Últimas noticias
- Colorín, colorado…
- Briatore, fulminado
- Al volante en el infierno verde
- La F1 se parte en dos
- Charla con Alonso (y III): “Suiza no es Asturias, pero se le parece”
- Charla con Alonso (II). “Estar en Ferrari sería inolvidable”
- Una charla con Fernando Alonso (I)
- Un “Gran Premio” para Oviedo
- Alonso, el mejor taquillero
- Punto y desmayo
Categorias
Archivo
- Noviembre de 2009
- Septiembre de 2009
- Julio de 2009
- Junio de 2009
- Mayo de 2009
- Abril de 2009
- Marzo de 2009
- Enero de 2009
- Diciembre de 2008
- Noviembre de 2008
- Octubre de 2008
- Septiembre de 2008
- Agosto de 2008
- Julio de 2008
- Junio de 2008
- Mayo de 2008
- Abril de 2008
- Marzo de 2008
- Febrero de 2008
- Enero de 2008
- Diciembre de 2007
- Noviembre de 2007
- Octubre de 2007
- Septiembre de 2007
- Agosto de 2007
- Julio de 2007
- Junio de 2007
- Mayo de 2007
- Abril de 2007
- Marzo de 2007
Alonso, a la medida de Sastre
Por Álvaro Faes (21 de Enero, 2009)
En Vila Nova de Cacela, en pleno Algarve portugués, a sólo 22 kilómetros de Ayamonte y del paso fronterizo sobre el Guadiana, se encuentra el Robinson Club Quinta da Ria. Es uno de los paraísos de sol y golf que salpican el Portugal más enfocado al turismo. Los empleados se mueven sin hacer ruido, como deslizándose por las enormes estancias. Un remanso de paz que invita al retiro en medio de una región que recibe visitantes del centro y del norte de Europa durante todo el año. «Aquí no utilizamos dinero, señor», advierte la camarera después de servir un par de capuchinos. Imposible pagar sin que aparezca un huésped para anotarlos en la cuenta de la habitación. ¿Y los bollos? «Son por cuenta de la casa, caballero». Se llama María, es gallega y seis meses empleada en el negocio le han bastado para contagiarse del karma marca de la casa. «Da gusto hablar con españoles, aquí son todo alemanes o ingleses», dice María con un acento gallego contaminado por el deje portugués y el terciopelo que se le agarró a la garganta tras unos años en las islas Canarias. Cuando se le avisa de que Fernando Alonso se acaba de ir de allí en bicicleta, le cambia el gesto. «¡Quiero conocer a ese hombre!», exclama desprovista de la cortesía corporativa.
En efecto, el piloto de Fórmula 1 había estado por allí no hacía demasiado y en ese momento surcaba las carreteras secundarias de la zona camuflado en el pelotón del equipo Cervèlo. En total, 110 kilómetros a rueda de Carlos Sastre. Amante del ciclismo y compañero habitual de Samuel Sánchez, Benjamín Noval o Chechu Rubiera en los inviernos asturianos, aceptó la invitación del último ganador del Tour para entrenarse junto al equipo suizo. «Ha sido un encuentro muy agradable, cuatro horas muy intensas. Me ha sorprendido lo fuerte que anda en bici», confiesa Sastre, orgulloso de una amistad nacida la pasada Navidad, durante el partido contra la malaria que organizaron Nadal y Casillas. Alonso ni siquiera torció el gesto cuando una intensa pero breve tormenta amenazó la continuidad de la actividad.
«Hoy tenemos un invitado. Fernando Alonso se entrenará con nosotros, así que vamos a enseñarle cómo se trabaja aquí y a darle un día duro». En el aparcamiento ajardinado del hotel, Jean Paul van Poppel, el sprinter que luchó a cara de perro con Abdoujaparov por el cetro de la velocidad en los años noventa, impartía instrucciones a voces. «El mismo recorrido que ayer. Dos horas y media por la mañana, y bici de contrarreloj por la tarde». Van Poppel es el director de un equipo con licencia Pro Tour que busca en el sur de Europa sol para la pretemporada. Cervèlo, reconocida marca de bicicletas de competición, ya mantenía una exitosa escuadra femenina y era proveedora del CSC. «Veían cómo otros administraban el dinero que ellos ponían y se han decidido a dar el salto», confiesa uno de los auxiliares españoles.
