El señor Cayo

anamaseda (6 de Noviembre, 2011)

Pocos habrá que no se hayan enterado aún de que tenemos elecciones a la vuelta de la esquina. Por si fuera poco el bombardeo informativo al que nos someterán los medios hasta ese día, habremos de sufrir las incomodidades que supone la presencia de propaganda electoral por doquier. Como muestra, un botón: en su afán por hacerse más visibles que nadie, dos formaciones políticas han colocado sus pancartas en las vallas laterales de los carriles de acceso a cierta rotonda elevada en cierta cuenca minera; el resultado es que ahora tendremos que cruzar los dedos y esperar que los líderes en ellas representados cobren vida y asuman el papel de reguladores del tráfico, porque de otro modo, hasta que no tengamos medio coche invadiendo dicha rotonda no veremos si el camino está libre o no. Pero no es ése el tema que iba a tratar.

La cuestión es que, como una de los (según Bruselas) más de cinco millones de parados que somos en España, estoy esperando una disculpa por todos los agravios de que hemos sido objeto. Ya que el colectivo de desempleados representa un porcentaje significativo del electorado, habrá que tener un pequeño detalle con él, ¿no? Me explico: de unos años a esta parte hemos sido algo así como el saco de boxeo (por no decir otra palabra) de todos los vaivenes económicos. No nos hemos librado de ni uno de los recortes, medidas de contención del gasto, malas decisiones, despropósitos y afines. Cada vez que hubo que prescindir de prestaciones o ayudas, fuimos los primeros en caer (total, de tan magullados no van a notar otro golpe más, deben pensar los políticos), y si llegó a haber algo bueno, fuimos los últimos en el reparto.

No termina ahí la cosa: ni siquiera el sistema electoral está de nuestro lado. No conozco un solo trabajador al que le haga ilusión tener que integrar una mesa y darse un madrugón en domingo por mucho que al día siguiente le reduzcan la jornada en cinco horas. Sin embargo, sí sé de más de un parado al que los 62,61 euros de dieta por tal concepto le aliviarían un poco o le permitirían darse un pequeño capricho. ¿Por qué entonces no se decide que las mesas electorales estén formadas sólo por desempleados?

Sólo me queda decir que en lo que queda de campaña me gustaría sentirme como el señor Cayo, que se disputaran mi voto, que realmente intentaran persuadirme, pero no con palabras amables, ni con mensajes vistosos, sino con hechos y realidades. Como en el libro de Delibes, me gustaría que los políticos vinieran a preguntarme y a escucharme, no sólo a intentar venderme sus consignas. Que de verdad prestaran atención a lo que sucede a pie de calle, y que se dieran cuenta de que el día a día poco o nada tiene que ver con esa realidad edulcorada que nos quieren vender…

¿De quién es esto?

anamaseda (6 de Septiembre, 2011)

Me llama la atención cuando la gente dice que Fulanito está trabajando “de lo suyo”, o cuando alguien pregunta ¿entonces, no hay trabajo “de lo tuyo”? ¿Lo tuyo, lo mío, lo suyo… lo de quién?

Dediquemos un par de minutos a meditar. ¿Qué es “lo tuyo”, o “lo mío”, o “lo suyo”? ¿De qué estamos hablando? ¿Qué Fulanito está trabajando“ de lo suyo”? Pues claro, mientras sea él el que está trabajando, suyo será el puesto.

¿Cómo saber qué es lo tuyo, lo mío, o lo suyo? ¿Hay alguna norma, escrita o no, que aclare el tema? ¿Quién dictamina que ese empleo es “de lo tuyo”?

Podría uno pensar que tiene algo que ver con los estudios. El que termina un módulo de FP busca trabajo en algo relacionado con la materia en la que acaba de formarse. El que se diploma o se licencia en la Universidad intentará encontrar un empleo en el que demostrar todo lo que ha aprendido. ¿Y el que sólo cursó la EGB, el BUP, o como demonios quieran llamarlo ahora? ¿Qué es “lo suyo”entonces?

