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Lluvia
Por Ana Paz Paredes (9 de Febrero, 2009)
A veces, cuando llueve tanto como ahora, recuerdo los tejados en Os Teixois, allá en Taramundi, que con el brillo del agua se vuelven plateados incluso en el verano, dejando en el ambiente un sopor extraño y húmedo tras caer la última gota sobre el suelo. La lluvia, el orbayu, el permanente goteo, el ruido del agua contra las persianas, me traslada hasta el molino de Obaya, en Villaviciosa, en medio de un bosque de eucaliptos donde el río pasa, aún tranquilo, camino del mar. Allí me siento un rato con Alfredo, el molinero, que me cuenta porque es un molino maquilero y cómo funcionaba antaño, noche y día, para las gentes del pueblo. Llueve. También nieva, es cierto. Y pienso de nuevo en Asturias, esta tierra que es suya y mía y un poco de todos, y recuerdo el invierno del año pasado; caluroso, espeso, enfermizo, extraño y que dejó los campos, en verano, teñidos de amarillo. Es cierto que llueve en demasía, que una parte del mundo se quema y la otra, casi, se ahoga. Pero esa agua que suena rotunda, fuerte, persistente, forma parte indeleble de mi existencia: es la lluvia que cae sobre el monasterio de Obona, en Tineo, abandonado por “a quien corresponda”, convirtiéndose en ruina año tras año, cayéndose a pedazos sin que nadie ponga remedio . Es la lluvia paseando por la playa de Frejulfe, en Navia, lluvia acompasada por el estruendo de las olas. Es la lluvia que, haciéndose presente impregna de vaho la última fotografía de la capilla de san Emeterio, en Ribadedeva. A ver si este año se nos cumple lo de “año de nieves, año de bienes” y salimos todos, en dirección a un buen puerto, de esta crisis que empieza a dejarnos en secano los ahorros. Despido el blog con unos versos de Federico García Lorca que dicen como sigue: “La lluvia tiene un vago secreto de ternura,/ algo de somnolencia resignada y amable,/una música humilde se despierta con ella,/ que hace vibrar el alma dormida del paisaje”. Para despertarla dejo este hemoso video de un temporal frente a la costa llanisca, donde pueden asomarse al impagable espectáculo de los bufones de Pría.
http://www.youtube.com/watch?v=Dh0ZVZkUqkI&feature=related
(Arriba, imagen de lluvia en el exterior del monasterio de Obona (Tineo).- Ana Paredes)
A veces, para empezar el día
Por Ana Paz Paredes (5 de Febrero, 2009)
A veces, a primera hora, para empezar el día, antes de poner la mirada sobre la primera página del periódico, -últimamente convertida casi en una perpetua crónica de sucesos-, y para no dejarme la piel en tanto dolor ajeno, rebusco en el cajón de mis recuerdos de Asturias, que ya no la viajo tanto como antes, y me quedo mirando un rato una de tantas fotos donde aún huele la hierba, tras una rápida tormenta de verano, y hasta puedes oir batir las olas allá abajo, si miras el Cantábrico desde el faro de Oviñana, o escuchar al farero contar con voz trémula lo que le sucedió aquella noche de invierno en que le cayó un rayo en medio del salón. Digo yo que antes de abrir la siguientes páginas del periódico y volver por enésima vez a leer lo que han hecho algunos políticos el día anterior (osea, decirse lo habitual, véase yo te pongo a parir, yo más, tu haces mal esto, pues tu más peor raya-cruz-y medalla; pronto levantaremos un sinfín de pisos baratos y asequibles para todos los ciudadanos.., ah, no, perdón, eso es que lo soñé yo ayer cuando me quedé dormida tras repasar la cartilla del banco); antes, repito, de leer de nuevo con impotencia y con rabia contenida que otra mujer ha sido maltratada o asesinada por su pareja; antes de solidarizarme, aunque no les conozca, con todos aquellos (que podemos ser nosotros mañana) que un día comenzaron un proyecto, con toda la ilusión del mundo, y ahora tiene que cerrarlo y son servidos en bandeja a ese monstruo de cien cabezas llamado “paro”; antes, repito, necesito darle un “chute” de belleza al alma. Y además, para colmo, esta mañana se me ha estropeado la caldera. Es por eso que hoy, por ejemplo, me he marchado unos minutos a Quirós y he paseado por sus fotografías para recordar, por ejemplo y con cariño, a Alegría, aquella entrañable vecina de Bermiego que me regaló la historia del carbayu y de los emigrantes de su pueblo (aunque el famoso sea el tejo); me senté un rato bajo su sombra; busqué en el horizonte, al otro lado del valle, a los vecinos de Bandujo, y dejé pasear mi imaginación por la superficie, a veces cristalina, del embalse de Valdemurio, cuya imagen ilustra este comentario. Si lo necesitan, no duden en sentarse en esta orilla, a ver si pican las truchas. Aunque, la verdad, si no pican, tampoco importa.
La abuela de las tartas
Por Ana Paz Paredes (4 de Febrero, 2009)
Digamos no. No a que todas las tartas sean de la abuela en todas las cartas de cualquier restaurante, bar, barín, taberna o sidrería. La “güela del mundo” (digo yo, porque todo el mundo escribe “la tarta de la abuela, y no de mi abuela”), tiene el mayor copyright de la historia universal. Esta anciana trabaja más horas ininterrumpidamente y sin descanso que el mismísimo Papa Noel, que no da palo al agua y sólo labora un día al año haciendo juguetes para varios millones de niños. Y, encima, no todas las tartas le salen bien, sobre todo esa que se repite más que la morcilla de mi pueblo, de galleta, natillas y chocolate del de bote. La abuela pastelera se está forrando a costa de nuestra falta de imaginación. Voto por poner a las tartas otros nombres y apellidos, no sé, por ejemplo “la tarta caprichosa” (porque ni un solo día es la misma); “la tarta sotana” (porque está hecha con los bizcochos que más le gustan al cura); “la tarta llambiona” (más dulce que una piscina de merengue glaseado), “la tarta Colate” (claramente embadurnada de buen cacao y que recuerda al nombre del marido de Paulina Rubio), “la tarta megafashion”, a degustar en restaurante carisísimo donde lo último es beber Moscato a todas horas y cuya porción habrá que pagarse en cómodos plazos durante seis meses; “la tarta de mi madre” (aunque sea abuela, que también hace la mujer unas tartas de chuparse los dedos); “la tarta gaseosa” (porque es casera y, por lo tanto, muy apropiada para ese cliente que siempre pregunta lo mismo. Osea, lo de ¿y los postres, son caseros?), o “la tarta yanokeda”, que suena como a postre de la selva del Brasil pero que servirá para que el comensal se decante por unas estupendas natillas con galleta María flotante en su centro, que las hace que las borda la mujer del tabernero. Después de tanto hacer tantas tartas para tantos restaurantes, bares, barinos, tabernas y sidrerías durante los 365 días del año, pido para esta superabuela explotadísima que el gobierno le pague unas buenas vacaciones en Benidorm o en la Isla Margarita, y que no vuelva a meter nunca más las manos en la masa, excepto para hacer alguna pizza. Por cierto. Ahora que lo pienso, ¿aún no se ha inventado la “Pizza de la Güela”, verdad?

