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CURARSE EN SALUD
Por Alicia Álvarez (15 de Enero, 2010)
Ya lo dijo Benjamin Franklin, “una onza de prevención vale una libra de curación”, es decir, que lo que invirtamos en prevenir lo ganaremos en evitar la enfermedad. Y hasta ahí, nada que objetar. Sin embargo, que la prevención pueda ser equivalente a la curación, no significa que sea proporcional. O sea, que muchas veces la inversión en prevención es mayor que la inversión en curación. Y lo es, porque algunos han encontrado en ella un verdadero negocio.
Así parece indicarlo el balance presentado esta semana por la Consejería de Salud de Principado sobre la incidencia del virus H1N1 en nuestra comunidad. Un análisis que concluye, entre otras cosas, no sólo que el número de afectados (40.000) ha sido menor que en otras temporadas (en la de 1998/99 hubo 77.647 afectado), sino que además Asturias cierra esta temporada gripal con el menor volumen de ancianos afectados en los últimos años años.
El anuncio de estas cifras coincidía con el balance del ministerio de sanidad a nivel nacional y con la noticia de una próxima investigación a la gestión que realizó la OMS sobre la gripe A. Al parecer, expertos independientes (vaya usted a saber qué significa eso) valorarán si las medidas de la Organización Mundial de la Salud fueron alarmistas y, de paso, favorables a las farmacéuticas. Algo que de momento y curándose en salud, la OMS se ha apresurado a matizar diciendo que si declararon la gripe A como pandemia no fue por su mortalidad, sino por su rápida propagación.
En fin, justificaciones a destiempo o no, lo cierto es que el virus H1N1 ha sido todo un negocio para las farmacéuticas. Pero no solo para ellas. También se han visto beneficiadas las agencias publicitarias, las empresas de higiene, de diseño, de cartelería y cómo no, los medios de comunicación, principales trasmisores de la alarma, pues el ciudadano acudía a ellos para obtener la información. Así que con tantos agentes implicados y ante la evidencia de una incidencia menor de la prevista, no me sorprende, ni mucho menos, que ahora Gobiernos y Consejos busquen una cabeza de turco que asuma toda la responsabilidad.
No me sorprende esta intención, pero sí que todos pareciéramos saber con antelación cómo iban a trascurrir los hechos. Y es que a la par que se generaba la alarma social se activaba el descreimiento popular. Probablemente, como respuesta a un mundo plagado de posibles (que no probables) amenazas. Y es que a fuerza de repetición, los ciudadanos hemos acabado por normalizar el estado de inseguridad haciendo depender nuestra capacidad de creer de que la amenaza sea aún mayor.
Y si lo es, o al menos lo parece, entonces pasamos por escáneres, enseñamos el bolso a la puerta del supermercado, nos quitamos los zapatos, y si hace falta, bailamos la lambada. Porque lo cierto es que nunca tantas personas se lavaron las manos, tosieron tapándose la boca y se abstuvieron de ir enfermos a su lugar de trabajo. Normas básicas de prevención, pero sobre todo de salud e higiene (alguna también de buena educación) que se pusieron en marcha masivamente por una sola razón: el temor. Y para éste solo hay una vacuna: la buena información.
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