La otra opción es pensar que “lo tuyo” se refiere a aquello en lo que ya tienes cierta experiencia laboral. Así, aunque hayas hecho el reputadísimo master “Fundamentos de la cría del mejillón en cautividad: no es nácar todo lo que reluce”, si llevas un puñado de años repartiendo correspondencia, puede que “lo tuyo” sea realmente el trabajo en Correos.

Me atrevería incluso a dar otra vuelta de tuerca. ¿Y si has trabajado de una cosa, has estudiado otra, pero ninguna de ellas te satisface y quieres dedicarte a otra actividad totalmente distinta que es la que realmente te interesa? ¿Será entonces eso “lo tuyo”?

Se dice, se cuenta, se rumorea en los mentideros del SPE, que hay algún afortunado que está trabajando “de lo suyo”, que después de terminar sus estudios logró hacerse con el puesto para el que se había formado… ¡y que incluso le gusta!, pero nadie le ha visto.

Francamente, a mí todo eso me suena a leyenda urbana…

Ten cuidado con lo que deseas…

anamaseda (27 de Julio, 2011)

Después de un tiempo prudencial, porque no conviene hablar antes de tiempo ni adelantarse a los acontecimientos, porque las prisas son malas consejeras y no se debe vender la piel del oso antes de cazarlo, puedo decir con pleno convencimiento y amparada por las pruebas que lo he conseguido.

Después de hacer uso de mi derecho a la pataleta, de quejarme de vez en cuando, de despotricar en ocasiones, pero siempre sin perder la educación ni las formas, he llegado a la conclusión de que alguien me ha escuchado. Por fin se ha producido un cambio en mi condición. Pero no quiero vítores ni fanfarrias, ni tracas, ni bandas de música anunciando a bombo y platillo la buena nueva. No me refiero a tener un trabajo, no. Hablo de que por fin he dejado de ser uno de esos parados “acosados” por las mismas ofertas procedentes de portales de búsqueda de empleo en internet. Ya no tengo la bandeja de entrada del correo saturada de mensajes clónicos que sólo varían en la fecha. Ya no recibo mensajes de tres en tres siempre a la misma hora como si fueran obra de un ordenador con un grave trastorno obsesivo compulsivo. Ya no tengo que borrar en bloque series interminables de e-mails que se repiten hasta la saciedad. Por fin he vuelto a la tranquilidad de saber que el spam de siempre ha recuperado su lugar de honor, y que no tendré que bucear entre una miríada de ofertas de empleo caducadas para encontrar maravillosas réplicas de relojes de lujo con un 40% de descuento, y que ahora vuelve a resultarme mucho más fácil reclamar mi premio millonario en la lotería de Ghana. Parece que se cumple aquello de “quien no llora no mama”, y que esta vez mis quejas no han caído en saco roto.

Claro que, como todo lo que parece demasiado bueno, tiene trampa. Sí que he dejado de recibir ofertas repetidas, pero ya de paso también he dejado de recibir las nuevas. Es más, me da la impresión de que he sido eliminada de la lista de correo de alguna que otra página. ¿Error informático? ¿Represalias? ¿Vendetta? ¿Castigo ejemplar? Daño colateral, en cualquier caso. Aunque, habida cuenta de que incluso los medicamentos más milagrosos tienen efectos secundarios, siempre será mejor esto que aquello de “puede provocar la aparición de vello no deseado”, ¿no?

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¿Hay alguien ahí?

anamaseda (8 de Junio, 2011)

Acabo de cumplir años. El dato no tendría nada de relevante si no fuera por un detalle: las felicitaciones. Aparte de las típicas de amigos, familiares y conocidos, y de las de cortesía, he recibido las de varias páginas de contactos… laborales. Mi primera reacción ha sido de sorpresa, inmediatamente seguida de alivio. ¿Y por qué alivio? Porque creía que todos los administradores y afines de los portales de búsqueda de empleo por internet habían muerto a manos de algún parado iracundo y rabioso que seguramente habría dejado como firma una tarjeta del Servicio Público de Empleo.

