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Cosas entrañables cotidianas
Por Ana Paz Paredes (17 de Octubre, 2008)
Ayer fue un día generoso. En una tierra de brumas, siempre me sorprende la luz del sol tras una mañana de lluvia pertinaz. Desde mi casa vi de nuevo a los perros correr y ladrar por el parque de la universidad. En la vida, algunas tardes, es mejor no mover las cortinas y dejar que el salón se adocene de bichos imposibles mientras miras esa planta número 20, a la izquierda, que también se acabará muriendo resecada por efecto de la calefacción. Sin embargo ayer otra vez tuve un día espléndido. Los niños del tercero, sobre todo el mayor, lloró como siempre a las nueve y cuarto, mientras que una hora después volví a escuchar el golpeteo con la fregona, en mi puerta, de la mujer que limpia los portales.
Por la ventana percibí el aroma a espaguetis a la carbonara proveniente de la cocina de mi vecina, una mujer gordita y rubia con una sonrisa preciosa que huele a hierba fresca cuando entra en el ascensor, donde a veces me miro los pies. Suelo hacerlo apenas unos segundos cuando me encuentro con algún otro vecino a quien no quiero decirle que hace un tiempo extraño o que hace un tiempo precioso o que hace un tiempo de mierda o que hace un tiempo que quién nos lo iba a decir hace diez años, mientras esperamos que se abra la puerta de acceso al garaje. En esto llega la cartera con otro paquetito maravilloso lleno de sueños que me envían mis amigos de Barcelona, y me mira con sus ojos de persona noble y muy cansada. Si tuviera confianza le regalaría un pinchito pequeño con huevos de codorniz y chorizo picante que levanta el ánimo a 300 muertos, por decir una cantidad.
Sé que hoy no hay nada para mi excepto el sol entre las nubes, los gorriones que comen las migas de pan que les tiro, el parque repleto de niños de colores subidos a los columpios; mi madre, que me lleva de paseo y me regala sus recuerdos como perlas; el esperado paisaje de paraguas abiertos ante la lluvia que amenaza con regresar, y un mensaje en el contestador automático que me recuerda que a las 16,30 tengo hora en el dentista para una cruenta sesión de limpieza bucal.
Pasan los años, y así como se me encoge y se me arruga la piel en ocasiones incluso a la vez que el corazón, al mismo tiempo los días se me presentan más generosos y me vuelven más humilde. Entonces cosas tan ñoñas como el sonido de la ropa girando en la lavadora durante el centrifugado, o las carcajadas del vendedor el cupón, que justo tiene su puesto debajo de mi ventana , van y me llenan de flores las palmas de las manos, hasta ese momento ocupadas cono un bote vacío de suavizante. ¡Qué felicidad!. No pierdo la esperanza de ver caminando por la calle a algún ejecutivo con un flotador con cabeza de pato puesto sobre ese traje que esconde las manchas de sudor de la camisa, en dirección, por fin, a la orilla del mar de nuestra infancia. Es lo bueno que tienen las cosas entrañables cotidianas. Que no sólo vuelven por Navidad.
El ruido de las palabras
Por Ana Paz Paredes (14 de Octubre, 2008)
Jean-Marie Gustave Le Clézio es una de las personas que mejor sabe escuchar al planeta tierra. El nuevo premio Nobel de Literatura dijo, tras conocer su designación, que “escribir es escuchar el ruido del mundo y viajando se escucha mucho mejor”. Estamos de suerte aquellos que, como yo, vivimos sordamente acostumbrados a los martillazos del vecino amante del bricolage, el claxon de los coches atascados ante el paso de los autobuses escolares, la tos agudizada en el otoño del anciano que vive solo y toma su pinta de vino en un bar del barrio, o el expectante sonido del centrifugar de la lavadora. Nuestra falta de interés por otros ruidos más grandes y desgarradores parece que se justifica echándole la culpa a la falta de tiempo, las prisas, las hipotecas, la crisis, la faja que aprieta, la familia separada, en fin, esa cotidianidad que nos tapona el pabellón auditivo y nos impide oir con desgarradora claridad el grito de los niños huérfanos de tantas guerras y que, casi a diario, salen en las primeras páginas de los diarios con su doloroso silencio haciéndonos preguntas desde su mirada de papel reciclable.
Tahar Ben Jelloun, amigo personal del autor francés cuya pequeña patria es sin embargo Isla Mauricio, le define como un hombre “siempre interesado por los pueblos desposeídos y por los individuos marginados por la crueldad de la vida”. Cuando surgen autores como él, cuya obra es una permanente denuncia en forma de novela, los que amamos la palabra la vemos convertirse en joya cuando son buenas y artesanas las manos que la utilizan. En un mundo donde muchos escriben para escucharse sólo a si mismos, otros lo hacen para que escuchemos lo que sucede en el resto del planeta. Quien ha visto la película “El jardinero fiel”, basada en una comprometida novela de John Le Carré, sabrá que las imágenes a veces son palabras que gritan tan fuerte, que no escucharlas haría que reventara nuestra conciencia.
