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Museo Marítimo de Luanco: la historia de “La Bañugera”
Por Ana Paz Paredes (20 de Octubre, 2009)
DÉJAME QUE TE CUENTE... Historias y leyendas en los museos y colecciones de Asturias: Museo Marítimo de Luanco.
SIN VIENTO EN LA VELA
Atracada «en batería» en el interior del Museo Marítimo de Luanco –un lugar del mundo en el que el visitante «camina sobre la mar»–, su vela enorme y llena de heridas de salitre y de viento casi parece que se hincha empujada por la imaginación de quien la contempla. Sin embargo, no hay brisa ni viento. No hay ventanas abiertas ni corrientes de aire que la hagan bailar. Tal parece que el tiempo detenido ha esculpido en escayola las perfectas ondas de su tela, abierta como un abrazo de gigante que no puede cerrar sus brazos extendidos para siempre. Esta vela es parte del alma de «La Bañuguera», una embarcación que nació en 1927 y que fue el medio de vida y sustento para varios pescadores de Bañugues durante los difíciles y duros años de principios del siglo XX. Concretamente a partir de 1930.

Recién pintada y con su peculiar motor de tres caballos de marca Yeregui colocado en el exterior, dentro de una urna de cristal para que pueda ser observada por el visitante, «La Bañuguera» sabe bien de la extrema dureza del trabajo de la mar, sobre todo pensando en aquellos años en que navegaba por el Cantábrico, por aquel entonces con seis tripulantes a bordo. Cuenta el director del museo, José Ramón García, que en esta embarcación de 1,70 de manga, 6,90 de eslora y 0,76 de puntal partían los seis pescadores de Bañugues hacia la Estaca de Bares, el punto más septentrional de la península Ibérica, en Galicia, a buscar diversos tipos de marisco.El largo y duro viaje se repitió muchas veces en el tiempo y, como era imposible realizarlo en una jornada, los pescadores hacían noche en el puerto de Viavélez, en el concejo de El Franco. Allí dormían, buscando el calor de unos cuerpos contra otros, en una embarcación que al mismo tiempo era su casa, intentando descansar a la espera de poner rumbo a tierras gallegas, refugiándose del frío y de la lluvia cubiertos únicamente por la vela.
Como dice el director del museo luanquín, «La Bañuguera», como tantas otras embarcaciones de pesca asturiana de principios de siglo, «es un ejemplo más de la lucha por la supervivencia en Asturias en unos años de extrema pobreza, y aún más en el caso del sector pesquero en todo el norte del país».
Los herederos de Julián García Fresno, que guardaron la embarcación años después de dejar de salir a la mar –uno de los motivos por los cuales se encuentra en tan buen estado– la donaron al Museo Marítimo de Luanco en el año 2004. Gracias a ellos conocemos su historia.
Hoy, y en medio de ese mar detenido en el tiempo que bien se puede pisar cuando se acude al Museo Marítimo de Luanco, «La Bañuguera» impone respeto y admiración a quien la contempla. Sin viento en la vela, navega sin embargo por el mar de la memoria compartida, contra la que nada pueden todas las galernas del olvido.
Los rapaces de lancha
Algunos libros sobre el mundo de la mar y la pesca en Asturias se refieren a la figura de los «rapaces de lancha», niños de entre 9 y 12 años entre cuyas tareas tenían la de ir llamando casa por casa para despertar a los pescadores para salir a la mar. Cabe recordar que en el Archivo Histórico Municipal de Gozón se conserva un bando, que data de 1851, que reza lo siguiente: «Los muchachos de las lanchas besugueras que acostumbran a llamar a los tripulantes a la una y a las dos de la noche, tocando bígaros y otros instrumentos, sufrirán el arresto de dos horas si después de haberles llamado por espacio de una hora continuasen incomodando a las poblaciones con los mencionados bígaros». Así lo recoge Toño Cuervo Rodríguez en su artículo «Aprendices del mar», del libro «Asturias y la mar», editado por LA NUEVA ESPAÑA en 2006.
Así señala este autor que «en Luanco, en la primera mitad del siglo XIX, despertaban tanto a pescadores como al resto de los vecinos con el estruendoso ruido del soplar de caracolas (turullos), a las que previamente se les realizaba una apertura en su vértice. Cada rapaz tenía que avisar, uno a uno, a la tripulación de su embarcación». Ni que decir tiene que, entre la chiquillería local, ser rapaz de lancha era todo un motivo de orgullo.
El Museo Marítimo de Luanco
Ubicación: Se encuentra en Luanco, en una institución integrada en la Fundación Cultural del Ayuntamiento de Gozón. Fundado en 1948, es el decano de los museos asturianos.