Me explico: llevo ni se ya cuánto tiempo registrada en varias webs de las mencionadas; actualizo mi perfil periódicamente y de vez en cuando me inscribo en alguna oferta. Hasta ahí todo normal. El caso es que cada vez que reviso mis candidaturas me parece estar teniendo un déjà vu; es como si estuviera atrapada en una grieta temporal en la que todo parece haberse detenido y no se me permite avanzar. En todas ellas el estado es “Recibido”, “En proceso” o similares. Lo curioso del caso es que algunas de ellas datan de hace más de un año, y otras de varios meses atrás. Sin embargo la cosa no logra alcanzar un desenlace (ni positivo ni negativo). Entonces empiezo a plantearme: “pues sí que se lo toman con calma algunas empresas, ¿no? Un proceso de selección de personal de más de un año… ¿buscan al candidato ideal o es que están esperando a que nazca?”

De veras me alegro de haberme equivocado pensando que estos motores de búsqueda de empleo estaban muertos, y eso que estaba totalmente convencida, sobre todo teniendo en cuenta que día tras día me envían al correo las mismas ofertas en las que ya me he inscrito con anterioridad, nunca otras nuevas. Claro que también podría haber otra explicación: quizá todos estos mails con propuestas laborales sean generados automáticamente por unos servidores con pequeños errores de programación que los hacen entrar en bucles infinitos de ofertas pendientes. Y quizá las felicitaciones de cumpleaños que he recibido también hayan sido generadas automáticamente. Quizá la realidad sea que no hay nadie trabajando en estas webs, que se alimenten de información que obtienen a través de la Red, que estén controladas por un superordenador.

No, no puede ser posible que no haya nadie trabajando en portales que se dedican a ayudar a la gente a encontrar empleo. No tendría sentido… ¿o sí?

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Mentes criminales

anamaseda (24 de Mayo, 2011)

Tengo que confesar que como asesina en serie soy un absoluto fracaso. No sé cuántas veces he intentado ya terminar con mi condición de parada. Lo he hecho de todas las formas posibles, pero no ha habido manera. Lo más que he conseguido ha sido herirla, pero nunca de muerte, y siempre ha terminado sobreponiéndose tras una recuperación más o menos larga.

En mi ficha constan varios planes de empleo frustrados, acciones complementarias en grado de tentativa y multitud de intentos variados (a veces incluso inverosímiles), pero parece que de momento no soy lo bastante peligrosa para mantenerme encerrada indefinidamente. Me he enfrentado a varios interrogatorios, me han considerado sospechosa, pero al final siempre hay algún detalle que hace que no encaje exactamente en el perfil, así que terminan soltándome.

Me he documentado; he estudiado a los grandes maestros del crimen organizado, a los asesinos del status de parado más célebres, a los más eficaces, y he tratado de copiar su estrategia, pero hay que ser demasiado metódico y no dejar nada a la improvisación. He intentado emular a uno de los más famosos, el opositor del Principado, pero ha sido inútil.

A veces me siento como el malo de una película de Disney: por más felonías que tramo nunca logro salirme con la mía, y siempre termino condenada al paro forzoso.

Pero esta vez va a ser la definitiva. Lo presiento. Esta vez va a ser la que definitivamente deje pasar, porque se han abierto unas cuantas convocatorias de Planes de Empleo municipales y no pienso presentarme a ninguno. Me he aburrido ya de intentar encajar en un perfil tan específico; creo que ni aunque me pintara de verde daría el pego. Y aunque como asesina de mi condición de parada sea un estrepitoso fracaso, no pienso pasarme al terrorismo ecológico, así que no voy a contribuir a cargarme un puñado de árboles para convertirlos en impresos oficiales y fotocopias que al final terminarán no sirviendo para nada.

