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ESTO YE LO MÁS GUAPO
Por Alicia Álvarez (22 de Enero, 2010)
Como si fuera ayer. Así de nítido recuerdo mi primer viaje a París, pero, sobre todo, así de cerca recuerdo la vuelta de ese viaje. Y lo recuerdo porque mi güela, asturiana de pura cepa y para más datos de Roces por los cuatro costados, se encargó de que llevara ese momento grabado a fuego en mi memoria a lo largo de estos años. La frase que leerán más adelante le pertenece, pero el recuerdo lo llevo yo sola, porque ella ya no está para rememorarlo.
Creo que yo tenía nueve años. Diez, a lo sumo. Hacía sólo unos días que habíamos regresado de vacaciones y era el turno de la ceremoniosa comida con los abuelos para la entrega de regalos. Ya saben, esos pequeños recordatorios de dudoso gusto que se suele traer a los familiares tras las vacaciones y que poco a poco van convirtiendo las estanterías de las casas en una especie de escaparate de souvenirs; aún conservo en la mía la pequeña réplica que me empeñé en comprar de la torre Eiffel y aún permanece en la suya la muñeca parisiense que les regalamos.
Pues bien, una vez hechas las ofrendas turísticas, y todavía con la excitación del viaje metida en el cuerpo, recuerdo que comencé a describir a mi abuela con minucioso detalle mis impresiones sobre la ciudad del amor. La majestuosidad de los puentes del Sena, las tuberías trasparentes por las que uno subía las escaleras mecánicas del centro Pompidou, el interior blanco azulejado del metro y la enorme pirámide de cristal que servía de epicentro al Museo del Louvre. Todo un recorrido virtual que ella escuchó con estoica paciencia para, una vez hube terminado, sentenciar sin un ápice de ironía «Ya, pero, ¿a que esto ye más guapo?».
Una pregunta retórica, por supuesto, que no me molesté en contestar y que a día de hoy, cada vez que vuelvo de vacaciones, recuerdo con cierta sensación de derrota. La mismita que me ha embargado estos días al leer en la prensa las explicaciones del Gobierno asturiano en torno a las conexiones, o más bien, única conexión aérea, que actualmente comunica Asturias con Madrid.
Y sí, he de confesar que al leerlas me sentí pequeña y casi reconocí la mirada condescendiente de mi güela en los ojos de Buendía o de Migoya, que ya bien sea por desidia o simplemente por escurrir el bulto, han afirmado que la crisis no es el marco más adecuado para conseguir otras compañías que operen en el aeródromo asturiano a fin de acabar con el monopolio de Iberia. Monopolio, que hemos de recordar, nos ha situado como la comunidad que tiene el billete más caro para viajar a la capital: 380 euros, ahí es nada.
Y vale que estemos inmersos en plena recesión y que, probablemente, ése no sea el mejor escenario para negociar, pero la realidad es que, por muy guapo que sea esto, los asturianos quieren salir de Asturias y sólo pueden hacerlo en tren (dependiendo de cuatro únicos servicios al día), por carretera (pagando un peaje) o a pie, y eso no es plan. Ni para los de aquí ni para los que nos eligen como destino turístico. Y es que creer que sólo porque esto ye lo más guapo se las van a ingeniar para llegar a Asturias, no es ser ingenuos, es estar desconectados, y no sólo de la capital, sino de la realidad.
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