desvanecen en medio de la apatía. En estas pinturas no importa tanto la anécdota biográfica de los personajes -situados en paisajes o ambientes indefinidos que no representa ningún lugar- como captar el interior de la persona o mostrar la vivencia del momento, esas pequeñas historias que estimulan el presente.

En la mayoría de los casos son retratos frontales, bien individuales o en grupo, resueltos con una técnica tradicional que domina magistralmente. Sus figuras delgadas y alargadas adoptan una inclinación a la espiritualidad, que inspira emoción y una fuerte carga dramática, como sucede con la joven solitaria y desnuda situada en el primer plano del cuadro. Sus dibujos más aligerados del dramatismo pictórico, resueltos con una envidiable frescura y una singular presencia, no pueden considerarse una obra menor, sino una parte muy significativa -más libre, más experimental- de la creación del artista. Aunque Juan Fernández se encuentra enganchado a la pintura, con la que consigue expresar la intimidad de los personajes retratados y encontrar alguna lógica a un mundo sobreexpuesto a un acelerado desfile de imágenes. En este sentido su pintura es la negación de la sobreexcitación, resuelta, todavía, a buscar lo sublime, lo profundo de la creación. Juan nos regala una obra bien hecha, de una gran intensidad, logrando, con sus pinceles, nutrirnos de una pintura, tan revitalizada, que aún mantiene su dominio hipnótico, aún goza de buena salud.

Fotografía: Miki López

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Densidades, fracturas y gestos

Por Jaime Luis Martín (28 de octubre, 2010)

José María Rielo

Tránsito

Del 15 de Octubre al 8 de Noviembre

Galería Amaga

En sus últimos trabajos José María Rielo (La Caridad, 1954) mantiene una postura ambigua y calculada al situarse en un espacio entre la abstracción y una sutil representación, construyendo sugerentes imágenes, visiones y paisajes que alberga el subconsciente y afloran cuando hurgamos en nuestras emociones y sentimientos. Cierto que en su última exposición en Amaga (2005) ya se apreciaba una tendencia hacia esta ambigüedad, así como una hartura matérica, que caracterizó sus anteriores trabajos, y en consecuencia un mayor sosiego pictórico, aunque pervivían y siguen estando presentes divagaciones y densidades, de las que intenta desprenderse para asumir la pintura como un ejercicio sustracción, un compromiso con el vacío, cercano a la espiritualidad. Paisajes heredados de una época que mantenía la fe en lo pictórico, paisajes que miran hacia el interior, recubiertos de un lirismo transcendente que acentúa los signos de intimidad tan presentes en esta obra. En su trayectoria, que se nutre de conceptos como misterio, visión, poesía, destaca el segundo Premio de Pintura en la Galería Dasto (Oviedo, 1999), y Premio Adquisición Trasacar en la XII Bienal «La Gastronomía y la Pintura» (2009).

En estas superficies sobre las que Rielo divaga intentando revelar la verdad de la pintura se acumulan densidades, fracturas y gestos que la mano del artista traza reiteradamente, a veces de forma convulsiva hasta dejar la huella enmarcada por el color. Pero son aquellas obras despojadas de toda anécdota, reducida la composición a lo esencial en las se concentran los momentos más relevantes. Por otra parte a las zonas estáticas se contrapone un universo dinámico, de trazos que producen diversas fluctuaciones y ritmos cambiantes. Estos compases suenan sin estridencias en una entonación cromática que se amplió en estas últimas composiciones pero mantiene una contención y un tono uniforme, alternando la serenidad con la pasión.

En sus trabajos, incluso en los de pequeño formato, se percibe una vocación expansiva, una búsqueda de la amplitud del espacio, tan cara al expresionismo abstracto y tan llena de matices claroscuros y destellos cromáticos, detalles que salpican al cuadro de intensidades. La piel de estas pinturas, la masa que la define es dúctil y maleable, fluye como un universo interior en expansión, en tránsito. Curiosamente, arropadas bajo este concepto tan inestable, coinciden dos exposiciones de pintura en Asturias, la de Javier Victorero en la Galería Cornión y ésta de Rielo. Y, aunque el paso pictórico de cada artistas es diferente, ambos comparten la misma pasión, a ambos se les va el ánimo tras los colores y ambos viven el acontecimiento espiritual instalados en la pintura. Y tal vez sea en estos tránsitos, donde la pintura ya sin lugar, ya sin refugio, sin la soberbia de otros tiempos, recuerde que nos debe la verdad, aquella verdad en pintura que Paul Cézanne prometió decir a Émile Bernard.

Categoría: General | Comentarios(0) | octubre 2010 |

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