Criminal sí, pero con escrúpulos…

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La Ruta 66

anamaseda (21 de Abril, 2011)

Nunca me gustó el bacalao, ni el que se come ni el que se baila, así que la ruta que lleva su nombre jamás estuvo entre mis planes. De vinos entiendo lo justito (distingo entre un Rioja y un Ribera de Duero y poco más), así que se trata de otra ruta a descartar. Caminar sólo por caminar, sin tener que ir a ningún sitio, está bien de vez en cuando, pero tomarlo como costumbre… creo que no, así que también eliminaré de mi repertorio la ruta del Alba, la de las Xanas, la del colesterol y todas las incontables que hay por toda Asturias. Las de la seda, las Indias, la plata y demás me quedan un poco desfasadas, me temo. No tengo una Harley Davidson ni soy un cuarentón en plena crisis de identidad tratando de encontrarse a sí mismo, así que la ruta 66 tampoco es lo mío. Quedan docenas, cientos de rutas por nombrar, pero ninguna de ellas es relevante para mí. La que ocupa un hueco en mi vida es sólo una: la ruta de las ETT’s.

Efectivamente, con cierta periodicidad me gusta dedicar un tiempo a recorrer todas las empresas de trabajo temporal que encuentro en mi camino. Aún recuerdo la primera vez que lo hice: indagué en Internet y en las Páginas Amarillas y elaboré un listado de todas las que se hallaban en mi radio de acción. Pertrechada con varias copias de mi currículum vitae y grandes dosis de paciencia me dispuse a visitarlas todas.

En la primera de ellas me hicieron varias preguntas para ampliar información y llenaron mi currículum de anotaciones y subrayados (buena señal, pensé; al menos muestran interés). La segunda estaba en un bonito edificio con un bonito portal y una no menos bonita recepción; lo que había tras ella lo ignoro, porque mi currículum no llegó a pasar de allí (al menos en mi presencia, y a tenor de los acontecimientos, temo que lo único para lo que se movió fue para ir directamente a la papelera). Me costó encontrar la tercera, porque no había en el portal ni un rótulo ni nada que hiciera sospechar que estaba en el sitio correcto; una vez en la oficina una chica muy amable me dijo que ya se encargaría ella de archivar el currículum, y si surgía algo… (un montón de arañas, pensé yo, será lo único que surgirá de esos ficheros tan cargados de polvo que, me temo, hace ya demasiado tiempo que no se abren). La cuarta del listado parecía más bien un taller de arreglos de costura que una ETT (un bajo con una carpintería de aluminio hecha por verdaderos manazas), y en ella dejé otra copia acompañada de un impreso que hube de cubrir sentada en una silla sacada directamente de un parvulario. Como dirían los taurinos, no hay quinto malo, y éste se anunciaba con un gran letrero en la fachada del edificio; tuve que rellenar una ficha y “dejar mi currículum ahí encima de esos papeles” según me indicó la… ¿responsable?; crucé los dedos para que no fuera a parar directamente al cubo de reciclado, que era donde tenían toda la pinta de ir destinados esos papeles a los que se refería la …¿responsable? (salvo que su secreta afición fuera coleccionar periódicos viejos y folletos atrasados del supermercado de la esquina). La sexta ETT del listado había cerrado; la séptima estaba un poco fuera del itinerario, pero me encaminé a ella igualmente; al menos ésta tenía pinta de moderna, limpia y ordenada.

Pero la mejor de todas fue, con diferencia, la última, una de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que por algún extraño motivo me sugiere algo así como un complemento dietético para culturistas. Allí me dijeron: “uy, aquí no recogemos currículums en papel; siéntate en uno de esos ordenadores y vete cubriendo los datos que te pide”. Y lo hice, por cierto, sin que las que allí trabajaban me prestaran ninguna atención, pues de tan animada que era la conversación que estaban manteniendo, incluso el café se les estaba quedando frío. Así que cuando llegué al final del interrogatorio virtual me surgió una duda que de buen grado les habría trasladado a ambas empleadas si mi sentido común no me lo hubiese impedido: “oye, aquí donde pone PUESTO DESEADO me gustaría dejar claro que quiero uno de ésos donde se trabaje poco, se dé mucho el palique con los compañeros y se hagan unas pausas maratonianas para el café… ¿cómo llamaríais vosotras a lo que hacéis?”