«Menudo madrugón, ¿eh?». Fernando Alonso apareció por el hotel a las nueve y media de la mañana, a poco más de 100 kilómetros del circuito de Portimão. A esa hora, Nelsinho Piquet ya rodaba con el R29 y sufría las primeras averías, habilitado sólo para nueve vueltas en toda la jornada. Las bicicletas rojinegras del Cervèlo lucían impecables apoyadas en un murete junto a la entrada, a 6.000 euros la unidad.
Sale Alonso. Le faltan los borceguíes de ciclista. Se retira a un lugar discreto y, siempre en compañía de Fabrizio Borra, fisioterapeuta, confidente y hombre para todo, termina de equiparse. «¿Aguantarás»?, le preguntan. «A ver, no será tanto como el Angliru, ¿no?», responde.
A una distancia prudencial, Luis García Abad, representante del piloto, observa la escena. No le termina de convencer el asunto, demasiado riesgo cuando hoy y mañana deberá hartarse a kilómetros en el R29. Pero el bicampeón es así.
El pasado domingo, recién llegado a Portimão, corrió una hora por los alrededores del hotel. En bicicleta se le calculan este invierno casi 2.000 kilómetros. Esto explica el nuevo perfil que lució, fino, estilizado, casi escurrido, con tres kilos menos de sus 70 habituales. El culote negro y la pernera larga ajustada acentúan su delgadez. «A ver cómo va la cosa», musita mientras se compone de riguroso luto, salvo el casco blanco. Alonso ya no se separa nunca de su bici. Una Colnago blanca, con su nombre en el cuadro, casi imperceptible. La lleva a todos los viajes y la saca a pasear en cuanto puede. Es parte del nuevo plan.
El nuevo sistema KERS pesa demasiado en un monoplaza que no puede pasar de 605 kilos, piloto incluido. Por eso los ingenieros agradecen cada gramo de menos. Con Fabri, Alonso ha trabajado este invierno grupos musculares que tenía abandonados. Mucha bici, carrera a ritmo de media maratón y fútbol y tenis para completar.
«Venga, una foto con Fernando». Sastre ejerce de jefe de filas, un papel que Alonso sabe representar, y le invita a saludar al patrón, uno de los dueños de Cervèlo, Phill White, que acribilla a preguntas al piloto en menos de un minuto. Le presenta a los otros ciclistas, entre ellos españoles como Íñigo Cuesta, José Ángel Marchante y Xavier Florencio. Hechas las presentaciones, no quedaba más que ponerse en marcha. «Prepárate, que iremos fuerte», avisó Sastre. Y Alonso se ajustó el casco y asintió.

Ferrari, sexagenaria y austera
Por Álvaro Faes (13 de Enero, 2009)
El tiempo de los grandes fastos ya pasó en la Fórmula 1. Las majestuosas presentaciones de monoplazas ya son historia y atrás quedan los tiempos de opulentas exhibiciones de grandeza. Hacía varias temporadas que en Ferrari se habían alejado de ese camino de ostentación y no había motivo para cambiar las costumbres, menos aún en el año de la crisis, la primera que consigue hacer tambalearse al Gran Circo. Así que no hubo focos ni purpurina en la presentación del F60, el coche de Ferrari para la temporada que ahora comienza. Fue en el circuito de Mugello, con Felipe Massa a los mandos y sin posibilidad de tomar imágenes. La estricta política de comunicación de Ferrari impuso sus normas: vídeo y fotos distribuidos por el propio equipo. Una forma de asegurarse el plano bueno y enseñar sólo lo que ellos desean, del que ya hace el número 55 en los modelos que la casa del «cavallino» ha fabricado para la F-1.
A las 9.35 horas de la mañana de ayer, el monoplaza rojo -que toma su nueva denominación como homenaje a los 60 años de Ferrari en el Mundial de Fórmula 1- echaba a andar por la pista de Mugello. Ferrari abrió así el turno de presentaciones de 2009, antes de que le sigan Toyota, pasado mañana; McLaren, el próximo viernes, y Renault, que desvelará cómo será el coche de Fernando Alonso el próximo lunes.