Contenido: Dedicado a la catalogación, recogida, estudio y exposición de todo tipo de materiales y documentos relacionados con la actividad marítima. Los fondos museográficos están divididos en cuatro secciones: carpintería de ribera (durante años una actividad en casi todos los puertos asturianos y hoy en vías de extinción); biología marina, pesca tradicional e historia de la navegación. A todo ello hay que añadir colecciones de iconografía marítima como artes industriales (en vidrio, porcelana, plata, marfil) y otras exposiciones puntuales.
Horario: De 11.00 a 14.00 y 17.00 a 20.00 horas. Lunes cerrado. Domingos y festivos, de 11.00 a 14.00 horas.
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(Pies de foto): Arriba, la embarcación “La Bañuguera” en el Museo Maritimo de Luanco; el motor de la embarcación, expuesto al público bajo un cristal; timón de una embarcación, fósiles marinos y vista del mar desde una de las cristaleras del museo, en Luanco.
Por los acantilados de Tapia
Por Ana Paz Paredes (10 de Octubre, 2009)
ASTURIAS EN LAS MANOS/ El ceramista
Javier Cancio recomienda realizar lel tramo de ruta costera comprendida entre las playas de Los Campos y La Paloma, donde se encuentra el inexcavado castro del Esteiro, habitado por el pueblo de los cibarcos.
Al artesano ceramista Javier Cancio le gusta mucho la historia de su tierra, Asturias. Se le nota, no sólo cuando habla de ello, sobre todo es evidente cuando muestra sus trabajos. Su taller está poblado, entre otras obras, de vasijas castreñas,
diseños celtas y ventanas prerrománicas, sin olvidar el primer trabajo de su hijo Martín, de 7 años, una pequeña casita blanca donde apenas
asoma una ventana, y que reina inocente sobre un estante de su taller en Tapia de Casariego.
Cancio se inició en la cerámica hace 16 años. «Estaba en paro y me inscribí en un par de cursos que se impartían en Taramundi». Al principio hizo muchas vasijas, ventanas viejas, puertas y paisajes. «Luego, me cansé», añade, y entonces comenzó a realizar las reproducciones del Prerrománico
que le han dado fama dentro y fuera del Principado. Pero también le gusta innovar, y ello no le impide buscar otras formas, -como si fuera un alquimista del barro y del agua-, y realizar, por ejemplo, diversas esculturas con esmaltes propios.
Este vegadense es un enamorado de la costa occidental asturiana y, sobremanera, de la cultura castreña, por eso recomienda a los viajeros realizar un preciosa ruta, por la zona litoral
de Tapia de Casariego, donde se combina la historia y la belleza del paisaje. Así, recomienda salir de la playa urbana de Los Campos, en Tapia, en dirección la Xungueira para, bordeando la costa, ir hasta la playa de la Paloma. Allí, cerca, se encuentra el castro del Esteiro, que fue habitado por la tribu celta de los cibarcos.
Según los historiadores, es uno de los más representativos poblados fortificados de la costa, con cuatro recintos defensivos y tres fosos. En 1970 se descubrieron varias casas y una choza circular. El castro fue cubierto y actualmente lo que puede ver el visitante son prados sobre el acantilado. Bajo sus pies, está la historia, y no en superficie, por eso resulta tan difícil encontrarlo (e imaginarlo), aunque esté indicado. Más adelante está otro castro,
el del Campón y, a continuación, la playa de Serantes desde donde, en marea baja, se puede cruzar hasta la preciosa playa de Mixota, frecuentada por los amantes del nudismo.
Un poco más allá, siguiendo por caminos a los que asoman casas diseminadas y extensos maizales, la carretera nos lleva hasta Santa Gadea y su playa, desde donde se ven los islotes As Pantorgas, que cuentan con abundante población de aves marinas. El mejor final es llegar hasta la playa de Peñarronda, impresionante monumento natural, y en cuyas dunas crece, -a ver si lo encuentran-, el alhelí de Mahón.
(Pies de foto).- Arriba, Javier Cancio en su taller, con una de sus obras menos conocidas. Debajo, reproducción de una vasija castreña del artista junto con la “primera obra” de su hijo de 7 años, que asemeja una pequeña casa, realizada en arcilla blanca. Debajo, dos de sus más conocidas reproducciones del arte prerromanico asturiano; señalización del castro del Esteiro (sin excavar); una vista espectacular de los acantilados tapiegos al atardecer desde donde se supone que está (bajo nuestros pies) parte de dicho castro; uno de los tramos de la ruta, plagada de grandes extensiones con maizales y, debajo, un surfista abandona la playa de Peñarronda en un día que se ha vuelto gris tras comenzar a llover de forma persistente.
Autora fotos: Ana P. Paredes
Quien quiera conocer más sobre la obra de este artesano puede visitar su pagina.
http://www.javiercancio.com