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El juego de las siete diferencias…

anamaseda (3 de Marzo, 2011)

Al hilo de una noticia que apareció hace unos días en los medios de comunicación volvió a mi mente algo que me llevaba rondando hace tiempo. Y lo que me refrescó la memoria fue ni más ni menos que enterarme de la creación de un Facebook para parados que se llama Parobook (ya se estiraron con el nombre, sí señor), y de la creación de un grupo en el Facebook convencional, “Al paro, ofertas y demandas de empleo”. En resumen, una especie de tablón de anuncios virtual al estilo del propio del Servicio Público de Empleo, pero gestionado, supongo, con mayor interés que su homólogo oficial.

La cuestión es que hace una temporada ya que venía madurando un pensamiento, y estas noticias hacen que quizá ahora sea el momento de sacarlo a la luz. Me refiero a que, a poco que uno lo medite, salta a la vista que entre parados y trabajadores hay sólo unas diferencias mínimas. Pongamos un ejemplo bastante gráfico sobre el que puedo opinar por haber trabajado en ello (pronunciarme respecto a, por ejemplo, la cría del mejillón en cautividad, caería totalmente fuera de mis competencias); hablo de un trabajo de oficina standard (ojalá pudiera hacerlo poniéndome en la piel de un alto directivo, pero es lo que hay…)

Un empleado administrativo se levanta a determinada hora, se acicala y desayuna por primera vez antes de ir a trabajar. Una vez en la oficina enciende el ordenador para ponerse a la faena. Responde unos cuantos e-mails, envía algún que otro archivo o documento, le da un repaso a sus compromisos. Al rato hace una pausa para leer el periódico en internet, y a lo mejor se decide a desayunar por segunda vez. De vuelta al tajo sigue con sus informes pendientes, actualiza ficheros, revisa una montaña de papeles, va tachando citas de su agenda… y así hasta su siguiente pausa. Ahora aprovecha para abrir su cuenta de correo lúdico-personal y despejar la mente un rato; ya de paso entra en sus perfiles de las redes sociales para ser el primero en enterarse de que uno de sus amigos por fin se ha decidido a mudarse con su novia. Después sigue con el papeleo, hace unas cuantas fotocopias, atiende varias llamadas de teléfono, cuadra algún que otro balance, se tira de los pelos ante el aluvión de facturas pendientes de contabilizar… y cuando llega la hora de fichar se va con la satisfacción del deber cumplido.

El parado, por su parte, se levanta más o menos temprano, se acicala y desayuna antes de ponerse a la faena. Enciende el ordenador, bien en casa, bien en un telecentro, en la sala de ordenadores de una biblioteca pública o en una oficina del SPE. Envía unos cuantos e-mails en respuesta a las escasas ofertas de empleo que se encuentra, o a modo de autocandidatura (bendita internet, santificado el ahorro en sellos). Quizá se acerca a una cafetería y aprovecha para leer el periódico en busca de algún anuncio laboral interesante. Vuelve luego a darse un largo paseo por los portales de búsqueda de empleo, empezando por Trabajastur y terminando por todos los punto com que prometen trabajos a puñados. Entra en el anteriormente citado grupo de Facebook cruzando los dedos para encontrar algo que se ajuste a su perfil; se registra en el Parobook. Revisa una a una las alertas de empleo que le llegan a su dirección de correo electrónico desde la marabunta de webs en las que se ha registrado. Hace unas cuantas fotocopias del currículum para enviarlas por correo ordinario y se tira de los pelos ante el aluvión de facturas pendientes de pagar. Al final termina encomendándose a todo el santoral para que lo que ha hecho le sirva para, tal vez mañana, tener un deber que cumplir…

Walk like an Egyptian

anamaseda (4 de Febrero, 2011)