En este sentido uno de los mejores ejemplos de escritura solidaria es el libro de la periodista y escritora canadiense Stephanie Nolen, titulado “28 historias de Sida en África”, donde recoge un caso personal por cada millón de infectados, es decir, 28 millones de personas en el continente africano. Este libro ya no hace ruido, es, más bien, un auténtico estruendo. No figura entre los más vendidos, es una “verdad incómoda” o, mejor dicho, una realidad que no escuchamos. Esta mujer, premiada por Amnistía Internacional por sus reportajes sobre derechos humanos, es como Le Clézio, alguien que no sólo escucha el ruido del mundo sino que además intenta que también lo hagamos nosotros para encontrar alguna salida común en el a veces difícil,- más para unos que para otros-, laberinto de la vida.
Blas de Otero ya lo dijo en su poema “En el principio”: Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra”. Le Clézio le preguntó una vez a su amigo Tahar Ben Jelloun, “¿no te parece que cada vez que se llega a escribir una frase es un milagro?”. Y el le contestó: “Creo que escribir es una manera de liberarse, y cualquier liberación es un milagro”. En mi modesta opinión lo que es un milagro es que alguien, durante toda su vida, se dedique a escribir (y además bien) el ruido del mundo en forma de novela y éste suene con toda su intensidad en cada una de sus páginas. Que nos quede la palabra, ya no. Eso, más que un milagro, es un derecho.
Tomás Noval, azul azabache
Por Ana Paz Paredes (3 de Octubre, 2008)
El viento fresco que sentía en el rostro mirando el paisaje inmenso desde lo alto del castro de San Isidro, entre Pesoz y San Martín de Oscos, a finales del mes de agosto, no me trajo ninguna noticia nueva sobre Tomás Noval Barredo, uno de esos hombres que pensamos que durarán siempre y que, por entrañables y queridos, no se irán nunca de este mundo. Vi esos días de agosto, por el occidente asturiano, muchas piedras de muchos colores, pero aquellas negras que había entre algunos espinos verdes y olorosos en la sierra de la Bobia y que me podían hacer pensar en el cachín de azabache que una vez generosamente me regaló un paisano de mi tierra, no me dieron el más mínimo indicio de que había muerto, en Villaviciosa, el último minero azabachero del Principado. Lo supe a mi regreso.
Tomás Noval era un hombre alto, de semblante serio en principio cuando no se le conocía, y acerado por el duro trabajo en la mina “Independencia”, donde entró por primera vez en 1938 con 17 años, siguiendo la tradición familiar por parte de su padre, Tomás, y de su abuelo. Tenía la voz, sin embargo y aunque ronca, suave en el tono. Era de frases pausadas y tosía de vez en cuando, posiblemente por culpa del tabaco, aunque él aseguraba que la verdadera culpable era la lámpara de carburo. El día en que tuve la fortuna de conocerle, él me esperaba sentado en un bar propiedad de una hija y en cuyas paredes colgaban varios reportajes sobre su padre, un hombre que, ya en vida, era a la vez historia y leyenda. Me miró largamente con su claros ojos azules y luego me regaló lo que iba a buscar: sus palabras y su tiempo. Y me habló de un barco pirata que encalló cerca de Oles, en la Peña del Infierno, sobre cuya cubierta, finalmente, se hallaron tan solo tres monedas y un perro muerto; y me enseñó sus manos, que me impresionaron porque parecía palas humanas de tanto sacar azabache. Una de ellas casi la perdió tras caer a plomo sobre ella una columna , “ me quedé sin la mitad de los dedos y me cosieron los tendones de extraer, salvándome la mano”, me dijo entonces.
Tras ese rostro en principio serio en aquel paisano tan grande y tan alto, a poco que se rascaba, salía enseguida el hombre cordial y generoso que era. “Yo sólo he trabajado para vivir, para vivir tranquilo, no para hacer riquezas”, afirmaba. Todos los artesanos del azabache le estimaban seriamente y le consideraban un maestro. Algunos de ellos se sienten también, ahora, un poco huérfanos.
Tras aquella entrevista, y aprovechando mis visitas en años posteriores a Begoña Gutiérrez, una buena amiga azabachera que reside en Oles, le preguntaba por Tomás. “¡Ahí está, resistiendo!”, me decía. Si te acercabas a su casa para saludarle, tanto él como su mujer, Patro, invitaban a unas sidras “que ye un momento”, o había que tomar “un algo” para charlar un rato sobre todo. Y recordar de nuevo lo de aquel barco pirata que naufragó con un tesoro cerca de Oles; o contemplar su colección de lámparas mineras, o sorprenderse ante el magnífico collar que regaló a su esposa; o charlar sobre lo difícil que se estaba poniendo sacar azabache, cada vez más escaso. Le admiraba por su sencillez y por su capacidad inmensa de trabajo en un medio tan hostil, pero también por aquella transmutación de su rostro, que pasaba del gesto adusto bajo la boina, a la sonrisa franca y a la cordialidad extrema en menos de un segundo. Era, en fin y como decimos en Asturias, “un paisano que se vestía por los pies”.
A los que quedamos por aquí, nos dejó en la memoria su ejemplo de bonhomía y el limpio azul de su mirada en los brillos imposibles de un trozo de azabache. Azul y negro para recordar a Tomás Noval. El último minero azabachero del Principado.

