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PEREZA, CIVISMO Y EDAD
Por Alicia Álvarez (29 de Enero, 2010)
Puede que sea cosa de la edad; de la poca edad, digo, porque lo cierto es que la pereza y la vagancia suelen ser buenos compañeros de los niños. Un estado de repentina apatía que normalmente aparece hacia los 9 años y que a lo largo de toda la preadolescencia se evidencia en gestos tales como ese universal levantamiento del labio superior en señal de repunancia cuando tus padres te dicen que vayas a por el pan. En ese andar plomizo, marcando los pasos con sonado arrastre por el pasillo cuando te mandan poner la mesa. En esa caída de brazos a plomo, en plan simiesco, acompañada por refunfuños guturales cuando te piden que cuides a tu hermano pequeño. Y, cómo no, en esa pataleta ahogada, con una buena cruzada de brazos a la altura de las axilas, cuando te toca bajar la basura, lo que en mi caso y en el de mi hermana mayor adquiría unas dimensiones dramáticas, ya que vivíamos en un tercero sin ascensor.
De ahí que las dos, que siempre fuimos muy aficionadas a los inventos, pensáramos entonces en construir un sistema de polea para poder bajar las bolsas de basura por la ventana. He de matizar que de aquélla los contenedores no existían como tales y los residuos se acumulaban en grandes montañas de basura frente a las puertas de los edificios. Sin embargo, y aunque no existiera la dificultad de encestar la bolsa en el container, el riesgo de que se enredara con la farola y cayera a plomo sobre la visera del comercio que estaba situado justo al lado del portal nos hizo aparcar la idea. Ojo, aparcarla sólo, que no desecharla, pues recuerdo que también probamos suerte realizando la misma prueba por la caja de las escaleras. Y, en fin, no tuvo éxito. Así que durante años seguimos bajando a regañadientes y en zapatillas la basura antes de cenar.
Sin embargo, y a la luz de la última propuesta municipal, la vagancia a la hora de depositar los desperdicios no debe de ser cosa estrictamente de la edad. El Ayuntamiento, a fin de acabar con el depósito de basura a deshora, pretende crear una nueva figura que vele por el cumplimiento del horario -ahora establecido en la franja de 21.00 a 23.00 horas todos los días excepto el sábado- denominada «inspector cívico medioambiental». Las cuatro plazas, que dependerán de Emulsa, tendrán como objetivo la educación, la sensibilización medioambiental de la ciudadanía y la inspección derivada del cumplimiento de la ordenanza municipal de limpieza.
Y en fin, hasta ahí, poco que rebatir y nada que objetar. Las sanciones por estos comportamientos ya existen, así que informar sobre ellas en ningún caso está de más. Pero la cuestión es que las competencias de estos «vigilantes» van más allá de la mera orientación. Al parecer también tendrán la capacidad de iniciar el procedimiento sancionador mediante una denuncia al órgano municipal competente. Y ahí es donde el asunto empieza a oler mal.
Porque nadie duda que la medida responda a una realidad. Que los horarios laborales, la pereza, la desidia o el simple egoísmo lleven a muchas personas a saltarse la norma y bajar la basura a deshora sin tener en cuenta el malestar que pueden causar en otros ciudadanos. Ahora bien, plantear la multa como solución a un comportamiento irresponsable es renunciar a la posibilidad de que la educación pueda lograse sin castigo. Es, en definitiva, tratarnos como a niños tutelados por la Administración, incapaces de aprender la lección sin el miedo a la represalia o a la sanción.
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