Echar una mano, pedir la mano, tener mano izquierda, estar mano sobre mano, tener algo a mano, poner la mano en el fuego, una mano lava a la otra, que te cojan con las manos en la masa, estar en buenas manos, que una mano no sepa lo que hace la otra, tener mano dura, tirar la piedra y esconder la mano, más vale pájaro en mano…

Desde tiempos inmemoriales existen estas expresiones (y muchas otras) con un denominador común: la mano. Esa mano que antes se estrechaba para demostrar que no se iba armado, cuya palma se muestra al hacer un juramento, las que enseñamos para hacer saber que estamos siendo sinceros, las que se frotan algunos ante la perspectiva de lograr por fin algo deseado, las que los tímidos esconden en los bolsillos cuando no saben muy bien qué hacer con ellas, las que las parejas entrelazan inseparables por la calle, la que se le da a los niños para cruzar en un semáforo, la que el empollón levanta continuamente en clase, la que usamos como improvisado cuenco para beber en una fuente…

Pues bien, acabo de caer en la cuenta de que es precisamente esa mano la que nos hace iguales a prevaricadores, maestros del cohecho, expertos en malversación de fondos y contabilidad creativa, amigos de lo ajeno y parados. Hay una diferencia, es cierto, y es precisamente la manera de colocar esa mano; mientras los primeros (pobres, también temblando ante la reforma de las pensiones, cuyo único delito consiste en intentar asegurarse una jubilación digna), suelen ponerla en la espalda con la palma hacia arriba siguiendo el siempre de moda “estilo jeroglífico egipcio”, los desempleados habremos de mostrarla en el frente, ligeramente ahuecada, palma arriba, siguiendo el siempre de moda “estilo limosna”.

Una limosnita, por caridad, sin falta de taladrar a base de acordeón el oído de los tranquilos clientes de las terrazas, sin sufrir las inclemencias del tiempo a las puertas de una iglesia. Un pago supeditado, eso sí, al cumplimiento de actividades formativas. 350 euros para salir del paso (en fin…). Aunque teniendo en cuenta los malabarismos que ahora hay que hacer para lograr que abonen sólo los gastos de transporte de los cursos gestionados por el SPE y afines (véase el post “Atraco a las tres”), lo de que al final paguen me lo creeré cuando lo vea…

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Haciendo de su capa un sayo

anamaseda (13 de Enero, 2011)

Andaban no hace mucho revueltos los franceses, y a falta de Bastilla que tomar, tomaron las calles cual dieciochescos sans culottes. Esta vez no rodaron cabezas (al menos, no literalmente), ni hubo, que se sepa, ninguna Marianne enseñando sus encantos para arengar al pueblo, aunque el alcance mediático que tuvo la protesta y sus efectos paralizando el país (y por añadidura, a un puñado más en lo que a tráfico aéreo se refiere), poco tuvieron que envidiar a la Revolución de 1789.

¿La razón? Bueno, que la tuvieran o no es algo que va en gustos, así que mejor hablaremos de un motivo. Y éste no fue otro que la propuesta de incrementar un par de años la edad de jubilación. Una medida poco popular que sublevó los ánimos de un país que ni siquiera se cuenta entre los que mayor descalabro económico padecen. Y como estamos inmersos en un ambiente de crispación y la mala leche suele contagiarse, pasó lo que tenía que pasar, y es que aquí la gente también empezó a protestar cuando surgieron los rumores cada vez más tangibles de que también en España se iba a incrementar en dos años la dichosa edad de jubilación.

Pues debo decir que no sólo entiendo las protestas, quejas, revueltas, sublevaciones, revoluciones, disturbios, batallas campales y lo que haga falta, sino que además las secundo con pleno convencimiento. No sólo eso, sino que además me indigno. Es inconcebible que estén planteándose esta medida. Jubilarse a los 67 años es inaceptable. ¡Yo exijo hacerlo al menos a los 75! ¿Y por qué? ¡Porque sino no llego! Haciendo un cálculo aproximado, tomando como referencia mi “ritmo laboral”, la duración de mis contratos y lo variado de su contenido, me va a hacer falta una vida muy larga para llegar a acumular los años necesarios de cotización para acceder a una pensión de jubilación completa.