Los coches que compitan en Australia el 29 de marzo se parecerán poco a los que se estrenen estos días. Dos meses de evoluciones dan para mucho, aunque la verdadera ruptura con el pasado se produce a la hora del estreno, cuando por primera vez se pueden ver los monoplazas adaptados a la nueva normativa. Se acabó el poner sobre la pista una versión evolucionada del año anterior. El reglamento obliga a una profunda reestructuración de las líneas maestras del coche y así lo demostró ayer el F60, el primero de los coche de 2009 que ve la luz.
Algo habían adelantado Honda y BMW en los test del pasado diciembre, pero ayer ya se pudo comprobar en un monoplaza real, y no en una simulación.
Observar el F60 devuelve al pasado, a las máquinas de antaño, e incluso recuerda a coches de categorías inferiores. «El alerón trasero es más alto y estrecho que el del año pasado y el difusor ha sido desplazado hacia atrás», explicaron desde la escudería. El alerón delantero ha ganado anchura -ahora llega al nivel de los neumáticos- y ha perdido altura. Los pontones laterales lisos, limpios de deflectores y elementos aerodinámicos, hacen al coche más estilizado y compacto, aunque la observación frontal del vehículo descubre dos alerones, cuando menos extraños respecto a lo que venía siendo habitual.
Massa completó unos 100 kilómetros en la pista de Mugello, al no poder utilizar la de Fiorano, junto a la factoría de Maranello, por el temporal de los últimos días. La escudería confirmó que habían rodado sin mayores problemas y que incorporaron el KERS, el sistema de recuperación de energía cinética que tantos problemas está dando en sus inicios. «Me esperaba un coche distinto. He encontrado el F60 pequeñito, muy compacto y bonito. Es un poco como un Fórmula 3, dijo Felipe Massa. Kimi Raikkonen, que deberá esperar antes de estrenar el coche, apostó por romper con el pasado tras su fiasco de 2008. «El coche no fue como yo quería, pero eso ya es parte del pasado, pero ahora sigo adelante y volveré a intentarlo este año».
Susto en el paraíso
Por Álvaro Faes (6 de Enero, 2009)
El Lion in the Sun es el paraíso de Flavio Briatore en África. Sus enormes camas con dosel, el blanco nuclear de las sábanas, las toallas mullidas y las bañeras gigantes con grifos dorados dibujan el lujo del exclusivísimo Resort hotelero, último capricho del director de Renault. El complejo se asoma al océano Índico desde Malindi, en la costa de Kenia. El alquiler semanal de una de sus villas se va a los 36.000 euros. Es el precio del lujo y la privacidad de la que se jacta el hotel, un espacio construido bajo el dictado de la arquitectura típica africana, aunque con marcada influencia árabe e india. Allí pasó Fernando Alonso el Año Nuevo invitado por Briatore, nuevo dueño del establecimiento, según el diario italiano «Corriere della Sera». El mismo periódico cuenta el susto que se llevó el domingo el piloto asturiano cuando abandonaba el lugar en un vuelo privado junto a su esposa, Raquel del Rosario, Marta, hermana de ésta, y su marido, Ander. El aparato rozó con un ala una caseta del aeropuerto cuando apenas había recorrido unos metros antes de iniciar la maniobra de despegue. El viaje de vuelta se abortó y debió retrasarse hasta ayer.
Los cuatros viajeros resultaron ilesos y abandonaron la avioneta por su propio pie. Percance sin consecuencias, propiciado por los escasos medios de aeropuertos como el de Malindi, nada que ver con la imagen que se puede tener de un aeródromo occidental.
La caja de resonancia que es internet encendió las alarmas el lunes por la mañana. La red es un nido inigualable para alimentar bulos. No está muy lejano el de un accidente de tráfico del piloto asturiano, que efectivamente resultó ser una broma malintencionada.
El apellido Alonso eleva cualquier suceso a la enésima potencia. Desde los despachos de Renault y de representación del asturiano pronto se puso en marcha la maquinaria necesaria para frenar las alarmas. «No se puede llamar ni accidente. Al parecer, le dieron un golpe al avión mientras lo aparcaban», explicó Luis García Abad, representante del piloto. «No le damos la menor importancia y por eso nos sorprende todo este revuelo», añadió.
Desde Renault destacaron que se había producido «con la avioneta parada» y que nadie salió dañado.