Así que cuando los sindicatos propongan salir a la calle a protestar contra la medida, en vez de enarbolar pancartas que recen “NO A LA JUBILACIÓN A LOS 67”, sugiero que la consigna sea una señal con fondo azul (como las de velocidad recomendada), y con el lema “JUBILACIÓN RECOMENDADA: 75 AÑOS POR aHORA”

Pongámonos un poco nostálgicos, y al igual que nuestros vecinos revivieron su Revolución, hagamos aquí lo propio, porque si en 1766 un tema tan baladí como el desacuerdo sobre la longitud de las capas desencadenó el Motín de Esquilache, qué no podrá provocar la adopción de una medida tan impopular…

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Nepote llama a su puerta

anamaseda (9 de Diciembre, 2010)

El otro día sonó el teléfono. Era mi, como me gusta llamarlo, “agente de la condicional”, ése al que el resto del mundo conoce como “el de la ETT”. La manera en que me refiero a él tiene una lógica aplastante: es el que “vigila” que sigo donde se supone que tengo que estar (en el paro), y el que se encarga de mover los hilos para ver si me reinserta de una vez en la sociedad (laboral). Bueno, tengo que confesar que deben considerarme una ex convicta peligrosa, porque no es el único agente que me sigue la pista…

El caso es que en la llamada me contó muy de pasada de qué iba el tema (creo que la política en estos casos es proporcionar sólo la información imprescindible por si las cosas no salen bien). Me citó un día por la mañana para una entrevista en cierta empresa. Me recomendó que fuera vestida de manera formal (cosa que ya había dado por sentada teniendo en cuenta que se trataba de una compañía situada en pleno centro financiero de la ciudad).

Y llegó el día señalado. Haciendo gala de una puntualidad británica, me presenté en el lugar convenido siguiendo estrictamente el protocolo en la indumentaria para estos casos. Llevé una copia de mi currículum por si querían estudiarlo con detenimiento; hice acopio de mis cartas de recomendación y me aseguré de presentar los números de teléfono a los que podían dirigirse pidiendo referencias.

El entrevistador repasó mi bagaje laboral; me hizo preguntas sobre las empresas en las que había estado, asintiendo ante mis explicaciones por la coincidencia que suponía que pertenecieran al mismo sector que aquélla a la que pretendía incorporarme. Alabó mi formación, le gustó mucho lo de los idiomas… Me explicó en qué consistía el trabajo, dando por hecho que no me supondría ninguna dificultad ya que era lo que había venido haciendo anteriormente. Me contó que aunque estuvieran realizando la selección a través de una empresa de trabajo temporal, se trataba de un puesto con vocación de continuidad. Al terminar la entrevista se despidió reiterando la grata opinión que le había merecido y pidiéndome que le dejara quedarse con la copia del currículum para estudiarlo con los demás socios. Hasta ahí todo perfecto.

Una semana y media más tarde recibí noticias de mi agente. Me dijo que al final lo de la entrevista se había quedado sólo en eso, en una charla de intercambio de información. Me confesó a micrófono cerrado y sin que constara en acta que la empresa que ofertaba el puesto al que había optado tenía un compromiso; se trataba de alguien a quien de momento tenían a prueba para ver cómo respondía, y si resultaba ser un patán se desharían de él por muy amigo-hijo-sobrino-táchese lo que no proceda… que fuera de quien dirigía todo aquello, pero hasta entonces era esa persona y no yo la que había firmado ese contrato con posibilidades de convertirse en indefinido.

Salí de la ETT maldiciendo mi mala cabeza y mi poca memoria, pues en el afán de no dejarme ningún papel importante en casa, ningún currículum, ninguna carta de recomendación… se me olvidó hacer una parada en una tienda de suministros eléctricos para comprar el mayor enchufe jamás fabricado…

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